Mala sangre

La media docena de sanadores, surgidos de la nutrida comitiva de los elfos de Shatrath, atendían las heridas de la víctimas del ataque que no habían sucumbido a las dagas de Umiel. Muchos entre ellos morirían pocos días más tarde a causa del veneno inoculado que entonces se adentraba de manera lenta, pero inexorable en su organismo. No ocultaban su mayor atención y celo a la mano cercenada de su señor, que se desprendió pronto de sus cuidados para dirigirse de nuevo al grupo formado por Elham, Draill, Eorden y el pequeño Pan. Su paso era apresurado, su semblante cargado de seriedad.

—Saldré con vida de esta, me puedo considerar afortunado. Hacía tiempo tenía en mente un artefacto de metal para sustituir una de mis cansadas manos —Dijo restando importancia a la herida aún sangrante.

—Supongo que ya no tengo que pensar cual de ellas reemplazar. —Añadió en lo que fue un ensayo de broma, pero que torció su gesto en una amarga sonrisa, cuando contempló ausente el cadáver de Niore.

Apenas podía contener las lágrimas. No importaba cuantos hubiese visto caer en los milenios del transcurso de su pesada vida, siempre se rompía algo en él cuando se perdía una vida en la historia. En aquel día había perdido una gran aliada, una gran amiga, y a muchos más con ella.

—El asesino claramente ha centrado su objetivo en el hijo de Elham. Se estaba ensañando con él. ¿Sabéis por qué?

El joven le habló, ayudado por los demás, cuanto había sucedido en el ataque a la aldea. El elfo escuchaba paciente cuanto hubieron de contarle, y fueron pocas las veces que le interrumpió con algún detalle. Cuando dieron por finalizado el relato, Antrazar hizo un largo silencio valorando cuanto hubo escuchado.

—Elham. Siento decirte que cargas sobre tus hombros con la sentencia de tu muerte… Muchos antes fueron perseguidos por el desalmado de Umiel en el pasado, y todos ellos… sin excepción… murieron tarde o temprano gracias al concurso de sus artes. Jamás lo he tenido tan cerca… después de entonces…

—¿Después de que?¿Te has encontrado con él antes? —Preguntó Elham. 

—Hace mucho, mucho tiempo. Antes rivalizábamos en nuestro arte de forja…

—No puedo llegar a creerme que ese ser abyecto, pudiera tener algo que ver con nada parecido al arte. —Comentó Eorden, metiéndose en la conversación de ambos.

—Aunque os cueste aceptarlo, así era. En el último reducto de los elfos de antaño; en Arghion, aún persisten las casi olvidadas artes de la antigua forja. Fue la ciudad natal de Umiel, al igual que la mía propia. El tiempo de Umiel no fue el mío, y yo en aquel tiempo suyo, ya había marchado a mi ciudad adoptiva: Shatrath.

 En uno de mis regresos a Arghion, me lo dieron a conocer. Me lo presentaron antiguos discípulos míos, ya por entonces ordenados maestros, como una revelación en el trazado de runas de poder. Umiel destacaba en el encantamiento de objetos menores, y debo advertirles que por menores no se hace referencia a la cantidad de poder mágico capaz de almacenar en el artefacto, sino al tamaño en sí… del forjado o tallado.

—Sin embargo, el poder mágico depende en la mayor parte de los casos de la masa o el peso, determinados por el material de que está hecho y su tamaño.—Objetó Draill, y a su objeción Antrazar le dedicó como gesto una amplia sonrisa en su contestación. 

—Así es, joven mago. Sólo que Umiel dominaba una técnica de forjado única, y por lo que pude observar, esta se basaba en la forja y enrunado de múltiples capas. Además, Draill me puede corregir si no estoy en lo cierto… pero toda magia exige un precio elevado. Mi propia técnica en las creaciones de las que me siento más orgulloso, se basa en el poder a través de la esencia, y en algunos y raros casos utilicé de almas. La de Umiel, en cambio se apoyaba en la sangre. 

—¿En la sangre? ¿Qué tiene de extraño? ¿Acaso tu propia técnica de sellado de esencia, no utiliza sangre para afianzar el poder mágico? —Argumentó Draill.

 —De nuevo… así es, joven mago. Pero el sellado de la esencia contenida por las runas, se hace durante la confección del artefacto. Las dagas de Umiel reclamaban la esencia del propio portador, sangrándolo a través de la empuñadura. Una aberración en sí, pero convertía en poderosas hojas de muerte, y muy peligrosas…

—Nunca podrá combatir con ellas usándolas durante demasiado tiempo, acabarían por secarlo ¿Verdad? —Preguntó Elham algo esperanzado, y ostensiblemente ansioso por encontrar alguna debilidad en su inquisitivo perseguidor.

 —Acabaría por morir desangrado por sus propias armas. Sin embargo… no debo obviar lo que creí entender, y es que las hojas también podían beber de la esencia. Muy poca cantidad deben de ser capaces de poder absorber… dado el escaso tiempo estas entran en contacto con los cuerpos. Como hemos tenido la desgracia de presenciar, las hojas son capaces de regresar a su portador.  

 —Son perfectas y eficaces para el exterminio. Una abominación hecha metal ¿Cómo crees que ha podido hacer algo así?  —Digo Elham.

 —Si fueran un diseño mío, cada una de las armas debería estar fuertemente vinculada con un nexo. Lo más seguro que se trate de un anillo o brazalete. Dado que es capaz de usar las seis a un tiempo, es casi seguro que haya usado de un anillo como nexo, y el anillo estará a su vez vinculado con el portador además de con el arma. De este modo es posible que las dagas regresen a la mano concreta con que fueron lanzadas.

Se le había confiado el encargo de forjar seis dagas, que habrían de ser utilizadas por tres elegidos para debilitar las fuerzas de los demonios, dos armas para cada uno de ellos. Orgulloso, me mostró su obra. Pero quedé inquieto, más no dije nada entonces.

—¿Pero… qué fue lo que causó tu inquietud? —Preguntó de nuevo Elham. 

—Eran seis obras del más exquisito arte. Quedé muy complacido con la evolución del arte en Arghion, eran realmente excepcionales… Y Umiel… en su estupidez ajena a lo que habría de convertirse, las llamaba misericordias. Las llamaba así, porque decía… estaban fabricadas para dar una muerte dulce y misericordiosa a sus pobres víctimas, pues él no era capáz de soportar la crueldad y el dolor. 

La primera misericordia mientras el filo no se encontraba próximo a carne, era casi invisible; muy difícil de distinguir y en su vuelo, además, no emitía ruido alguno. Estaba forjada en Irv puro, y dado que usó tan noble y raro metal, era muy liviana y estaba perfectamente equilibrada. A esta la llamaba “Viento silencioso”.

 La segunda misericordia creaba un vínculo mágico con el nexo, y la dirección de su vuelo la podía alterar con un tirón como si estuviera sujeta por un fino hilo invisible. A esta la llamaba “Títere”. Su hoja un forjado de Imarhill.

En cuanto a la tercera, la llamaba “Roe-piedra”. Estaba tallada de un exquisita y fino fragmento de cristal Gangliev. Estaba sellada para aumentar su calor con el movimiento; a más rápido este fuera, más intenso el calor. Puede fundir y perforar con su hoja roca, e incluso metal, pues creo además que también fue sellada su inercia, pero no os lo puedo asegurar.

La cuarta misericordia era capaz de rasgar cualquier entramado mágico. Utilizada para disipar cualquier encantamiento, servía para desbaratar las defensas que cualquier mago. La puso el nombre “Espectro del vacío” y estaba elaborada a partir de hierro de los enanos. 

A la quinta misericordia la llamó ”Vórtice”. Crea hasta tres réplicas exactas de la daga que pueden ser lanzadas, pero cuando la daga real impacta en el objetivo, las copias estén donde estén confluyen en el mismo punto de impacto.

La sexta y última de las misericordias era la más extraña creación que ví de él, y la más grande en tamaño… y pesada, también. La llamaba “vórtice” , y estaba confeccionada a partir de una peculiar aleación de Irramrag con otro metal que no pude distinguir en el corto espacio de tiempo que la pude contemplar. Engarzada en su empuñadura, un cristal perfecto y oscuro emitía un debilitadísimo fulgor rojizo. Su peso aumentaba con enormidad cuanto más se alejaba de la mano de su lanzador, ensartándose en el objetivo, con la fuerza un meteoro. Creí entender por lo que nos dijo entonces que además tenía como propiedad, la proyección del cuerpo de su lanzador al lugar donde detenía su vuelo. Tan sólo con aquella última daga, superaba con creces cualquier expectativa que pudiera tener de sus creaciones en un principio… ¿Acaso era capaz de alterar la masa y por tanto el poder de aquella última creación? 

Lo que llamó mi atención y mi duda, fue que cada una de aquellas armas era única, todas estaban diferenciadas en sus materiales de fabricación, técnica de forjado y sellado… aparte las propiedades de los sellos que os he mencionado, porque quizás algún día conocerlas pueda salvaros la vida, hay otras propiedades que requieren el uso de tres entre las seis, o la totalidad de las armas.

Umiel, había precisado de varias décadas de abnegada dedicación, entregadas a la confección de aquellas armas. Y aquel día en el que estuve en la corte, fue el que las presentó para cederlas a la guardia. Eran su orgullo, habrían de ser el orgullo también de aquellos a quienes habrían de servir.

—¿Cómo pudo convertirse en quién es… ? Un ser tan cruel, abyecto y despiadado… ¿Quizás en realidad nunca quiso desprenderse de sus dagas? —Quiso saber Eorden, sin entender cómo pudo haber cambiado de aquel modo.

—No lo entendéis… pues es peor aún de lo que intuis. Era un joven con un futuro prometedor en la noble y ancestral Arghion, y de familia con profundas raíces en su estirpe. Sentía auténtica pasión por la danza. Decían de él que incluso cuando luchaba imprimía locura desenfrenada en cada uno de sus movimientos, que siempre resultaban precisos y elegantes, pero cargados con la fuerza exacerbada del arte apasionado. Gozaba de excelente nombre entre los suyos, que eran la guardia de la ciudad, y era, o al menos parecía, un esposo entregado por entero a su familia. A su  esposa, y a sus tres hijos. Pero una noche todo cambió, pues me dijeron . Os aseguro que no había ocurrido nada que destacar, pues indagué en la búsqueda de algún motivo, las horas anteriores a su transformación… Digo transformación, sí… porque aquel no era el mismo ser cargado de bondad para su comunidad. Dicen que gritó como ningún ser vivo puede ser capaz de gritar. Dicen que gritó y gritó, y no dejó de gritar. 

—Pero… ¿Qué fue lo que le pasó?¿Acaso tornó a la locura?

—Nadie lo sabe. Y supongo que nadie lo sabrá jamás. Degolló o decapitó a cientos entre aquellos que antes saludaba con la más cálida de las sonrisas, durante su paso de salida de Arghion. Los primeros a los que dió muerte fueron su esposa e hijos que fueron encontrados en sus camas, pues los asesinó a sangre fría mientras dormían dejándolos en el manto de una gran salpicadura de su sangre. Hace largo tiempo que abandoné la duda sobre cómo proceder con Umiel. A su paso he contemplado la estela de muerte en ciudades y aldeas enteras masacradas por él. Niños, ancianos, mujeres… sin importar raza, fuerza o condición, mata. Mata, creo…. por el simple placer de matar. Carece del más mínimo apego por la vida de los que le rodean. Los pocos que parecieron haber sobrevivido, los usó para esparcir su semilla de terror. Siempre afirmaron, poco antes de morir a causa de sus venenos, no poder sacarse del pensamiento del haber visto en su expresión la mueca de la más intensa aversión. Dijeron que odiaba la vida en sí, y lo asqueaba… 

Mucho antes de su participación en la guerra del norte, era temido y odiado en cada uno de los reinos. Pienso que se unió a las fuerzas del que llaman Alvhensoth, y a los otros que caminan junto a él, tan sólo porque comparten el simple y llano deseo del exterminio de toda vida. Sí.. podría decir que lo odio, y si creyese que pudiera servir de algo, podría reunir un ejército de miles entre voluntarios que matarían por la más mínima oportunidad de buscar su muerte… porque aún en esta noche claman venganza por la de un ser, que les fue  muy querido… y como esos, ya os digo que hay miles de almas en pena, porque no pueden ya conocer paz alguna. Pero sería inútil aunque lo hiciera, pues nadie ha sido capaz de seguirlo jamás. 

—¡Elham no puede morir! ¡No…! ¿No dejaréis que se acerque a él, verdad? —Exclamó Pan aterrorizado y  negando con la cabeza al tiempo. 

—No lo permitiremos, niño. Queda tranquilo pues ya estamos sobre aviso, y no habrá de encontrarnos de nuevo con la guardia baja —Sentenció Eorden, ante la atenta pero dubitatiba mirada del herrero elfo.

—Quería hablaros de Niore, y su más preciado don: Reizza. Es imperativo que escuchéis también, cuánto he de deciros acerca de esto. —Anunció Antrazar, cambiando por completo el tono de su voz.

***

—Pocos saben de la contribución de Niore a los reinos. —Empezó diciéndoles Antrazar. 

—Aunque aún era joven, al menos a los ojos de mi propia experiencia. Se labró gran reputación como exterminadora de demonios, y su pericia en el manejo del arco y del tiempo en combate nunca han tenido parangón al menos desde mi punto de vista.

Siendo apenas aún una chiquilla, siempre estaba gustosa de acompañar a la liza a cuantos la aceptasen, entre los grupos de vanguardia en la lucha contra los demonios. Eran tiempos difíciles, y los caminos entre las llanuras apenas comenzaban a ser seguros. Pero sabía luchar bien y cumplía con creces su cometido, cuando muy poco se esperaba de ella.

La mala suerte de un destino amargo, quiso que en un mal invierno, la partida a la que pertenecía se viese envuelta en una lucha, de la que en ningún caso podría resultar victorioso. Se encontraron con un demonio de extraño e inusual poder. No era un demonio de proporciones gigantescas como otros, pero una sóla mirada bastaba para tener certeza del aberrante poder guardado en su cuerpo deforme. De lo poco que supe por ella, intuyo que se trataba de Arzuriel… 

—¿Arzuriel dices?. 

Pese al terror que inundaba los corazones de la compañía, su orgullo debió impedir la retirada. Quizás ninguno entre ellos quiso admitir el miedo, ante una criatura en apariencia inferior a las muchas otras que habían combatido y eliminado.

Aún distaban mucho de alcanzarlo, y del suelo dijo que surgieron como lanzas miembros de su ser que atravesaron sus cuerpos. No murió ninguno entonces, pues en su vileza la criatura no había querido darles muerte temprana. Quedaron todos incapacitados y agonizantes, mientras el demonio se les acercaba. Paso, a paso, dijo que se acercó. Y cuando llegó a ellos, dijo que lo escuchaba masacrándolos uno tras otro. A ella la dejó en último lugar. Ella pudo ver su blanco e inmaculado rostro deforme, sin ojos, y sin boca, ni orificios en nariz, mirándola a través de unos ojos inexistentes. Allí mismo fue violada por el demonio, mientras este emitía un sonido tan agudo que creyó se le reventarían los tímpanos. Cuando terminó, la liberó de su presa; y el demonio se alejó del lugar continuando el mismo camino que seguía cuando los dió alcance.

Cuando Niore llegó a ciudad no dijo nada entonces. Sólo sabíamos de la evidencia de que había sido la única superviviente, del encuentro con un demonio. Tardó años en sobreponerse a sus heridas, más pienso que jamás sanó de una forma plena del daño sufrido por su alma. Tan sólo quiso decirme a mí algo de lo que sucedió entonces, eligió vivir el resto de su vida en solitario con el recuerdo del ultraje. Engendró una hija, fruto de aquella violación. Quise hacerla deshacerse de la criatura, y entonces no entendí porque Niore se negó a abandonarla al menos. Hoy al menos sí entiendo algo de su reacción, pero entonces supongo que mermado por el miedo a estar sembrando en mi amada Shatrath, una mala semilla que con los años habría de germinar. Pero Reizza creció sana y aunque no tan encantadora, supo granjearse mi poco predispuesto amor. El amor incondicional de su madre, siempre lo tuvo desde su nacimiento.

—¿Pero… Raizza es consciente de lo que ocurrió? —Preguntó Draill alterado.

Antrazar negó con la cabeza. 

***

Mientras hablaba de ella, Antrazar no podía dejar de mirarla. Ella murmuraba promesas a los oídos de un madre que ya no la escuchaba A los ojos de Antrazar parecían acudir las lágrimas, pero fue capaz de retenerlas en sus disciplinados lacrimales.

Madre… Escúchame madre… Sé que me escuchas… siempre lo has hecho. Mataré a ese demonio… y al otro demonio que dices es mi padre. Te lo juro… Madre… Escúchame madre… Sé que me escuchas… 

—Muy a mi pesar, me veo en la necesidad de confiaros la vida de Raizaa, hija de la rectora; para la protección del pupilo de Dragorax. Dadle una oportunidad para saciarse, pues necesita de la venganza. Ella más que ninguno, entre todos nosotros. Al menos por el tiempo en que la vida del hijo de Dhilos peligre. Al menos hasta entonces. Si cuando Elham se encuentre seguro no deseáis de su compañía y fuerza que, sin duda, os será de gran valor, ella retornará a nosotros. —Dijo. 

Perdóname… Madre… Siempre… te he querido. Siempre. No sé… lo que va a ser de mí… pero siempre te voy a querer… Perdóname… te lo suplico. No quise ser así… perdóname. Madre… Escúchame madre… Sé que me escuchas… 

Viendo la negativa en la expresión de sacerdote y del hechicero, continuó con el que ya era un ruego:

—Sé que Dragorax ponía celo en la protección de su linaje, y me veo en la obligación moral de contribuir a su deseo pues nuestra promesa para con él, tiempo atrás, aunque ya haya sido más tarde que pronto. Esto fue hablado con Niore antes de que le llegase tan cruel destino. Os ruego no declineis esta propuesta, que acreciente aún más, la vergüenza que ya siente nuestro pueblo al fallaros, que al menos ella contribuya a la causa por la que dio la vida el insigne Dragorax. Por favor, os lo suplico. Mitigad al menos en levedad nuestra culpa, y permitidle la oportunidad de vengar la muerte de su madre. Os lo suplicamos…

Te lo juro… Lo mataré. Te lo juro… Madre…. a todos.

—Os  agradecemos la ayuda entonces. De verdad.—Terminó adelantándose Draill ante la duda de Eorden.

Raizza desfalleció ante Antrazar, que poco o nada pudo hacer para proporcionarle consuelo. Completamente agotada, sólo pudo llorar hasta que ya no tuvo más lágrimas que derramar. El la condujo en brazos escoltado por el grupo de amigos a la cabaña donde la arropó.

—Cuando despunte el alba antes de partir, hablaré con Raizza y me despediré de ella. Ahora habéis de descansar si podéis conciliar sueño alguno, pues yo sé que no podré y me quedaré velando su sueño. 

Antrazar agradecido antes de despedirse, se deshizo en elogios y tomó en mucha estima al joven hechicero de que nada sabía, y al que obsequió con objetos de poder, que este supo valorar y agradecer. Cuando desaparecieron de la vista de ambos, tanto Draill como Eorden, tuvieron la incipiente sensación de que la joven elfa en realidad había sido abandonada en aquel lugar que le era extraño. La mañana que siguiese a tan funesta noche,  no se anunciaba tampoco sencilla para los compañeros. Uno tras otro, y completamente agotados, trataron de alcanzar el reparador descanso que necesitaban.

***

Elham está soñando. El mismo sueño recurrente, pensó, inmerso aún en el sueño. El viejo enano ante él. Arrojando leños a una chimenea en medio de la nada, donde hace tanto frío, y tan sólo las ascuas, arrojan un poco de calor para calentar el cuerpo. 

El viejo se gira, y le sonríe tendiendole una mano temblorosa. Sus ojos le hablan distinto, ellos le cuentan de que aquel anciano enano entonces sólo siente miedo. Mientras, la madera se consume estéril en el crepitar de un fuego inútil…

***

Con los primeros rayos del sol asomando entre las montañas, la partida de elfos del valle abandonó el lugar con premura, dejando atrás a la desconsolada hija de su difunta rectora. Esa misma mañana Draill, habiéndose despedido de los últimos asistentes al funeral, puso toda su atención en Raizza. Ella aún dormía, y podía descubrir si se esforzaba las lágrimas secas sobre sus mejillas. Se quedó ante ella, contemplandola. Incluso creo que sintió cierta lástima por ella. Él sabía bien lo que era la sensación de estar sólo en la vida, era el menor de cinco hermanos y nunca recibió ninguna atención sobrante del resto de sus hermanos mayores. Quizás ella tendría alguna posibilidad, era hermosa de una forma salvaje… 

—¿Por qué estás mirándome? —Raizza se había despertado.   

—Estaba preocupado por tí —Contestó.

—¿Me estas acosando, o es que crees que soy una niña? —Inquirió indignada.

Ella entonces recordó el día anterior, se entristeció. Draill percibió el momento exácto, y su dolor. Raizza pareció entrar en una crisis de ansiedad, le faltaba el aire. Después, disipó todo signo de fragilidad de su rostro. Incluso a Draill le pareció ver un tenue fulgor en el iris carmesí de sus ojos, como aquella otra vez. Lo miró enfurecida directamente a los ojos, sin pestañear siquiera, sintiéndose insultada por quedarse frente a ella ante su fragilidad. 

—Te recuerdo —Afirmó. 

—Me gustaría preguntarte, pero temo traerte malos recuerdos —Draill mientras hablaba con ella andaba con pies de plomo, sondeando cada minúscula reacción, temiendo por su estado de ánimo. 

 —Pregunta sin miedo… si tienes algo que preguntar. No me voy a romper. —Le aseguró.

—Vale pues…  ¿Qué te pasó cuando cargaste la segunda vez contra Umiel el asesino de tu madre? —Preguntó Draill sin medias tintas.

  —¿Qué me pasó? Que intenté machacarlo, pero ese nacido de mala madre huyó… ¿Me lo echas en cara ahora, maguito?

—Ví como te transformabas… en algo distinto, cuando murió tu madre. Tus ojos ardían, y eso es algo que me recuerda a los demonios… Te quedaste clavada en el mismo lugar, sin reaccionar…

—Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja. —Se rió Raizza con una risa tan exagerada, que parecía estar mofándose de él —¿Tanto miedo te doy que piensas que soy un demonio? Ja, ja, ja, ja. Tienes cierta gracia maguito de tres al cuarto, al menos has logrado hacerme reír…  hoy —Y le dedicó la primera sonrisa que le pareció auténtica en ella. 

Draill se quedó mirándola fijamente. Lo hizo de tal forma, que al final ella tuvo que entender que no lograba disimular el terror que ella misma sentía, por aquel cambio de estado. Con un fuerte resoplido, con el que parecía aliviarse de una pesada carga, acabó por iniciar una sincera confesión ante Draill.

—No se lo que me pasa, a veces… veces que despierto , y han pasado cosas malas, muy malas. Yo sólo a veces pierdo el control… me enfado… y pasa eso. Mi madre me enseñó desde bien pequeña a combatirlo, de mil formas distintas. Por eso soy así con los demás, necesito sacarlo fuera… sacarlo fuera, sacarlo fuera, ji, ji, sacarlo fuera.

—Ayer en la noche me bloqueé, y no encontraba la forma de salir de ese estado. Gritaste mi nombre muy fuerte… y desperté. Pero ayer… ayer… me fue muy difícil, me perdí… me perdí… me perdí…

—Temes no volver de allá donde vas, del oscuro lugar donde va tu mente ¿No es así?

Raizza asintió dejando caer los párpados. Draill tomó la decisión de dejarlo por el momento, porque notó que el simple hecho de hablar de ello la causaba enorme daño. No era el momento para la satisfacción de su propia curiosidad. Después de todo, al final apenas era sólo una niña.  

***

No mucho después de aquello despertó Aimiel, que pronto acudió a comprobar el estado en que se encontraba su amigo Elham. Se tranquilizó al comprobar que respiraba con regularidad. 

—El bebedizo que le he suministrado es potente. —Le dijo Draill tras de ella. 

—Espero que así sea. —Suspiró.

—Hace mucho, mucho tiempo, desde el día en que nos separamos. Antes éramos casi inseperables ¿Recuerdas Draill?. Pero nunca os he olvidado, incluso después de tantas cosas que me ha tocado vivir… y la distancia. Siempre recordaré lo mucho que significábamos los unos para con otros entonces, y todo lo que nos pasó en nuestra ñiñez. —Añadió con un sonrisa.

 —Yo tampoco lo hice. En mis malos momentos que no fueron pocos, añoraba vuestra presencia. Cuando sentía desfallecer… rememoraba el tesón de Elham, la determinación del buen Eorden, y tu sacrificio y abnegación Aimiel… 

—¿Vosotros volvisteis a saber de los mestizos? —Le preguntó Aimiel. 

Draill negó con la cabeza y bajó su mirada. Avergonzado quizás, por haber abandonado a su suerte a aquellos dos desgraciados. Ni tan siquiera se lo había preguntado a Elham al reencontrarse con él, no lo había hecho porque estaba seguro de que él, había continuado con su búsqueda, incluso mucho tiempo después de su partida al norte en busca de la magia prohibida. 

—Muchas veces me pregunto por ellos… Pero la razón me dice que nunca sabremos de ellos. Sólo espero que aún permanezcan juntos, y no hayan muerto.

—Los busqué… —Dijo Elham con voz ronca, que había despertado y los había estado escuchando a hurtadillas, sin abrir aún los párpados de sus ojos. Se irguió dándose tiempo para hacerlo, mientras los miraba aún cansado y somnoliento.

—Durante mucho tiempo… Seguí varios caminos al norte tratando hallar el rastro de sus pasos. Pregunté a muchos por ellos, pero nadie sabía o quería saber de nadie ajeno… pero hubo unos cuantos que me hablaron de los esclavistas, que en aquel tiempo hubo pequeñas aldeas enteras arrasadas por los desalmados esclavistas de Budock. Me contaron de los muchos que habían desaparecido, y que lo más seguro era que habrían caído bajo el peso de su yugo.  Eran fuertes, y me niego a pensar en eso… pero en parte me uní al ejército porque sabía que cabía una remota posibilidad de que me encontrara al menos con alguno. 

—No los encontraste. —Concluyó Aimiel. 

—No tuve esa suerte, y por desgracia os tengo que decir que coincido con Draill. Pues la vida más al norte, casi carece de valor alguno. Las gentes se venden por unas pocas monedas, en una lucha diaria por una supervivencia en la parecen aves de rapiña. Aunque me pese admitirlo, con suerte, murieron antes de llegar a la gran ciudad de Sagosiath como esclavos, pues por lo que sé de la vida allí… son pocos los que sobreviven en tales condiciones.

—¿Te encuentras mejor? —Se interesó Aimiel, deseosa de cambiar el tema de conversación que tan sólo había de depararles aún más pesar. 

—Me siento aún muy cansado, y no puedo pensar con claridad. Imagino que es normal dada la situación… —Contestó.

—Ese veneno te habría matado —Le aseguró Draill.

Los tres escucharon tras la puerta a Raizza sentarse en la mesa del comedor con un gran cuenco de leche que se había servido. La escucharon sorber haciendo mucho ruido, apurando su contenido. 

—No os calleis ahora. Seguid cuchicheando, que sé que habláis de mi. 

***

Pocos días más tarde llegó a la cabaña del buen Dhilos, un misterioso visitante. Llegaba en la temprana mañana desde muy lejos y con mucho retraso al funeral del enano. Elham había empeorado en salud en cada uno de esos días, y temían que la progresión resultase fatal. Todos dormían, incluso Draill, al que venció el sueño en su vigilia. Incluso también, la muchacha elfa de pelo rojo dormía, que ya cansada del derrame de un torrente de lágrimas, se embozaba en las que, a su juicio, eran unas mugrientas sábanas, que poco se parecían a las suyas de seda. El desconocido, furioso por no haber llegado a tiempo a despedirse su padre, aporreó con tanta fuerza la puerta de entrada que pareció, la iba a derribar. Aquel era Midkul; el menor de los hijos de Dragorax, y aquel fué el día en que lo conocieron.

Llegó bramando y maldiciendo por no haber llegado a tiempo para asistir al funeral de su amado padre. Traspasó el umbral de la puerta, como una exhalación, sin esperar siquiera a que se lo invitase a entrar. Uno a uno todos los que habitaban la cabaña del buen Dhilos, despertaron, y se presentaron en el salón principal aún aturdidos por el sueño.

 —Maldición, no he llegado a tiempo. —Dijo apoyando la cabeza de un pesado hacha sobre la madera.

—Me presento ante vosotros. Soy Midkul, hijo de Dragorax, y he venido con la intención de presentar mis respetos a mi difunto padre. El largo camino desde Kudtumbor y los malditos orcos, no han dejado que pudiera despedirme de mi padre antes de regresar a mi tierra. 

 —¿Sabéis si dejó algún escrito como testamento? —Quiso saber el enano. Todos se encogieron de hombros, con la excepción de Elham que negó con la cabeza, quebrando la poca o ninguna esperanza de Midkul.

 —Mierda…  ¿No sabreis si conservó o donde guardó mi padre una antigua llave? Una llave del tamaño de mi pulgar, de un color cobrizo y gastado. 

—No recuerdo haberle visto en vida con ninguna llave ¿Por qué la buscas? —Contestó Elham, y demandando la explicación a la pregunta hecha.

—Hace más de de dos décadas, que Dragorax abandonó la fortaleza en la montaña. Muchos entre los enanos, respetaron su decisión de marchar, pero aguardaban su regreso, algún día. El guardaba la llave una de la cámaras del tesoro de Kudtumbor; la llave de la cámara de su linaje, de mi linaje. Es mi familia, y debo reclamáros la llave que da acceso a la cámara.—Explicó.

—Humm. Aún no está frío en la tumba, y ya reclamas una herencia, que me parece  no mereces. No, no, no. —Le dijo Raizza, mientras gesticulaba la negación con el dedo.  

Aún sin llegar a dar crédito al inoportuno comentario de la descarada elfa, Elham se apresuró a colocarse delante de ella, mientras el enano avanzaba encolerizado. Enrojecido de ira, parecía querer cargar contra ella y no le importaría quién fuera se interpusiese en su camino. Elham sabía del carácter de los enanos, y temió por ella aunque de poco la conocía. 

—¡Estupida elfa! Retira tus palabras, si no quieres que beba con tu cráneo como copa. ¡No creas que no soy capaz de cumplir mis amenazas! —Bramó. —¿Te escondes? Ven aquí y repítemelo. 

Todos los demás presentes hicieron una barrera con la que rodearon al enano. 

—No son modales —Bramó de nuevo, mientras se contenía.

—Ni los de esta cría… ¡Ni los míos, por supuesto! Os pido perdón, son malos momentos y no tengo medida ni freno.

Tanto Elham como los demás, excusaron al enano. Sin embargo, no lo hicieron con la misma facilidad con la elfa, que siempre parecía descontrolada. Eorden practicó el cansado tedio del ejercicio de la diplomacia, que acabó con Raizza alejada del resto, y con el hijo de Dragorax examinando hasta el hartazgo, toda suerte de arcones distribuidos por la cabaña del buen Dhilos, que cobijó también a su padre en sus últimos años de espera. Al final, desesperado y alcanzado por el sueño y el cansancio también, se metió en el saco de dormir que colocó junto al fuego. Farfullaba en el concilio del sueño necedades varias, entre las que se encontraba la poco decorosa tarea de exhumar el cuerpo de Dragorax, y que Elham prefirió fingir no haber escuchado.

***

La incomprendida Raizza, pensaba en la penumbra lejana al leño encendido. Incluso en las circunstancias de un pasado tan funesto como el que había sido de ella, costaba aceptarla tal y como era. En aquella noche, sólo disponía del apoyo del mago. Y fue en esa misma noche, una de las primeras, cuando la conversación entre ambos fue más sincera. Más sincera que lo que fue, en tiempos que aún habrían de venirles. Draill se acercó cuanto pudo, o más bien, debería decir cuanto le dejaba, tanteando cada uno de sus pasos. Y en aquella noche, en la que se sentía tan frágil, fué en la que al final se abrió a él. Y cómo un mal presagio, la distante luz de las lejanas ascuas de la hoguera, iluminaron sus ojos con su mortecino resplandor rojizo impregnado en ellos.

—No me judges —Le dijo. Draill negó hacerlo, con un gesto despreocupado.

—Todos os creeis con el derecho a juzgarme, y no entendéis nada… No penseis que sois especiales, siempre he causado problemas a todos… Nadie me soportaba en palacio, tan solo mi madre… y ya no está tampoco ella — Se lamentó.

—Puedes dejarnos entender lo que te ocurre, a todos, y así no sólo te comprenderemos, también quizás podríamos ayudarte…  

—¿Qué te hace pensar que necesito vuestra ayuda? ¿Tán débil me crees? ¿Acaso soy una inválida? Míralas bien… tengo dos piernas, y dos manos incluso… Me basto y me sobro para sobrevivir sin vuestra ayuda, magito del tres al cuarto.  — Le dijo escupiéndole las palabras con un torcido gesto de burla, en la que se escondía una tímida sonrisa. Jugando con sus cabellos, los colocó tapándose el rostro.

—Te voy a plantear una pregunta sencilla… No pienses que es estúpida, aunque te lo parecerá… 

—Si ya, a ti mismo, te parece estúpida… mal me la estás vendiendo ¡Eh! Bah… ¿Qué más me importa? Seguro que me río un poco más de tí… ¡Escupe gusano! 

Draill viéndose a sí mismo reducido a poco más que un malhadado botarate, contuvo el aire. Intentó darse a sí mismo un poco de dignidad, y a las palabras que habría de pronunciar, para conducir su idea ante la descarada elfa. Temió una mala reacción, pero aún así, las pronunció con sumo cuidado: 

—De poder elegir… ¿Qué te gustaría más? ¿Estar menos loca como tu dices… o estar en calma? — Dijo al fin. La elfa, en un primer momento, pareció estar dispuesta a estallar en una sonora carcajada, pero la contuvo y pensó.

—Estar menos loca, por supuesto. Es lo que me crea problemas con todos. — Dijo seria.

—Entiendo. — Dijo Draill reflexivo.

—Ese es el problema, ahí reside la esencia de tu problema. — Añadió ante la mirada incrédula de Raizza entre sus rojizos cabellos.

—Verás…  si su alcance, tu objetivo por llamarlo así…  es estar menos loca, no pierdes tu identidad. La locura. Sigues viéndote a tí misma como un loca, aunque menos loca. Ante tí misma, tu identidad es la locura. Lo tienes más que asumido.

Raizza no dijo ya nada más entonces. Se giró y es dispuso a dormir, dando por finalizada la corta conversación. Dejó al mago, plantado, hasta que se retiró también a descansar en la habitación de los invitados donde se acurrucó entre mantas.

LIBRO PRIMERO

Cuando amanece la locura

Prólogo

Hubo un momento en el que el pequeño Pan me preguntó acerca del caos, qué es el caos. Como respuesta, le insté a recoger un puñado de piedrecillas de la orilla del río. El muchacho extrañado tras un breve momento de duda, partió de mi lado y recogió buena...

Cuando amanece la locura

Quédate, toma asiento aquí junto al fuego. Calienta bien, pero ilumina poco, y la noche aún es fría pues dista el amanecer. Y como contador de historias, déjame contarte la mía propia, si tienes a bien escucharla de mis labios. Quédate, pues es mi deseo...

La noche de la tormenta

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem. Hubo una noche en la tormenta; noche de tormenta quizás te habrían dicho otros… Amigo mío, voy a comenzar mi relato hablándote del regreso de un soldado a su hogar. Aquel soldado regresó tras largo tiempo...

Desesperación

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem.  Elham despertó sobresaltado. Despertó en las calles de Ryuminyel, en aquel frío de mañana, viéndose a sí mismo cubierto de harapos, hambriento, y la angustiosa sensación de soledad y vacío que no se le...

La sombra de un padre

En aquel amanecer caminaba de nuevo, y de nuevo encadenado. Las mismas cadenas, distinto captor. Tomaron dirección a la salida del oeste de la ciudad, sabía que el terco enano lo conducía a su hogar, a su verdadero hogar. A varios cientos de metros,...

El guardián del templo

Los muchos días que siguieron a aquel primero en que tuvo aquel extraño sueño, fueron agotadores. Esos días sirvieron a Elham para entrar en contacto con la realidad. El enano lo sometió al más duro de los adiestramientos, del que fue capaz con su a veces...

El hambre de los cuervos

Entrada al templo de Dhemeides, año 2439. Reino de Yheurisem.  Sin mediar palabra alguna entre ellos, echaron a correr.  El viejo enano y el chico, pronto quedaron atrás, y Elham redujo la marcha, hasta que el enano le dijo entre jadeos que continuase sin...

La falsa llama

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem.  Draill despertó del letargo en el que le sumió el agotamiento, al amanecer. Aún estaba muy agotado, pero se sintió seguro de poder caminar al ritmo de los demás. Contemplaba absorto, a Elham que...

Desidia y desdicha

Al acercarse el atardecer del séptimo día, Eorden ya había finalizado los preparativos para la ceremonia del funeral del enano. Pan lo había ayudado con la colocación de las antorchas, trazando un gran semicírculo sobre una pequeña colina cercana al río....

Requiem

Está soñando. El viejo enano ante él. Arrojando leños a una chimenea en medio de la nada, donde hace tanto frío… y tan sólo las ascuas, arrojan un poco de calor para calentar el cuerpo. El viejo se gira, y le sonríe. *** —¡Despierta! ¡Despierta! —Oyó,...

El hombre sin corazón

Uno podría fácilmente llegar a pensar que ocurrió de una manera rápida, si bien no de forma inmediata, al menos con el transcurso de largos años. Pero no ocurrió de aquel modo. La esencia de Nirvaeth, aunque no gozaba de forma alguna, se hallaba en aquel...