El hombre sin corazón

Uno podría fácilmente llegar a pensar que ocurrió de una manera rápida, si bien no de forma inmediata, al menos con el transcurso de largos años. Pero no ocurrió de aquel modo. La esencia de Nirvaeth, aunque no gozaba de forma alguna, se hallaba en aquel entonces disgregada en millones de fragmentos repartidos en los reinos. Muchos de aquellos fragmentos dieron origen a los demonios, y muchos de ellos carecían de un propósito que los condujese a un destino común, o de una simple idea ordenada que los aunara. Pero en los reinos donde imperaba aún el orden, existía un elemento que, para todos sus fragmentos era igual: el tiempo. Y transcurrió mucho, mucho tiempo, y ese tiempo aún no bastó para recomponerse y mezclarse en aquella realidad, llamémosle así, en aquel su ataúd. 

La influencia de Nirvaeth, como la impura esencia disgregadora del caos, necesitaba del ingrediente de vastas cantidades de tiempo, cuya mera asimilación escapa de toda lógica racional. Al final, halló en modo. Su mirada alcanzó a un ser que pudo ser tentado por su influjo, y sucedió, que fue de aquel modo, que aquel ser fue tentado durante el transcurso de miles y miles de años. ¿No adivinas quién amigo mío? Incluso sometiéndolo al más débil de los susurros, durante miles y miles de años expuesto gracias al error de Dhemeides, era innegable que acabaría por ceder cualquiera de las voluntades.

Perdido en el tiempo estaba Aramarth, el hermano mayor de Elham; recluso voluntario del templo en el que el Dios de la eternidad, había confinado al de la guerra. Las cadenas fueron su deseo de superar al padre, y se hallaba cautivo por propia negligencia. Tan como Elham haría años más tarde, había cruzado el umbral al que le condujo el enano. Un ciego enano que ávido de una solución para combatir a los demonios, no supo prever el resurgimiento de la voluntad del mismísimo Nirvaeth que los dio origen. Aramarth había, durante eones en sus cámaras, perfeccionado el arte de la batalla. De tal modo se había dejado llevar, que olvidó la causa por la que había llegado a aquel extraño lugar, que tas tanto tiempo, ya no le era extraño en absoluto. Fue prisionero de su propósito de tal forma, que olvidó con el tiempo incluso de quién era. Y combatía y vencía imaginarios adversarios a cada vez más fuertes y poderosos, y se perfeccionaba a si mismo con el resultado de cada uno de estos enfrentamientos. 

Con el tiempo, incluso notó la presencia del otro. Sus sentidos tan agudizados lo percibieron, incluso inmerso como estaba en la lucha eterna. Hacía mucho que no necesitaba del sustento, pues se alimentaba de los caídos; se nutría de su sangre. Y ya no sabía que era el cansancio y el sueño, pues su mente estaba relajada inmersa en el automatismo de la batalla, y sus músculos ya apenas precisaban de ineficaz esfuerzo. De modo, que hubo un momento en que tomó conciencia por vez primera de su presencia. Sintió la presencia, que oculta en las sombras con avidez lo observaba. Aun así, aguardó el momento de combatirlo, pues era conocedor de que no podía oponerse a él, pues podía percibir ya por entonces, el aura de los seres a los que combatía y evaluar su fuerza; tal era su domino sobre las artes del combate. Sabía que no podía vencerlo, y aquel simple hecho… lo fascinaba. De aquel modo transcurrieron eones, en el tiempo de aquel lugar. 

Mientras, en la realidad tras el umbral de la que Aramarth ya no tenía recuerdo, tan sólo se habían consumido unos pocos años. Aquellos años fueron los tiempos en los que la guerra había crecido en norte, llevándose incluso la inocencia de su hermano menor. Finalmente, la esencia del impuro pudo tomar, vaga forma. Ante los ojos del hermano de Elham tomó forma, y esta fue un reflejo de la propia. Aramarth no supo en un principio reconocerse, aún en el de una manera inconsciente aquel rostro le era vagamente familiar. No distinguió como suyas aquellas angulosas facciones, y el profundo gris del iris de sus ojos que ahora lo apuntaba a él, que ahora casi se escondía en una maraña de rubios cabellos desordenados y que parecían bailar en un viento inexistente. Pero aquel extraño oponente parecía replicar cada uno de sus movimientos de una forma tan perfecta que casi creyó estar ante un espejo de no ser por el entorno que no era idéntico. Un espejo mágico quizás… no era la primera vez que le urdían con indignas tretas, pero que siempre había logrado salvar. Algo que ya había olvidado también, es que en aquel lugar los retos que se encontraban, siempre se ajustaban a la pericia y fuerza de sus huéspedes. Pero no era una treta, ni se trataba de algo “mágico” tal y como él lo entendía. 

Tras un breve instante de confusión, obligó a la figura a replicar un movimiento imposible. Hizo que un árbol que él no tenía cercano, impidiese el movimiento de réplica. Además, se propuso hacer que el movimiento fuera tan brusco que lo dañase, si no lo matase quizás, a causa de la violencia del impacto. Ejecutó el movimiento, y miró esperando un buen resultado. Pero su homónimo, imitó el movimiento tanto como pudo rodeándolo y torciendo el gesto en una mueca de sonrisa siniestra y burlona. Y se le heló la sangre, pues en aquel momento recordó lo que era sentir el miedo. Sintió su gélida y olvidada tenaza, pues se reconoció a sí mismo en aquel preciso instante en que aquella mueca burlona desdibujo su rostro pues esta sí que le era ajena.

Llevado por la experiencia trató de disipar el terror cargando contra la figura en un lance, que tuvo que evitar en el último momento porque les ensartaría a ambos. Descargó una secuencia de rápidos mandobles largamente ensayada, tratando de evaluar la situación, tratando de encontrar diferencias entre ambos. No las encontró, ni en aquel momento ni en los días que lo siguieron, y con el tiempo se detuvo no por el cansancio, pues era capaz de dosificar la fuerza de una manera ya perfecta… lo detuvo el hastío. 

—¿Quién sois? —Le preguntó en un grito esforzado, pues apenas era capaz de recordar como pronunciar palabra. Pero no obtuvo ni un sonido por respuesta. Quizás su sobrenatural adversario no conocía la lengua que él intentaba pronunciar, o él mismo carecía ya de la habilidad para la expresión de ideas a través del habla. Intentó durante muchos más días, comunicarse mientras combatían. Y mientras lo hacían observó que la figura algunas veces ya no imitaba del todo sus movimientos e introducía pequeñas e ingeniosas variantes que le eran cada vez más complicadas contrarrestar De continuar así por mucho más tiempo era innegable que resultaría vencido y sólo los dioses conocían del seguramente terrible destino que le aguardaría si esto resultaba de aquella manera. De modo que se sentó en la firme superficie elegida largo tiempo atrás para sostener sus pies, y con gestos se señaló a sí mismo:

—Yo soy Aramarth. —Le dijo el guerrero con solemnidad, y aguardó una respuesta sin mucha esperanza de encontrarla.

—Yo soy Aramarth. —Le contestó la figura, con idéntica voz, pero con lacónico tono, Tras una breve pausa añadió: —Tú mientes… tú no eres Aramarth. —Y aquello contrarió sobremanera al confuso hermano de Elham, que no pudo evitar mirarse las manos para descubrir horrorizado como su piel y forma mutaban a gran velocidad dándole el aspecto que recordaba el de los demonios. ¿Acaso era él un demonio? ¿Aquel engendro trataba de confundirlo arrebatándole su humanidad, su bien más preciado? Debía de tratarse de una artimaña de aquel lugar enfermizo. Paradójicamente fue aquel momento en el que más dudaba de su propia naturaleza, cuando más cercano estuvo en muchos años de tomar verdadera conciencia de sí mismo. Deseó entonces regresar de nuevo entre los suyos; disfrutar de la compañía de du padre y de su hermano, de sentir las cálidas caricias de su madre, aunque sabía que eso ya no le sería posible… deseó todo aquello y mucho más. Deseó vivir de nuevo y olvidarse de la enfermiza obsesión de la que había sido prisionero.

Contempló su reflejo en un charco, y le asqueó la mera visión de deforme masa en que se había convertido. Se vio tentado de arrancarse los ojos ante su mera contemplación, que arañaba su mente resquebrajándola, y sólo frente a él se encontraba el peñasco para asirse y no verse abocado a la inminente locura. Frente a él estaba su figura, la figura que antes fue suya y que entonces se retorcía en espavientos que lo emulaban, pero que ya no eran necesariamente los mismos, sino una parodia de exageración de estos. Estaba tan confundido que con el tiempo empezó de dudar sobre quien, entre aquellos dos que se enfrentaban era en verdad el demonio. Quizás siempre había sido así de aquella manera que se le presentaba, y sólo era un engendro confundido, que no tenía madre, padre, o hermano. Lloró entonces al pensar en esto. Lloró verdaderas lágrimas, nunca vistas antes surgidas de demonios, y el simple hecho de verlas lo proporcionó algo de alivio y calor al alma. En un último destello de dignidad, arremetió contra su figura, que lloraba también entonces. Sólo que aquella vez, no fue como había sido las muchas otras veces anteriores a esta, y atravesó limpiamente aquel cuerpo que reconocía como propio, y al hacerlo, este se desplomó en el frío suelo.  

Quedó en soledad con el cadáver, y durante mucho tiempo pudo contemplar como a este lo deshacía la putrefacción que poco a poco absorbió la tierra, hasta que no quedó de él nada para su recuerdo, ni unos huesos. Finalmente, quedó en soledad consigo mismo, trayendo a su mente el verdadero infierno de la soledad, pues no hubo ya nadie ni nada más que se lo opusiera en aquel lugar, ni halló ya más salida alguna que lo devolviera al recuerdo entre los que consideraba suyos. Fue entonces cuando empezó a hablar consigo mismo. Antes lo hacía también, pero era distinto pues sabía que hablaba consigo mismo mientras analizaba el combate que lo tenía distraído. Era diferente pues entonces era como si las respuestas o preguntas surgieran en realidad de alguien que también le era familiar, como de muy largo tiempo atrás. Pero ya para entonces todas aquellas elucubraciones eran vagas, y podría decir con rotundidad que su mente estaba ya deshecha; tan descompuesta como los restos de la figura que se habían fundido con la tierra en forma de nutrientes que insuflaban de vida este mundo. 

—Vacío. —Pensó.

—Vivo… estoy vivo. —Pensó.

—Quiero regresar, pero no puedo regresar verán de mí lo que soy ahora… un engendro al que no dudarán en dar muerte. —Reflexionó. —Aunque pudiera, no debo regresar.

—Al menos estás vivo, aunque no siempre estarás vivo. Aprovecha los momentos que se resten… no acabes con ellos sin darles relevancia —Pensó.

—¿No siempre…? Casi siento paz… en paz al pensar en ello. —

—¿Cómo es eso de estar vivo?… yo abro mis ojos para abrazar por primera vez la vida… y tú, que ya la desprecias, quieres abrazar el vacío. —En aquella reflexión de la que no estaba seguro tener propiedad, no pudo menos que sentirse en una mezcla extraña de horror y el éxtasis de júbilo por la empresa lograda.  

—Hubo un tiempo, si es que tiene cabida en el tiempo de tu comprensión, en que caminaba de la mano de mi padre. Así es cómo lo llamarían otros, lo llamarían padre, y padre lo llamaré porque así han de entenderlo. Y de la otra mano de mi padre también avanzaba con sus pasos mi hermana, y nuestros pasos eran el tiempo, y en aquel tiempo hubo un instante en que se separó de la mano para caminar sola; alejada de la mano de padre… alejada de mí, su hermano que la amaba y ya desde aquel momento la eché de menos, y ya me sentí… 

—Vacío. —Pensó de nuevo.

—La reclamé. —Dijo alzando una voz que ya no era pensamiento, sin darse cuenta que ya gritaba —Vine y la reclamé para mí. —Y de su cuerpo surgieron llamas que lo aliviaron por un momento antes de sentir aquella sombra suya de nuevo.

—Vacío. —Pensaba, mientras se palpaba el pecho donde palpitaba un corazón.

El propio latido del corazón le contrarió y lo asqueó, pues no lo sentía como suyo. De modo que se lo arrancó aún palpitante con aquellas garras suyas aceradas. Y lo deshizo entre ellas, mientras lloraba sin conocer la razón que tendría para hacerlo. En el hueco que quedó del lugar donde antes yacía solo había negrura. Ya entonces todos aquellos que lo contemplaran sólo verían la negrura donde con anterioridad latió el corazón de Aramarth. Él, sólo habría de sentir el vacío que tendría que completar. He de decirte que aquel acontecimiento tuvo su réplica en un reino muy lejano, donde el eco del miedo sentado en su negro trono de obsidiana, al final cedió ante aquel primer latido de un corazón que sintió de nuevo después la presencia de su carne; la carne de Nirvaeth. Después de muchos años de lucha su voluntad cedió, cedió en aquella la noche de la tormenta de la que ya te he hablado. 

Fue mucho el tiempo que hubo de transcurrir después, al menos en el tiempo medido por las gentes ajenas al templo, hasta que se zafó de la prisión. Cuando al fin hubo de cruzar de nuevo el umbral por un instante buscó en la cámara, la sombra de un enano que había olvidado hacía ya mucho y del que no extrañó su ausencia. Entonces dio comienzo la leyenda del hombre sin corazón, la leyenda del hombre que vagaría por los reinos reclamando el corazón perdido, pero que sin duda aún palpitaba. Y por donde fue sólo hubo ya ceniza… como inmensos campos sembrados de la destrucción a su paso. 

***

En un principio, cuando Aramarth aspiró la primera bocanada de aire puro y sintió sobre su emponzoñada piel la caricia del sol de la mañana, se sintió agradecido. Pero no tardó en maldecir su suerte, aunque no recordaba nada apenas de quien fue; ni del uno, ni del otro. Supongo que no era entonces por completo la voluntad de Nirvaeth ni, por supuesto, la de Aramarth, de la que sólo restaban trizas en forma de vagos recuerdos muchas veces sin conexión. Imagino, y creo que imagino bien, sólo sabía de la deformidad con la que ya no se sentían cómodos ni uno, ni otro. De modo que se desprendía junto al templo de la armadura que apenas contenía la abominación de su cuerpo, cuando divisó junto al río a la más bella criatura de la creación y se sintió fascinado. Era Aimiel, a que el muchacho de antes conocía por su hermano. Pienso que entonces lo que restaba del alma de Aramarth en aquel cuerpo gritaba mientras era acallado sin vacilación por la esencia de Nirvaeth, que al verla tomó vaga conciencia de sí mismo por un breve instante. Aquel repentino y brusco despertar pienso que lo provocó, el gran parecido de Aimiel con Aldhea; la hermana de la entidad, y que desató el instinto primario de Nirvaeth.

Aimiel se encontraba entonces junto al rosal de su pasado en el río. Rezaba con devoción en aquel mismo lugar que tantos momentos le había retenido de niña. Decenas de haces de resplandeciente luz surgidos del sol que discurrían entre la foresta, parecían querer iluminar aún más su propia luz, pero palidecían en el intento de hacerlo. La siempre hermosa joven se encontraba en aquel ligar porque necesitaba encontrarse a sí misma tras su encuentro con Elham, y porque sentía que necesitaba rezar de nuevo a aquel caprichoso dios al que había servido como sacerdotisa, tutelada por Dhilos en su temprana adolescencia. Necesitaba una señal; una respuesta. Quizás entonces podría recuperar su favor perdido hace tanto tiempo, y que le falló en uno de los días más aciagos de los que tenía memoria. Rezaba por el hermano de la criatura que la acechaba oculta en la foresta: Elham. Y mientras rezaba… sin querer, evocaba aquel último momento cuando notó que perdía la conexión con su dios. Se recordaba a sí misma ante el cuerpo ya casi inerte de la madre enferma de Elham, sintiendo impotente como la vida se le escapaba y se desvanecía. Se odió a sí misma entonces, por no ser capaz de devolver la alegría a Elham y jamás volvió ante su padre ni ante nadie más como clériga. 

Pero entonces rezaba una vez más, sin saber que aquel ser abominable despertaba entonces a la memoria de su propia hermana, pues, como ya te he dicho el aspecto de Aimiel se parecía enormemente al de la encarnación Aldhea en los reinos. Y has de entender amigo mío, que la esencia de la belleza es la propia imagen de Aldhea, inconscientemente cualquier parecido en sus rasgos es la media de la propia belleza. De modo que entonces las llamas brotaron de él, de aquel engendro acechante, negras como la más oscura de las noches sin estrellas, y consumieron todo cuanto tocaban surgiendo como un torrente impío del espacio vacío donde antes había un corazón, y desataron fundiendo la masa de carne de carne que entonces era, licuándolo, y haciéndolo tomar verdadera forma que se sobrepuso a toda realidad del orden. Aimiel pudo contemplarlo. Lo contempló fascinada y horrorizada a un tiempo; contempló la verdadera forma de Nirvaeth. Miles de frenéticas hebras carmesí, surgían de su espalda como queriendo formar inmensas alas que segaban árboles, piedra y carne con el mero roce Contempló la forma de su rostro, infinitamente hermoso y aberrante a un mismo tiempo, ante la propia locura e inacción de Aimiel que impedía que se arrancase con avidez los propios ojos que le sangraban en abundancia. La joven fue consciente de su aura teñida de locura e irrealidad, y del mal presagio que aquello ocasionaría no sólo a ella, sino también a toda la creación. Y paralizada, pudo escuchar su voz mientras se le acercaba aquel ángel carmesí con la negrura como corazón, y con la estridente y melódica voz de mil coros cantando y gritando al unísono:

—Hermana… —Dijo alzando las afiladas garras en que acababan sus dedos. —¿Me aguardaste en mí llegada?

Incluso en aquel estridente sonido Aimiel pudo percibir el gozo en el ánimo de la extraña manifestación. Pero de forma tan súbita como su surgimiento, en un instante Nirvaeth fue consciente de que no era ella, y el desánimo y la pesadumbre se apoderaron de todo su ser, apagándolo y dejándolo aún más confuso que antes de descubrirla. Se consumió en aquella brevedad atesorada en miles de años en las estancias del templo. Sin corazón que lo insuflase de poder se perdió en la deformidad de nuevo y le costaba esfuerzo de mil infiernos someterse a las emociones humanas que se mezclaban con las de Aramarth, y como en el amanecer de un nuevo día experimentaba la lacerante luz del sol sobre el iris de unos ojos que nunca habían vislumbrado su luz. En aquellos instantes, sus ojos trataban de adaptarse como de un tortuoso tormento. 

Supongo que Aimiel huyó entonces, librada del yugo de su tenaza. Huyó tan rápido como pudo y hasta que, pronto, no supo ni de que estaba huyendo, pues su mente no pudo asimilar la visión de la entidad y fue incapaz de recordar más tarde nada más que una profunda sensación de desasosiego sumergida en el caos de pensamiento. Supongo que quizás el destino se ríe siempre de los mortales, y que lo hace a mandíbula abierta y tantas veces que es seguro que se le desencaja del cráneo. El destino se reía porque quizás Aimiel gozó del favor de Dhemeides también a causa de su parecido. Se reía, porque Nirvaeth quizás fue salvado de perderse en el orden gracias quizás también a aquel fugaz encuentro con aquella muchacha tan parecida a su anhelada hermana. Se reía también, porque quizás Nirvaeth pudo encontrar el camino que lo conduciría al orden, a su hermana, o al vestigio de su recuerdo, o a su venganza, gracias a la penetración de Elham en la prisión que por tantos años confinaba la voluntad de su hermano. El destino era cruel, siempre ha sido cruel, y siempre lo será de cualquiera de las formas que le sea posible. De modo que tras la huida de la aterrada Aimiel la abominación vagó por los alrededores, perdido en el bosque de Ackalabeth que una vez fue su hogar y que entonces le era ajeno y del que podía sentir la mirada llena de asco que lo repudiaba. Se confundía en su forma que era horrenda, y allá donde dormía la foresta dejaba de florecer y hasta los gusanos que hendían la tierra morían marchitos.

***

La masa deforme caminó largamente y lo imagino por mucho tiempo vagando y tratando de recomponerse, hasta que por fin llegó a una cabaña que quizás en otro tiempo habría sabido reconocer, y en ella encontró la exuberante belleza y la juventud de una mujer, que entonces le pareció divina, pero que a los ojos de otros no era bella ni tan joven. Y, tan pronto la vio escondió su rostro tan rápido como le fue posible entre sus harapos gastados. Pero la mujer compasiva, viéndolo cubierto de las cicatrices y heridas de miles de sus combates en el templo de Dhemeides y creyéndolo víctima de una tremenda paliza sin duda propinada por algún desalmado ante la visión de tan grotesca figura, no lo rechazó ni lo privó de su auxilio. Aquella era una mujer acostumbrada al sufrimiento, Aramarth no lo podía comprender entonces, aunque me gusta imaginar que, en algún momento de lucidez, al final quizás, pudo comprenderlo.

—Dioses. Buen hombre, ¿Que le ha ocurrido?

Aramarth quiso entonces romper a llorar sin entender bien el porqué, pero se contuvo de hacerlo. Su única respuesta fue la triste emisión del sonido unos gorgojos cacofónicos y la ocultación de su rostro entre los harapos. Ella lo entendió. La mujer que poco aguardó una respuesta en forma de palabras que sabía que no le sería dada, lo atrajo hacía su mano y lo condujo al interior de la humildad de su cabaña. Allí lo atendió como buenamente pudo, y en los días siguientes el desconocido para ella mejoró, incluso pudo apreciar estación tras estación su deformidad disminuía y que la hizo pensar que aquel hombre se veía presa de una terrible maldición. Al cabo de unos pocos días en los que la alimentación y el calor de un hogar resultaron de cierto alivio para aquel hombre sin corazón, el esposo de la mujer regresó de la aldea. Era un hombre de aspecto tan descuidado que a Aramarth también le pareció hermoso. Durante los muchos días que había estado ausente, había participado de la defensa de la aldea ante el ataque de los incursores del norte liderados por el mil veces maldito y odiado Umiel, y que entonces regresaba herido en una pierna de la que ya no recuperaría jamás la movilidad. Se sorprendió tanto al verlo, que rápidamente condujo su mano a lado del cinto que sujetaba su arma, para dar muerte a la bestia. 

—No te alarmes esposo mío. Tan sólo es alguien que ha sufrido mucho, y le he dado cobijo. —Dijo la buena mujer interponiéndose entre Aramarth y el arma. 

—¡Por los dioses! ¿Qué es esa monstruosidad? ¿Es que no ves que es un demonio, necia mujer? No tiene corazón… ¿Es que no eres capaz de verlo?

—No puede ser un demonio. Razona y entiende lo que le digo y muestro… Ha dormido bajo este techo varios días ya, y no hay nada que me haya hecho sentirme insegura o en peligro. Por favor, considéralo. —Rogó con vehemencia.

—Mujer… —Dijo enojado entre dientes. —Vengo de la aldea… donde hemos sido masacrados como insectos, hemos sido muy pocos lo que ahora podemos contarlo. Sin duda, esta bestia, demonio o lo que sea, está relacionado de alguna manera con el ataque que hemos sufrido, en el que tantos a los que conocemos han dado cruel muerte.

—Por favor… te lo suplico. —Dijo dejándose caer de rodillas. —De alguna manera me recuerda a mi hermano a quien no tuve la oportunidad de salvar.

Supe por otros, que me contaron de aquella mujer que había tenido antes un hermano; un hermano gemelo y deforme. Y su enfermedad lo desfiguró de horrible forma, hasta que lo hizo de tal manera, que murió a los nueve años de edad deshecho en un amasijo de carne carente de forma. Eudora, que así se llamaba la buena mujer, jamás se recuperó de aquel trauma sufrido en la temprana infancia. Quizás aquella pérdida tan íntima, había sido como en muchas otras gentes, la que la había forjado en la compasión, incluso ante un ser de una abominación tal, que tentaba a uno a arrancarse los ojos ante su contemplación.

Pero el esposo de aquella buena mujer no estaba imbuido de la bondad y caridad de su mujer, y aunque al final aceptó de mala gana su presencia, ya que lo detestaba, su aceptación no fue en absoluto desinteresada pues tomó por buena la decisión de usarlo como bestia de carga para ayudarlo en los quehaceres diarios de la granja. Así transcurrieron varias estaciones en las que el confuso Aramarth, o lo que restaba de él, vivió de una manera más o menos soportable, aquellos sus últimos años en los que todo su ser se derramaba gota a gota absorbido por la esencia de Nirvaeth.

El terco humano lo trataba con desprecio, y lo sometía a intensas jornadas de trabajo que transcurrían de sol a sol. Pocas veces tenía la oportunidad de descansar, y pese a todo jamás replicó o se quejó de alguna manera. Dormía con los animales al amparo de un desvencijado cobertizo, siempre anhelando incluso en sueños los guisos que con tanto amor Eudora regalaba a su estómago. 

La primera vez en que el marido partió por unos días de nuevo a la aldea para relevar a la guardia, Aramarth redescubrió el amor desinteresado, extraño y cálido de la bondad humana. Ella lo hablaba, mientras trabajaba en la elaboración de escudos que era al mismo tiempo una tarea y un placer para ella. En Ryuminyel era famosa por el arte en la manufactura de escudos, los cuales elaboraba siempre con mimo y tesón, pues le gustaba imaginar que algún día podrían significar una vida salvada. Y aquel trabajo era lo que la imprimía las pocas ganas de seguir viviendo, pues su vida en realidad era muy miserable en gran medida a causa de su esposo que, muchas veces, era cruel en el trato con ella. El engendro la observaba con admiración sin apenas entender, y se esforzaba muchas veces en tratar de articular sonidos para formar quizás alguna palabra de profundo agradecimiento. 

Con eso una estación tras otra, discurrieron de aquella manera, en la sencillez de disfrutar de la compañía mutua en las ausencias del cruel esposo. En las esperas la buena mujer escribía una especie de diario con sus pensamientos y reflexiones que inscribía en la superficie de uno de sus escudos, lo hacía de una forma que a Nirvaeth le resultaba hermosa pues no habría orden alguno en su escritura. Escribir de aquella manera, lenta y trabajosa, aliviaba de alguna manera el pesar de Eudora ante las constantes e injustas palizas de su cónyuge, de las que siempre él siempre encontraba una excusa disfrazada de justicia tras la que esconder su naturaleza cruel e insensible. Ella como él, se escondía labrando los caracteres unos encima otros escritos mucho tiempo atrás como queriendo borrarlos de su memoria, pero que de alguna marera siempre permanecían ocultos en el entramado caótico de la escritura. Nirvaeth aún no entendía del dolor ajeno, ni de la justicia, y todo cuando acontecía tras los muros del hogar, y le parecía propio de la naturaleza del orden, así que trataba de asimilarlo y aprender de ello. Mientras, lo que restaba de Aramarth en él se recuperaba, su forma se recomponía mientras la entidad entendía las reglas que conformaban el orden de su hermana. Y día tras día, noche tras noche, cada vez se asemejaba más a la forma que una vez tuvo, hasta que llegó el momento en que las dudas que Eudora acumulaba, se disiparon por completo y se atrevió a hablarle de ello:

—Eres Aramarth ¿no es cierto? Te recuerdo de hace muchos años. —Le preguntó en una afirmación. 

 —No… —Negó con rotundidad en un exagerado espaviento. Sintió extraño y lacerante dolor al escuchar aquel nombre, un dolor casi físico que lo hizo retroceder incluso, pero que no mermaba en intensidad con el tiempo transcurrido.

—Pues te pareces mucho a él. —Insistió Eudora con cierta picardía. Bajó la mirada como reflexionando y recordando un breve instante, hasta que añadió:

—Cuando era una chiquilla admiraba a Aramarth, a quien tanto me recuerdas… Vuestros ojos y la calidez de la mirada que surge de ellos es inconfundible, y toca el alma. 

—Yo… No… Soy… El… —Volvió a negar mientras ella lo sonreía. Ella entendía de la vergüenza, de querer desaparecer tras un monstruo o tras un escudo. Era más fácil darse cuenta en lo ajeno, y eso era lo que arrancaba su tenue sonrisa.

—Me gustaba mirarlo ¿Sabes? Bueno, a mí y a muchas entre las muchachas de la aldea. Muchas soñábamos con casarnos y sentirnos protegidas por el noble y guapo Aramarth. A veces me pregunto que habrá sido de él en estos años… dejamos de verlo fue como si le habría engullido la tierra. —Le contó mientras él lloraba sin saber tan siquiera porqué lo hacía.

***

 La buena mujer nunca más sacó aquel tema, aunque si le habló de muchas otras cosas y pienso que ambos disfrutaron un poco más de la vida hasta que llegó el día en que una de las palizas de su esposo fue de tal brutalidad que la abominación supo por instinto que la mataría. De un manotazo con los dedos como afiladas cuchillas Nirvaeth despedazó la cabeza de quien tanto dolor causaba en Eudora esparciéndola por la estancia. Eudora gritó. Gritó como la criatura nunca antes la había escuchado hacerlo. Y aunque aquel grito le enturbiaba el ánimo, se complació por el cesar de la causa del dolor de su amiga. Aguardó su sonrisa como un bobalicón, sin entender de la complejidad de las emociones humanas. Y que supongo jamás llegó a entender, imagino que tampoco se esforzó en ello después de aquello. Ante su mirada expectante, la mujer cogió un gran cuchillo de la cocina y arremetió contra él. Nunca lo había hecho. Y el metal hendió en la carne con facilidad, sintió su frio penetrar una y otra vez lacerando piel, tejido y vísceras. Permanecía inmóvil, confuso mientras aún aguardaba una sonrisa más, hasta que Eudora se cansó de apuñalarlo mientras lloraba repitiendo en gritos porqué lo había hecho. Nirvaeth conoció entonces el dolor intenso y desgarrador del alma, pues el que sentía en su carne no le importaba. Supongo que lo que ocurrió a continuación fue incapaz de impedirlo, o al menos eso me gusta pensar, aunque nunca fui capaz de entender del todo los impulsos que lo animaban. De la opaca negrura de su corazón ausente, surgió la terrorífica vorágine que lo desgarró todo en llamas negras. Toda su vida, la cabaña, su amiga, y todo lo que había por aquel tiempo tenido algún significado para él se desgarró en un instante en la destrucción más absoluta. Las llamas vivaces tornaron del negro al rojo más intenso que unos ojos son capaces de distinguir, y pronto quedó tan sólo él, como una absurda figura solitaria en aquel erial desgarrado por el caos. 

***

Del momento en que Eudora fue consumida por las llamas, pienso que el detonante que despertó la cólera de Nirvaeth, fue el recuerdo de la muerte de su propia hermana Aldhea apuñalada también a manos del dios de la eternidad. De la misma manera, a manos de alguien a quien quería y apreciaba. Del hombre sin corazón, te puedo decir que recogió entre lágrimas y gorgojos del escombro resultante de la explosión, el escudo calcinado que atesoraba los pensamientos de la buena mujer. La entidad pensó entonces en que ella ya no existía, y que no lo haría ya más. Aprendió de aquella manera las absurdas reglas que someten al orden natural de los hombres, y se rio con amargura de ellas.

He pensado largamente sobre esto que ocurrió entonces y que devino en lo que hubo de suceder después: Aramarth o Nirvaeth, o como tengas más a bien llamarlo, tras su renacimiento como criatura del orden aún no gozaba de control pleno de su forma, de modo que para lo que le restaba al engendro de humano todo era pena y dolor, mientras que para la entidad todo era confusión; confusión y dolor, aunque aún no sabía lo que era el dolor en sí como concepto. Había precisado del concurso de miles de años, que sólo había podido reunir en aquella aberración de templo de aquel dios que llamaban Dhemeides, su poder y su voluntad apenas eran una mínima porción de lo que habían sido, y ahora se filtraba siguiendo las reglas impuestas por el orden, a las que trataba de adaptarse. Era cuanto menos, una especie de broma divina, que aquellas dos entidades que se lo habían opuesto creyendo defender a su hermana, fueran las que en su victoria le dotasen se las herramientas para su surgimiento en el orden. 

Fue la conciencia de Aramarth la que la proporcionó sepultura en la noche. En el amanecer del siguiente día a aquel en el que murió Eudora, Nirvaeth inició su lento camino en pos de su corazón, pues había tomado conciencia de su falta. Caminó primero hacia la aldea donde lo reconocieron como Aramath el hijo de Dhilos y donde dio muerte a cuantos se cruzaron o tuvieron la osadía de hablarlo, caminó después hacia donde el instinto lo llevase, sembrando la semilla de la destrucción allá donde sus pies tocaron la tierra. Nada se le podía interponer en la determinación de su paso lento hacia el lejano norte y así dio comienzo la leyenda del horror del hombre sin corazón en los reinos; pesadilla en las sombras de la noche, entre los hijos de los mortales.

LIBRO PRIMERO

Cuando amanece la locura

Prólogo

Hubo un momento en el que el pequeño Pan me preguntó acerca del caos, qué es el caos. Como respuesta, le insté a recoger un puñado de piedrecillas de la orilla del río. El muchacho extrañado tras un breve momento de duda, partió de mi lado y recogió buena...

Cuando amanece la locura

Quédate, toma asiento aquí junto al fuego. Calienta bien, pero ilumina poco, y la noche aún es fría pues dista el amanecer. Y como contador de historias, déjame contarte la mía propia, si tienes a bien escucharla de mis labios. Quédate, pues es mi deseo...

La noche de la tormenta

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem. Hubo una noche en la tormenta; noche de tormenta quizás te habrían dicho otros… Amigo mío, voy a comenzar mi relato hablándote del regreso de un soldado a su hogar. Aquel soldado regresó tras largo tiempo...

Desesperación

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem.  Elham despertó sobresaltado. Despertó en las calles de Ryuminyel, en aquel frío de mañana, viéndose a sí mismo cubierto de harapos, hambriento, y la angustiosa sensación de soledad y vacío que no se le...

La sombra de un padre

En aquel amanecer caminaba de nuevo, y de nuevo encadenado. Las mismas cadenas, distinto captor. Tomaron dirección a la salida del oeste de la ciudad, sabía que el terco enano lo conducía a su hogar, a su verdadero hogar. A varios cientos de metros,...

El guardián del templo

Los muchos días que siguieron a aquel primero en que tuvo aquel extraño sueño, fueron agotadores. Esos días sirvieron a Elham para entrar en contacto con la realidad. El enano lo sometió al más duro de los adiestramientos, del que fue capaz con su a veces...

El hambre de los cuervos

Entrada al templo de Dhemeides, año 2439. Reino de Yheurisem.  Sin mediar palabra alguna entre ellos, echaron a correr.  El viejo enano y el chico, pronto quedaron atrás, y Elham redujo la marcha, hasta que el enano le dijo entre jadeos que continuase sin...

La falsa llama

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem.  Draill despertó del letargo en el que le sumió el agotamiento, al amanecer. Aún estaba muy agotado, pero se sintió seguro de poder caminar al ritmo de los demás. Contemplaba absorto, a Elham que...

Desidia y desdicha

Al acercarse el atardecer del séptimo día, Eorden ya había finalizado los preparativos para la ceremonia del funeral del enano. Pan lo había ayudado con la colocación de las antorchas, trazando un gran semicírculo sobre una pequeña colina cercana al río....

Requiem

Está soñando. El viejo enano ante él. Arrojando leños a una chimenea en medio de la nada, donde hace tanto frío… y tan sólo las ascuas, arrojan un poco de calor para calentar el cuerpo. El viejo se gira, y le sonríe. *** —¡Despierta! ¡Despierta! —Oyó,...

Mala sangre

La media docena de sanadores, surgidos de la nutrida comitiva de los elfos de Shatrath, atendían las heridas de la víctimas del ataque que no habían sucumbido a las dagas de Umiel. Muchos entre ellos morirían pocos días más tarde a causa del veneno...