La falsa llama

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem. 

Draill despertó del letargo en el que le sumió el agotamiento, al amanecer. Aún estaba muy agotado, pero se sintió seguro de poder caminar al ritmo de los demás. Contemplaba absorto, a Elham que continuaba ausente, mirando cabizbajo al suelo mientras pensaba en el difunto enano. Pensó que lo enterrarían junto al río Emirian muy cerca de la cabaña de Dhilos, allí donde siempre dijo querer yacer en su último descanso, cuando ya no le restaran más días en la vida. Suponía, que echaría de menos los coscorrones con que lo aleccionaba, tan a menudo cuando era un crio. En realidad, estaba seguro de ello. El enano Dragorax siempre le recriminaba estar dormido cuando a veces se dirigía a él, pero su mente divagaba por otros lares. —¡Despierta mocoso! —Le decía muchas veces, estampándole la palma de la mano en la nuca. —¿Te has quedado dormidito… cabezapony? —Solía preguntarle para devolverlo a la realidad, mientras le revolvía su ya de por sí desordenado cabello. Duermegatos, miracielos, conjurabostezos, atontado… y lindezas similares que siempre le exhortaba, para obligarlo a estar atento; y que ya siempre echaría en falta. Draill supuso, con una sonrisa inscrita en el semblante, que habría puesto fin a aquel mismo recuerdo de alguna de aquellas maneras. Justo entonces, que se perdía en las ensoñaciones de un pasado que ya le era muy distante. Observó al niño que no dejaba de llorar, y no conseguían apartarlo del cadáver del enano. Cogía entre sus dedos, mientras caminaba, una de las pequeñas y ásperas manos del enano, que no se atreve a soltar. Para evadirse de otros y más tristes pensamientos, Draill rememora mientras camina, tiempos del distante pasado. Tiempos en los que entonces hacía mucho tiempo que Elham no sonreía con sonrisa sincera y desprovista de tristeza. A veces el recuerdo de la muerte de su padre, teñía de oscuro sus momentos de siempre frágil felicidad, y Draill sabía que se avergonzaba de su olvido. Pero volver a encontrarse con él, y con Aimiel, su amiga más querida, había iluminado de nuevo su espíritu.

Mucho le había pasado desde entonces, desde aquel día que acudía entonces en su recuerdo, aquel día cuando los tres inseparables amigos caminaban juntos por las calles de Cannam. Estaba atardeciendo en una calurosa tarde de verano en un cielo libre de nube alguna, y las calles bulliciosas indicaban la proximidad a las fiestas en honor a Meleri; la Diosa de la cosecha. Aunque todavía no se habían establecido la totalidad de los comerciantes en sus puestos y barracas, una infinidad de tiendas y caravanas poblaban ya las calles infestando el aire con una mezcla exótica de ruidos y fragancias. Entonces creyó sorprender varias veces a Elham admirando la figura de Aimiel, es natural reconocer que la chiquilla de años atrás había quedado lejos, y el rubor acude a sus mejillas cada vez que ella le sorprende observándola. Sin embargo, ella no dice nada, y él mismo fingía lo mismo de igual modo. Pero a Elham le cuesta evitarlo, de modo que ambos continúan con el silencioso juego como cuando eran niños. 

—Me parece increíble que la próxima primavera te vayas para siempre de la aldea. —Dijo Elham intentando concentrar su atención. —¿De verdad te vas a arriesgar?

—Es que quiere convertirse en un hechicero muy terrible, nuestro flacucho Draill —Añadió divertida Aimiel, mientras daba una palmada en el hombro a su amigo.

Entonces caminaba concentrado en sus cosas, y Elham lo notaba porque las cejas se unían en el ceño. Aún entonces, eso no había cambiado. 

—Quizás soy algo joven… aún. —Confesó tras un breve silencio.

Tanto Aimiel como Elham enarcaron las cejas al unísono. Sin duda sorprendidos por la aparente modestia de su prepotente y ambicioso amigo, sin duda momentánea también.

 —Pero he estudiado mucho, y aunque mi mentor no está del todo conforme, ha llegado tiempo de que se me abra la posibilidad de aprender nuevos conjuros. Es necesario continuar mis estudios en la academia de Sagosiath —Añadió.

—No quiero tener que volver a robar libros para estudiarlos a escondidas. Casi me marcan la vez que me descubrieron. —Explicó cabizbajo tratando de que su voz sonara convincente. 

Elham sabía que, si algún día ocurría, el moriría. Era cierto. Sin duda seguiría practicando la hechicería, aunque lo hiciera como proscrito.

—Seguro que lo consigues, amigo. —Le dijo Elham convencido. —Perdóname, no era mi intención sembrar duda. No es que piense que no puedas lograrlo, es que me cuesta creer que no estarás con nosotros dentro de tan poco tiempo. 

—Seguriiiiiiisimo. —Conminó Aimiel animándolo con un fraternal abrazo.  

Permaneció durante minutos sin añadir nada, dando por terminado aquel tema de conversación. Sentía haber mentido a todos, pero lo que más le dolía era haber mentido a esos sus amigos. En realidad, ya había sido marcado. Los libros que robó para estudiar, en realidad eran libros prohibidos y pertenecían a una orden ya desaparecida hacía miles de años, y entre los hechiceros este tipo de delito se castigaba con el peor de los castigos. Draill sólo se permitía incluso a sí mismo, recordar hasta este punto. Llegar más lejos, sería hurgar en el doloroso pozo en su memoria, donde se ocultaba lo sucedido al resucitar aquellos conjuros. La marca que ejecutaron sobre él, era un ritual al que se sometía a aquellos hechiceros que no eran dignos de practicar más su arte, en la mayor parte de casos por haber incumplido las normas dictaminadas por el conclave de las ordenes de la hechicería. En apariencia, no cambiaba nada para estos profanos, pero todos los demás hechiceros saben sin esfuerzo cuando uno de los suyos está marcado. Ningún hechicero legaría jamás su arte a ninguno de los proscritos.

Ya no podía regresar al colegio arcano de Sagosiath, y había decidido dirigir sus pasos hacia algo que muchos tildarían como de absoluta locura… Iría hacia el lejano reino de Khrenoliam, o moriría intentándolo.

Khrenoliam es un lugar de permanentes brumas y tinieblas, la desolación es el adjetivo que mejor lo puede calificar. Marismas, cenagales y pantanos recorren su superficie, haciendo extraño encontrar un lugar suficientemente sólido donde reposar. Es reino de grandes magos ataviados con harapientas túnicas oscuras, y aspecto débil y demacrado, que a veces puede confundir a los incautos, pues detrás de esa apariencia se encuentran los poderosos descendientes de una raza ya casi olvidada. Se dice qué, perdido en medio de aquellas tierras baldías, se encuentra un lugar donde se reúnen aquellos magos proscritos para continuar estudiando hechicería. 

Durante las primeras edades sólo las bestias más horribles moraban en tal desolador lugar, hasta que hace miles de años, el quinto y más joven entre los patriarcas de los altos humanos; Khrenoss, huyó a esta tierra de cenagales, cuando fue desterrado al descubrirse su perfidia. Sus hermanos creyeron que justa era la suerte que el mismo había elegido, pues creyeron que, en aquellos inhóspitos parajes, Khrenoss sucumbiría a la muerte. Mas en aquel lugar su poder creció y creció, oculto a los ojos de un mundo que había decidido ignorarlo, mientras los siglos alimentaban su sed de venganza. Desde entonces se embozó de un aire enrarecido que embota los pensamientos, y del cieno, sepulta sin piedad a todo aquel que desfallece. Su fauna está constituida esencialmente de depredadores, en una lucha constante por la supervivencia del más apto. La muerte habría sido mucho más tibia y dulce, que una vida de tortura perenne en aquellas tierras malditas. Donde solitarios entre las tenebrosas brumas se erigen los Cirios que, retorcidos como la hiedra, se elevan varias decenas de metros en las alturas, y en cuya cima a veces se puede ver la llama púrpura del poder remanente de aquellos que sucumbieron al poder del caos. Son muy pocos aquellos que han regresado de estas tierras, y demasiado a menudo lo hacen habiendo perdido antes una razón que tornó en locura. Pero el muchacho que antes fue, estaba más que dispuesto a correr aquel riesgo. Cualquier riesgo… y en verdad te digo que aquello fue muy cierto.

Continuaron caminando y maravillándose ante la abrumadora cantidad de mercancías expuestas. Comidas y bebidas de todas las clases, caballos y animales de granja, objetos artesanales y todo tipo de ropas y adornos. Pero cuando llegaron a una tienda donde un extraño mercader, que exhibía diversos objetos muy raros y de dudosa procedencia, Draill salió de su mutismo, cuando vio entre la mercancía un anillo que pareció reconocer. Era una pieza de exquisita talla en oro blanco con una gema rojiza engarzada en lo que parecía representar una boca abierta de afilados colmillos. A la joven Aimiel le pareció repugnante al instante, pero Draill parecía entusiasmado con el hallazgo. 

El anciano mercader emitió una siniestra y pícara sonrisa de pocos dientes. 

—Nueve piezas de oro. Amigo, ni una menos. —Escupió tajante.

—Es mágico, me han asegurado. Perteneció a un poderoso mago túnica roja. 

Draill era perfectamente consciente de que ni juntando el oro de los tres podían ni tan siquiera acercarse a la elevada suma, y el brillo de su mirada se desvaneció al instante. Por desgracia también era conocedor del verdadero valor del anillo, y no conseguía imaginar cómo había llegado a manos de aquel individuo. Sentía el calor de su magia en la piel cuando lo tocaba, y cada vez que lo hacía más ansiaba aquel anillo, porque no dejaba de imaginar lo que podía hacer con él. No podía dejar que nueve monedas de vil metal lo alejaran de aquel objeto. 

El comerciante no le quitaba el ojo. Sabía perfectamente cuánto ansiaba el joven mago aquel objeto, aunque desconocía por completo la leyenda que se había forjado con aquel anillo.   

—Dos monedas es todo lo que tenemos. —Dijo Draill lamentando profundamente no haber sabido contener su entusiasmo.

—Por esa suma puede comprar un colgante de jade que protege contra la peste, o quizás el libro de pergaminos para magia elemental. —Contestó. —Pero la suma es insuficiente para el anillo señor. —Añadió fingiéndose ofendido. 

Pero si aquel estúpido comerciante podía atreverse a sentirse de ese modo, mayor aún era la ofensa que este le había procurado a Draill, porque le ofrecía bagatelas o falsa magia que apenas tenía alguna utilidad, ni para él, ni para ningún otro. 

—Quizás tu hermosa amiga pueda ofrecerme algo, para completar el pago. —Ofreció apenas disimulando el gozo ante la brillante ocurrencia que había tenido. Al instante, Elham llevó la mano a la empuñadura de su espada, pero fue la misma Aimiel la que impidió que desenvainara posando dulcemente su delicada mano sobre su mano y avanzando hacia aquel indeseable mercader. Ante la atónita mirada de sus dos mejores amigos coqueteó con el anciano mercader, durante unos minutos. Nunca supieron que le dijo, pero el día en que partió completamente sólo de Ryuminyel, aquel anillo lo llevaba sobre uno de sus dedos. Aquel anillo salvó muchos años más tarde su vida. 

***

Draill acariciaba entonces el viejo anillo incrustado, en el dedo anular de su mano derecha. Le sirvió para colocar una sonrisa en un fino rostro no muy dado a construirlas, y también, para alejarse ya de aquellos recuerdos de un pasado que lo condujo de manera irremediable a su verdadera desgracia. Miraba ahora a su amigo. Lo veía tan distinto, que le costaba creer que fuera el mismo. Imaginó que todos en realidad lo único que hacen al convertirse en adultos, es colocarse máscaras para adecuarse a lo que se espera de ellos, y en eso, el aprendió a ser el mejor. Tuvo que ser el mejor. Algunos, incluso toman la representación como propia, destruyendo todo aquello que tiene que ver con su infancia. 

Destruyen en realidad sus vidas. Pocos entre estos, se dan cuenta, al final ya de sus vidas, que tras la máscara ya no hay nada, sólo un muñeco vacío y sin vida. Pero sabía que Elham en realidad, no estaba vacío. Estaba seguro de ello. Entonces, habría gustado de contarle muchas cosas, más que las que le hubiera contado a ningún otro. Por supuesto, nunca le contaría todo… pero sí una parte muy importante al menos.  Después de todo… siempre había sido muy celoso de su intimidad, y algunas cosas nunca cambiaban.

   Aquellos eran momentos para la tristeza, no interrumpiría su silencio por respeto a Elham. Por respeto a Dragorax. Pocas veces había hablado directamente con el enano, siempre lo había tenido demasiado temor. Ni con él, ni con el extraño elfo que a veces venía de larguísimos viajes por distantes tierras. El enano y el elfo, eran los dos grandes amigos del padre de Elham. Corrían rumores por la aldea, que ellos tres fueron artífices de grandes hazañas en las tierras del norte, y que su nombre figuraba en canciones y escritos de los reinos. No recordaba cómo se llamaba el elfo, ni cómo era su voz pues cree que nunca le oyó pronunciar palabra, a decir verdad, le costaba hasta recordar como era de aspecto, pues su imagen le era muy vaga.

Cuando llegaron a la cabaña del buen Dhilos, poco tiempo les faltó a todos para hundirse en el lecho. Eorden antes limpió las heridas del enano, y amortajó su cuerpo con sumo celo y cuidado, y después lo cubrió por completo con un grueso manto. En el atardecer del séptimo día, se celebraría el funeral. Eorden, dijo eso a los habitantes de la aldea. El sacerdote exorcista practicaría las exequias, y conservaría el cuerpo hasta entonces. Se hizo así, pues Dragorax era muy querido y respetado entre las gentes del reino de Yheurisem. Pronto darían cuenta de ello, pues entonces, con la excepción de Eorden que siempre permaneció en Ryuminyel, no eran conocedores de que los emisarios esparcirían la noticia entre los aliados y que esta causaría profunda tristeza y pena entre estos. Y desde los más dispersos lugares del reino, partieron las más diversas gentes para despedir al enano en aquel que sería su último adiós.  

  Al despertar, Draill limpió las numerosas heridas de Elham hechas por los cuervos. Ninguna de las perforaciones era profunda. Cuando hubo terminado, aguardó con paciencia la recuperación de su amigo. Y se quedó largo tiempo observándolo, hasta que, por fin, entornó los párpados de sus ojos.

—¿Te encuentras mejor? —Le dijo con voz suave, tratando de imprimirla de cierto aire animado. —Has dormido casi dos días. 

—Draill, viejo amigo. Aún me siento muy débil. —Contestó Elham, y seguido hizo el esfuerzo de intentar incorporarse, pero le venció el cansancio y quedó de nuevo tendido en el catre.

—No te preocupes, amigo. Descansa un poco más, no tenemos prisa alguna. Ya hablaremos más tarde. —Atajó. Pero el tozudo humano, quiso satisfacer su incipiente curiosidad, antes de dejarse vencer por el cansancio, acerca de lo que le había sucedido. 

—¿Cómo es que has regresado? ¿Sabes? Te daba por muerto… 

—Ya sabes … Soy muy terco. —Contestó sonriendo Draill.

—¿Lo… conseguiste? —Preguntó queriendo saber sobre si el joven hechicero había logrado retirar la marca que le impedía practicar la magia, de no ser como un proscrito. 

—Sí, amigo mío. Lo conseguí. —Contestó mintiéndole. Y tomaba aliento para añadir algo más, pero descubrió que su amigo ya dormía. 

***

No lo consiguió, y poco le faltó para vender su alma para tratar hacerlo. Si es que no la había vendido ya, de un modo del que desconocía. De una u otra forma, habría muerto si no hubiera empleado toda la voluntad en el empeño, de eso estaba seguro.  

Se recordó a sí mismo, triste. Triste, cuando después de un viaje eterno que le consumió seis años de su vida, descubrió tras el velo de la mentira con que se había engañado, que al final de su camino nadie lo esperaba ni se deseaba la presencia de otro desconocido del que nadie sabía nada. Se había engañado a sí mismo, pero no lo habían engañado; aquel reino era la tierra de pantanos sin fin, de la que tanto había leído y escuchado hablar de aquellos que habían estado o decían venir de allí. Los había escuchado atentamente, pero siempre había creído que exageraban. Por desgracia no había sido así. Y hasta entonces, había logrado llenar el gaznate gracias a la vergüenza: se había convertido en uno de aquellos buscavidas que tanto había detestado cuando no se encontraba en el otro lado de la puerta. En las calles, había realizado todo un elenco de trucos de prestidigitación, aderezados con la poca magia que sabía y que aún brotaba tras el sello, y por unas pocas monedas que le proporcionaron el necesario sustento. Se recordó a si mismo triste y pensando que la magia no le había dado nada, y se había servido, como tantos otros, de su mentira.

Recorrió rondando los pantanos buscando el lugar del que tanto había oído hablar, y que no encontró. Se alimentaba de sapos cuando podía, y cuando tenía suerte, encontraba un alto casi seco para dormir. Y muchas veces pensó que sucumbiría, si permanecía por mucho tiempo como alma en pena, caminando sin rumbo en la monotonía, tan sólo interrumpida por los cirios. Los cirios eran lo único que le hablaba de la magia del aquel lugar. Desesperado, tuvo la ocurrencia de subirse a uno de ellos.

Mientras trepaba la mole de hiedra, escuchaba las voces en su cabeza de los mismos que tan acertadamente le habían hablado del lugar. Le advertían de que se si subía, y tan siquiera le rozaba la llama púrpura, moriría irremediablemente. Le advertían que, aunque tuviese mucho cuidado y no tocase la llama, su mera proximidad le consumiría la carne lentamente. Le advertían, y le advertían… y no escuchó las voces. Se alzó sólo para contemplarla, para sentir al menos un poco de la magia de aquel ignoto lugar. 

Casi se sintió jubiloso al llegar. Y miró, y miró al corazón de aquella llama, que no irradiaba calor alguno. Miró hasta perder el sentido. 

Al abrir los ojos de nuevo, se asustó. Había un ser cadavérico a su lado, tendía su huesuda mano hacia él. Y el terror lo invadió como un torrente ante la seguridad de una muerte tan cruel como próxima. Tan sólo sus ojos profundamente vivaces, brillantes y negros, le hablaban de vida, en aquel altísimo despojo decrépito. 

—No temas, niño. —Le dijo con voz gutural. 

Él sólo pudo acurrucarse en un lado de la plataforma, sin importarle demasiado si caía y moría. 

—¿Qué es lo que crees… que haces aquí? —Le preguntó. Y le dio tiempo a recomponerse, aun siendo mucho el que necesitó para atreverse a hablarlo.

—Quiero… quiero… hacer magia. Sólo quiero eso, pero ya no puedo… ellos… ¡Me lo han prohibido! —Contestó Draill entre lágrimas. Tras su respuesta, el joven casi juraría haber visto cómo se torcía la carne descompuesta del cadáver en una sonrisa. 

 —¿Y quién te ha dicho que no puedes hacer magia? 

—El cónclave. El cónclave de los magos. Me sorprendieron estudiando uno de los libros prohibidos….

—¿Y tú les has creído…? Los ignorantes siempre están con sus mentiras… siempre con sus mentiras… y siempre buscando que te las creas ¡Estúpido! —Le dijo cortándole 

—Pero es verdad. Me han marcado. Lo hacen para reconocerte y ya no te enseñan ya más, y es verdad… ya casi no puedo hacer nada. Lo he intentado, pero nadie quiere enseñarme ya nada. Soy como un apestado.

—Son ellos los que no saben nada. Les dejé absortos en sus miserias hace casi cuatrocientos años ya… y siguen ciegos aún a la verdad. Son unos necios, y continúan con sus necedades, y quieren de todos… que sean igual de necios.

 —¿Qué crees que es esta llama? —Le preguntó a Draill, clavándole la mirada, y apuntando con su huesudo dedo al crepitante púrpura.

—Hace muchos años, hubo un aprendiz de hechicero que como tú vino a este erial buscando magia, también estaba marcado. Se llamaba Ralorm, o al menos ese creo recordar. Sufría del mismo mal que tú, niño; la más absoluta estupidez. Y otros se apiadaron de él y su desgracia, y lo instruyeron y le enseñaron la verdadera magia, y fue poderoso entre los suyos al menos por un tiempo. Tanto, que un día se consumió en esta llama que tienes ante tus ojos.

—¡¿Cómo?! —Exclamó Draill.

—Esta es la tumba de Ralorm, del que nada te voy a decir. Yo mismo lo traje aquí hace mucho tiempo, he de alejar estas llamas de perdidos de la sangre de la tierra. —Dijo, severo. Y ante la duda de Draill satisfizo su curiosidad —La llama que queda de él, lo consume todo. Es muy peligrosa, y la hiedra que brota alejándola de la madre tierra, devora y contiene sus restos. Es por eso que la guerra no acude a este reino, pues saben de estas tierras que son un erial contaminado por la magia del caos. Nunca vendrán aquí a reclamar nada. 

—Yo no soy estúpido. —Se defendió.

—¿Entonces… qué es lo que crees… que haces aquí? —Le volvió a preguntar, cansado.

Draill recapituló acerca de las razones que lo impulsaron a tratar de convertirse en un hechizero. 

—Quiero comprender.  Saber que es la magia en realidad… Conocer el porqué de su existencia, y porque se apaga… —Mientras Draill contestaba, su siniestro interlocutor quedó sorprendido ante el hecho de que aquel joven aprendiz tuviera consciencia acerca de que el poder de la magia mermaba en los reinos.

—Yo podría enseñarte esas cosas —Susurró fugazmente, incluso tentado de instruirlo.

—¿De verdad? ¿Lo harás? —Preguntó suplicante Draill.

—Podría… pero no lo haré. Como te he dicho… sería una estupidez. —Respondió segando de cuajo su entusiasmo. 

—¿Por qué no? Haré lo que sea, ¡te lo juro! Te daré lo que haga falta. Por favor, te lo suplico… tenlo en consideración, te daría mi vida incluso…

Fue entonces cuando Draill fue consciente de que aquel decrépito ser, sonreía abiertamente. Y Aquella fue una sonrisa taimada e impregnada de crueldad, y se le heló el alma al contemplarla. Y te digo que con razón se le heló el espíritu, pues, aunque nada sabía del ser que lo había encontrado, cada fibra de sí mismo le hablaba del peligro de cada palabra y promesa pronunciada.

—¡Demuéstrame que tus juramentos no son vanos! ¡Arrójate a la llama de Ralorm!  

—Pero moriré ¿no es así? —Musitó apesadumbrado. Incluso el muerto percibió la oscuridad de la pena bombeándosele desde el corazón y esparciéndose por sus venas y arterias.

—Sí… Morirás. Pues esta llama no sólo arde, es tan intensa que no puede extinguirse de ningún modo… Así que arderás consumiéndote en un dolor tan atroz, que habrás de enloquecer, y en pocos instantes sólo restarán de ti… cenizas.

Fue en aquel momento, cuando la petición del aberrante interlocutor superaba con creces lo razonable, cuando Draill debió ceder en la consecución del propósito ansiado. Lo digo incluso yo, que poco puedo decir de esto… pues has de saber que es mi pecado. Y no sé, si es lo que quiso en realidad, poner final a su propia existencia quizás. Ante la absorta mirada de los brillantes ojos negros del decrépito, se introdujo en la púrpura llama.

Ardió. Gritó y ardió… 

Draill ardía y ardía. Mientras él… lo miraba curioso.

—Muero —Pensó. —Al final no pude lograrlo… lo he dado todo… y no he podido hacer nada… es triste…  —Y las lágrimas se le tornaron vapor en las mejillas, y a través del crepitar de las llamas pudo escuchar la risa siniestra y metálica, de aquel horrendo ser sin nombre.

Entonces la garra que tenía por mano lo asió con fuerza, y lo sacó de la llama. El dolor le era insoportable mientras la carne fundida tomaba forma de nuevo. Habría podido ver cuerpo deformado entonces, si sus ojos pudieran ver, y si le quedase algo de razón… yo en su situación me habría arrojado a las llamas de nuevo para acallar la agonía.

—¿Aún puedes oír? —Escuchó por una de sus orejas, la otra había quedado inservible.

Emitió un gorjeante sonido, que el engendró debió interpretar como una respuesta de afirmación. 

—Si aún quieres aprender magia de este lugar. Yo mismo puede que me digne a enseñarte algo de lo que sé. Puede que aprendas algo de esta experiencia, pero has de saber que este dolor que sientes apenas mermará, y todo lo que te reste de existencia vivirás en ese cascarón que aún te resta por cuerpo. Si quieres acabar con el dolor que ahora sientes, dejaré que termines de consumirte en la llama de Ralorm. Será un final piadoso, créeme. ¿Qué respondes a esto?

Draill debió emitir algún sonido, que también fue interpretado como una afirmación. Entonces como en un sueño lo vio, y le dijo que se acercara, y él se acercó a nadie sabe dónde. Aquel demacrado ser del que sólo escuchaba la voz le dijo que contemplara su alrededor, y él lo hizo, y contempló la realidad: la inmensidad de la realidad. 

Mientras Draill me contó de esto, muchos, muchos años más tarde, no pude evitar fijarme en el peculiar brillo de sus ojos tras la máscara, y en aquel momento supe que estaba vivo de verdad. Me dijo con voz queda que se vio envuelto en la oscuridad luminosa. Miles de estrellas lo rodeaban distantes, brillantes, y llenas de vida. Supo entonces que había vida en ellas, y fue consciente que había también otros mundos, con otros seres, y otras historias inmersas en ellos. Y el que fue su maestro desde entonces le dijo que las contase, y él le contestó que no podrían contarlas, que eran demasiadas. Su maestro sonrió en una mueca que se le antojó terrorífica en aquella calavera.

 —Son infinitas —Le dijo. —Igual que es infinito el espacio entre ellas, e infinita la distancia que hay entre tus dos manos. 

—Son infinitas porque no podemos alcanzar a comprender su inmensidad, y lo que no podemos comprender, es sencillamente el caos. —Añadió. —Todo es infinito y por tanto pertenece al caos. Nuestro poder puede ser infinito al entenderlo, y sólo hemos de tomarlo, tal y como es: sin moldearlo ni cuantificarlo. —Aclaró, sumiéndolo en un mar de dudas.

—Piensa en esto que muestro ahora, pues no te lo repetiré ya más en el futuro que has arañado al destino. Cree lo que quieras… imagina que esto sólo fue un sueño… o una simple visión dibujada en tu frágil mente… —Le dijo. —Y despertó entonces. 

Despertó del dolor y la resignación. Despertó sólo a una realidad donde aún no se había arrojado a la llama, ni había conocido al extraño ser. No muy lejos en el horizonte, un claro entre las nubes y la bruma iluminaba las lejanas y místicas torres de Sozir, que se elevaban al cielo como agujas puntiagudas buscando horadarlo. Incluso el joven Draill nunca había imaginado, que uno de los lugares más extravagantemente descritos en tantos libros y del que tan poco se había demostrado como cierto, existía al final en realidad. 

Estaba allí mismo, justo delante de aquel lugar. Sólo tenía que caminar un poco más. 

Un poco más.

LIBRO PRIMERO

Cuando amanece la locura

Prólogo

Hubo un momento en el que el pequeño Pan me preguntó acerca del caos, qué es el caos. Como respuesta, le insté a recoger un puñado de piedrecillas de la orilla del río. El muchacho extrañado tras un breve momento de duda, partió de mi lado y recogió buena...

Cuando amanece la locura

Quédate, toma asiento aquí junto al fuego. Calienta bien, pero ilumina poco, y la noche aún es fría pues dista el amanecer. Y como contador de historias, déjame contarte la mía propia, si tienes a bien escucharla de mis labios. Quédate, pues es mi deseo...

La noche de la tormenta

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem. Hubo una noche en la tormenta; noche de tormenta quizás te habrían dicho otros… Amigo mío, voy a comenzar mi relato hablándote del regreso de un soldado a su hogar. Aquel soldado regresó tras largo tiempo...

Desesperación

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem.  Elham despertó sobresaltado. Despertó en las calles de Ryuminyel, en aquel frío de mañana, viéndose a sí mismo cubierto de harapos, hambriento, y la angustiosa sensación de soledad y vacío que no se le...

La sombra de un padre

En aquel amanecer caminaba de nuevo, y de nuevo encadenado. Las mismas cadenas, distinto captor. Tomaron dirección a la salida del oeste de la ciudad, sabía que el terco enano lo conducía a su hogar, a su verdadero hogar. A varios cientos de metros,...

El guardián del templo

Los muchos días que siguieron a aquel primero en que tuvo aquel extraño sueño, fueron agotadores. Esos días sirvieron a Elham para entrar en contacto con la realidad. El enano lo sometió al más duro de los adiestramientos, del que fue capaz con su a veces...

El hambre de los cuervos

Entrada al templo de Dhemeides, año 2439. Reino de Yheurisem.  Sin mediar palabra alguna entre ellos, echaron a correr.  El viejo enano y el chico, pronto quedaron atrás, y Elham redujo la marcha, hasta que el enano le dijo entre jadeos que continuase sin...

Desidia y desdicha

Al acercarse el atardecer del séptimo día, Eorden ya había finalizado los preparativos para la ceremonia del funeral del enano. Pan lo había ayudado con la colocación de las antorchas, trazando un gran semicírculo sobre una pequeña colina cercana al río....

Requiem

Está soñando. El viejo enano ante él. Arrojando leños a una chimenea en medio de la nada, donde hace tanto frío… y tan sólo las ascuas, arrojan un poco de calor para calentar el cuerpo. El viejo se gira, y le sonríe. *** —¡Despierta! ¡Despierta! —Oyó,...

Mala sangre

La media docena de sanadores, surgidos de la nutrida comitiva de los elfos de Shatrath, atendían las heridas de la víctimas del ataque que no habían sucumbido a las dagas de Umiel. Muchos entre ellos morirían pocos días más tarde a causa del veneno...

El hombre sin corazón

Uno podría fácilmente llegar a pensar que ocurrió de una manera rápida, si bien no de forma inmediata, al menos con el transcurso de largos años. Pero no ocurrió de aquel modo. La esencia de Nirvaeth, aunque no gozaba de forma alguna, se hallaba en aquel...