La noche de la tormenta

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem.

Hubo una noche en la tormenta; noche de tormenta quizás te habrían dicho otros… Amigo mío, voy a comenzar mi relato hablándote del regreso de un soldado a su hogar. Aquel soldado regresó tras largo tiempo ausente, caminando en soledad y en el silencio de la vergüenza. Caminaba rumbo la aldea que lo vio nacer, y de donde ya no quiso tener nombre alguno. Pero aquel soldado Elham necesitaba de su hogar, al menos de la aldea y sus gentes. Necesitaba tomar conciencia, que del lugar donde se vio a aquel crío, que un día fue, crecer, aún existía de alguna manera. Necesitaba saber, que las gentes que fueron en su memoria, aún lo recordaban. Porque se sentía muerto; muerto por dentro sino en apariencia. Y necesitaba con obsesión del contacto con aquella realidad, su realidad, después de la incesante lucha en aquella cruel guerra, que se había logrado llevar todo cuanto había sido. Lo único que aún movía al alma descompuesta de Elham, era el atroz e irracional miedo que sentía, a desaparecer en el olvido. He de decirte, que nada sabía entonces él de su destino, y nada sabía de aquel que lo marcó en su nacimiento, y que fiel a su marca, aquella desesperación que lo inundaba siempre habría de acompañarlo. Nada sabía entonces… ignorante de aquel dios ignoto en su eco inmortal. Aquel hombre siempre fue fiel al reflejo de su esencia… se estaba forjando, sin ser consciente de ello, en el eco de su propia desesperación.
Y en esa desesperación, erraba mendigante en aquellas calles. Pero las gentes de aquel lugar de su recuerdo… ya no eran las mismas que en su nostalgia había dibujado. La aldea de Ryuminyel había cambiado. Se podía ver a simple vista: miseria y desánimo crecientes en gentes que ya no reconocía. Era él, menos que nadie, para reprocharles aquel cambio. Nunca podía culparles por ello de ningún modo. Su yo de tiempo atrás… como había sido, quizás habría podido, pero tras aquel furtivo regreso; el mismo sentía la tenaza del desasosiego. Su padre habría podido alzarle el ánimo quizás una vez más, pero había sido un injusto precio a pagar en la misma mil veces maldita guerra… A los hombres antes orgullosos del bosque de Ackalabeth, cada vez les costaba un empeño mayor repeler las constantes incursiones del enemigo que venían del lejano norte, cruzando altas montañas. Otrora, los hombres del bosque de Ackalabeth, orgullosos descendientes de Ackaloth habían sido temidos por su voluntad indómita, heredada de los primeros entre los altos hombres de antaño.

Aún en su desánimo, los aldeanos no sabían la verdad auténtica sobre el norte. ¿Podría él, que otrora había sido la personificación de sus esperanzas, contarles de aquella verdad que en su fuero interno… seguro… no deseaban conocer? Y no podría mentirles, y darles falsas esperanzas, que seguro habrían acogido de buen grado. Elham era cobarde, en aquella perspectiva. Allí en el norte, donde las guerras eran perennes, aquellos que no morían en aquella pugna eterna, eran utilizados como animales el resto de sus vidas… en la mejor de las suertes. La crueldad del enemigo era implacable. Y era conocedor de que los enfrentamientos cada vez se acercaban más al reino de los pueblos libres. Hace tiempo que se escucha el rumor, de incursiones cercanas sufridas por algunas aldeas aisladas, a las que saquean para tomar esclavos y utilizarlos en las guerras que habrían de sobrevenirles. Hace tiempo de los rumores, pero resultaba más sano para el ánimo pensar que tan sólo eran rumores. En el norte, la lucha por la simple supervivencia… cada vez era más y más cruel. Se sentía culpable, y no podía dejar que se lo descubriese en la derrota que habría de menguar aún más las pocas esperanzas que les restaban.

Pero en aquel crepúsculo de oscuras nubes encapotando un cielo antes radiante, el guerrero caído en desgracia, se aferraba a la última botella de aguardiente. La última. Ya no le restaba ni tan siquiera una sola de las pocas monedas, por las que malvendió su espada y su armadura. Fueron un último regalo de su padre, muerto años atrás en la misma guerra en la que él combatiría y de la que regresó. Siempre había buscado la aprobación del padre honrado, del padre fuerte, del padre noble… El padre que siempre dio lo mejor de sí mismo a sus dos hijos, hasta que llegó el día en que hubo de marchar a la guerra, aquella horrible guerra del norte. Nunca antes, hasta entonces… que postrado yacía en la miseria del polvo, había sabido entender su marcha. Bebía a pequeños tragos al principio, ajeno a la noche que habría suceder. En cierto, todos salvo uno fueron ajenos a la tormenta hasta el final. Mientras permanecía ajeno, bebía y recordaba, unas veces nostálgico, otras con pesar; y seguía bebiendo para así olvidar. Porque entonces su limpia mirada de ojos verdes, aún profunda, no se había diluido de todo en el alcohol, que le ardía en la garganta. La botella aún casi llena, le hablaba de que aquel, era momento para la melancolía, más tarde… el turno sería para la pena que siempre acababa por llegar. Pena. Repasó con cuidado el recuerdo de su vida. A los que había perdido, de una u otro forma… y al final recordó también, aquel atardecer.
Recordó, aquel otro atardecer. Cuando la noche alcanzaba su fin y todo estaba ya perdido para él y los suyos en el campo de batalla. Aquel otro atardecer, cuando escuchaba los incesantes lamentos de los que agonizaban, y que se mezclaba en el aberrante silencio de aquel ejército de inmortales que se les enfrentaba. En un vano intento de oponerse a ellos; la unión de padres, hijos y hermanos, unos pocos ya, entre muchos que fueron, combatían juntos, hombro con hombro, y alcanzaban aquel final común. Un final, quizás tildado de glorioso para unos, sin embargo, estéril y estúpido para para otros muchos, que como él pensaban que todo estaba perdido.

***

Campos blancos de Ebekath, año 2437. Reino de Budock.
Estaban siendo sobrepasados y masacrados por aquellos crueles demonios vestidos de hermosos ángeles oscuros. Se movían todos ellos, con una única excepción, al son del sonido absoluta de las inmovilidades, y cuando se escuchaba el tambor, se movían rápidos como serpientes lanzándose sobre su presa. Y si uno sólo de aquellos elfos, hacía el más leve de los movimientos en el silencio; el que llamaban Ascenoilam segaba su vida en un único tajo mortal; cualquiera fuera la distancia que se interpusiera entre ambos. Aquel terror encarnado en la resplandeciente piel de los ángeles, comandaba entonces la ofensiva en el norte. Contaban de él, que era uno de los caídos durante la primera edad; uno de los que hoy llaman príncipes carceleros. De una forma u otra, a uno le llegaba la muerte, con el sonido de próximo martilleo del tambor al llegar a mirarles a los ojos.
Elham lo buscaba a él. Luchaba por los reinos libres de la tiranía del norte, pero ante todo lo buscaba a él. Pues no muchas lunas antes, había sabido en confesión de los mismos compañeros de armas que entonces morían a su lado, y que antes habían sido liderados por su padre Dhilos, que fue el mismo Ascenoilam quien acabó con su vida. También le dijeron que su mente había tornado a la locura en sus últimos días, y que antes de caer bajo la espada de Ascenoilam, partía de regreso a la aldea con el único propósito de acabar con la vida de su hijo menor. Decían que quería matarlo a él… ¿Es que su propio padre había querido matar a su hijo menor? Nunca habría podido aceptarlo, no lo aceptaba entonces… y no lo aceptó, cuando yo mismo fuí quien le confirmó que aquello que más temía, era sincera verdad. De modo que lo buscó, y atrajo la atención de Ascenoilam como no podía ser de alguna otra forma. Lo vio acercarse en un parpadeo, cayendo sobre él, como una abominación en la ejecución de un perfecto lance. Largas y finas hebras negras, tenía por cabellos que apenas le dejaban ver el rostro en el que ardían sus dos ojos con el iris púrpura de la caída de los elfos del crepúsculo. Ella lo vió venir. Siempre anticipa los movimientos de un enemigo. Elsa, interpuso su cuerpo. Aquella escudera que tantas veces había logrado salvarlo, lo hizo una vez más, aún a sabiendas del destino de tan estéril acto. Y el arco que trazó el demonio Ascenoilam, con el letal filo de su espada, que surcan carne y metal por igual, la atravesó, y siguió su mortal curso hasta que se detuvo en un violento impacto con la armadura de Elham. Lo derribó. Pero la armadura del preciado hijo de un general, no era una armadura ordinaria, aquel precioso regalo de padre estaba conformado de Irv puro, el metal de las estrellas, lo llamaban aquellos que conocían o habían escuchado hablar de él, y un mito para muchos otros. Helo allí, arrodillado en el barro, contemplando a la escudera muerta. Elham dejó caer su espada. Esperó sumiso que le alcanzara también a él, mismo destino. Otro retumbar de tambor, y aguardó la muerte. Pero Ascenoilam permaneció delante de él, inmóvil, y sus cabellos descansaban ya sobre el musculoso torso desnudo, y Elham pudo ver como entonces, el ángel caído, también derramaba lágrimas de sangre que enturbiaban su delicado rostro de porcelana. El eco de la lucha frente a frente, con el eco de la desesperación, aquel encuentro, aunque fugaz, cambió el curso de la historia.
Perdido en la confusa desesperación del clamor de una ya agonizante batalla, Elham creyó ver entre los cuerpos desgarrados: una brillante rosa. Una rosa sí… la que era ajena a todo y a todos, y que parecía otorgarle el don de hacer que todo careciese de importancia, porque mirándola a ella, se le antojó a él vana la esperanza, la tristeza, el dolor, e incluso la propia muerte… y todo carecía de sentido, porque sólo existía esa rosa, única, eterna, e infinita rosa. Ascenoilam ya no estaba, y ellos se movían frenéticos a su alrededor, unos y otros, unos mataban y otros morían; más nunca la pisaban. Parecía, que sin verla, la evitaban. Allí… Tan resplandeciente. Llegó el dolor intenso, de un tajo atravesaron su cuerpo, todo se emborronaba y oscurecía… y mientras, sólo podía mirar aquella rosa. Sólo temía dejar de verla, de contemplarla, de admirarla, mientras aquella vida se le escapaba… Con su último aliento, agarró el aire en un intento de hacerla suya, de traerla para sí… mientras maldecía aquel destino, que la arrebataba de él, y que no le concede la gracia de un solo instante más en la contemplación de aquella belleza tan sublime, hermosa. Tan sólo un instante más, rogó ante sordos oídos de altivos dioses… Pero se le hizo el silencio, y el dolor cesó, y lentamente se abandonó en aquel sueño del que sabía no habría despertar, y sintió cómo se desvanecía, y como poco a poco, fluía para confundirse al final con aquella nada… y se fue. Realmente se fue, y se hizo nada… Sólo que la nada, ya no era eso. No era, sólo nada… No sabía cuánto tiempo había transcurrido, un instante, años, o milenios quizás, y escuchó los latidos de su propio corazón, que se le hacían ensordecedores. Se sintió arropado y en paz, y plenitud, y pudo reunir las fuerzas para entreabrir los párpados, que le eran pesados como losas. Entonces la vio a ella, solo que ya no era una rosa, y era una mujer… la más bella que nunca apareció ante sus ojos. Apenas una muchacha, a la que sintió como su rosa. Sólo la vio un instante. Tez blanca y cabellos finos y negros adornando unos ojos violáceos infinitamente dulces, que sólo le hablaban de amor. Y le susurró algo que no pudo entender, una sola palabra… que se confundió, en aquel éxtasis. Antes de perderse de nuevo en la oscuridad…

***

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem. Despertó Elham al día siguiente. Dolor y frío, y cuando pudo incorporarse, donde alzara la vista solo halló desolación. En aquel maldito por siempre, campo de batalla en los campos blancos de Ebekath, donde se vio rodeado de todos sus compañeros de armas, sus hermanos, que habían elegido aquel lugar para morir como hombres libres que eran. Habían muerto, como él también quería haberlo hecho. No habría sido un mal final, pensó; se habría acallado todo aquel dolor, su angustia, que mermaba toda alegría de su alma. Pero ahora él sólo podía escuchar aquel silencio, y para él, sólo restaba aquel gran pesar, ni siquiera el abrazo de una muerte le habría traído algún consuelo. Aquellas criaturas del crepúsculo, aquellos vástagos de un antiguo resplandor ahora marchito, del que un día fueron parte; ya no estaban. Habían desaparecido tal y como vinieron, sin ruido y sin huella. Deseó que les llegase pronto el día en que se apagase la poca luz que aún les palpitaba, y se apagasen al fin sus parasitarias vidas. Aquel día se lloró su muerte, la de él y la de los demás que lo acompañaban. Lloraron unos, y otros también, que lo hicieron desde algún lugar donde los mortales no pueden llegar. Un lugar aún más bello que aquellos campos de largas y blancas hierbas, que aún teñidas de la roja sangre seguían esplendorosas en aquel aciago amanecer.
El que aún seguía en pie, la buscó a ella sin encontrarla, la buscó hasta el atardecer, y cuando este llegó entonces recogió sus pertenencias y marchó cabizbajo. No pudo evitar volver la vista varias veces, mientras caminaba alejándose. No la vio, pero sentía que de alguna forma lo acompañaba. Caminaba y pensaba procurando olvidar, ignorante de la maquinaria que se había puesto en marcha… con él, y aquel día. Ella lo acompañaba…
Un trago más. Las lágrimas le acudían al recordar, y necesitaba un trago más. Un trago más para olvidar que no la encontró… por mucho que la buscó en su obsesivo errar, jamás la encontró. Intentó pesar en su recuerdo como un buen sueño, pero los recuerdos de sueños pasados se diluyen con facilidad en la mente, mientras que aquel recuerdo permanecía presente y nítido con cada pensamiento. Incluso a veces aún se la imagina rodeándolo en un abrazo, como un espectro en su espalda. Sabe que ya hace tiempo que perdió la razón. Y mientras Elham lloraba, comenzó a llover. Gotas de lluvia oscura como la noche comenzaron a caer desde el cielo.

***
Trono negro, año 2439. Reino de Mithrath.
El cielo se ha roto. Muy lejos de allí, otro. En un reino perdido de la razón, donde yace sentado en un retorcido trono de obsidiana. Apenas se dibuja su oscura figura de increíble hermosura, que se funde con tinieblas que lo rodean. Sus largos mechones de un cabello, negro como el azabache del trono, se agitan en un baile desenfrenado. El tiempo lo ha vencido. El círculo espiritual de su alma comienza a romperse, y el mortecino resplandor azulado de su aura, comienza a morir. La carga de los enormes pilares marmóreos que lo rodean, que sostienen la inmensidad del recinto sagrado, apenas rivaliza con la carga que soporta sobre sus hombros. Sentado sobre el trono, con los párpados dormidos sobre sus mejillas, perfila también en su mente, los recuerdos del pasado. Un lejano pasado, cada vez más lejano pasado. Un pasado sabe, después no volverá a recordar. Un pasado que yacerá por la eternidad, gritando oculto en un intrincado laberinto que será su alma, tratando de no ser olvidado.
Lucha con todas sus fuerzas en una batalla que la que sabe, no resultará vencedor, pero sí vencido. Nadie fue testigo de aquella lucha de voluntades durante tantos años, que en aquel entonces decantaba.
Nadie.

Escucha…
en la lejanía infinita de su interior.
Escucha los latidos de un corazón.
Apenas audibles,
pero de algún otro modo…
estridentes y ensordecedores.

Crecientes en fuerza y tono,
expandiendo su eco,
llegando incluso aquí…
en este…
último refugio…
de su moribundo ser.

Y aquí está…
ahora junto a él,
que lo mira en esta la tormenta
de un solo latido…

un latido que no se pierde en el horizonte,
un latido que primero lo oprime y comprime,
un latido que lo colma.

Otro latido.
Latido de negro tinte…
que nace,
corrompe,
y se expande…

Un latido que lo vence,
y que viene del olvido…

Luz cegadora, seguida del ensordecedor estruendo de un relámpago, irrumpe en la estancia. Rasgando el frío velo, que el silencio y la oscuridad reinantes tejieron a su alrededor. Es el tiempo de la tormenta. Una lágrima, oscura como la más oscura de las noches, escapa entre sus párpados y discurre por su rostro, hasta caer al frío suelo…todo ha terminado para él. Lentamente, una brillante luz carmesí crece y avasalla en su interior. El fuego salvaje, violento y abrasador consume su alma, y esencia sólo es carne para la bestia hambrienta. Aura, intensa y roja, roja como la sangre, renace en su cuerpo. Despacio, muy despacio, con calma absoluta, sus párpados se abren a las tinieblas. Su mirada se descubre en un fulgor de un rojo ígneo que emana de ella, y la sonrisa escapa de sus labios. Aquel que no ha sido del todo olvidado, arrastrará a todos a su olvido.

Encadenado,
Cadenas de hierro antiguo
Mi cuerpo, desgarraban y suspendían
Mis alas rotas caídas
La sangre no paraba de manar.
El dolor parecía no llegar.
Delante EL
Vestido con su sonrisa cruel
Con voz clara me escupió
“Déjala marchar”
y se fue…

Vinieron entonces ellos,
Mil pájaros y sus tormentos,
Con sus picos negros y descontentos,
Cuervos sonrientes y hambrientos.
Un festín, se dieron con mi cuerpo.
Delante EL
Vestido con su sonrisa cruel
Con voz clara me escupió.
“Mañana”
y se fue…

Pasaron las horas días,
Y los días se convirtieron en años.
Tiempo marchito en soledad ahogado
En aquella cárcel de ladrillo de lamento armado
En silencio, ciego, y olvidado.
Delante EL
Vestido con su sonrisa cruel
Con voz clara me escupió.
“Olvídala”
y se fue…

Ha pasado mucho tiempo,
Ignoro cuanto dolorido,
Cuanto, a la sombra de un recuerdo,
Cuanto en el olvido…
y aguardo verlo,
sonreírle, y gritarle
escupirle en este que se acerca,
mi último latido.

Entonces llegó EL
Con mirada cansada y abatida
Acercó sus labios a mi oído,
Entonces tristemente susurró…

¿nunca te vas a escuchar?

***
En una pequeña aldea, año 2439. Reino de Yheurisem.
La lluvia negra se extendió por los reinos, y sus gotas eran las lágrimas de un rey antiguo entre los hombres que dormía lejano sentado sobre el trono de obsidiana. Su voluntad había terminado de ceder al influjo del caos creciente en su interior, sus lágrimas… lágrimas por el recuerdo de sí mismo y todo cuanto fue, que dejó entonces de ser en aquella noche de tormenta. Lágrimas también, por el destino que acaecía sobre todas las demás criaturas de la creación. Y en aquel aciago atardecer, muy lejos también, un pequeño grupo de elfos sombríos, se acercaba con paso seguro hacia su cada vez más cercana presa. Habrían sido humanos los verdugos, y quizás la ciudad habría tenido una oportunidad, pero necesitan silenciarla. No dejarían que nadie escapase con vida. Dicen aquellos, de cuyo miedo quizás, los conduce a la exageración… que uno de estos sanguinarios elfos, podía cercenar la vida de un centenar de hombres, y aún resultaría ileso. Eran los predilectos del dios de la destrucción. Venían del norte, del lejano reino de Mithrath. Vienen de allá donde los príncipes carceleros sembraban el terror allá donde posan la mirada. Los príncipes son la crueldad encarnada en los cuerpos inmortales de los elfos. Antiguas leyendas, tan viejas como esta moribunda tierra, cuentan que estos oscuros príncipes moran en enormes y dantescas torres, que se elevan cientos de metros hasta herir los cielos. Lugar de incesantes lamentos y gritos agónicos, que no son jamás acallados, donde miles de almas son torturadas a la espera del descanso de una muerte, que nunca llega.
Llovió copiosamente aquella noche, y aquella fue una lluvia negra como una noche sin estrellas, una lluvia capaz de apagar luz en los corazones de los hombres. Aquellas gotas irradiaban una tristeza sin igual, empapaba su blanca piel y la teñía al instante. Llegaba a lo más profundo de los corazones, y les encogía el alma de una forma, que pensaron jamás podrían hallar de nuevo consuelo. Una muchacha fue la primera en encontrarse con una de aquellas almas malditas. Recogía agua para su madre enferma, en un cántaro que cayó roto al suelo. Sintió su presencia sobrecogedora, cargada del odio más sincero y cruel, hipnotizando todo su ser. Quiso huir, pero un terror sobrenatural la paralizó. Sólo podía escuchar sus propios latidos, que cada vez eran más y más lentos. Ella… contempló con sus inocentes ojos verdes, aquel hermoso rostro, que escondía tras de sí, las más aberrantes entre las emociones. Cruzaron las miradas, y descubrió ya cercana su muerte, mientras el gélido filo de la espada atravesaba su cuerpo despojándola de aliento y vida.
Pronto se rompió el silencio natural de la noche. Gritos y aullidos. Corrieron ríos de sangre por las calles de piedra, alimentados por la masacre que se estaba produciendo. Los gritos se confundían con el intenso crepitar de las llamas que consumían indiferentemente cadáveres y edificaciones, y aquella extraña lluvia no mermaba las llamas. Los oscuros elfos asesinaron con precisión letal, bañando sus filos con la sangre de sus víctimas, que morían como briznas de hierba, segadas sus vidas.
Cuando la incursión hubo finalizado, esta no había tomado más tiempo del necesario. Ejecutado el exterminio, se reunieron en las cercanías de una aldea entonces reducida a crepitantes llamas. Aquel que parecía el líder de la unidad incursora; Umiel, limpió la sangre del filo de su espada con la blanca piel del rostro de una niña ya sin vida. Yacía a sus pies, como una muñeca rota con el cuerpo desgarrado. Aquel ser despreciable y siempre silencioso, clavó su mirada en ella. En apariencia indiferente, se miró en los inertes ojos ya vacíos de la vida, de aquella niña inocente. Yo. Yo sé de su cárcel, y del tormento de su oscura alma. Sé de Umiel, que era con diferencia mucho más fuerte y diestro en el manejo de cualquier arma, que todos sus subordinados, e infinitamente más cruel; pero se dejaba atormentar por una extraña bestia en la forma de un cuervo. Todo aquel que hubiese puesto la mirada en aquella aberrante criatura alada, no dejaría jamás de guardar en el pensamiento la imagen de la extraña bestia con los ojos encendidos en ascuas vivas. Aquel era el que fue entonces el eco del odio, y en su porte se veían reflejados los largos años con que la muerte había curtido su alma oscura. Era sin duda el más hábil entre los guerreros de los elfos del crepúsculo, y todos aquellos que pusieron en duda su liderazgo en el pasado, vieron de cerca el rostro de la muerte. Umiel, que así se llamaba, posó lentamente sus ojos en cada uno de los restantes elfos oscuros, que orgullosos formaban filas ante su presencia. Pero la mirada se le detuvo en uno de aquellos guerreros. Ofendido contempló, como este tenía un rasguño en su mejilla izquierda. Umiel sabía que aquel era un peligroso combatiente, muy digno de tener en consideración. Aquel elfo sombrío había iniciado sólo el ataque, y él sólo, había acabado con las vidas de gran parte de los habitantes de la ya devastada aldea. Había luchado bajo la lluvia oscura, al descubierto, mientras las hembras del grupo observaban el glorioso hacer de su combate desde la impunidad de las sombras, con retorcido placer reflejado en sus lascivos labios y la mirada prendida, en la hermosa danza de muerte. Umiel se acercó a Yamdroth, pues aquel era su nombre, y con los dedos de una de sus manos, limpió la sangre que manaba de la herida de su rostro. Se llevó los dedos a sus labios y los lamió mientras esbozaba una apenas perceptible sonrisa… Luego, con la solemnidad que tan sólo aquel cruel elfo era capaz de mostrar, le besó la frente. Una gota de sudor frío recorrió el rostro de Yamdroth. Umiel fue tan rápido como un relámpago en la noche. El helado filo de su daga más larga segó limpiamente el cuello de Yamdroth, y su cabeza cayó sobre la mojada hierba.
No demoraron demasiado en abandonar la ruina. Más adelante en el curso de aquel tiempo, aquellos elfos del crepúsculo atravesaron montañas y bosque; y lo hicieron acompañados por la tristeza gélida de la extraña lluvia oscura. Una lluvia que empapa por completo sus almas impuras. Aquella era una lluvia con el amargo sabor, de un último adiós de un alma vencida. Pronto amanecerá. La noche llega a su fin. Los fríos vientos aullantes de la noche, se unen a la melancólica melodía que entona, el sagrado arpa de Minth; como última despedida a las almas que habrán de alcanzar muerte antes de llegarles un amanecer. La entonces efímera prosperidad de la aldea conocida como Ryuminyel, donde nació el último entre los ecos de la desesperación, habrá de verse truncada cuando se produzca el primer ataque sobre una de las aldeas principales en el reino de Yheurisem. La noble cuna de hombres, al pie de la gran cadena montañosa que descansaba adyacente al curso del Emirian, permanecía aún ajena a su terrible destino que se acercaba a grandes trancos.
En la apartada aldea, sólo restaban las vidas de los cuervos, que se nutrían de carroña de aquellos que antes la habitaban. Sus picos hambrientos separaban carne de hueso afanados, y las bestias crecían y se multiplicaban apenas saciado su apetito voraz. Pronto habrían de acompañar la marcha de los elfos de tez sombría en conjuntos de inmensas bandadas. Y del cielo ya negro, caerían como saetas para abatirse sobre la aldea. Brotarán como la plaga sobre Ryuminyel.
***
Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem.
Elham dormía. Embotados ya los sentidos en las fragancias del licor, pudo conciliar sueño para su atormentada alma. Aquella noche, no viviría en pesadillas sus recuerdos. Sé que soñó con el advenimiento de Dhemeides. En su sueño, al que despertó con el sonido de un leve crujido. Imagino a los dioses impotentes en aquella noche de tormenta, uno tras otro debieron abochornarse por la vergüenza, más sólo uno hubo de calmarla. Aquella noche no sólo lloraba por la caída de Alvhensoth, Mitharkar, o como quieran llamarlo… también lloró por un Dios que se encarnó por vez última en los reinos. Perdió toda divinidad, y la esencia de la eternidad, se perdería para siempre con él, en su amada creación. Elham, en su sueño fue testigo ausente de aquel momento furtivo en la historia y en la memoria de los hombres, del prodigio de una nueva esperanza que, aunque muchas veces escasa, a veces brilla con un leve fulgor incluso en la noche más oscura.
Sueña. Sueña el oculto, en el fragor de la tormenta, y solitario huevo de dragón que cobró vida. Lejos su madre despreocupada, vuela rauda libre ya de su cometido. Un rayo tras otro, tímidos, iluminan el argénteo cascarón. Una grieta tras otra, lo resquebrajan ávidas del renacimiento. En lo alto de una gran montaña, en algún lugar demasiado perdido para tener que recordarlo, un corazón comienza a latir con fuerza. Él… ha nacido. Una manita blanca y frágil, se asoma por una rendija. Lejos del interior, donde la luz y calor son dorados; y tan solo su gran deseo por vivir, hacen que luche por salir de aquel confortable lugar donde se sentía completamente a salvo.
Fuera, el ensordecedor griterío de los truenos, turbarán su paz… la lluvia fría mojará su delicado cuerpecito de niño… y el aullante viento azotará sus finos cabellos dorados que comienzan a nacer. Cuando sale del cascarón, hace lo que cualquier niño hace al nacer. Llora. Pero no hay nadie. No tiene una madre o un padre que lo bese y arrope, porque está completamente solo en un mundo que le es extraño y lo sabe cruel. Sólo. Muy solo. Se siente confundido mientras pasa el tiempo nota como dientes, cabellos y uñas, le crecen. Los huesos se endurecen, y nota un intenso dolor en la espalda que le rompe. Percibe algo tibio en ella y cuando se lleva las manos, percibe una saliente y creciente protuberancia. Algo rojo y líquido las mancha sus pequeñas manos. Llora y llora, pero nadie lo consuela, añora el calor dorado de su huevo, pero solo quedan de él unos fragmentos que están perdiendo su brillo resplandeciente. Se queda acurrucado dejando pasar el tiempo y contemplando como aquellos pedazos restantes del cascarón del huevo, mueren poco a poco. Las lágrimas dan calor a sus mejillas, y por eso no quiere dejar de llorar. Hace mucho frío y está oscuro. No deja de llover y pronto se queda dormido en la lacerante roca.
Cuando amanece, las nubes dejan paso a unos pocos rayos de sol que lo calientan. El mundo al que ha nacido, le ofrece nuevos colores y sensaciones que lo maravillan. Tiene mucha hambre y se siente más débil. En un descuido se hiere con unos afilados colmillos que se han desarrollado durante el sueño, y que le recuerda que pronto tendrá que comer. A sus pies se encuentran valles, ríos de límpidas aguas, bosques y otras montañas. En aquella yerma y alta montaña sabe que no encontrará alimento, así que despliega sus alas plateadas, y entonces da un salto grácil y natural para bajar al más cercano bosque, el bosque de Ackalabeth.
Aquella noche el niño dios no pudo verla, nubes de tormenta impedían su contemplación, pero una nueva y hermosa estrella apareció en el firmamento, y en muchos en distintos lugares se maravillaron con el prodigio. En otros, los menos, se temió su anunciada llegada.

LIBRO PRIMERO

Cuando amanece la locura

Prólogo

Hubo un momento en el que el pequeño Pan me preguntó acerca del caos, qué es el caos. Como respuesta, le insté a recoger un puñado de piedrecillas de la orilla del río. El muchacho extrañado tras un breve momento de duda, partió de mi lado y recogió buena...

Cuando amanece la locura

Quédate, toma asiento aquí junto al fuego. Calienta bien, pero ilumina poco, y la noche aún es fría pues dista el amanecer. Y como contador de historias, déjame contarte la mía propia, si tienes a bien escucharla de mis labios. Quédate, pues es mi deseo...

Desesperación

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem.  Elham despertó sobresaltado. Despertó en las calles de Ryuminyel, en aquel frío de mañana, viéndose a sí mismo cubierto de harapos, hambriento, y la angustiosa sensación de soledad y vacío que no se le...

La sombra de un padre

En aquel amanecer caminaba de nuevo, y de nuevo encadenado. Las mismas cadenas, distinto captor. Tomaron dirección a la salida del oeste de la ciudad, sabía que el terco enano lo conducía a su hogar, a su verdadero hogar. A varios cientos de metros,...

El guardián del templo

Los muchos días que siguieron a aquel primero en que tuvo aquel extraño sueño, fueron agotadores. Esos días sirvieron a Elham para entrar en contacto con la realidad. El enano lo sometió al más duro de los adiestramientos, del que fue capaz con su a veces...

El hambre de los cuervos

Entrada al templo de Dhemeides, año 2439. Reino de Yheurisem.  Sin mediar palabra alguna entre ellos, echaron a correr.  El viejo enano y el chico, pronto quedaron atrás, y Elham redujo la marcha, hasta que el enano le dijo entre jadeos que continuase sin...

La falsa llama

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem.  Draill despertó del letargo en el que le sumió el agotamiento, al amanecer. Aún estaba muy agotado, pero se sintió seguro de poder caminar al ritmo de los demás. Contemplaba absorto, a Elham que...

Desidia y desdicha

Al acercarse el atardecer del séptimo día, Eorden ya había finalizado los preparativos para la ceremonia del funeral del enano. Pan lo había ayudado con la colocación de las antorchas, trazando un gran semicírculo sobre una pequeña colina cercana al río....

Requiem

Está soñando. El viejo enano ante él. Arrojando leños a una chimenea en medio de la nada, donde hace tanto frío… y tan sólo las ascuas, arrojan un poco de calor para calentar el cuerpo. El viejo se gira, y le sonríe. *** —¡Despierta! ¡Despierta! —Oyó,...

Mala sangre

La media docena de sanadores, surgidos de la nutrida comitiva de los elfos de Shatrath, atendían las heridas de la víctimas del ataque que no habían sucumbido a las dagas de Umiel. Muchos entre ellos morirían pocos días más tarde a causa del veneno...

El hombre sin corazón

Uno podría fácilmente llegar a pensar que ocurrió de una manera rápida, si bien no de forma inmediata, al menos con el transcurso de largos años. Pero no ocurrió de aquel modo. La esencia de Nirvaeth, aunque no gozaba de forma alguna, se hallaba en aquel...

Libro primero

Cuando amanece la locura

Libro primero

Cuando amanece la locura

Libro primero

Cuando amanece la locura