Requiem

Está soñando. El viejo enano ante él. Arrojando leños a una chimenea en medio de la nada, donde hace tanto frío… y tan sólo las ascuas, arrojan un poco de calor para calentar el cuerpo. El viejo se gira, y le sonríe.

***

—¡Despierta! ¡Despierta! —Oyó, mientras lo zarandeaba Draill. Un líquido pastoso y amargo, que sabía a mil demonios, le brotaba de la comisura de los labios. Le ardía la garganta y el pecho, pero los músculos se le habían desentumecido.

—¡Qué asco! ¿Qué clase de ponzoña me has dado? —Gritó escupiendo lo poco que no había tragado. Y Draill sonrió al instante, al ver que los efectos de la poción que le había suministrado, no sólo habían sido rápidos, también habían sido muy efectivos. 

—Una poción de las que a veces me sirvo. Queda tranquilo, pues la mezcla ya la he probado muchas veces en mí mismo. —Le dijo mintiéndole. Aunque acostumbraba a usar todo tipo de brebajes y ungüentos, la mezcla que había usado con él, sólo la había usado en otras dos ocasiones. Era un bebedizo muy potente, peligroso también, y que reservaba para un caso de extrema emergencia. Una emergencia como aquella. Había probado con otras dos pociones, y no eran moco de pavo precisamente, habrían de tener que haber servido para casi cualquier tipo de envenenamiento, no era ningún principiante en las artes de la alquimia, pero no habían surtido ningún efecto sobre Elham. 

—Estoy muy preocupado. Escucha. El veneno que tienes en sangre, es muy peligroso. El bebedizo que te he obligado a tomar, no es ningún remedio. Pues no sana, tan sólo mitiga por un tiempo limitado los efectos que sufres, y da vigor al cuerpo.

—Pan para hoy, y hambre para mañana. —Musitó Elham. —¿No tienes más, al menos para que me dé tiempo a ver a un curandero? 

—Sí tengo algo más. Muy poco, pero sus efectos merman mucho, si no dista mucho tiempo entre la última vez que se ingiere. —Le informó. Pero obvió decirle que no sólo tenía muy, muy poca cantidad, pues se la había dado casi toda ante el miedo a perderlo. Era tremendamente dificultosa de conseguir sus ingredientes, de elaborar, y además, causaba una fuerte adicción al consumirla. Elham desconocía cuanto le había costado al hechicero sacrificar su precioso brebaje, del que muchas veces dependía.

—Vayamos a despedirnos de Dragorax, amigo. —Terminó por decir Elham, tras una corta reflexión.

Sobre la colina estaban ya todos los presentes dispuestos. Las antorchas ya encendidas, y la tumba profundizaba ya en la tierra, con los restos del enano devueltos a ella. Cuando llegaron los dos amigos, los elfos entonaban hermosos cantares que avivaban las llamas del espíritu, y los enanos derramaban sus mejores licores sobre el ataúd. Muchos lloraron amargamente en la despedida del viejo enano, más aquel que más lloró fue el pequeño Pan.

Mientras arrojaban tierra sobre sus restos, Niore entonó entonces la más bella canción que hubieran escuchado, y las lágrimas le acudieron al rostro mientras cantaba. Se acallaron todos los demás cantares, y todos los allí presentes tornaron la vista hacia ella; la hermosa Niore. Los amigos contemplaron perplejos a la elfa, y no supieron del trato que hubiera tenido con el enano, ni en aquel momento, ni nunca después de entonces. 

Después, comieron y bebieron, amparados en la vibrante luz de las antorchas, y se contaron historias y anécdotas del enano, que ensalzan una vida ya conclusa. Y hubo paz y armonía entre los distintos pueblos y razas en aquella madrugada, cuando no era frecuente que esto sucediese de aquel modo. Fue en aquel remanso de tranquilidad cuando a algunos les sobrevino el sueño, y comenzaba a perfilar en sus mentes la ensoñación del apacible descanso tras tan larga jornada… cuando una sonora carcajada rompió el silencio como un atronador berrido. Era uno de los enanos embriagado con el calor de la cerveza.

—¡Diablos! ¿Os acordáis de ese malnacido de Dhilos?

Los enanos que lo acompañaban asintieron con más sonoras carcajadas. A Elham le dolió escuchar hablar de forma tan impropia de su padre, tanto que  lo sacó al instante del profundo estado de reflexión en el que se encontraba, y prestó atención a lo que decían. 

—¡Ese condenado humano se presentó ante la mismisima Kudtumbor!  !Y como no lo prestaron atención acampó con sus hermanos a las puertas! 

El grupo brindó alzando sus jarras sobre la cabeza. 

—El humano buscaba tramar una alianza con el pueblo enano ¡Y en Kudtumbor se negaron!

El grupo bebió un gran trago de sus jarras de cerveza. 

—¡Al final hartó a Dragorax, que tuvo que salir a echarles! y Dragorax les dijo si tan tercos eran de no marcharse, que se quedasen bajo su estandarte durante siete días y sus noches si tenían el valor… ¡Y lo tuvieron! ¡Ja! ¡Vaya que sí! !Casi una estación entera ante ellas en pleno centro del cerco de los orcos colmillo hierro! 

Bebieron todos otro gran trago de sus jarras de cerveza. 

—!Pero en la fortaleza de la montaña seguían negándose! El buen Dragorax avergonzado de sus propios camaradas, tuvo que salir de la fortaleza y cumplir él mismo su promesa. !El haría entrar en razón a los tozudos de Kudtumbor!

Bebieron todos otro gran trago de sus jarras de cerveza. 

—!El noble Dragorax! Muchas veces nos dijo tras los años, que había visto con sus propios ojos más valor en aquel humano que ¡En toda Kudtumbor!

Apuraron serios la cerveza. Y con sus pobladas barbas empapadas en el bebedizo, rieron atronadores en carcajadas por largo tiempo. Elham descubrió las lágrimas en muchos de aquellos esperpénticos enanos, y entonces supo de ellos que como él, también lo extrañarían por siempre. Al poco tiempo uno de ellos se acercó a Elham, y se plantó delante suyo con el semblante serio como una roca.

—Muchacho. ¿Tu eres el hijo del buen Dhilos, verdad? Perdona si te hemos importunado con la rureza y hosquedad al brindar. Ten por cierto que siempre hemos respetado la memoria de tu padre, y siempre lo haremos. —Habiendo dicho esto, con un gesto se despidió y regresó con sus camaradas.

Algunos se habían retirado ya al descanso, y otros pronto marcharían vencidos por el sueño, cuando Draill pudo ver como la piel del rostro de Elham tornaba al blanco mientras contemplaba el fuego. Y se asustó por su amigo, pues no esperaba que los efectos del bebedizo cediesen tan pronto a los efectos del veneno.

—¿Amigo, está ocurriendo otra vez? ¿Cómo te encuentras? —Le dijo muy preocupado, mientras lo zarandeaba tratando de animarlo. 

Elham intentó recuperarse, y le hizo un gesto con la mano indicándole que se encontraba mejor. Mientras hacía esfuerzo por restablecerse pudo ver como Antrazar se acercaba para dirigirse a ellos.

—Ha sido un excelente oficio pese a todo, sacerdote. Y una hermosa despedida, para un grande entre todos nosotros. —Se presentó el herrero antes ellos. Eorden, inclinó la mirada complacido.  

—Nunca podemos saber… cuándo puede un ser tan querido, dejarnos para siempre. Es una verdadera tragedia. Mi más sincero pésame, y también espero la pronta recuperación de la salud de tu amigo… el hijo de Dhilos. Que no hemos tenido ocasión de hablar, y sé del notable Dragorax la devoción y compañía de su padre. —Dijo, dirigiéndose a Eorden. —Esto me trae a una cuestión, de la que no sé si es momento oportuno hacer mención ahora… 

—Por favor, continua. —Dijo Eorden por cortesía.   

—Estamos en deuda con el difunto Dragorax. En deuda con su padre. En deuda con su linaje. —Aseveró endureciendo el semblante. —Es una deuda que creo, no podremos saldar de manera oportuna ya. —Continuó diciendo mientras dirigía la mirada a la tumba del enano. Hizo una larga pausa, como tratando de elegir bien las palabras a pronunciar. 

 —De camino he hablado largamente con Niore acerca de la propuesta que he de haceros, pues siento que es nuestro deber contribuir a los deseos de Dragorax. 

—No es necesaria ninguna satisfacción, pero os estamos muy agradecidos por vuestro sincero gesto que os honra a vosotros y a vuestro pueblo.

—He de insistir, pues se avecinan tiempos inciertos. —Repuso Antrazar.

Entonces escucharon el hermoso canto de Niore que interrumpió a Antrazar. Y todos volvieron sus miradas hacia ella, y las palabras por decir, y se las llevó por un tiempo el olvido… 

 

***

 

Era una ceremonia hermosa que culmina con un último canto de Niore. Cuan hermosa puede ser la ceremonia de un funeral, que siempre ha de ser triste; más aún, cuando el que se despide es un gran amigo. Pensaban en ello tanto Elham, como Draill y Eorden, cuando entonces la vieron, en un parpadeo, interrumpir el final del canto para llevar las manos a su arco y disparar un proyectil a las sombras. Tras aquello, se hundió una daga en el pecho de Niore. Umiel apareció junto a ella y la arrancó de su cuerpo que se desplomó al suelo, salpicando a los más cercanos con su sangre brotando en un torrente. Tardaron en entender que Umiel, en aquel momento estuvo muy cercano a la consecución de su objetivo de matar a Elham. De no ser por la intervención de Niore, que salvó su vida, en estos momentos no nos hallaríamos ni tú, ni yo ahora, en este el asunto que nos ocupa.

Ninguno de los allí presentes había supuesto un ataque en un funeral oficiado en tan remoto lugar. Los ojos tornaron mirada hacia los puestos de guardia, y todos parecían dormidos, muertos quizás. Sólo Niore estaba armada, y yacía en el suelo inerte. Su hija, con los ojos empapados en lágrimas a ver a su madre herida, saltó en una formidable pero inútil carga contra el fatal asesino. Umiel la detuvo interrumpiendo la gracia de su vuelo, agarrándola del cuello y hundiendo dedos en la tráquea. La estrangulaba. Y habría terminado entonces con la niña, de no ser por los impactos que sufrió de decenas de proyectiles de ardiente fuego surgidos de las antorchas. Desapareció en el silencio de la extraña bruma, mientras los asistentes al funeral del enano, corrieron a pertrecharse con sus armas para hacer frente a su solitario enemigo. 

Muchos entre los asistentes al funeral murieron en el vuelo de las dagas de Umiel, que los alcanzaban desde todos los ángulos en una frenética e hipnótica danza. Parecía haber tomado determinación de no cometer más errores, no los subestimó por más tiempo. Ya no fue visto más, y no podía ser alcanzado. Y habría acabado también con su presa en la figura de Elham de no ser por la intuición de Eorden, que había trazado un círculo alrededor del debilitado guerrero, pues presentía que el asesino iba en pos de él. No se equivocaba, pues Umiel en su insidiosa inquina podía oler la sangre mezclada con sus venenos, a tanta distancia que parecía irreal; más aún, si su interés por la presa estaba tan exacerbado por el odio que sentía hacia Elham. Yo sabía porque Umiel odiaba tanto y de forma tan intensa a Elham, pero ellos no podían saber de nada de esto, y menos en aquel momento. 

Brotando de la oscuridad y la confusión del caos reinante, Umiel dirigió un lanzamiento mortal hacia su presa. Pienso, que ni colocandome en el supuesto que el Elham se encontrase en plenas facultades, habría tenido la más mínima de las oportunidades para su supervivencia. El arma se arrojó en su vuelo contra el pecho del hijo de Dhilos, y la daga fue milagrosamente detenida justo antes de hundirse en su corazón, pues Antrazar llegó en momento oportuno e interpuso su mano salvándolo de la muerte cierta. Después, tuvo que sacrificarla cercenándola con su corta espada, pues conocía de la identidad y artes de aquel loco y mortal asesino. La daga desapareció del miembro amputado ante su vista.

Se escucharon varios zumbidos ensordecedores, y con ellos breve luz cegadora. Niore ensangrentada, se había erguido y apuntaba con su arco con los ojos cerrados pues su pericia era tal que ya no precisaba de estos para localizar su presa con la visión verdadera. Y sus disparos no habían errado, y tan sólo los reflejos y la instintiva evasiva de Umiel, le evitaron una muerte segura entonces. Y mientras esquivaba y era alcanzado por la tercera y última flecha, trazó un lanzamiento que siguió la trayectoria inversa de aquel último proyectil encantado. Y la daga se le hundió ahora en el cuello, segando el tan frágil hilo de vitalidad con que se aferraba, aún, al mundo del que se despedía con una última mirada hacia su hija Raizza. Al menos ella quizás viviría, tenía una última razón para sonreír. 

La muchacha vivió el horror de ver apagarse la mirada de su madre ante ella. Su niñez acabó entonces, en aquel momento, con el pensamiento de todo el amor reprimido que no supo expresar a su madre. Había muerto, ya nada podría cambiarse. 

Draill pudo ver como el iris ya de por sí ardiente de Raizza, se encendía como ascuas. Era un color y un brillo antinaturales. Parecían más ardientes que cualquiera de las llamas que hubiera visto hasta entonces, y dada su condición había contemplado el fuego manifestado de mil maneras más… que las que pudiera imaginar cualquier otro. Era antinatural. Más aún… era como una blasfemia en el rostro de aquella niña.

La bruma se hizo más y más densa y terminó por apagar de la vista casi toda luz a unos pocos pasos. Tan sólo los ojos de Raizza ejercían como un faro en aquella oscuridad reinante. Como hipnotizado se dejó llevar por aquel pensamiento, hasta que lo sacó de su ensimismamiento el miedo a lo que tuvo por certeza que iba a suceder. Umiel mataría a Elham. El mago expandió su esencia cuanto pudo para descubrirlo en la bruma, aún a riesgo de verse debilitado. Lo sintió a él, y sintió inminente el momento su caída sobre él.

—Lo va a matar —. Musitó. Mientras sentía también las dagas trazar las curvas que confluirían en su cuerpo.

Pero aunque sintió todo aquello, no dejó de crecer en él la preocupación por Raizza. Gracias a la magia la sintió como un sol, que lo cegaba con su rojizo resplandor que todo lo teñía del color de la sangre. Incluso en la burbuja de tiempo dilatado, apenas tuvo tiempo para valorar cuál era el peligro real, porque todos sus sentidos le alertaban de que huyera. Le instigaban a huir del rojizo sol, abandonando incluso a su amigo. A dejarlo sólo, en la muerte cierta.  

—¡¡¡Raizaaaaa!!! —Gritó. Y la sintió despertar a la realidad, como de un sueño.

Como un torbellino antinatural, se movió rápida como un soplo huracanado. Draill apenas pudo seguirla incluso con la magia, desplazamiento tras desplazamiento, tan sólo le llegaba el intenso olor acre a sangre. Al final el silencio, y la bruma se disipó tan rápida como había llegado a ellos. Ante él estaba Raizza en un charco de sangre, rodeando con sus brazos el cuerpo de Elham. La magia le habló de que ambos estaban vivos. Aún vivían. Y Umiel había sido herido.

De Umiel no supieron ya más tras aquello. Quizás se quedó observando largo rato desde la impunidad de su escondite inalcanzable, o quizás no… Los que restaban quedaron inmersos en una alarma permanente, mientras se desvanecía lentamente el terror que comprimía sus corazones, y tan sólo los muertos quedaron como testigos silenciosos del mortal ataque de Umiel. Raizza lloraba encima de su madre. 

LIBRO PRIMERO

Cuando amanece la locura

Prólogo

Hubo un momento en el que el pequeño Pan me preguntó acerca del caos, qué es el caos. Como respuesta, le insté a recoger un puñado de piedrecillas de la orilla del río. El muchacho extrañado tras un breve momento de duda, partió de mi lado y recogió buena...

Cuando amanece la locura

Quédate, toma asiento aquí junto al fuego. Calienta bien, pero ilumina poco, y la noche aún es fría pues dista el amanecer. Y como contador de historias, déjame contarte la mía propia, si tienes a bien escucharla de mis labios. Quédate, pues es mi deseo...

La noche de la tormenta

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem. Hubo una noche en la tormenta; noche de tormenta quizás te habrían dicho otros… Amigo mío, voy a comenzar mi relato hablándote del regreso de un soldado a su hogar. Aquel soldado regresó tras largo tiempo...

Desesperación

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem.  Elham despertó sobresaltado. Despertó en las calles de Ryuminyel, en aquel frío de mañana, viéndose a sí mismo cubierto de harapos, hambriento, y la angustiosa sensación de soledad y vacío que no se le...

La sombra de un padre

En aquel amanecer caminaba de nuevo, y de nuevo encadenado. Las mismas cadenas, distinto captor. Tomaron dirección a la salida del oeste de la ciudad, sabía que el terco enano lo conducía a su hogar, a su verdadero hogar. A varios cientos de metros,...

El guardián del templo

Los muchos días que siguieron a aquel primero en que tuvo aquel extraño sueño, fueron agotadores. Esos días sirvieron a Elham para entrar en contacto con la realidad. El enano lo sometió al más duro de los adiestramientos, del que fue capaz con su a veces...

El hambre de los cuervos

Entrada al templo de Dhemeides, año 2439. Reino de Yheurisem.  Sin mediar palabra alguna entre ellos, echaron a correr.  El viejo enano y el chico, pronto quedaron atrás, y Elham redujo la marcha, hasta que el enano le dijo entre jadeos que continuase sin...

La falsa llama

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem.  Draill despertó del letargo en el que le sumió el agotamiento, al amanecer. Aún estaba muy agotado, pero se sintió seguro de poder caminar al ritmo de los demás. Contemplaba absorto, a Elham que...

Desidia y desdicha

Al acercarse el atardecer del séptimo día, Eorden ya había finalizado los preparativos para la ceremonia del funeral del enano. Pan lo había ayudado con la colocación de las antorchas, trazando un gran semicírculo sobre una pequeña colina cercana al río....

Mala sangre

La media docena de sanadores, surgidos de la nutrida comitiva de los elfos de Shatrath, atendían las heridas de la víctimas del ataque que no habían sucumbido a las dagas de Umiel. Muchos entre ellos morirían pocos días más tarde a causa del veneno...

El hombre sin corazón

Uno podría fácilmente llegar a pensar que ocurrió de una manera rápida, si bien no de forma inmediata, al menos con el transcurso de largos años. Pero no ocurrió de aquel modo. La esencia de Nirvaeth, aunque no gozaba de forma alguna, se hallaba en aquel...