La sombra de un padre

En aquel amanecer caminaba de nuevo, y de nuevo encadenado. Las mismas cadenas, distinto captor. Tomaron dirección a la salida del oeste de la ciudad, sabía que el terco enano lo conducía a su hogar, a su verdadero hogar. A varios cientos de metros, internándose en el bosque de Ackalabeth, existe una vieja y robusta cabaña, allí transcurrió su infancia. Entonces Elham temía regresar. Había convertido en su pensamiento, a aquel que debió ser su refugio, en un lugar a evitar. En cierto modo, puedo llegar a entender al menos parte de ese terror que debió sentir entonces, pues se lo obligaba a aceptar la realidad de que aquellos tiempos de su infancia se habían ido para siempre. Al ser arrastrado de nuevo a aquella cabaña donde se contenían sus recuerdos más tempranos y felices, aquellos recuerdos sosegados se verían envenenados con la ponzoña de lo que pasó después. Al no regresar, precisamente a aquel lugar, buscaba sin quererlo de una forma explícita, la protección de su inocencia; la inocencia de entonces.

El viejo enano caminaba con paso firme y pesado, y era imposible para él, tratar de adivinar, que era lo que pensaba. Cuando era pequeño, muchas veces se había quedado imaginando que podía ser, lo que pasaba por la cabeza de aquel rudo y terco enano. Su padre y él, habían sido grandes amigos. Elham, a veces se escondía y los espiaba agazapado tras el follaje del algún matorral. Pero a pesar de la gran cantidad de tiempo que pasaban juntos Dhilos y el enano, estos, rara vez entablaban conversación. Los había visto muchas veces combatir desde el alba hasta el amanecer, los vio recoger leña, cazar, y mirar al fuego en el silencio de la noche hasta casi llegar el alba, y siempre sin pronunciar palabra alguna. Durante los años en que su madre estuvo enferma, el enano fue la única compañía adulta de su padre. Ambos permanecieron a su lado hasta el momento en que le llegó la muerte, en una lluviosa noche de invierno cuando tenía ocho años, y aquella fue la última vez que vio llorar a su padre, y también la primera en que lloró aquel viejo enano. Su padre ya nunca volvió a pronunciar palabra. Una mañana en el comienzo de una primavera, los dejó a él y a su hermano mayor al cuidado de un familiar lejano, el que conocerían como el abuelo Alfred, y su padre y el enano partieron a una guerra de la nunca regresaron.

Años más tarde supo que Dhilos, su padre, había muerto, y aquello ya no le importó demasiado. Él sabía que su padre era un buen hombre, que las gentes de la aldea lo amaban, y que habían sido incontables las veces que los había defendido de las incursiones del norte, pero saber esto no le bastaba. Sabía que se había alejado durante los años de la enfermedad de su madre, de las guerras del norte, para cuidar de ella y que la amaba profundamente, pero no le bastaba. Su hermano y él habían estado solos, gran parte de su infancia, ambos evitaban recordar aquellos años, y casi nunca hablaron de ello. Le vino a la mente un recuerdo agradable que le quedaba de entonces, fue una noche en la que su padre entró en su habitación con un cachorro de perro entre sus enormes brazos, entonces lo dejo a su lado, y con una sonrisa y los ojos brillantes de lágrimas, abrazó a su hijo. Más tarde supo que una manada de lobos casi lo había devorado. Su madre yacía a su lado, se había interpuesto para salvarlo, aquello era frecuente en los largos y duros inviernos del bosque de Ackalabeth, cuando el hambre y el frío castiga los ánimos de cualquier ser. Su padre estaba talando árboles en las cercanías, fue el sonido de los aullidos lo que lo llamó su atención, y corrió para salvar la vida del pobre animal.

—¿Cómo me encontraste?… al menos, dímelo. —Preguntó Elham interrumpiendo el mutismo del caminar de ambos. El enano se tocó la larga barba blanca, sonriendo mientras se tomaba su tiempo para dar una contestación a su prisionero. Dio un fuerte tirón a las cadenas para acercarlo, y le susurró al oído.

—Tu amiga ¿Aimiel verdad? Me buscó y me contó de tu regreso y de la pena que le infringió verte en semejante estado. La que se va a contraer matrimonio con ese cretino de gobernador. ¿Te gusta la respuesta? – y emitió una carcajada corta y sonora.

—Parece que todavía no la has decepcionado lo suficiente, algunas mujeres nunca llegan a aprender de pasadas experiencias. ¿No era ella, la que se pegaba a ti, cuando erais unos críos? —Inquirió. Elham asintió con la cabeza, reflexivo. Lo había supuesto, sólo buscaba una confirmación del enano. Pero Aimiel sólo pretendía ayudarlo, no podía culparla por ello. Ahora se encontraba en un buen problema, el enano no era la mejor de las compañías y le costaría mucho librarse de él.

—Dime muchacho. ¿Qué fue de la espada de tu padre? ¿La perdiste en el norte? —Se interesó con el pesar inscrito en la voz, ya de por sí grave.

—En realidad, no. La espada la vendí al poco de llegar aquí, en el almacén del buen Jovias, creo recordar…  —Contestó despreocupado Elham. —Por diez monedas de plata. Junto con la armadura, pero la armadura estaba en pésimas condiciones. —El muchacho no llegaba entonces a contemplar el gesto de sobresalto de Dragorax, ni el cambio de tonalidad de su tez, a un rojo de intensa furia. Nunca lo conocí. A Dragorax no lo conocí en persona, pero a través de los recuerdos de Elham, tengo presente que aquel enano debió de inspirar miedo entonces, pero Elham seguía distraído. Absorto como estaba en los pensamientos y recuerdos, tras el fugaz encuentro con Aimiel, no fue consciente en ningún momento de los de entonces, del peligro que corría junto al enano.

—Muchacho…  —Empezó a decir con voz pausada cuya calma resultaba tan aterradora que Elham giró la cabeza de inmediato, solo para ver esas tenazas que tenía como manos asían de nuevo sus largos cabellos, hasta casi arrancarlos. —Debes haber quedado muy mal tras los golpes… ¿Me estás diciendo tan tranquilo… que has malvendido el legado de tu padre? Sólo el metal fundido de una de las hebillas de esa armadura maltrecha de la que hablas… ¡Vale mucho más, que esas diez monedas con que te pagó! —Le gritó gritándole al oído, como si encontrara a más de diez leguas de distancia. Sin decir más, dio un brusco quiebro en la dirección de su paso, y puso rumbo a citado almacén del Buen Jovías. El cuero cabelludo le ardía, mientras el muchacho pensaba que aquel enano no dejaría piedra sobre piedra, cuándo llegaran ambos al negocio que había perdurado en actividad durante varias generaciones.

Cuando llegaron al mostrador, era la joven y fea hija mayor de Jovias, la que lo atendía. Quedó inmediatamente turbada cuando vio la expresión del rostro del que por otra parte había reconocido por ser cliente casual de su padre. De inmediato llamó a su padre, requiriendo su presencia mientras ella huía a la trastienda. Jovias, al presentarse, en seguida reconoció al enano.

—¡Dragorax! Buenos días. —Saludó sonriente —¡Que inmenso placer… amigo! Hacían ya varias estaciones que no te veían estos cansados ojos míos ¿no? ¿Qué te trae por aquí, tan airado? ¿En qué te puedo ayudar? —Dijo haciendo de buen oficio. Pero el sudor de su frente, delataba un pavor creciente; al que no ayudó la larga pausa, la directa mirada sostenida del enano.

—¡Buenos días, serán los tuyos! Pues yo he sabido que en negocio que tenía por honrado, se engaña a la gente…  —Aseveró entre resoplidos y colocando sus gruesas zarpas sobre el mostrador, tratando de mantener la compostura.

—¿¡Engañar dices!? —Se sorprendió, Jovias mientras hacía esfuerzo por tragar saliva, pues la garganta se secó al instante. —No dudo en absoluto de tu buen juicio, amigo mío. Pero es posible, tan sólo quizás posible, que se trate de un pequeño malentendido. Al que seguro es, que se pondrá remedio de inmediato.

—Eso espero —Dijo Dragorax más tranquilo. —Y espero también, que no se te caiga la cara de la vergüenza ¿Cómo podéis haber pagado tan sólo diez monedas de plata a este insensato, por una espada y una armadura completa de Irv puro?

—Ah ya me acuerdo. En el momento, no identifiqué precioso metal… fue el muchacho el que me dijo de que estaba hecha, y me insistió en venderla cuando le dije que no podría pagar semejante maravilla —El hábil negociador continuaba haciendo de su buen oficio, aparentando una voz tranquila pero que crecía en temblor según hablaba, y tomaba cuenta del percal que se le venía encima. Elham intentó zafarse entonces para echar a correr, pero un fuerte tirón del enano que nunca bajaba la guardia, y casi lo estrella contra la madera. Entonces Jovias cambió su semblante a uno más serio, y ya pereció, a partir de entonces, desprovisto de todo miedo.

—¿Puedo saber quién es él? —Preguntó finalmente para satisfacer la gran curiosidad que sentía por la identidad del muchacho, que le se había presentado ante él, muchos días antes, y que no había sabido reconocer. Pero aquel enano, del que sabía no avanzaba un solo paso sin una convicción plena, estaba tomándose muchas molestias por él.

—¿No lo has reconocido… verdad? —Respondió el enano, en una sonrisa furibunda. —Piensa en su imagen, afeitada la barba y mírale a los ojos.  —El tendero salió del refugio de su mostrador, y se colocó frente a Elham, y lo observó largamente casi rozándole la nariz con la suya.

—¡¿Elham?! —Exclamó. —¡¿De verdad eres tú?! Muchacho… —y comenzó entonces a llorar sin poder contener las lágrimas. El obstinado enano, que muchas veces no comprendía de sentimientos propios y ajenos, no entendió tampoco la auténtica naturaleza de su llanto. Elham lo entendió perfectamente, pues era la razón de su vergüenza. A muchos de los que se esperaba, no regresarían jamás. Aquel regreso significaba la derrota en el norte, y acabaría significando la inexorable derrota también en Yheurisem, aunque fuese años más tarde.  Había querido evitarles eso, pero tampoco aquello le salió bien. De modo que sólo pudo bajar la cabeza, ante la pregunta de Jovias.

—Elham… Qué… ¿Qué fue de los de… demás? —Tartamudeó, y Elham negó con la cabeza, sin reunir el valor para alzarla.

—¿Todos? ¿Todos… muertos? ¿Mis dos hijos… han muerto? —Preguntó de nuevo, y el muchacho sólo pudo romper a llorar. Y aún aquel rudo enano, entendió finalmente que no había malvendido la espada, ni tampoco la armadura. Comprendió que el hijo de Dhilos no podía llevar consigo nada de valor, pues le dolía el mero hecho de hacerlo, y que se deshizo al llegar de las piezas, como un ínfimo pago hacia ellos. Como pago por la gran pérdida que sentía les había ocasionado, pues él aún vivía y podía respirar, mientras que aquellos que marcharon con él, nunca regresarían.

El dueño del almacén no esperó mucho por una respuesta, que no le llegó, pero que ya no necesitaba. Marchó, y regresó poco tiempo después con la espada, que colocó encima del mostrador.

—La armadura la doné a la guardia de la ciudad, en su recaudación. Tengo entendido que funden el metal para armas, que aún les son más necesarias que las protecciones de cualquier tipo. —Explicó. —Muchacho. Alza la cabeza. —Añadió colocándose ante él, y colocando su mirada sobre las cadenas que lo hacían prisionero. —Estoy seguro de que diste cuanto pudiste por ellos. Aunque hayas desertado.

Dragorax, recogió el arma. Pero no había orgullo alguno en el gesto de su acto, y no mediaron palabra alguna. Sabía que la conclusión de Jovias, no carecía de lógica. Él mismo, no había disipado sus dudas. A saber, el infierno con el que se había encontrado. Él mismo estuvo allí. Pudo contemplar, como hombres de los que creía probado su valor, cedían y se quebraban a la desmoralización y al terror. Con un gruñido, seguido de un fuerte tirón de la cadena, indicó al muchacho que partían de aquel lugar.

Tomaron el tiempo del resto de la mañana caminando, e hicieron un alto en el camino para comer, en la vieja posada de Catia en el cruce de caminos. Allí el enano había comido un estofado de carne guisada y le había arrojado, en un gesto que consideró altruista, un mendrugo de pan al reo. Después, mojó la garganta con abundante licor, y continuaron el camino que los conduciría hacia donde había imaginado desde un principio, la cabaña donde vivió los primeros años de su vida. Aquella cabaña había sido construida por Dragorax y su padre, que juntos habían trabajado durante meses para levantarla de la nada. Las gentes de Ryuminyel, la conocían como la cabaña de Dhilos, porque su padre había sido finalmente quien había vivido allí con su familia y quien había terminado la construcción haciendo nuevos añadidos, cuando Dragorax ya no estaba.

Mientras Elham pensaba en esto, se dio cuenta que ya habían llegado a las inmediaciones de la pequeña aldea. Atardecía y comenzaba a estar cansado, se alegró de ver a lo lejos la empalizada de madera que la circunvalaba, para protegerla de las incursiones. Andaban por un camino que discurría lindando al bosque de Ackalabeth, pronto tendrían que desviarse para seguir un sendero que los conduciría atravesando el bosque hacía la conocida cabaña de Dhilos.

Casi ha anochecido y el frío va creciendo en intensidad, han llegado a su destino. Su paso se hace más rápido y Elham tiene que hacer esfuerzo para contener las ganas de echar a correr. Una apenas perceptible sonrisa, aparece en sus labios. Nada ha cambiado aquí. Todo sigue como lo dejó cuando partió a la guerra del norte. Y sin embargo….  diferente. La vegetación del bosque oculta parcialmente la cabaña, que se deja apenas ver entre las ramas de los árboles helados. La cabaña, levanta más de diez metros del suelo, tiene dos pisos de altura y una buhardilla bajo el tejado de madera y teja. Dos farolillos de bronce ahora sin encender a ambos de la entrada, donde se resguardan los visitantes en las cortas esperas, hasta que se les abra el portón al interior. Ignora cuánto tiempo lleva el enano viviendo en la caballa, pero el pequeño huerto no está descuidado.  El enano abrió con delicadeza la portilla de hiedra de la plata, por la que se accede al interior del círculo, y penetra por la pequeña calzada de piedra, flanqueado por dos hileras de arbustos, hacia el portón. Cuando llega a la entrada, se detiene unos momentos, y con la mano izquierda acaricia el pomo del portón introduciendo la llave que saca de uno de sus bolsillos. Abierto el portón, invita a Elham a entrar. Una vez dentro, exhala un suspiro ahogado, mientras le quita los grilletes y las cadenas haciendo uso de otra de las llaves.

—Tu padre así lo querría. Dijo entre dientes. Elham no repuso nada, imaginó que así habría sido, de estar aún con vida.

En el interior de la cabaña casi hacía tanto frío como en el exterior, el viejo enano debió estar muchos días buscándolo por los suburbios de la ciudad. No recordaba cuantos habrían pasado desde su encuentro con Aimiel, al menos habrían sido seis o siete días. Dragorax le indicó que tomase asiento y comenzó a hacer fuego, juntó unos leños de la pila que arrojó con desdén a la chimenea, y se dispuso a encender el fuego con una yesca y un pedernal. Pronto obtuvo una viva llama fruto de experta pericia, que fue creciendo y dotando de calor gradualmente a la estancia.

La situación era tensa. Elham sintió el impulso de escapar, ahora que se veía libre de las cadenas que lo retenían junto al enano, pero la curiosidad lo contuvo. Entonces tomó asiento sobre un conjunto de pieles de alce, y se quedó observando a través del vaho de su aliento, cómo las llamas consumían los leños.

Ante la débil y titilante luz de la hoguera, Dragorax encendió su pipa y comenzó a hablar, pronunció más palabras que las que Elham le hubiese escuchado de él desde que lo conocía.

—Tu padre, fue un hermano para mí. Lo sabes bien mocoso. —Dijo.

—Has olvidado quién era, o has querido olvidar. Si yo hubiera estado allí entonces, jamás habrías engrosado las filas del ejército, siendo aún un mocoso.

Elham comenzó una réplica, pero Dragorax le cortó al instante.

—¡Muestra respeto por los ancianos! Dijo alzando la voz, para después recobrar su timbre grave y calmado.

—Vuelves avergonzado para no regresar con los tuyos, escondiéndote entre maleantes y pordioseros, avergonzando la memoria de tu padre.

Elham quiso decirle que no se sentía avergonzado, que había perdido toda cordura y esperanza en la guerra, y que se había refugiado al abrigo del exilio. Quiso decirle que él no era como su padre, el gran guerrero protector de tierras de Ackalabeth. Quiso decirle aquello y mucho más, pero sabía que el viejo enano llevaba al menos parte de razón, de ese modo guardó silencio y dejó al enano desahogarse.

—Al menos no estás muerto, y no está todo perdido. Hay algo que lleva esperando muchos años a ser contado… —El viejo enano se acomodó para contar su historia, y su voz fue adquiriendo progresivamente un tono más cargado de pena y melancolía.

***

Meses antes del día en que le llegó la muerte, tu padre; Dhilos para sus hombres, comenzó a actuar de una manera que hasta el momento le era impropia… Todo empezó cuando rescatamos de una prisión en Budock, a un extraño hombre que decían serle claros los designios del destino. Tenía como nombre Archard, y era un hombre enjuto y de cabellos y piel extremadamente blancos, pero sus ojos poseían la intensidad del fuego, tal era así que el color de su iris era el de la sangre. Una vieja cicatriz, con seguridad producida por el tajo de un objeto afilado, recorría la parte izquierda de su rostro desde la frente, hasta la barbilla, pasando por la cuenca del ojo, que estaba intacto. A causa de aquellos ojos suyos, se producía una cierta repulsión hacia él en los hombres. Pienso muchas veces que habríamos ganado mucho si se le hubiese rebanado la cabeza tan pronto como lo vimos, pero tu padre siempre compasivo, lo tomó bajo su protección. Dhilos con el tiempo se ganó la amistad y confianza de aquel desconocido, las cuales debieron haberle sido dadas desde un principio, y desde entonces pasó noches enteras escuchando cuanto el profeta quería contarle.

Nuestra ventura, que anteriormente no había sido mala, aumentó día tras día. Todos los augurios que el desconocido pronosticaba, siempre se cumplían. Aunque hubiera sido de naturaleza que aquel hombre tuviese un mejor nombre entre nosotros a partir de entonces, resultó en un aumento de suspicacias, y corrían rumores por el campamento que sus predicciones condenaban nuestras almas y emponzoñaban a nuestro líder. Pero la gloria de nuestro ejército crecía hasta cotas muy elevadas, porque cada rumbo era el correcto, y todas las decisiones, las adecuadas. Cada noche, cuando me retiraba a mi tienda a descansar, escuchaba en la lejanía los rumores perdidos de las conversaciones de tu padre con Archard… hasta que una noche lo escuché sollozar. No me atreví a romper su intimidad por respeto, pero cada noche a partir de aquella, se repetía la misma situación.

Un amanecer semanas más tarde, Dhilos reunió a sus hombres, y les comunicó entre protestas que debía abandonar el liderazgo del ejército. Designó a su sucesor al mando, y dijo que partiría de inmediato solitario de regreso a su hogar. Quise detenerle en su locura, y cuando vi que no sería capaz, me ofrecí a acompañarlo. Pero dijo que no quería verse retrasado, y que la razón de su marcha era para reunirse contigo. Aseguró que era de suma importancia, y que la decisión no había sido tomada a la ligera. Sólo dijo de razones, que tenía hablar con su vástago, y que sería él mismo quien comunicase lo que tenía que decir.

El profeta había desaparecido, ni los centinelas lo habían visto salir de los límites del campamento. Entonces no me preocupé de aquellos detalles, y hoy pienso que quizás seguir a Dhilos no fue lo más acertado, y que debimos haber buscado a Archard, pero incluso pensado así hoy haría lo mismo.  Marchó, y pese a su negativa lo seguí con un grupo de hombres en los que confiaba. La naturaleza del mensaje nunca me fue dada a conocer, y el hombre que originó su marcha nunca volvió a ser visto.

La siguiente vez que lo vi, lo asistí en su agonía, entre estertores sé que intentó decirme algo. Le fue imposible al no reunir fuerzas suficientes, y murió. Aquel día perdimos al más glorioso guerrero que haya conocido jamás, y a un amigo que siempre consideré mi hermano. Malgasté los siguientes años de mi vida intentando encontrar al profeta que nos causó aquel infortunio, para tratar de averiguar quizás la razón que condujo a tu padre a su estado de locura, pero hasta el día de hoy no he hallado rastro alguno. Dragorax escondió entonces en el brillo de sus marrones ojos, lágrimas que deseaban encontrar salida. Se hizo de nuevo el silencio. El enano agarró un par de jarras de uno de los viejos armarios, y del barril de cerveza llenó ambas, para ofrecer una de ellas a Elham y de la otra comenzó a beber.

—No me es fácil decirlo. Pero lo echo de menos. —Dijo el joven recogiendo su jarra. Dragorax relajó por un instante la tensión de su rostro.

—Toma. Inspira con fuerza. Ya eres un hombre adulto, muchacho. —Lo animó.

El enano le ofreció la enorme pipa, de la que estaba fumando. Aquel gesto tenía un significado claro para los de su raza, le estaba ofreciendo su amistad. Ambos fumaron durante horas en la trémula luz del fuego de la chimenea. Como cuando estaba su padre, el enano apenas pronunció palabra, pero las hierbas medicinales hicieron que esto no le incomodara, y se sintió tranquilo disfrutando de aquel agradable momento. Fumaron hasta que se hizo muy tarde, y ambos cansados, se retiraron a dormir. Elham se durmió casi al instante, y casi tan pronto como posó la cabeza, comenzó a soñar…

***

Una figura avanza lentamente en la mañana que aún ha de vencer a la noche. Es su padre en los últimos momentos de su vida. Lo siente así; confundiéndose con la nieve, caminando a través de un largo y tortuoso sendero, que lo conduce a la pequeña aldea llamada Ryuminyel. La luz de la luna comienza a fundirse en la claridad del cercano amanecer, como cada una de las mañanas desde el comienzo de los tiempos. Cruzando las vastas extensiones de un bosque, cubierto en su totalidad por un fino velo blanco. Al pie de las montañas, la figura avanza. Sigue el curso de las aguas del río que fluyen bajo un fino cascarón de hielo. Durante esta época del año el río Emirian, llamado así por los lugareños, permanece helado. Su nombre, en el habla de los altos hombres de Ackalabeth quiere decir “corriente de esmeraldas” haciendo honor a los distintos musgos, hojas y briznas de hierba que arrastra su corriente, dándole un mágico color verde brillante.

Los numerosos árboles de Minz, árboles milenarios que se expanden a ambos lados del sendero, tienen completamente envueltas en sus vigorosas ramas con fina escarcha, como la inmensa cantidad y variedad de vegetales que componen el bosque encantado. Pronto la luz del sol se hará más intensa e iluminará el camino al cansado peregrino, la noche está llegando a su fin. Y copos de nieve comienzan a caer, con la suavidad propia de las plumas de las aves, sobre las copas de aquellos árboles. Comienza a nevar. El invierno será duro para los habitantes de Ryuminyel, aún acostumbrados a las bajas temperaturas características de estas, sus tierras. No están preparados para un invierno tan temprano. Los graneros todavía esperan colmarse con las provisiones de comida y leña para afrontar el largo periodo de frío.

La sombra en la agonizante noche continúa avanzando, con paso firme y continuado, se acerca. Es un guerrero humano, cubierto con empapadas vestimentas del color de la nieve, parcialmente teñidas de roja sangre; cubriendo su fornido cuerpo. En su brazo izquierdo porta un escudo plato de madera. Cuatro proyectiles se encuentran ensartados en él, resquebrajándolo. Está herido, una de las saetas ha atravesado la protección del escudo, hundiéndose en el miembro portador, cuya mano porta una espada corta con varias fracturas en la superficie de su hoja. Su mano derecha aferra el más excepcional de los filos; una espada ancha, refulgente, cubierta de runas de trazo olvidado. La luz que refleja el extraordinario arma parece latir en oscilaciones de brillante luz, como corazón que insufla vida.

El agua procedente del deshielo de la nieve, dulcemente posada en sus castaños y largos cabellos, se desliza goteando en el rostro del prisionero. Sus verdes ojos, posan la mirada en el trayecto que ha de recorrer. Su mirada es triste, llena de la melancolía y añoranza por ver a sus hijos. Tiempo atrás tomó la más dura de las decisiones, los abandonó para ir en pos de una guerra en la que era demasiado necesario.

Recuerda, surcando el pasado con su mente. Recuerda los infernales ojos inyectados en sangre, de las aberrantes criaturas que le cortaron el paso dos días atrás: en el valle glaciar del signo del Norte. Jamás había oído hablar de semejantes criaturas, ni las más extrañas leyendas perdidas en el tiempo, hacían mención de semejantes aberraciones de la naturaleza. Eran fieros, grandes y vigorosos. De un tamaño descomunal y desproporcionado, y con una grotesca piel verde dura como la de los lagartos, que vestía tendones y músculos duros como el acero. El guerrero desvió golpes de sables más grandes que si mismo, y atacaba en una tormenta de chispas del cruce de metales. Hundía repetidas veces su espada en sus férreos cuerpos mientras su armadura aún brillaba en el atardecer. Una diabólica inteligencia sedienta del placer de la muerte y de la sangre, animaba a demacrados sus cuerpos hacia la vida en incontenible furia asesina y destrucción. Ellos parecían no sentir el dolor que, a él, mitigaba sus fuerzas. Nubes de saetas buscaban su corazón, sin importar qué encontraban en el camino.

Entonces lo ve a él, que entre ellos se erige como una sombra funesta, y los diabólicos seres se apartan presurosos. Antes ha oído hablar de él, su leyenda ha recorrido las bocas de muchos bardos. Ante él se encuentra el más poderoso maestro de la espada con vida; Ascenoilam el segador. Su cuerpo se desplaza sin esfuerzo, liviano, y su larga espada parece no pesarle. El hombre sabe que el enfrentamiento será breve, sus espadas se tocarán si tiene suerte. Sabe que son pocos los adversarios, que han cruzado el metal con este sobrenatural elfo del crepúsculo, y todos están muertos. Trata de no pestañear, de concentrar toda su atención en la funesta espada del elfo, pero las heridas le han hecho perder mucha sangre y sabe que está muy debilitado. Lamenta que la muerte le llegue, cuando al fin pudo regresar a su hogar, después de años en guerras para salvar las vidas de inocentes que no conoce. La única oportunidad que tiene depende del exceso de confianza de aquel excepcional guerrero, no lo ha reconocido… aún no sabe quién es. Ascenoilam sólo combate con aquellos que considera dignos de batirse con él en duelo, hace cientos de años que lo aburren enfrentamientos que no aportan nada nuevo a su esgrima. El humano supone que estuvo observando el inicio del combate con aquellas criaturas, cuando se sintió atraído por su particular estilo de lucha. Rápidamente evalúa recordando las técnicas que utilizó hace unos instantes, apenas tiene unos segundos, pero surge la esperanza en él, y un nuevo brillo nace en sus verdes ojos.

Se hace el silencio, sólo se escucha la respiración de las criaturas cuando en un instante Ascenoilam avanza trazando un amplio arco lateral con su larguísima espada. Apenas puede reaccionar, sólo logra detenerlo por puro instinto. La fuerza del impacto lo empuja hacia atrás, mientras apenas mantiene el equilibrio. Ha conseguido captar toda la atención del elfo. Una nueva sonrisa quiebra su inexpresivo rostro, hacía años que nadie detenía el curso de su espada. Se toma un tiempo para observar con cierta fascinación a aquel nuevo adversario. Sus espadas se cruzan varias veces más, hasta que finalmente un trazo certero atraviesa el abdomen del humano. La sangre se le escapa por la boca y se extingue poco a poco su vida, su mirada ahora se detiene en la extraña gema que lleva incrustada en la frente. Dhilos, había oído contar sobre él. Su leyenda acaba con el filo de su espada pensó, como la de otros muchos.

Cuando retira la espada de su cuerpo, advierte con sorpresa un rasguño en su antebrazo izquierdo. La excitación había nublado el daño, haciendo invisible su presencia. No lograba recordar el tiempo que hacía desde la última vez que había sido herido. En verdad, aquello que había escuchado de él no hacía justicia, y lamentó profundamente no haber intervenido antes de que los orcos lo dañasen. Habría sido un combate excepcional, digno quizás de los dioses. Cuando abandonan el glaciar dejan el cuerpo intacto, Ascenoilam no permite que lo toquen las bestias inmundas. Coloca cada una de sus espadas a un lado del cadáver, y cierra sus párpados. Dejará que el hielo lo cubra a modo de ataúd.

***

Elham se despertó entre lágrimas y angustia, y se incorporó del lecho de un sobresalto. El sueño había sido tan nítido, que le pareció real. Hacía muchos años que no soñaba con su padre, los primeros meses tras su marcha había sido algo habitual, pero con el tiempo esos sueños desaparecieron. Aquel sueño era algo muy distinto, y lo inquietaba, porque había soñado con la muerte de su padre. Había despertado con un fuerte dolor instalado en la cabeza. Se preguntó cómo podía tener semejante resaca, y acabó imaginando que se terminaron el barril de cerveza y que habían fumado medio bosque de Ackalabeth. Se quedó un rato más entre las mantas, quizás para que no se le olvidase de nuevo la agradable sensación que le causaba arroparse entre ellas como cuando era un niño. El perro aún dormía a su lado, con las patas echadas hacía el, como queriéndolo abrazar. Echó un vistazo de nuevo a aquella habitación que tenía el don de resultarle tan familiar, y en la que también se sentía como un extraño. Todo permanecía casi igual, tan sólo el grueso velo con el que el polvo había cubierto la estancia, daba cuenta del tiempo que había transcurrido y que le había transformado en lo que hoy era. La espada y el escudo de madera de roble, recogidos en una caja, ropas que ya no servirían, los cuadernos de dibujos que hacía cuando era niño…

El can despertó también. Elham vio cómo le brillaron los ojos cuando lo descubrió a su lado. Entonces era casi un anciano, y había permanecido mirándolo la noche anterior hasta caer rendido, como no creyéndose el regreso de su amigo. Lo había esperado todos estos años, aguardando aquel día de ayer en el que a fin lo vio de nuevo, pero ya no tenía la fuerza como cuando era un cachorro y jugaban, el tiempo también lo había transformado.

Elham se levantó del lecho. Llegó hasta la ventana, y la abrió para contemplar la mañana. El viejo enano cortaba leña para el fuego con su hacha, siempre lo hacía. Aquel sonido seco era el que lo había despertado del sueño. Dragorax troceaba la madera en porciones más pequeñas, con potentes golpes con su hacha. Siempre incansable. Cuando descubrió a Elham ya despierto mirando en la ventana, levantó el ceño a modo de saludo.

El perro movía la cola, como queriendo hacer ver que estaba contento después de tanto tiempo sin verlo. El muchacho lo acarició y decidió que era el momento oportuno de salir a respirar el aire de la mañana. Cuando Elham llegó al lado del enano, le ofreció humilde su ayuda en las tareas, el incorregible y hosco enano exhortó que sería mejor que le ayudase el can. El perro al escuchar su nombre se acercó al enano complacido. Entonces Elham percibió la presencia del Dragorax que lo mira fijamente. Entonces sabe que ha gritado, y que sus gritos lo atrajeron a su lecho, donde el enano lo mira con una preocupación tangible inscrita en su rostro. Está completamente empapado en sudor, y helado.

—Soñé con la muerte de mi padre, Dragorax. —Admite. El enano asintió, comprendiendo.

—¿Qué viste en el sueño? —Preguntó interesado.

Entonces Elham le contó todo aquello que había ocurrido en el sueño, conforme avanzaba en la historia y daba más detalles, notaba que el enano se agitaba. Cuando concluyó, Dragorax permaneció en silencio y se sentó sobre la madera del suelo, donde caviló largamente ante la mirada de su joven huésped, ahora para él un amigo.

—¿Sabes? Es un poco extraño, pero cuando encontré los restos de tu padre lo encontré tal y como has visto en el sueño.

Elham no supo qué decir.

LIBRO PRIMERO

Cuando amanece la locura

Prólogo

Hubo un momento en el que el pequeño Pan me preguntó acerca del caos, qué es el caos. Como respuesta, le insté a recoger un puñado de piedrecillas de la orilla del río. El muchacho extrañado tras un breve momento de duda, partió de mi lado y recogió buena...

Cuando amanece la locura

Quédate, toma asiento aquí junto al fuego. Calienta bien, pero ilumina poco, y la noche aún es fría pues dista el amanecer. Y como contador de historias, déjame contarte la mía propia, si tienes a bien escucharla de mis labios. Quédate, pues es mi deseo...

La noche de la tormenta

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem. Hubo una noche en la tormenta; noche de tormenta quizás te habrían dicho otros… Amigo mío, voy a comenzar mi relato hablándote del regreso de un soldado a su hogar. Aquel soldado regresó tras largo tiempo...

Desesperación

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem.  Elham despertó sobresaltado. Despertó en las calles de Ryuminyel, en aquel frío de mañana, viéndose a sí mismo cubierto de harapos, hambriento, y la angustiosa sensación de soledad y vacío que no se le...

El guardián del templo

Los muchos días que siguieron a aquel primero en que tuvo aquel extraño sueño, fueron agotadores. Esos días sirvieron a Elham para entrar en contacto con la realidad. El enano lo sometió al más duro de los adiestramientos, del que fue capaz con su a veces...

El hambre de los cuervos

Entrada al templo de Dhemeides, año 2439. Reino de Yheurisem.  Sin mediar palabra alguna entre ellos, echaron a correr.  El viejo enano y el chico, pronto quedaron atrás, y Elham redujo la marcha, hasta que el enano le dijo entre jadeos que continuase sin...

La falsa llama

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem.  Draill despertó del letargo en el que le sumió el agotamiento, al amanecer. Aún estaba muy agotado, pero se sintió seguro de poder caminar al ritmo de los demás. Contemplaba absorto, a Elham que...

Desidia y desdicha

Al acercarse el atardecer del séptimo día, Eorden ya había finalizado los preparativos para la ceremonia del funeral del enano. Pan lo había ayudado con la colocación de las antorchas, trazando un gran semicírculo sobre una pequeña colina cercana al río....

Requiem

Está soñando. El viejo enano ante él. Arrojando leños a una chimenea en medio de la nada, donde hace tanto frío… y tan sólo las ascuas, arrojan un poco de calor para calentar el cuerpo. El viejo se gira, y le sonríe. *** —¡Despierta! ¡Despierta! —Oyó,...

Mala sangre

La media docena de sanadores, surgidos de la nutrida comitiva de los elfos de Shatrath, atendían las heridas de la víctimas del ataque que no habían sucumbido a las dagas de Umiel. Muchos entre ellos morirían pocos días más tarde a causa del veneno...

El hombre sin corazón

Uno podría fácilmente llegar a pensar que ocurrió de una manera rápida, si bien no de forma inmediata, al menos con el transcurso de largos años. Pero no ocurrió de aquel modo. La esencia de Nirvaeth, aunque no gozaba de forma alguna, se hallaba en aquel...