El séptimo arcángel

—No lo entenderíais. — Les susurró Ascenoilam entre dientes. Lo hizo con la amargura mezclada, en el hastío de su voz. Y empezó a hablarles, o quizás a hablar consigo mismo. Les habló sin parar durante horas, siempre con la mirada escondida en sus párpados cerrados a la poca luz. Puedo decirte que me conmovió entonces, que nos conmovió a todos y cada uno de nosotros… y que al errante y a Pan los destrozó con su relato.

 —Aquello que llamáis Alma; aquello que veis como un trozo de roca en los cielos… no podéis imaginar ni tan siquiera cómo es. Os cuentan de ella que es el refugio en los cielos de los cobardes. Un refugio en el que un dios compasivo, quiso salvaguardar cuanto pudo de su creación. Os cuentan que abandonamos la lucha por un mundo que ya estaba perdido. No fue, ni es así, pues no podéis imaginarlo… De igual modo, que yo tampoco pude imaginar cómo quedó esta inmunda tierra que abandoné, y que aún tenéis por hogar… No. No podéis saberlo.

 —Allí siempre amanecía en un cálido dorado, que tornaba en infinidad de colores que se sucedían unos a otros. Nunca se ponía la noche, y un crepuscular malva inducía nuestro sueño, que siempre era apacible.  — Mientras hablaba se le quebraba la voz, y parecía que en cualquier momento rompería al yanto. No sucedió, pero al menos una tenue sonrisa acudió al recordar, apareciendo dibujada en la comisura de sus labios.  

 —Todos aquellos tonos, todos y cada uno de ellos, tenían un nombre. Ella se los puso a todos. Rea… cuanto perdimos todos… cuando tú, también caíste…

 

***

 

 Inmersos en el cálido abrazo de Alma, todos… todos cuantos no nacimos allí… conocimos al fin de plenitud y felicidad absolutas. El resplandor de padre, nos iluminaba irradiando con su luz, que todo lo alcanzaba. Lejos habían quedado el dolor y el miedo, y crecimos en nuestra gracia. No supimos ya más de las penurias de un mundo hostil, y ninguno de nosotros caía en la desdicha. Padre, velaba por nosotros. Éramos inmortales al paso de los años y cada ser, en su individualidad, crecía en conocimiento y perfección tan lejos como su voluntad le llegaba. No puedo acercaros a cómo era aquello, porque mis palabras sé que nunca harán justicia a cuánto era Alma. Nunca fuimos conscientes del tiempo que transcurría, milenios quizás, y cada uno de nosotros alcanzó la realidad de su por qué. Todos, siendo iluminados gozábamos de la razón de nuestra propia existencia. Allí yo era el moldeador… el constructor… y erigía cientos de edificaciones, perfectas, que tallaba con el filo de mi esencia.      

Una mañana, tan gloriosa como todas las demás mañanas, durante mi paseo conduje mi paso a través de las verdes praderas donde que sabía que él siempre melancólico Castiel… abandonaba su presencia. No tardé encontrar su figura solitaria sobre una colina sobre la que gustaba de contemplar el mundo. Él era distinto a los demás. Ambos éramos distintos, en ciento modo, y sabíamos, y éramos conscientes de ello. Él también sabía de aquel mundo, que no era como Alma. Se compadece de aquellos otros seres que habían quedado bajo el cielo. En el profundo gris de sus siempre melancólicos ojos siempre podía descubrir la pena que sentía por todos y cada uno de ellos. Castiel era y siempre había sido un soñador, y el ejemplo en su inmadurez de todo a cuanto aspiraba padre en su propósito. Era inocente e inmaculado, y por ello más compasivo que ningúno de los demás. Por ello, era el hijo predilecto entre nosotros. Y se lo amaba más que a ninguno, por todo cuanto representaba, y era.       

 —Aún así, es una hermosa mañana. Amigo mío. — Le saludé.

El no contestó a mi saludo, y continuó perdiendo su mirada en la lejanía, hasta que, tras un largo rato, tomó cuenta de mi presencia para contestarme.

  —Les queda poco… pronto no quedará nada en nuestro antiguo mundo, a lo que le reste la vida. — Dijo. 

Miré hacia donde él miraba, y descubrí el lejano fulgor rojizo. Nuestros ojos alcanzaban donde los ojos de ningún mortal puede alcanzar, y contemplé en los lejanos reinos sobre los que se alzaba Alma, la cruda realidad de la guerra contra Nirvaeth. Sabía por Castiel, que muchas veces me hablaba de cuanto acontecía en los reinos de los mortales, de la derrota de muchos de los dioses que habían permanecido del lado de los mortales, en su oposición al Caos, y aquellos dioses… eran casi como padre, eran parte de su esencia, como también eran parte de la esencia de quien no debemos nombrar. Él, padre, nos protegía de aquella guerra ya perdida, y con su sacrificio, nos alejaba de la disformidad de todo aquel caos. Se hizo luz para iluminarnos y elevar nuestra esencia hasta hacerlas rivalizan con las de los mismísimo dioses. 

 —Es casi una blasfemia. — Le dije. —Padre sacrificó su forma por todos nosotros, hace incontables años, para darnos la oportunidad de vivir nuestras vidas. Él nos ilumina ¿Acaso has olvidado a padre y cuánto hizo? — Le inquirí.

 —¿Recuerdas cómo era?. Temo que yo… ya no me acuerdo de su rostro. — Me contestó.

Ninguno de nosotros lo recordábamos ya. Largo, muy largo había sido el tiempo que había transcurrido, desde que cada uno de nosotros se había perdido en su propia identidad, y por ello debí bajar entonces la mirada. Avergonzado quizás tanto como él, también. Pero también me sentí contento, porque aquello también había sido lo que me había llevado a él. En su profundidad, siempre me acercaba a aquellas reflexiones, y eran estas las que, de algún modo, necesitaba, necesitábamos para el sustento de nuestra alma. 

—No he acudido hoy a tí, como otras veces. — Le confesé. —Me han pedido que te acompañe al Nexo, pues requieren de tu presencia, además de la mía. Nos reuniremos allí muchos, todos los arcángeles. 

—¿Han decidido escuchar mis súplicas al fin? — Preguntó esperanzado. 

—Así es, amigo mío. Es tu gloria, el día que esperabas ha amanecido.

Lo ví llorar, y aunque el llanto no era frecuente en Alma, sí lo era para Castiel el compasivo. Podría decirse que aquel ser era el único en desdicha, en el plano del refugio de Dhemeides; aunque su iluminación había sido reciente en el tiempo, poseía cualidades innatas que lo destacaban entre los demás, y que lo hacían único. Y aquella vez lloraba también de alegría, quizás por sentir la proximidad de saciar su anhelo. Me miró a los ojos, y después me abrazó, y entonces emprendimos juntos el largo camino al Nexo. En su paso descubrí, que su ánimo se elevaba, y hablamos largamente de cuanto creíamos que se hablaría a nuestra llegada. 

La enorme construcción a la que nos acercabamos, se hacía visible desde cualquiera de los confines de Alma. Había sido la primera obra de mi construcción, y apenas recordaba de aquel tiempo cuando no había nada en su lugar. Recuerdo vagamente, o quiero creer, que estaba padre conmigo cuando tallaba con el tajo de mi esencia, que después mancillé para la masacre de los mortales, la montaña dominante. No lo sé seguro, nunca podría afirmarlo con rotundidad. Y pocos bajo el cielo de Alma son conocedores del propósito de esta, de su auténtica función. 

Dhemeides, padre, se sacrificó por todos nosotros. Tras el abandono de su cuerpo mortal, nos dejó al cuidado de su hijo predilecto: Uneon, el primero. Y se volvió luz, y con su resplandor nos iluminaría por siempre. Quiero creer que sobre nosotros, aún lo hace, repartiéndose entre los que restan en sus dominios.  Supo de su inmortalidad, como la de su hermano, de modo que se entregó para elevarnos y así, quizás, podamos algún día abandonar para siempre este plano de existencia, y huir así del embate cada vez más inminente del caos. 

Castiel me hablaba, o creí que lo hacía mientras me sumergía en mis recuerdos. Al acercarme al Nexo, pensé en ella. Pensé en la primera vez en que ella dirigió palabras salidas de sus labios hacía mí. Entonces tallaba inmensas moles de mármol ayudándome del tajo de mi esencia. No hacía mucho que había despertado en mí la naturaleza desvelada por el resplandor de padre. Me afanaba en concentrar la esencia que brotaba de mis brazos en delgadas líneas capaces de segar como la guadaña siega hierba, cualquier materia, pero precisaba de enorme esfuerzo y aún no tenía la pericia necesaria para formar losas perfectas. No tuve consciencia de que ella se encontraba a mi espalda, hasta que me habló:

—Es un curioso don el tuyo — Me dijo. —No lo malgastes.

Cuando me giré para verla, me quedé estupefacto. Era Rea, de la que tanto se hablaba en Alma. Quedé al instante fascinado por el color azabache de sus largos cabellos siempre en movimiento, y mi reflejo en sus vivaces negros ojos. Nadie. Ningún otro entre los moradores de Alma, tiene la oscuridad de la negrura en su mirada. Decían de ella que era un gris, que nada tenía que ver con la esencia de padre; incluso cuando despertó a su resplandor, muchos la negaron el vínculo con Dhemeides. A ella nunca pareció importarle demasiado.

Entonces me miraba a mí, y cuando lo hacía, cada una de sus facciones cobraba vida con cada una de las palabras que pronunciaba. Entonces sentí que entre nosotros era sin duda la más hermosa, y por extraño que pudiera pareceros… hasta aquel momento en que me habló, no lo supe de forma tan inequívoca.   

—Soy Rea. Llevo tiempo observándote. Al final, no he podido resistirme, y me he acercado a tí para ayudarte. — Añadió con una sonrisa de lo más enigmática. 

Me quedé sin saber cómo responder. En parte, podría decir que me sentí herido por el hecho de que pensara que necesitaba ayuda para realizar la tarea en la que había consumido varias décadas, y en parte porque me sentía minúsculo ante ella también. Ante mi largo silencio durante el que se limitó a observarme pacientemente.

—Tú eres Ascenoilam, aquel que trajo mi prima Mithrela. ¿Es cierto verdad? — Preguntó en una afirmación ante la que tan sólo asentí, siendo conocedor del lugar de mi recuerdo al que quería llevarme.  

—Hace mucho tiempo de eso, ya. — Le dije continuando con mi labor.

—Pero no has olvidado cuanto ocurrió… sé que no. — Dijo. —Y nunca podrás hacerlo; te diré que lo puedo sentir incluso sólo observando cómo das forma a la piedra. — Afirmó de nuevo y con mayor rotundidad, dibujando en su rostro la expresión viva de cada una de sus palabras. No dije ya nada más en aquel momento, y continué en el desempeño de mis labores con mayor atención. De nuevo, ella esperó pacientemente hasta que cuando elevé la mirada ya no estaba. No puedo describir como me sentí entonces, pero supongo que me acerco al decir que al no verla me sentí vacío y desamparado. 

En el día siguiente, vino de nuevo a mí. Para hacerme sentir con su presencia, que respiraba de nuevo. Y se quedó largo tiempo junto a mí, en silencio, tan sólo contemplando cuanto hacía. 

—Es un curioso don el tuyo. — Dijo de nuevo. Y me giré y presté toda mi atención. 

—Concentras tu esencia en pura energía, en tus manos…  con la que moldeas la roca. — Observó. — ¿Te has preguntado alguna vez… por qué sólo eres capaz de concentrarla en tus manos Ascenoilam?  

—La razón por la que formas la energía en las manos es porque es donde tienes más control. Es cuestión de hábito… si hicieses todo con los pies, la formarías con ellos. — Cada vez que pronunciaba cada palabra, la escuchaba como hipnotizado… como si cada una de ellas fuera un milagro y temiese que escapase. Rea era perfectamente consciente de ello, y se divertía. Aquel era su don; el don entregado por padre, como un regalo, a ella, que entre todos nosotros no era su hija. 

—Además, notas un cosquilleo que recorre tus antebrazos ¿Verdad? — Dijo. — Y notas que te falta algo, que todo tu cuerpo debería intervenir en el don ¿Me equivoco?

La dije que no se equivocaba. Muchas habían sido las veces que había intentado sin éxito sobrepasar aquel límite. Después de aquello permaneció en silencio, y así fue por muchos días en los que me fue otorgada la gracia de su presencia. Cada uno de aquellos días, llegaba a mí en un descuido, y cuando elevaba la mirada la contemplaba y disipaba el miedo que sentía a no verla más.

 

—El oscuro debió llorar cuando te hizo. — Le dije uno de aquellos días en una sincera afirmación. Y hubo un brevísimo instante en que Rea se sonrojó, tras el cual incluso fingió cierta sorpresa con una pizca de coquetería, pero su reacción fue apagada con una mirada seria que se perdió lejos en el horizonte.

—En realidad, lloraba con la creación de cada uno de nosotros. — Me confesó.  —Al principio pensé, como muchos otros de nosotros, que aquellas eran lágrimas de júbilo. Así lo pensé por muchos, muchos años, pero ahora sé que lloraba por el sufrimiento que había de venirnos a todos nosotros.

Me costaba creer en la posibilidad, de que aquella criatura no fuera la predilecta del gemelo de padre. Sin duda, debía serlo.

—Déjame hacer. — Me dijo de repente, pero tan seductora como siempre.

Rea se acercó a mí en un impulso, y clavó sus largas uñas en mi carne. Trazó con ellas líneas sangrantes que recorrieron gran parte de mi cuerpo. Eran como dibujos extraños los que obraba, hasta que estuvo satisfecha. Después acercó sus labios a mis manos, y las besó. Y noté la humedad y el calor ardiente de su saliva penetrando en mi torrente sanguíneo, y la sentí recorrer todo mi cuerpo a través de las líneas que había trazado. Después, las incisiones cauterizaron por sí mismas, dejando como huella delicados tatuajes en mi piel.

—Inténtalo de nuevo. — Ordenó.

Cuando concentré mi esencia en las manos los tatuajes cobraron vida y una tenue luz púrpura manó de ellos. Parecían conducir la esencia de cada fibra de mi ser, hacia las palmas de mis manos que crepitaban rebosantes de pura energía.

—Impresionante… intenta conjurar la forma de una espada, Ascenoilam. — Sugirió tan risueña como fascinada. Mi tiempo me llevó conseguirlo, no voy a negarlo. Vencía el día dejando paso al crepúsculo, cuando lo conseguí. Y tan pronto lo hice tracé con la esencia un tajo contra una inmensa mole de mármol blanco. El mármol, y la tierra en centenares de metros, se abrieron en un corte perfecto.

—Increíble. — Murmuré. 

Fuimos inseparables durante milenios. Se puede decir que ambos nos lamíamos las heridas, pues ambos deseábamos olvidar el tiempo en que no estuvimos en Alma. Yo era el último de mi estirpe, y los demonios masacraron a toda mi familia cuando aún podría decirse que era joven entre los míos, y fue la Mithrela la eterna quién con su intervención me arrancó de la muerte que entonces deseaba. La odié por muchos años por aquello… pues tardé mucho en reflexionar sobre la suerte de mi vida en el santuario, a la que me llevó con ella. Rea… sufrió en su mente el infierno del tormento del disgregador… Sé que los grises combatieron a Nirvaeth durante tanto tiempo, que llegaron a olvidar quienes eran. Fue padre quién la arrancó de su comunión con los demás. Y tal y como yo odié a Mithrela, Rea odio a padre. Sabía que aún pensaba que sus hermanos podrían haber resistido con su concurso, ella lo creía con firmeza. Yo no sabía qué pensar de aquello.

La amé sin ser consciente de ello, y me rompía contemplar las veces que la tristeza inundaba sus rasgos joviales siempre iluminados cuando no pensaba en ello. Sé que sufría en el recuerdo. Yo también lo hacía, pero su dolor… era aún, mucho más intenso.

 

***

Llegamos a puertas del nexo estado yo aún sumido en la profundidad mis recuerdos. Castiel había caminado a mi lado, sin pronunciar palabra. Siempre admiré la gran capacidad que tenía para entender y respetar los sentimientos tanto de los que le rodeaban, como de los que no tenían la suerte de estar junto a él. Fuímos créo, los últimos en llegar a corte. A nuestra llegada se hizo el silencio en la gran cámara, que los reunía a ellos, a mis hermanos por vez última sin ser consciente de ello.

—Estamos todos reunidos. Los setenta y siete arcángeles estáis presentes. — Anunció Uneon, levantándose de su trono dorado. Sus también dorados y largos cabellos, crepitaban vivos y exultantes de energía, avivados por la luz de su poderoso halo. 

El primarca de la corte celestial se alzó en un gesto de respeto dirigido a todos y cada uno de aquellos, a los que consideraba sus iguales. Su porte siempre fue majestuoso, creedme, y ninguno de nosotros jamás puso en duda su liderazgo prolongado por milenios. La contemplación de su halo bastaba para hacer acudir las lágrimas, a quienes no estaban acostumbrados a encontrarse en su presencia. 

—Sois los iluminados, la luz de padre está en vosotros que os encontráis cercanos a su resplandor. Está en vosotros, que habéis sido elevados entre todos,  como con el tiempo… lo serán todos los demás… Os hemos hecho reunir a todos, para anunciaros y haceros partícipes de la gran buena nueva, pues se acerca el momento de nuestra partida. 

Después de tanto tiempo, habíamos sido capaces de superar incluso el poder de los dioses. Habíamos reunido la esencia que nos permitiría dejar el mundo. Castiel y yo estábamos sorprendidos, pues nunca imaginamos que se produciría tal anuncio. Yo en mi ignorancia pensé que sería el momento en que anunciasen, al fin, nuestro concurso en la guerra de los mortales contra el caos. La cercanía de mis encuentros con Akerionte, Gigadrexion y Mithrela incluso, que trataron aquel tema, me habían llevado a pensar en ello. Fue entonces cuando la voz de Castiel irrumpió solitaria en la gran sala:

—Si como bien decís partimos de los reinos ¿Qué será de los mortales? ¿Los abandonaremos a su suerte? — Clamó encolerizado como nunca lo había visto con anterioridad.

 —Hermano. Aquí todos os aman, y como todos, yo también os amo. Siempre he tenido en el pensamiento tu aflicción, que también es la mía propia. Hemos sufrido en cada uno de tus días, viéndote consumirte en tu compasión por los demás. — Le contestó el primarca con la más abierta de las sonrisas.

 —Es por ello, que ahora que hemos terminado con nuestro cometido, te anuncio jubiloso… que partiré yo mismo para liberar a los mortales del yugo del caos, y tiendo la mano a mis hermanos, a aquellos que quieran acompañarme en la empresa. Mi labor ha concluido aquí, es tiempo para que tu Castiel ocupes mi lugar. 

Su revelación nos cogió a todos desprevenidos, y a mi hermano Castiel, fue al que más y que no pudo contener el llanto. Lágrimas desbordadas corrían copiosas en sus mejillas, sólo que aquella vez no fue el único que lloraba. Muchos lloramos entonces, y yo también estaba entre ellos.

—¿Cómo podría yo, permitir que tú, Uneon, partieras en lugar mío a lejanas y peligrosas tierras? ¿Cómo podía yo dejar que lo hicieses? ¿Para quedarme aquí? y además… ¿ocupando tu lugar? Siendo además yo mismo, el que se ha imaginado miles de veces dirigiendo mi vuelo al corazón de la tormenta carmesí, a liberarme de la culpa que me atormenta en una muerte que le resultaría dulce. — Bramó entre lágrimas.

Uneon se acercó a él con calma en el paso atravesando el pasillo central, y colocó su mano sobre la cabeza del compungido Castiel, buscando consolarlo. Entonces descubrimos entre sus cabellos, que también lloraba.

—¿Y cómo podría yo, dejar en riesgo tan preciada esencia? Tú, que has soportado la terrible carga de una culpa que no es tuya, pues naciste de Alma… Tú, que mi juicio eres el único digno de conducirnos y liderar la salvación. No podría… pero es decisión tuya… hermano. Tan sólo te pido… te ruego… que reflexiones sobre ello.

El murmullo que en un principio había sido discreto, creció entonces en intensidad, hasta hacerse atronador en la estancia. Contemplé a mis hermanos, y la expresión de cada uno de sus rostros… que después olvidé. Muchos entre ellos discutían con vehemencia con aquellos que tenían alrededor, otros permanecían en silencioso mutismo, hasta que una voz tronó sobre todas las demás callándolos a todos:  

—Yo Gigadrexion, me sentiré orgulloso de partir a tu lado Uneon, y mi lanza rasgará los mismos cielos para hundirse en el impuro Nirvaeth el disgregador. Y después de ello, regresaremos victoriosos… y reiremos al recordar todo esto. 

—Contad también conmigo, hermanos… — Dijo alzándose también Turion el purificador, y dirigió en un ruego la mirada hacia su compañera que asintió presta ante su petición soslayada.   — …Y con Anatset, que nos restablecerá de todas nuestras heridas. Junto con Uneon… ¡Todos seremos inmortales! ¡Será imposible que fallemos en nuestro propósito!

—¡Yo también iré! ¡No puedo dejar que toda la gloria sea sólo para vosotros!  — Dijo tras una sonora carcajada, Akerionte el sólido. Y os digo que jamás… o en otro lugar, he vuelto a conocer uno de nosotros a los que llamáis elfos, de semejante tamaño. Un gigante entre los elfos… pues bien, yo os digo que aquel hermano mío era un titán.

—¡Sería una auténtica vergüenza para todos nosotros! ¡Demonios, habéis logrado embaucarme!… Dejaos partir sin la suficiente compañía…  ¡Aunque pudiera bastarse tan sólo uno de vosotros para el cometido de la empresa! — Maldijo Cirdeox, sumándose a la comitiva que se nutría de los valerosos. Aquel era el inmaculado, un ser de perfección sin igual de cuerpo y pensamiento; nacido para permanecer incólume ante el Caos, y de ideas tan herméticas que incluso entre sus iguales, lo hacían solitario.

Uneon lo sonrió complacido, aunque nunca había dudado del compromiso de su hermano. Lo abrazó, y después se quedó mirando a Rea que estaba en la lejanía, que no había pronunciado palabra alguna aún. Muchos rostros dirigieron sus miradas también a ella. Rea… Me había quedado observándola largamente en su reacción. Nada decía a colación de cuanto ocurría a su alrededor, y nada se podía adivinar en la siempre altiva expresión de su rostro. Todos entre nosotros… habíamos creído entonces, que sobre todo ella, aquella que daba significado al auténtico poder de los arcángeles no dudaría un solo instante en implicarse en tamaña empresa. Era Rea… la de voluntad inquebrantable… Perdoname por el daño que te causé… si aún queda algo de tí que no se haya perdido… perdóname… pues no supe entender de tu miedo. Aún entonces no sabía que la amaba, o quizás no quería saberlo pues lamento deciros que así éramos entonces. 

 —¿Por qué me miráis todos expectantes? ¿Aguardáis a que me una a vosotros en semejante suicidio? ¿Acaso habéis olvidado que ya libré batalla en aquella guerra? ¿Olvidáis que fuí un gris…? Deberíamos alejarnos tanto como nos fuera posible de la ponzoña del Caos, este es un día que deberíamos celebrar pues al fin podemos huir de esta realidad. ¿No lo comprendéis? Durante milenios hemos seguido los pasos de padre, a quien parecéis haber olvidado ¿No quiso darnos una oportunidad, esta oportunidad? No lo entendeis…. Escuchad de la verdad de lo que os tiene que contar Ikkaria, y no permanezcais ajenos a ella…  — Replicó. 

En su fuero interno, Ikkaria deseó que no se la hubiese mencionado. Pero la atención estaba ya puesta en ella, y sus hermanos la observaban en espera de aclaración. Y hasta aquel momento había logrado evitarles el peso de cuanto acontecía en los reinos, pues a veces la ignorancia resultaba un poderoso aliado para la supervivencia de uno mismo y de los demás. Y sabía de aquello más que cualquiera de entre sus hermanos entre los que se encontraba, no en vano era ella la guardiana de la verdad, y por ello se la conocía. Sin embargo, pocas veces eran las que la escuchaban, pues nos era más fácil mirarnos en el ombligo que prestar atención a todo lo ajeno a la seguridad de la propia Alma. Siempre tímida, se cubrió los ojos con un gesto de su delicada mano, jugando con sus cabellos dorados que escondían parcialmente su rostro mientras hablaba casi temblorosa. 

  —Ylcrom; el dios del tiempo, ha muerto. Su forma mortal, ya no persiste en Ioria. — Sentenció, dejando que la noticia cayera sin concesión sobre ellos tal cual era. Incluso entre los arcángeles la noticia impactó, pues aquel del que hablaban era una de las esencias primordiales de padre, una de las más poderosas, si no la que más poder ostentaba.

  —El embate de Nirvaeth cayó sobre su cuerpo fulminándolo, y ha desgarrado la tierra y separado el continente en dos mitades. Una sima abisal, ahora separa los reinos. Con su muerte, temo deciros que ya suman catorce las esencias de los dioses que han intervenido, opuestas al disgregador, y que han sucumbido al Caos.  — Diciendo esto Ikkaria se mantuvo en silencio e inmóvil, tan sólo un leve movimiento en su pecho hacía pensar que aún respiraba.

 —Sabéis que no soy dada a las interpretaciones de cuanto sucede, pero soy muy firme en la creencia de que es una locura intervenir… más aún si cabe cuanto poco o nada se puede hacer. 

Entonces se detuvo en breve pausa. Tomó una gran bocanada de aire en sus pulmones y agregó alzando la voz:

—De cualquier forma si decidís entre todos marchar, yo iré con vosotros. No dudéis nunca de ello .— Les dijo alzando la mirada. 

Y la revelación de Ikkaria fue acogida con el silencio y la cautela, que dominó la estancia. Rea me miraba fijamente y en sus ojos pude descubrir que estaba nerviosa. Ahora se que me suplicabas, que me rogabas la indiferencia… ruego que me perdones amor mío… pero tuve que hacerlo de aquel modo.

—¿Acaso hemos olvidado que somos todos hijos de padre? Somos parte de su creación, pero también lo son nuestros otros hermanos. Nuestros hermanos… que ahora sangran por defender la obra de nuestro padre. Yo, Ascenoilam también sumaré a cualquier fuerza que se oponga a la entidad demoníaca que mancilla, incólume, su amada obra. — Dije.

Repaso ahora que las pronuncio de nuevo aquellas mis palabras de entonces, y también su reflejo en la temerosa mirada de Rea que no supe entender en aquel ayer ya tan lejano. Pronuncié aquellas palabras tan fáciles de pronunciar, me llené la boca con ellas… y sellé con ellas el destino de ambos, y aún hoy… después de todo… pienso nunca jamás se me permitirá dejar de pagar, las consecuencias que se derivaron de ellas.

—Creo hablar por todos al decir que no es una opción que podamos tomar el evitar este conflicto… Al alba nos encontraremos en este mismo lugar, yo y aquellos que habéis considerado justa la empresa. A aquellos que habéis alzado la voz…  pensad bien en el alcance de cuanto vamos a hacer, no será considerado un deshonor declinar la participación. Aquellos que vengáis… hacedlo por convicción. — Sentenció.

***

Aquel día… en Alma, hubo muchas reacciones encontradas. Nunca antes se habían escuchado gritos tras las poderosas paredes del Nexo que moldee… y fueron muchos los que se opusieron a que Uneon partiese lejos del santuario. Entre estos, su esposa Luria, que fue aquella que con más vehemencia se opuso a su voluntad siempre antes respetada por ella. Y no penseis que lo hicieron temerosos por la amenaza de que este no regresara; lo que en realidad temían, era que su ausencia representase debilidad en la integridad de Alma. Yo les entendí, entonces. Y aunque no compartía su incipiente aversión ante esto, sabía que Uneon era la piedra angular sobre el que se sustentaban todas las defensas de Alma. Después estaban Rea… y Mithrela… que no eran como todos nosotros, su condición nunca había sido la de mortales… ellas sabían lo que era encontrarse en el corazón de la tormenta roja. Eran distintas como la noche y el día, y habían combatido durante la primera de las edades de este mundo contra el impuro, cuando este aún gozaba de la plenitud de su esencia. Sin embargo, jamás se vieron durante aquella larga guerra. Rea era una gris, y Mithrela una eterna. Rea hija de la esencia del oscuro, y Mithrela de hija de la esencia de padre. Rea era como la materialización viviente del embrujo de la noche, y Mithrela de la gloria del más radiante día… Eran como leyendas de un mundo que era antiguo incluso para muchos de nosotros, antiguo para mí incluso, y hermosas ambas más lejos de cuánto hermoso puede ser un mortal. Allí estaban ambas entonces, cercanas, como nunca antes las ví estar con anterioridad, pues era conocido y sabido por todos que se evitaban.

—Nunca os hemos preguntado, ní os hemos oído mención  acerca de la primera guerra. Ahora lo hacemos hermanas, pues nos es necesario. Para nosotros, vuestros hermanos. — Les dijo Uneon dirigiéndose a ellas con su característico tono cordial, aún a sabiendas de que provocaría un gran dolor traerlas al recuerdo que con tanto celo, habían sumergido en su subconsciente.

Permanecieron ambas en silencio largo tiempo. Y su silencio fue respetado por todos. Al final, Mithrela nos habló de ello:

—Apenas tengo recuerdo de aquel entonces. Temo confundir pesadillas de algunas de mis noches, con lo que sucedió tan lejos en el tiempo, debéis tenerlo en cuenta y ateneros a este detalle. — Dijo en confesión, y casi susurrando. 

Escuchar aquello de sus labios, me sorprendió sobremanera… pues nunca imaginé de semejante criatura, siempre imbuida en su rígido temple, mi salvadora, que pudiera verse enturbiada por recuerdos que la ahogaran en sus noches. Al mirar a Rea, comprobé al instante que ella sufría de idéntico mal. Puedo decir ahora, que en aquel momento tañía por nosotros una campana con el mal presagio, cuyo sonido nunca pudimos escuchar. ¿Qué podía ser tan terrible, que sumiera a ambas de un terror tal, que sus mentes de igual manera casi lo habían suprimido del recuerdo?

 —Recuerdo caminar junto a mis hermanos, en la roja tormenta… Recuerdo el fuego ardiendo en carne, tratando de consumir nuestros cuerpos, mientras estos se regeneraban tan rápido como les era posible. También recuerdo la violencia que nos desmembraba, y mis hermanos caminaban y caminaban sin saber cuánto era tiempo que transcurría, pues parecía comprimirse y expandirse en una caótica sucesión de locura. — Añadió con el lacónico tono de su apagada voz.

 —Pero se dice que la lucha de los eternos y los grises, perduró por cientos de años. — La interrumpió Gigadrexion. —¿Cómo pudisteis soportar aquellas condiciones tan duras, durante tanto, tanto tiempo? — Le preguntó a Mithrela.

 —Algunos de los eternos no pudieron conservar su forma, y se esparcieron… como cenizas arrastradas por el viento. La guerra de los eternos y los grises fue larga, sí, pero apenas nos parecieron los instantes mal recordados de una pesadilla inmunda. Quiero que entendáis que allá donde vamos, no es ni remotamente parecido a ningún lugar donde hayáis estado con anterioridad. Creedme. 

Aguardamos quizás las palabras de Rea, que no llegaron a los oídos de ninguno.

—Pero ahora sois incluso más fuertes, ahora que os habéis enriquecido en el resplandor del padre. Creo que no sois realmente conscientes de vuestra fuerza real.  — Les dijo Uneon, mientras todos los demás allí presentes asentíamos complacidos y animados por sus palabras de tal forma, que incluso sentíamos exagerado el relato de Mithrela. Pero Mithrela nunca había elevado el juicio, no que yo recordase.

Ante el gesto torcido de mi amada Rea, Uneon añadió:

—Debemos tener en cuenta, además… que el impuro, fue derrotado ya antes por los gemelos, y que en su segundo advenimiento es más débil, y está sujeto al orden imperante en Ioria. Cada instante que se encuentra en los reinos, su difusa forma es más, y más débil. —Incluso Luria lo ha visto así, siendo contraria como es a nuestra partida. La conocéis, y sabéis de su exagerada prudencia, es por eso que prefiere aguardar. — Agregó.

—Pero temes que al ser ahora capaces de abandonar este plano de existencia…  no quieran esperar más, y los abandonen… — Concluyó Cirdeox. Y Uneon asintió, y bajó su mirada.

— Es por eso que estamos aquí los trece. Muchos de vosotros ya habíais llegado a esta conclusión, y me consta que es la única razón por la que tanto Mithrela como Rea están aquí, dispuestas a afrontar de nuevo aquel terror… Pero creedme, entregadme vuestra confianza… si no creyese que podemos liberar a los reinos, no os pediría vuestro concurso, y partiría yo mismo en soledad a oponerme por vez última a Nirvaeth. 

Todos nosotros sabíamos de la carga de Uneon, aquel que se echaba sobre los hombros el peso del dolor de mundo. Era por ello que siempre estuvimos en deuda con él. Todos nos sentimos entonces orgullosos de pertenecer a aquel grupo, que él mismo comandaba. Nada podía salir mal si era de aquel modo. Fue entonces en el momento que menos se esperaba, cuando Rea intervino. Todos y cada uno de nosotros, nos giramos para escucharla antes siquiera de que pronunciase palabra alguna. Y en su relato vimos todo el espectro de las emociones dibujadas en el perfecto lienzo de su rostro. Y cuando entendieron algunos tomaron conciencia, al fin, de lo distinta que era de todos nosotros. Yo lo sabía desde el principio… y por ello sin yo saberlo, entonces la amaba.

***

Se irguió ante nosotros. Nos miró a cada uno de nosotros casi desafiante, incluso a mí… tan sólo evitó el contacto visual con Mithrela. No pude evitar sentirla hermosa, y lo era en verdad, pero no más que aquella a quien evitaba. Sus facciones no eran tan perfectas y delicadas, y sus negros cabellos no eran rival con los argénteos tonos de mil reflejos de Mithrela… si bien en movimiento… en movimiento, era la belleza más cautivadora que jamás he contemplado, y si mirada cobraba vida de tal manera que todas las demás parecían vácuas. Todos los demás, sin atreverse a admitirlo, siempre habían pensado de igual modo,

—Todos sabéis de mí, he estado a vuestro lado en esta… mi dulce cárcel de cristal dorado, donde me he lamido las heridas por milenios. — Nos dijo.

—Sabéis que soy distinta, que no nací de la gracia de vuestro padre, pero al que aprendí a sentir como mío propio… Sabéis también que tal y como a aquella, a la que le es incómoda mi presencia, estube en la primera guerra. Envidio a Mithrela, pues yo no he olvidado. 

—Los grises y los eternos somos primos en esencia, y sufrimos y sangramos juntos en la primera guerra y somos tan distintos como el día y la noches; tal y como fueron nuestros padres. Y ninguno entre los grises amaba tanto a quien no gustáis de nombrar, a aquel hermano de vuestro padre a quien también amaba. Se han olvidados muchas cosas, y es momento de que os las recuerde, aunque no os ha de gustar cuanto habéis de escuchar de mí. 

—Los grises nos fundimos con Nirvaeth al entrar en contacto con él. Fuímos por un tiempo parte de él. En el caos de su pensamiento, luchamos por mantener un orden. Luchamos por entender, y hacer entender a su esencia de la realidad. Nosotros lo debilitamos dándole forma mortal al menos de forma parcial. Muchos de nosotros nos volvimos completamente locos, muchos sucumbimos a la pesadilla de su presencia. Pero éramos uno, y soportamos el caos disgregador. Incluso en aquel inmenso caos, yo fluia en el agua, como como en una danza sumergida. Yo siempre he sido pura voluntad, y dotaba de la gracia de ella a todos mis hermanos. Era ajena al dolor, al frío, al calor… y todo para mí era agua pura. 

—Entonces sentí la desgarradora garra de Nirvaeth, hendiendo en mis entrañas, cuando mi verdadero padre murió. Yo sentí el terror, hirviendo las aguas donde fluía mi danza. Sentí el rojo ardiente. Tuve miedo, padre ya no estaba. No lo podía sentir… ¿Qué había ocurrido? Mis hermanos de entonces, ya no eran los mismos de otrora. Sentí, incluso miedo de ellos… Aterrorizada, fuí la primera en tomar forma de nuevo. Busque un cuerpo entre los eternos caídos, pero aquellos que encontré estaba deformados por el caos… Entonces ví a padre, a vuestro padre que lloraba junto con una de las supervivientes de los eternos, y sentí tanta compasión por su dolor, que en mi estupidez… tomé forma de uno de aquellos cadáveres sanguinolentos. Él, sintió mi presencia. Sintió mis esfuerzos por vivir y recomponer un cuerpo ya deshecho. Sintió todo mi dolor y miedo, y me reconfortó. Formé un cuerpo nuevo, casi a partir de la nada y pienso que fuí el primer gris en tomar forma propia. Después junto con padre y Mithrela, marchamos. Después se creó alma. 

 

***

—Pero temes que al ser ahora capaces de abandonar este plano de existencia…  no quieran esperar más, y los abandonen… — Concluyó Cirdeox. Y Uneon asintió, y bajó su mirada.

 

—Mithrela portará la tiara en la que ha canalizado la esencia de padre durante cientos de años, el resplandor de su luz nos dará la fuerza y será la guía en el reino del caos. Sed conscientes que quienes sois, nunca lo olvidéis. Sabéis que los dones reunidos de nosotros trece, nos hacen imparables. Os espero mañana al alba.

LIBRO SEGUNDO

Ecos de discordia

Cadenas

Allí donde se encontraban no podían ver. Tras la grieta ña negrura era tan intensa que las llamas de una, dos, cien antorchas, no serían suficientes para poder ver. Y sentían el asfixiante abrazo del aire cautivo, que era tan denso, que parecía poder...

Caer

Uno tras otro, llegamos a Uneon en aquella mañana del día que siguió a aquel día, y aquellos que llegamos, fuimos los trece los que nos unimos como hermanos cuando ya éramos hermanos, pero que a partir de entonces…  lo éramos de una manera distinta....