Prólogo

Hubo un momento en el que el pequeño Pan me preguntó acerca del caos, qué es el caos. Como respuesta, le insté a recoger un puñado de piedrecillas de la orilla del río. El muchacho extrañado tras un breve momento de duda, partió de mi lado y recogió buena cantidad de estas; tantas como pudo retener entre sus dedos. Una vez de regreso a mi lado, me preguntó qué debía hacer con las piedras.

—Ahora debes dejarlas caer al suelo. No las arrojes lejos, pues hemos de observarlas cuando lo hagas. —Le dije conciso.

Pan como siempre, obediente y despierto, lo hizo. Arrojó todas las piedras a un tiempo, cerca de sus pies, y cuando lo hizo me miró esperando una aclaración por mi parte. 

—¿Qué ves? —Le pregunté. 

El muchacho las observó detenidamente un rato largo, quizás esperando ver algo extraño en ellas.

—Nada. —Acabó por contestar. —Tan sólo unas piedras esparcidas en el suelo.

—¿Ves alguna forma en ellas? ¿Un círculo quizás? —Le requerí.

Pan puso aún más celo en su observación. Estuvo tanto tiempo con la mirada puesta en las piedras que pensé ya nunca la apartaría de ellas. Era paciente. No podía ser de otra forma.

—No. —Dijo al final. —Quizás…

—¿Qué pensarías si arrojándolas de nuevo todas ellas hacen un círculo perfecto? —Le inquirí cortándole.

Me miró extrañado, casi frunciendo el ceño.

—Magia. Sería magia. ¿Sería magia verdad? —Contestó ilusionado.

—¿Y la primera vez no fue magia? —Inquirí de nuevo.

—No. —Contestó muy seguro.

—¿Estás completamente seguro?  —El niño se quedó dudando. Pero dudaba, porque si se lo preguntaba de nuevo debía de ser, por alguna razón. Un truco quizás.

—Has de saber que la posición de las piedras que cayeron en tu primer lanzamiento, es lo que muchos conocen como caos. Las piedras cayeron sin orden alguno y se esparcieron, y si habrían formado una figura reconocida habría sido fruto de una gran casualidad, y si esa forma habría sido más compleja, y definida, habría sido visto como un inusual truco de magia. ¿Coincides con esto?

El muchacho asintió con la cabeza. Esperé un momento, y sabiendo a donde quería llegar, le hice otra pregunta entonces:

—¿Y si recoges las piedras otra vez, podrías hacer que estas cayeran de una forma exacta a la anterior? 

Se quedó dudando. Creo que descubrió entonces a donde quería llegar.

—Creo que sería también magia. —Contestó después.

Asentí, conforme con la respuesta dada. 

—Eso es el caos. —El origen de todo, aseveré. —Del caos surge el orden como un milagro, y los milagros son casualidades que originan las formas que somos capaces de entender, pequeño Pan. Pero en su mismo origen, hasta la forma más hermosa brota de la disformidad del caos.

Hice una pausa. Dejándole algo de tiempo para asimilar los conceptos que, aun siendo estos complejos para aquel crío que era entonces, sabía, acabaría por comprender.

—Ahora quiero que recojas y arrojes las piedras al río. Cuando lo hagas me gustaría que también que las cuentes.

Como siempre, el inocente muchacho de cabellos dorados, obedeció de buena gana. Con todo el cuidado del que fue capaz, recogió las piedras una a una, casi mimándolas. Después, con pena se desprendió de ellas, una tras otra en aquel río. Observándolo no pude evitar disfrutar de aquel entrañable momento, que resumía toda la esencia del niño-dios, y cuando se perdieron en el lecho del río, le pregunté de nuevo: 

—¿Cuántas eran, jóven Pan? ¿Contaste su número?

—Conté 23 piedrecitas… Les puse nombre a todas ellas… —Asintió cabizbajo.

Sentí quizás, tanta pena como él. No por aquellas burdas piedras, sino por lo que representaban para ambos y también por el pesar, que sabía, le había provocado. El pequeño se había quedado mirando el discurrir de la turbia agua del río, como queriendo saber si aún estaban allí, pero no podía de ninguna manera verlas. Aún era inocente. A su modo siempre lo sería, pensé.

—¿Podrías regresarme las mismas piedras, que arrojaste en el curso del río? —Le solicité con voz queda.

—No puedo. —Contestó compungido, casi llorando, mientras hizo un fútil ademán de alargar su mano. —No las distingo de las demás, y están sumergidas. 

—¿Ninguna voló? Pregunté inquisitivo, casi enojándolo con la pregunta. Sentí de nuevo cierto pesar por la mordacidad de mi pregunta, pues conocía el daño que había de causarle. 

—Son piedras. No pueden volar. —Dijo tras pensarlo extrañado por la curiosa pregunta que le hice.

—¿Eran distintas las piedras verdad?

Asintió con la cabeza. Apretando los labios.

—Algunas eran blancas, pero otras grises o negras. Había incluso una rojiza, y todas ellas eras de distintas formas y tamaños, pero ninguna de ellas volaba… —añadió con una mueca.

—Si volaran… sería magia también ¿verdad?

—Sí. —Dijo sonriendo de nuevo.

—Tú no lo recuerdas, pero eres una deidad. Te has encarnado; tú mi hermano. Al menos en parte, mi hermano. Hace mucho, muchísimo tiempo, descubrimos y nos compartimos en la magia. Ella era la magia. Ella, de la sé… no recuerdas ya nada.

Mientras le revelaba al muchacho su naturaleza, no pude evitar elevar la voz, mientras esta se hacía más y más grave. Y los nubarrones acudieron para alzarse sobre nosotros en la orilla del río, justo en aquel preciso instante, y pudimos escuchar el tronar lejano.  

—Te afanaste en conservar las piedras, como ahora, y en tu afán ninguna fue capaz de volar cuando tuvieron que volar. Yo las arrojé al río, una y otra vez. Tantas veces que se obró el milagro y al final volaron. 

El niño, que aún era sólo un niño, no supo que decir. Se quedó en silencio, mientras yo elegía mis palabras cuidadosamente en mi pensamiento. Luchaba por no verme invadido por su presencia, nunca supe si lo lograba. 

—Sabes que eres distinto, que no eres como los demás. No te alimentas de la carne, que no te sacia; sólo la sangre aplaca tu necesidad voraz. Aunque sientes verdadera compasión por las vidas que te llevas, cuando te alimentas, no lo haces por hambre… lo haces para completar tu verdadera esencia como Dhemeides. —Añadí, ya sin mirarle al profundo e insondable océano violáceo de sus ojos.

  El muchacho derramó una solitaria lágrima, que entonces no vi, o quizás no quise ver.

—¿Cómo puedes ser mi hermano? —Inquirió tembloroso, quizás esbozando ya el recuerdo de días pasados en su temprana mente.

—No soy tu hermano de sangre, ni de esencia. Soy mortal como tantos otros pues nací de mortales, y la esencia de la discordia, tu hermano, vive en mí. Al morir ella su dolor fue tan grande que se rompió en fragmentos que se encarnaron en otros tantos como yo. Tan basto fue el dolor que se engañó a sí mismo, sintió miedo, sintió odio, sintió ira, luchó para sólo sentir el dolor y desesperación. Siete fragmentos de la esencia de un dios que sólo quería ser olvidado, para siete avatares que irónicamente moverían el mundo por él.

Tardó un largo tiempo en asimilar todo aquello. Mientras la mirada se le perdía en la alegre y constante corriente del río.

—¿Quién era esa de la que me hablas, de la que no me acuerdo? —Preguntó angustiado.

—Aldhea. —Le confesé, aún sin saberme con fuerzas suficientes para pronunciar su nombre. Y su nombre le sonó como un mazazo. Su eco le retumbó en el pensamiento, y sé que le acongojó el alma. Quedó en silencio, un largo silencio, recordando quizás. Casi podía ver como trataba de reconstruir, los pocos fragmentos que aún le venían a la memoria, y como estos no lograban formar un dibujo definido que pudiese entender. Y volví a sentir lástima por él, pero era necesario que recordara y aprendiera.

—Ella era hija del caos, la pureza donde todo es impuro, el origen también de toda la magia. Muy lejos, y aún de la mano de su padre sintió fascinación por tu hermano, la discordia, el artífice del cambio, y se separó de su mano para ir con él.

—Junto a ella y a tu hermano, junto a mí, creaste, creamos, la vida tal y como se conoce en los reinos. Alcanzamos el paroxismo del éxtasis bosquejando un mundo con cada pincelada, y aquello fue bello y bueno, porque en cada creación veíamos un atisbo de la hermosa magia de Aldhea.

—Ambos sois, somos… hijos del orden. Pero tú eres eternidad, donde el… nosotros, es… soy, muerte y cambio. —Casi tartamudeaba, mientras me perdía y él cobraba mucha más fuerza. En aquel preciso instante empezó a llover; y las gotas eran tímidas y frías en principio, pero crecientes en abundancia con cada instante que transcurría, y ni el pequeño ni yo parecimos tomar cuenta de la lluvia y empapados proseguimos con la conversación.

—Pero con ella llegó su hermano; el otro hijo del caos, y con él la destrucción a su, nuestra… creación. Y lloraste con amargura cada vida segada de tu preciosa creación. Los quisiste hacer imperecederos a la vejez, a la enfermedad… pero pese a tu voluntad, murieron por miles en la gran guerra contra el hermano de Aldhea. Habías repudiado mi obra que marchitaba con los años; los humanos. Pero los hice de una llama, aunque efímera, fue y es, aún resplandeciente incluso en la más negra de las oscuridades. Las piedras van al río, y se olvidan en la corriente. Así es mi ley. Aquel día necesitaste de piedras que volaran y todas se hundieron en el fango del río. Las mías, las arrojé tantas veces al río, que algún día… cuando lo necesiten… habrán de volar.

—No… no… no. ¿Por qué no recuerdo todo esto de lo que me hablas? —Preguntó tan angustiado que le faltaba el aliento. Se encogió y recogió agachado, su cabeza entre los brazos.

—Mataste a Aldhea. Acabaste con su existencia. —Sentencié. 

 —Eras un cobarde, y lo hiciste para salvaguardar tu creación. Tu hermano se rompió, nos rompimos, y quedé entre los fragmentos de su esencia como el fragmento de una mentira. Yo nací, conocí de otros padres, y tuve otra vida, que me ahora me es ajena en el pensamiento. Pero ahora soy parte de él. —Terminé por decir, no sin cierto temblor llegándome a la voz.

El silencio se hizo entre ambos, ya no hablamos más veces de aquello, y ambos fingimos no haberlo hecho nunca antes. El muchacho lloró y lloró. Lloró con amargura y las lágrimas apenas lograban confundirse con la lluvia, pero incluso entonces no pudo perdonarlo, aunque intenté aliviar su dolor con consuelo, mientras regresaba a la calma de mi razón. 

Creo que, desde aquel justo instante, Pan inició su propio camino a la redención por la que tanto luchó. Yo, por mi parte, puedo decir sin que me tiemble la voz al hacerlo; que recuerdo con cariño aquel momento, pues fue quizás el único en que ambos hermanos nos comprendimos mutuamente.

***

Dejé al muchacho llorando y pagando por su crimen, y mientras me alejaba con paso tranquilo, reflexioné. Aldhea, siempre ella. Hubo un tiempo en que llegaron a mis oídos palabras; palabras escuchadas de labios de alguien del que no recuerdo ya nada, o del que ya no quiero recordar. Aquellas palabras susurradas en mis oídos, me habían hablado de una leyenda tan antigua quizás, como antiguo es el mundo. Era una leyenda entonces no escrita de un tiempo del que no se puede contar en días, en eras, o vidas. Era una historia sencilla, y que hablaba de ella; de aquella que caminaba en la oscuridad de un vacío inmenso, cogida de la mano de un padre. Y ella era quien todo te he de contar, de la se sumerge en nuestras vidas; en mi vida y en la de otros muchos. Y su nombre era Aldhea. Aldhea.  

Ella caminaba a tientas. Sus pasos eran tímidos… no por la ausencia de luz, sino por el simple hecho ser incapaz de ver más allá de lo que unos ojos, incluso los suyos, eran capaces de percibir. Siempre guiada por la invisible mano de un padre al que nunca podía distinguir con claridad, porque su figura devoraba todo y nada; y lo que hay, es caótica bruma de lo desconocido, caminando a ninguna parte. Carecía de toda forma y lugar…. Y en aquel mar de caos caminaban juntos por la eternidad de un sólo instante, padre e hija, en aquel su templo infinito. Lo hacían tal y como nunca o siempre antes habían hecho, desde que el tiempo tuvo un nombre. Ella, la hija, en los eones del tiempo obró el milagro: Descubrió una luz que titilaba difusa pero resplandeciente, inmersa en la inmensidad de las tinieblas. Y fue entonces, sólo entonces, cuando ella tomó conciencia real de lo que era oscuridad. Entonces fue… cuando sus ojos contemplaron luz. Sí… Quizás fue la propia ensoñación de aquella niña que era Aldhea, la que hizo brotar con su inocencia aquel tímido resplandor en el caos… Más creo nunca lo podré saber. El que era su padre, sencillamente era; y ella veía con otros sus ojos, y sus ojos fueron o contemplaron la obra del milagro. Y contempló fascinada con ellos, aquellos hermosos ojos suyos, aquellos otros lugares distantes inmersos en el resplandor; y también, contempló otros tiempos y otras muchas y distintas realidades, y los acontecimientos también, de mil tiempos que la maravillaron hasta quedar prendada de ellos.

Entonces, como una chispa vital surgida de la nada, que eran para padre e hija aquellas lejanas tierras que ensimismada contemplaba, destacó, incluso en la maravillosa luz el resplandor de una llama brillante. Y aquella llama era brillante aún en la luz del resplandor, y logró llamar aún más si tenía cabida en alcance y magnitud su curiosidad. Y aquello que observaba era increíblemente bello, incluso rodeado por aquella totalidad del sinsentido, disforme y carente de tono, que lo rodeaba y sumergía con la amenaza constante de engullirlo en el olvido.

« Padre no puede ser ajeno a esto… debe ser su obra también. » Pensó.

Y quedó de nuevo absorta en su contemplación. Y transcurrió así y de aquel modo, largo, largo tiempo; tiempo en el que su padre había notado la ausencia de su ánimo, y entonces ella lo habló:

—Padre… ¿No es hermoso? — Le preguntó rompiendo el aberrante silencio. 

Aquellas palabras, si se las puede describir como tales, pronunciadas como fueron desgarraron la inmensidad imperante del mismo caos. Si fueron melodía o aberrantes aullidos, poco había de importar; pues eran sonido. Y nunca antes, había sido, de modo alguno, emitida vibración armónica; y esta se repitió como un eco audible, en la totalidad del infinito. 

Su padre miró entonces, allá donde había quedado prendada la mirada de su aún inocente hija. Y también lo vio. Y contempló la esfera de fea e insultante forma, homogénea casi en su totalidad, que vibraba impulsada por la excitación en la mirada de ensoñación de su propia hija. 

Entornando la mirada distinguió en ella entonces a dos hermanos, a los hijos la de luz que era aquel insano equilibrio. Eran tan impuros como lo eran sus propios hijos, como no podía ser de alguna otra forma, y pese a ello eran hermosos. Lo entendía, si bien no le importaba. Supo que muchos otros, en un tiempo se acostumbrarían a llamarlos por siempre orden. Vio a Dhemeides el puro, que era vida, calma, y eternidad… y vio a Khain el oscuro también, que era muerte, discordia, y la poderosa corriente del cambio de aquel nuevo mundo. Y los contempló inmersos en su obra que moldeaba roca, que sería mundo.

—Lo es. — Contestó, conteniendo el impulso de deshacerlos en la nada.

Y el padre la observó detenerse en la contemplación inquieta de uno de los hermanos, hasta quedar absorta. Y ella continuó mirándolo e ignorando al padre, y cuando más lo veía más crecía en ella la admiración por aquel ser que transgredía incluso con el orden imperante del resplandor. 

Su padre, sabía quién era él. Pero había imaginado que quizás ella sintiera afinidad por el influjo su hermano Dhemeides… pero después de todo… ella era su hija. Sus propias impurezas estaban reflejadas en sus hijos, tocados por el bien, ella, y por el mal, él. El orden de aquella luz que era el resplandor, también poseía sus vástagos y también estaban tocados por la aflicción de la impureza… no podía ser de otra manera.

  —Padre… ¿No te parece hermosa su obra también?  — Le preguntó, sacándole de su reflexión.

El padre miró con más atención, y vio que tanto él, como la obra del oscuro eran puro cambio. Supuso que aquella llama transgresora brillaba aún más, estando inmersa en la oscuridad de aquel orden impuesto, tal y como él lo veía. El padre, al final incluso se sorprendió admirándolo también, y  mermando su deseo de deshacer mácula. 

—Lo es —Dijo con voz queda. 

—Padre. —Susurró suspirando. —Lo amo.

Y el padre de Aldhea no dijo ya nada más. Y lo que había dicho su hija, continuó escuchándolo ya, por la eternidad, y entonces supo que llegaría el momento en que ella se alejaría de su lado, como un día también habría de hacerlo su hermano. Nirvaeth. 

Nirvaeth, el hermano de Aldhea, también caminaba en el vacío; llevado de la otra mano del padre. Y Aldhea jamás lo había llegado a contemplar, pues el caos reinante de su padre siempre medió entre los dos hermanos impuros, como lo hace una gran montaña entre laderas contrapuestas. Pese a no verla jamás siempre se sintió en compañía de su hermana, y ella en la de él. Al marchar ella, lloró incluso más que padre… y no pudo comprender o asimilar su ausencia, y no pudo dejarla partir. Nirvaeth siguió a Aldhea en la obra de la creación. La buscó, y reclamó su compañía para sí mismo, trayendo destrucción y desgracia a su nuevo mundo. De aquel modo, fue como llegó la primera estrella al firmamento, la estrella roja, la estrella sangrienta; y con ella, la amenaza eterna de disgregar la creación en el olvido.

 

LIBRO PRIMERO

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