El hambre de los cuervos

Entrada al templo de Dhemeides, año 2439. Reino de Yheurisem. 

Sin mediar palabra alguna entre ellos, echaron a correr.  El viejo enano y el chico, pronto quedaron atrás, y Elham redujo la marcha, hasta que el enano le dijo entre jadeos que continuase sin él. Se reunirían más tarde, él llevaría al pequeño a la cabaña. El joven corrió tan rápido como le permitieron sus piernas. Tendría que llegar a Ryuminyel tan rápido como le fuera posible. Aunque conocía el sendero, la luz cada vez era más escasa y el cansancio mayor. Las ramas de los árboles arañaron su piel y las raíces lo hicieron caer, pero no detuvo su marcha para ayudar a las buenas gentes de su aldea natal. ¿Podrían sobrevivir a este ataque? Pero por más que trataba de ser optimista, no podía quitarse de la cabeza la rara sensación de certeza de que aquello iba a convertirse en una desgracia.

Durante siglos los hombres de Ackalabeth habían rechazado todas las incursiones, tenían fama de inquebrantable voluntad y tesón, y eran conocidos por una excepcional habilidad en el uso combinado de la espada con unas ballestas ligeras hechas de la madera de los milenarios árboles de Minz, que no tenía parangón. Junto con los hombres de Cannam por el sur, y los elfos aliados de Shatrath por el este, todo enemigo venido a través de la brecha que penetraba a través de las escarpadas montañas de muro Budockiano, era completamente rechazado. Nunca antes habían llegado a la aldea de Ryuminyel, siempre los habían combatido y vencido en las blancas llanuras, donde tantas veces, la unión de los tres aliados, las habían teñido de rojo escarlata. Pero ahora no estaban en las blancas llanuras, y eso le decía que esta vez estaban solos los hombres de Ackalabeth. Los vigías no habrían alertado de la invasión. Y así era, pues el despiadado asesino Umiel se había adelantado del grupo y con maestría en el oficio, había cercenado sus vidas sin darlos tan siquiera una sola oportunidad.

Según se acercaba Elham vio una densa bandada de cuervos sobrevolando la aldea, y escuchó el clamor de la batalla. Aún resistían pensó. Los elfos sombríos hostigaban a hombres, mujeres y niños, mermándolos en número uno a uno. Y también estaba Umiel… Umiel, si…  Como ecos de la discordia, siempre nos encontramos. Es nuestro instinto que nos conduce de manera irremediable a ello. Quiso ese instinto aquel día, que Umiel se dignase a acompañar a las inmundas almas, para asolar aquella aldea separada de las demás. Umiel pensó que sólo era para satisfacer su necesidad de saciar al odio que consumía, pero en realidad sólo atendía a la llamada de Aldhea. Y aquella vez, sería la primera en la que Elham se encontrase frente a frente, con uno de los otros ecos de Khain; uno de los seres más temibles en los reinos estaba cercano, e iría en pos de él. 

Cuando llegó a la aldea. Se encontraba extenuado, y no se encontró con lo que habría sido de esperar; cientos de hombres luchando por las puertas y las torres. Había una nube de cuervos que volaban en círculos la aldea, algunos de ellos apostados en el suelo picoteaban con desgana los cadáveres de los caídos en las defensas de la aldea. El fuego aún no se había propagado por Ryuminyel, y aún se escuchaban los sonidos de lucha en el interior. Corrió hacía las puertas que estaban abiertas. Aquellas extrañas aves lo miraron con sus siniestros ojos imbuidos de fulgor rojizo, y reían en graznidos que salieron de sus sangrientos picos. Ante su sorpresa muchas de ellas volaron como flechas hacía él, tan rápido que casi no pudo cubrir su rostro a tiempo. Una tormenta de picos cayó sobre él, se colaban entre sus dedos buscando la blanda carne de sus ojos, picándolo, arañándolo, y sangrándolo. Se arrojó al suelo, y dio vueltas sobre sí mismo en un intento de librarse de las crueles alimañas. Reían y graznaban, y continuaban hostigándolo. Blandió su espada y descargó una suerte de golpes imprecisos que solo hendían el aire, y las aves reían y graznaban.  Se levantó y corrió, ignorando el dolor para correr tan rápido como le fue posible hacía el interior de la aldea. Sentía el lacerante dolor de sus picos cortando la carne, pero siguió adelante, esperando no alcanzaran ojos y oídos. 

Cuando llegó a la aldea. Estaba extenuado, y no se encontró con lo que habría sido de esperar; cientos de hombres luchando por las puertas y las torres. Había una nube de cuervos que volaban en círculos la aldea, algunos de ellos apostados en el suelo picoteaban con desgana los cadáveres de los caídos en las defensas de la aldea. El fuego aún no se había propagado por Ryuminyel, y aún se escuchaban los sonidos de lucha en el interior. 

Corrió hacía las puertas que estaban abiertas. Aquellas extrañas aves lo miraron con sus siniestros ojos imbuidos de fulgor rojizo, y reían en graznidos que salieron de sus sangrientos picos. Ante su sorpresa muchas de ellas volaron como flechas hacia él, tan rápido que casi no pudo cubrir su rostro a tiempo. Una tormenta de picos cayó sobre él, se colaban entre sus dedos buscando la blanda carne de sus ojos, picándolo, arañándolo, y sangrándolo. Se arrojó al suelo, y dio vueltas sobre sí mismo en un intento de librarse de las crueles alimañas. Reían y graznaban, y continuaban hostigándolo. Agarró su espada y descargó golpes imprecisos que solo hendían el aire, y las aves reían y graznaban. Se levantó y corrió, ignorando el dolor, corrió tan rápido como pudo hacía el interior de la aldea. Sentía el lacerante dolor de sus picos cortando la carne, pero siguió adelante, esperando tener la suerte de que no alcanzasen ojos u oídos. 

Elham pudo ver entre aquel caos enmarañado, una casa que estaba cercana con la puerta abierta. También creyó ver una figura humanoide que lo observaba tras la puerta. Corrió dando tumbos, y se arrojó contra la pared de la casa intentando quitarse de encima a las bestias. Deslizándose, entró como pudo dentro de ella, y cerró la puerta. Se retorció por el suelo, aplastandolos, y a los que quedaban los fue matando arrojándoles lo que encontraba. Apenas podía ver algo, sangraba por la infinidad de cortes y hendiduras que aquellos pajarracos le habían hecho. Escuchaba los picotazos contra la puerta de madera, mientras trataba de recuperar el aliento. Corrió por la casa buscando una ventana por la que salir, otra puerta quizás, y tan pronto como encontró una se arrojó por ella, y corriendo de nuevo se dirigió hacia donde le pareció aún luchaban, esperando no le siguiera la nube de alimañas.

No le siguieron. Perdieron el interés, o quizás encontraron una nueva víctima a la que atacar. Las llamas ya consumían algunas de las casas, las devoraban lentamente aún, afortunadamente apenas soplaba el viento y el frío y la nieve impedían que se propagasen con facilidad. En la plaza un grupo de hombres hacían un círculo con el que protegían a las mujeres y los niños. Los pájaros también los atacaban, pero muchos caían ensartados por las saetas de las ballestas. Podían ver como sus pequeños y exánimes ojos, se apagaban al morir, y desaparecían. Magia, magia, gritaron, e intentaron con vanos esfuerzos contener el miedo. Elham con las manos en alto, y habiendo envainado la espada en la espada, avanzó hacia ellos. 

—Soy uno de los vuestros. ¡Un hijo de Ackaloth! —gritó. Y varias saetas, sibilinas, rozaron el cuero de su armadura. Aquellos eran disparos de aviso, así que no trató de avanzar un paso más.

—¿Quién eres? —Preguntó una voz que creyó reconocer.

—Elham; hijo de Dhilos. —Contestó sin vacilación.

—Acércate, que podamos verte. —El muchacho siguió sus indicaciones.

Las caras de algunos de aquellos hombres le fueron familiares, algunos de ellos amigos de la infancia con los que había combatido hombro con hombro muchos años atrás. Pocas habían sido las veces que había visto tan abatidos, no les temblaba el pulso, pero estaban tan tensos como las cuerdas del arco de sus ballestas. Algunos parecieron reconocerle, y la mayoría de ellos contuvieron el aire al verlo tan herido. Sonaron algunos gritos ahogados entre las mujeres y los niños del centro. También le fueron claros ruegos a los dioses, que hablaban de una muerte que les rondaba próxima.

—Bienvenido seas hijo. Aún en este tiempo de desgracia, supongo… —Le dijo la misma voz.

Cuando penetraba en el círculo, pudo ver el singular cuerpo sin vida de uno de los atacantes. Le dio un vuelco el corazón. Era uno de aquellos sangrientos elfos con rostros de porcelana y corazón de ébano, contra los que habían combatido en las guerras del Norte. Hijos del linaje de las cenizas de la llama de los escasos elfos del crepúsculo que caminaban aún por los reinos. Había oído de leyendas que hablan de que aquel linaje impuro, brotó como una marea, de la imposible unión de la más gloriosa entre los caídos del crepúsculo, y una abominación del caos. A su lado yacían sin vida, los cadáveres de los muchos hombres que habían caído luchando contra aquel sombrío. El cansado guerrero, no pudo evitar preguntarse porque no encontraba entre aquellos cadáveres restos de los parias; aquellos caídos en combate de otras guerras, que los monstruos sombríos torturan, hasta alcanzar de ellos una sumisión total. Son los perros fieles, que siempre los acompañan en sus incursiones, a los que usan como fuerzas numerosas, para desgastar al enemigo en el combate abierto como carne de cañón. Elham, finalizado las vidas de muchos iguales a aquellos en la guerra, eran adversarios que nunca se amedrentaban y que luchaban con todo lo que tenían, pues la duda o su propia muerte, tendría como consecuencia la muerte lenta y despiadada de aquellos que amaban entre los cautivos. Nunca sintieron gloria alguna al abatirlos. Entonces sintió una mezcla de pena, ira y vergüenza hacía aquellos desgraciados, pues sabía que no tenían elección posible y que, en realidad, la suya era una muerte en vida. Nunca quiso imaginarse en su piel. En su pensamiento la voz que le había preguntado, la reconoció entonces como Frederick el último regente de la aldea que recordaba antes de partir al norte.

—¿Sabéis cuál es su número? —Preguntó Elham, dirigiéndose al grupo.

—Pueden ser cientos o puede ser un puñado de elfos, no hemos visto a más de uno al mismo tiempo. ¿Has visto algo que pudiera resultarnos de utilidad, cuando entraste? —Le confesó el regente, sabiéndose habiéndole dado una respuesta inútil. 

—Cuervos. Muchos cuervos. Infinidad de alimañas. —Contestó Elham. —Parecen crecer en número cuando se alimentan de los caídos. —Dijo, sin estar en totalidad seguro de ello. 

—El exorcista coincide en que no son criaturas normales. Acudieron a nosotros al atardecer. Eran numerosos como una plaga, pero se limitaban a sobrevolar la aldea, y no les dimos demasiada importancia. Los niños se asustaron, y no se atrevieron a salir de sus casas.  Más tarde nos atacaron, al principio de forma aislada, pero pronto todos lo hicieron a un mismo tiempo. Resistimos como podemos, hemos logrado enviar algunos emisarios para pedir la ayuda de nuestros aliados, pero no estoy convencido de que hayan superado el cerco. —Frederick hablaba ahora con voz trémula, su voz estaba desvestida del tono de autoridad de antes, y parecía rogar al recién llegado, una vía de escape para aquella situación.

Sintió una mano sobre su hombro. Cuando se giró, descubrió con agradable sorpresa el familiar rostro de uno de aquellos, entre aquello a los que llamó amigos, antaño. Eorden. Aferraba un martillo con la cabeza ensangrentada, y una pesada armadura de hierro deslustrada por los golpes y arañazos protegía su cuerpo, pero su cabeza desnuda contrastaba con este sin protección alguna. Sí, aquel era Eorden, que entonces le tendía una ballesta para que se valiese del arma para defenderse. Y en un primer momento Elham creyó verlo como al pragmático muchacho de entonces, pero su mirada no la sentía como la de entonces; la ulterior determinación que siempre había constituido su mayor virtud parecía ahora quebrada. Su mirada era limpia como la de entonces, en la que siempre había visto reflejada, la verdad. Verdad enmarcada en su carismático rostro, y quizás era sólo eso lo que le causaba consternación, que esa verdad que ahora veía en él, no habría de serle agradable entonces.

—Largo el tiempo, que hace que no nos encontramos, amigo. Es mucho lo que tenemos que hablar, esperemos sobrevivir a esta noche para poder hacerlo. —y esbozó entonces una sincera sonrisa. Después, casi de inmediato le tembló la voz, cuando le preguntó acerca de aquello que Elham más temía recordar y contestar:

—Elsa. Mi hermana… Aún está en el frente… ¿Verdad amigo?

 

***

Campamento a las afueras de Kharnak, año 2434. Reino de Budock. 

—Me llamo Elsa. Seré tu escudera. — Le saludó, presentándose. 

Ella apareció ante él, en el amanecer de su segundo día tras unirse al ejército que comandó su padre. Era una mujer de mirada severa, pero no desprovista de la bondad que dibujaban las apenas perceptibles arrugas de su rostro. Lo miraba, sin darle oportunidad a rechazar la oferta. Sin duda, había sido una mujer increíblemente hermosa en su juventud, e incluso entonces, a Elham le pareció que las numerosas cicatrices que surcaban su piel apenas mermaban la hermosa talla de sus rasgos.

—Apenas he llegado a este lugar. No tengo duda de tu aptitud para la batalla, creeme, pero no soy el soldado más idóneo para tu servicio… Elsa. Hay muchos otros, de los que su vida… es más preciada que la mía. — Le contestó con la máxima cortesía que fué capaz de expresar. 

En realidad, en aquel momento no llegó a entender el porqué de una escudera, que se presentaba ante él. Desde tiempos muy antiguos, entre los altos hombres de Ackalabeth habían sido muy pocas las mujeres, a las que se les había  permitido acudir a la guerra. Ya por costumbre eran escasas las que deseaban hacerlo, pero incluso entre estas, habían de demostrar pericia, tesón y valor elevados, incluso medidos en los baremos de los hombres. Las pocas que caían en gracia eran las escuderas, que en tiempos de guerra tenían la misión de proteger incluso con su vida, la vida del hombre al que habían de proteger. No pienses en injusticia para con ellas, pues estas eran muy reconocidas y valoradas, y tenían libertad en la elección de su protegido. Y aunque a algunos pueda parecerles un tratamiento en extremo desigual, las costumbres entre los altos hombres rara vez estaban desprovistas de alguna razón, nunca quisieron que sus mujeres acudiesen a la guerra, pues ellas habrían de ser las que abanderasen generaciones futuras, las que criaran a los hijos de Ackalabeth, las que velasen por el cumplimiento de los sueños. En guerra era igual, servían a la protección, y no te miento al contarte que todos los grandes líderes entre su noble estirpe, fueron protegidos por la gracia de una de estas escuderas. 

 —¿Es que no me reconoces, mocoso?. — Le reprendió con una sonrisa, que la dulcifica.

El muchacho entonces, entornó la mirada. Y tras unos instantes de confusión, reconoció en ella a la hermana de su amigo Eorden, entonces convertida en una mujer desgastada por la liza y la edad. Elsa… ¿Cómo había podido no reconocerla? Cuando era menos incluso que un crío, había admirado la entereza con la que soportó el mal juicio de su propia familia, que rechazaba la elección tomada por su hija mayor. Nunca aceptaron de buen grado, que la hermosísima y radiante Elsa, aquella que parecía nacida para brillar aún más que todas las demás, eligiese aquel duro camino que con seguridad acabaría con su vida. Tan sólo su hermano menor, Eorden la admiraba y respetaba tanto como lo hacía él. Y cuando su padre, el buen Dhilos, partió a la guerra la aceptó como escudera. Y fue gracias a su concurso que Dhilos sobrevivió a los años en el frente. Y con los años se escucharon historias y cantares sobre ella, alabanzas acerca de la doncella de las cicatrices. También se escucharon otras historias, historias lascivas que hablaban del encamamiento de Elsa y el buen Dhilos, historias que Elham siempre había rechazado atribuyéndolas a la justificación del cobarde. Pero entonces, en aquel momento en que se encontraba Elsa presente ante él… dudó. 

  

***

Aldea de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem. 

Sentía cierta añoranza impregnada en aquellos recuerdos, que ahora le eran tristes. Elham negó con la cabeza como respuesta, y recogió el arma que su amigo le tendía. Y lo hizo sin atreverse a mirarlo directamente a los ojos, mientras recordaba. Eorden, se cubrió de pesar al alcanzar el entendimiento. No pronunció palabra alguna. 

Cuando Elham dejó la aldea para dirigirse al reino de Budock en el norte, y engrosar las ya mermadas filas del ejército que comandó su padre durante sus últimos años en el frente, Eorden era uno de los discípulos bajo la tutela de un grande entre aquellos que se llaman a sí mismos exorcistas, conocido como Jearven. El aspecto de su amigo tan sólo había sido endurecido por la edad, pero esencialmente, era el mismo. No había cesado en su costumbre de afeitarse la cabeza hasta extinguir todo cabello. Hace mucho tiempo, Elham le preguntó acerca del porqué de aquella extraña costumbre suya; tan inusual en un joven. Eorden le contestó, dándole una respuesta que siempre consideré como una importante reflexión, muy digna de ser tenida en cuenta. Le dijo sin vacilación alguna, que lo hacía para mantenerse en la pureza, y evitar el tornar a la locura. Le argumentó, que el cabello era como una especie de vínculo con el exterior, y con los demás, por así decirlo. Él creía, que como sucede con las antenas con que los insectos se sirven, inconscientemente percibimos y nos comunicamos con nuestros iguales en el entorno común. A esto lo llamaba comunión. Y él, rechazaba aquel nexo, pues lo corrompía. Era mucho más sensible que los demás, y a causa de su sensibilidad sufrió mucha confusión en sus primeros años, y tardó en elevarse en la claridad gracias a su maestro Jearven. Ahora un aro de plata rodeaba la periferia de su cráneo, con una minúscula y sencilla gema resplandeciente engarzada en él. Aquel era el símbolo de la antiquísima orden de la pureza. Habían transcurrido años desde entonces, con suerte tendría que tener fuerza suficiente para repeler la naturaleza de aquellos cuervos. Y Eorden pareció adivinar lo que estaba pensando Elham, y se anticipó a las palabras inminentes.

—No te culpes por su muerte. Yo no lo haré, y Elsa nunca lo haría. Ella no se engañaba como otros, pues conocía de los peligros de la guerra. Desde que tuve uso de razón, amigo mío, sabía que mi hermana estaba preparada más que ninguno de nosotros para aceptar la muerte. 

Aunque Elham sabía que era cierto, creo que nunca fue capaz de aceptar la muerte de Elsa. Aquella mujer curtida en mil batallas, había vivido para la lucha por los demás. Incluso desde la primera toma de contacto, en la escaramuza con el enemigo, el joven tomó conciencia de la realidad. Ella era mucho más diestra en el manejo de la espada de lo que él sería jamás, y su abnegación era infinita. Durante los meses que estuvo en campaña, ella supo de sus carencias que no eran pocas entonces, y tomó el papel que había tomado su hermano con anterioridad. Fue su maestra. Se perdió por un tiempo en el pensamiento del recuerdo, de los amaneceres en los que practicaban con la espada cuando aún todos dormían, antes de iniciar la marcha. 

 

***

Orillas del lago del encanto eterno, año 2437. Reino de Budock.

Ella siempre lo despertaba. Lo hacía sin mediar palabra, cuando estaba cercano el alba. Sabe que nunca olvidará la mirada de aquellos ojos suyos, impregnados del color de la miel, que lo miraban expectantes, aguardando un pronto desperezamiento. Siempre lo hacía en aquel momento, cuando aparecían tímidos los rayos del  sol de un nuevo día; en aquel momento cuando la luz se proveía de los más intensos tonos y contrastes, que dibujaban aún mejor las cicatrices de su rostro. A veces, en la confusión, creía que era su madre por unos instantes. Lo miraba igual. Nunca parecía dormir. A veces, sonreía al escuchar sonoros ronquidos entre el apacible murmullo de un sueño, otras, las más, se entristecía ante los sollozos y los gritos ahogados de una pesadilla lejana, que atormentaba aquella noche a uno de nuestros hermanos en la batalla. Ella siempre permanecía alerta; siempre constante. 

—¿Qué has aprendido de la guerra? —. Le preguntó una de aquellas mañanas.

—Que si no luchas por lo que crees, mueres de igual forma —. Le contestó tras reflexionar dubitativo unos instantes. Elsa pareció aceptar la respuesta, y practicaron con constancia en su entrenamiento de la forma habitual. Pero a Elham no le satisfizo su respuesta.   

—Elsa. ¿Tú que has aprendido? —. Le preguntó al terminar.

—Tan sólo, que nunca termina. Así que no tengas prisa—. Le contestó con una sonrisa cargada de cierta tristeza. 

Elham había aprendido de su padre, la tenacidad de un entrenamiento constante que lo dotó de la necesaria resistencia. Dhilos dejó que encontrase su propio camino, en las largas jornadas de reflexión descargando mandobles contra un árbol maldito. 

De su hermano aprendió el arte de una poderosa esgrima. Parte de lo que él mismo había había capturado de la esencia de su padre, y que le transmitía generoso a su hermano menor. Le enseñó a enfrentar el acero desde cualquier dirección, a intercambiar interminables series de réplicas y variantes. Lo hizo, a través del enfrentamiento con el mejor guerrero que conocía, en ausencia del padre de ambos: él mismo. 

Del enano Dragorax, aprendió el arrojo. Llegó al enano, suplicante, al verse incapaz de superar al hermano mayor, año tras año. El hosco enano, le escupió en su cara que jamás podría vencerlo, no, al menos hasta que dejase de ser un espantapájaros que replicase sus movimientos. Le enseñó a variar la fuerza y velocidad, que imprimía en los golpes que asestaba con su espada. Lo hizo para impedir que un oponente más hábil, tuviera la oportunidad de predecir sus movimientos. Por sus enseñanzas Elham supo del amor del enano, que no sólo esperaba de él que destrozase el cráneo de sus enemigos, implorando tener la suerte eterna de no encontrarse delante de uno, que lo superase en habilidad.   

Aquel mismo día tuvieron que luchar para repeler una emboscada del enemigo. Rechazaron el ataque con facilidad, y las huestes enemigas huyeron en retirada. Elham crecido en la victoria quiso perseguirlos. No había entendido las palabras de Elsa, no como ahora las comprendía. No escuchó nunca su consejo, ni aquella vez, ni las otras veces en que lo instaba con vehemencia a mantener la posición tras cada victoria. Había crecido en su orgullo y sentía cercano el final de una guerra que había acabado con la vida de su padre, y su desdén también creció ante un enemigo que entonces parecía débil pues siempre estaba compuesto por parias. La siempre fiel y cada vez más triste Elsa siempre lo acompañó al combate salvando su vida tantas veces que la sintió como una extensión de sí mismo. 

Pocos meses más tarde, tras muchas victorias, encontraron el final de sus andanzas en aquella campaña. Todos sus hombres murieron en los campos blancos de Ebekath, Elsa también. Todos habían muerto, menos él. Y lo sentía como la culpa de su mal juicio, y ahora estaban todos muertos. Muertos. Tal y como lo estaba él, en su vergüenza.

 

***

Aldea de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem. 

El sacerdote lo interrumpió de su ensimismamiento, para devolverlo a la cruda realidad:

—Lo he intentado todo, sobre este suelo están los trazos de un ritual de protección, el más fuerte que he podido hacer, el más fuerte que he hecho jamás; pero el poder de estos cuervos lo supera. Creo que…

Entonces oyeron el grito de uno de los suyos. Se llevó las manos al pecho, del que manaba la sangre en abundantes borbotones. Algo le había atravesado de lado a lado. Una nueva silueta se había aparecido ante ellos. Cuando lo miraron, cobraba forma una daga en su mano. Y la daga refulgía, aún cubierta con la sangre de su víctima que caía al suelo. Sobre su hombro descansaba un lustroso cuervo que grazna y grazna. A su alrededor Elham contó nueve de entre aquellos elfos más, todos con las herramientas de sus filos ensangrentadas. La resistencia descargó una lluvia de saetas contra ellos, pero con gracia y sin esfuerzo desviaron todos los proyectiles con sus metales.

La inconsciente historia, ciega a la verdad, nunca tomaría palabras para aquel momento. Habré de hacerlo yo por ella, porque aquel fue el primer encentro de Elham… con el que fue el eco del odio de entonces. Y en cierto modo, aquel momento marcó el devenir del joven humano de Ackalabeth, y su devenir habría de marcar el destino de todos.

En la aldea, uno tras otro caían fulminados por las dagas encantadas de Umiel, que siempre regresaban a sus dedos. Muerte tras muerte, el miedo entonces se adueñó aún más de los corazones de muchos hombres. Las mujeres y los niños sollozaban, y los hombres se lamentaban viendo un cruel final, próximo. Pero era la nube de cuervos, la que realmente devastaba sus esperanzas. Aún perdida en su propia locura, Ytara no podía reconocer a Elham, y de él sólo ansiaba la carne para formar más y más hambrientos cuervos. Es muy probable que aquel eco de la desesperación hubiese muerto entonces sumido en la broma cruel de un destino que arrojaba a quien amó en un tiempo, contra él, para matarlo. Pero en la lejanía descubrió una puerta abierta desde la que le observaban. Resultó ser Eorden que era otro de sus compañeros de la infancia. La poca resistencia de los aldeanos se apoyaba en él, un aprendiz de exorcista cuyos débiles ritos defensivos apenas conseguían aplacar el avance de los cuervos en la edificación donde resistían.

Elham contempló entonces como entre los suyos, uno de aquellos hombres perdía la razón. Dio un alarido, y arrojando al suelo sus armas, marchó corriendo hacia donde se encontraban sus enemigos. Se arrodilló. Y aún suplicaba por su vida, mientras Umiel le asía de sus cabellos y cortaba limpiamente su cabeza. Y aquel cuervo perezoso se aproximó a él, y comenzó a servirse de los despojos de su cobardía. Umiel impasible masacraba toda la infancia del muchacho, y dejó paralizado a Elham, pues aquella escena parecía venirse a repetirse ante sus ojos. De nuevo la desesperación brotaba como un torrente surgido de las profundidades de su corazón, para inundar toda su alma por completo. Elham aún no comprendía que nunca podría salvar a todos, y aún habría de causarse mucho sufrimiento por aquella causa. Aún no entendía que ni los dioses habían podido, ni tendrían jamás la posibilidad de erradicar la crueldad entre las razas de los mortales como reflejo del caos. Pero, aun así, Elham insistía en cargar con la pesada carga del sufrimiento que aún habría de conducirle al eco de la desesperación. 

—Vayamos Elham. —Le dijo Eorden, que había sabido leer el creciente y paralizante pensamiento de su amigo. Pero el muchacho le devolvió una mirada de impotencia, como sin creerse el valor y arrojo que demostraba su amigo.

—Antes de darlo todo por perdido… al menos presentemos batalla —Añadió con una tibia sonrisa. —No tenemos nada que perder. Intentémoslo. Por mi hermana… —Y diciendo esto cruzó el círculo que había trazado el mismo. Se llevó la cabeza del martillo a los labios, y lo besó, y continuó avanzando con paso firme. Y su paso era sólido, como siempre había sido, pues la suya era una naturaleza sólida, firme, real, y a su alrededor siempre todo parecía bruma. Elham lo siguió entonces, quizás inspirado por Eorden, y juntos combatieron hombro con hombro y muchos de sus enemigos cayeron. Pero como solo podía ser de aquella forma, pronto se vieron rodeados por los parias, que tanto y tan poco tenían que perder a un tiempo.  Y supieron que poco podían esperar del tiempo que les restaba, pero al menos morirían luchando. Fue entonces, con ese pensamiento, cuando estalló en llamas uno de aquellos elfos, y después lo hizo otro siguiéndole. A estos dos los siguió un tercero que estalló también, y los que restaban corrieron entre indescriptibles gritos, agitándose y arrojándose al suelo, sin poder extinguir el fuego que los consumía. Pronto los incursores al no lograr comprender la nueva situación, rápidamente se dispersaron y se ocultaron. Los hombres se aliviaron, incluso algunos pensaron que los elfos del crepúsculo se marcharían. Y aquella idea sedujo a cada uno de ellos, y les pareció posible hasta que otro de ellos cayó al suelo atravesado por una de las dagas que siempre regresaba a su dueño. Escucharon miles de cuervos que sonaron como uno solo, y el potente aleteo de todos ellos que se lanzaban contra el círculo, y el cielo se hizo fuego prendiendo a gran número de aquellas bestias. 

Una solitaria figura avanzaba hacia ellos, y lo hacía caminando entre las llamas reinantes, como lo haría de igual manera sobre la verde hierba. Entonces las llamas cesaron y quedó un solo hombre ante ellos. Apenas había cambiado: Era Draill.  

—Elham. Eorden Al fin… os encuentro. —Dijo con la voz entrecortada, quizás a causa del intenso agotamiento o por la sangre que le brotaba de la comisura de sus labios.

—Temo… —Se le perdía la mirada en el vacío, mientras intentaba hablar. —No poder hacer más… —Y cayó extenuado al suelo, tras el ejercicio de semejante poder. Se desplomó en el barro, como un muñeco de trapo. Elham y Eorden, superada la sorpresa, lo recogieron tan rápido como les fue posible para llevarlo al interior del círculo.

Ellos no fueron testigos de ello, y yo solo lo fui a través de las historias de un joven hechicero de un poder como los de antaño, caminaba en las tierras de vuelta al hogar. Por donde caminaba ponía fin a la guerra a través de la llama, y al marchar solo la ceniza restaba de los impuros, y los incursores del norte e incluso los brutales orcos habían aprendido a huir de su paso. Más como toda llama que acaba por consumir el combustible que la alimenta, finalmente se apaga. Tan sólo una voluntad como pocas han existido se repondría de semejante esfuerzo. Conté por decenas las aldeas que había liberado del yugo del norte. Sé que no detuvo su paso y apenas durmió o ingirió alimento. La razón que lo condujo a la locura de atravesar las líneas de la ofensiva para coincidir con tan poco margen con el regreso de Elham, sólo me fue relevada mucho más tarde, y de la misma manera haré eso mismo contigo amigo mío, si no te importa, pues no es mi deseo perderme en caminos que ahora es necesario recorrer.

Aquella fue una de las más extrañas noches para Elham. Su reencuentro primero con Eorden, y después, tras muchos años de ausencia con el que fue en su infancia alguien a quien llamar mejor amigo, parecían imposibles. Aquel era el Draill que un día abandonó todo para dirigirse al norte, a las lejanas tierras de Khrenoliam, para tratar de convertirse en un gran hechicero como ansiaba. Había regresado, después de una larguísima peregrinación a la tierra de encantamientos, de la que pocos habían regresado con razón o vida. Tildado de loco por su propia familia, regresó en contra de toda expectativa. Ahora su madre en la protección del círculo lo colma de aquellos besos que le fueron negados cuando marchó. Draill, aún parece un niño. Casi no ha envejecido. Su cabello cobrizo, fino y carente de orden, cae en mechones sobre las mejillas. Sus ojos permanecían cerrados. Su pecho tembloroso se agitaba aún con mucha dificultad a causa del intenso esfuerzo realizado. Pero estaba vivo, y Elham dio las gracias a los dioses por ello. 

Los elfos sombríos, no volvieron a atacar entonces. No por aquel momento, y los supervivientes, dieron por sentada una tregua. Sus cuervos, bailaron frenéticos en los cielos, inagotables, provocando tal ruido con el batir de sus negras alas, que apenas escuchaban el sonido de un cuerno de caza lejano. Se acercaba más. Más aún. Elham imagina cientos de parias bajando de las montañas, acercándose a ellos. Draill aún no había despertado, si había de hacerlo, y la palidez del color su piel había aumentado. Pero ninguno, ni tan siquiera Elham, temió su por su muerte, olvidándolo en su atención. Pronto habrían de morir todos. Uno más… antes o un poco más tarde… poco habría de ser relevante. 

La aldea estaba entonces completamente rodeada, a juzgar lo que vieron quienes se atrevieron a mirar. Varios centenares de esclavos habían sumado fuerzas a las temibles, ya de por sí mismas, de los elfos crepusculares. A la luz de las llamas pueden contemplar, con horror, los entristecidos rostros de los que habrían de ser sus enemigos. Caras y cuerpos de los parias torturados, obligados a combatir contra estos, sus hermanos tiempo atrás. Algún reflejo, devuelve a veces, los solitarios destellos de las lágrimas que corren por sus olvidados rostros. El amanecer aún está lejano, cuando dio comienzo la lucha encarnizada. Cientos de saetas, surcan el aire. Se cruza espada contra espada. Los hombres de Ackalabeth, valerosos en el combate venden caras cada una de las vidas, pues son muchos los parias que caen bajo sus botas, pero su número cada vez está más mermado. El círculo amenaza con romperse, cuando esto ocurra, estarán perdidos. Todo parece ya perdido, cuando se escucha un potente sonido que retumba por toda la aldea de Ryuminyel. El suelo tiembla a cada paso a algo que se les acerca. Es un gigante de piedra, colosal y muy pesado, que ven por encima de las casas. Encima de las palmas de sus manazas pétreas, están Dragorax y el niño. Entonces el hacha de Dragorax vuela trazando un círculo de muerte, y que regresa a sus manos. Elham reconoce vagamente la figura del gigante, le recuerda a una figura que el viejo enano le talló, cuando aún era un niño. De un salto, el viejo enano coloca sus pies asentándolos firmemente en el suelo. Los parias le rodean, blanden filos y armaduras oxidadas, que Dragorax rompe con poderosos golpes de su tremenda hacha de doble filo. El viejo guerrero grita atronador. Es el momento, ahora o nunca. Alguien da la orden de cargar contra los incursores, y una parte importante de los hombres corre contra ellos. Mientras, el resto se queda en la retaguardia para proteger el círculo. Ya todo se diluye en el caos de la lucha, y para Elham todo se torna confuso. Lucha casi sin saber contra quién, tratando de guardarse la espalda con alguno de los aldeanos. Gritos, y el sonido del choque del metal. Otra vez lo mismo. 

Entonces, inmerso en el centro de todo aquel caos, lo ve a él. Es Umiel. Cuenta hasta siete dagas, que bailan frenéticas a su alrededor; todas ellas distintas. Yo he de poner en duda su juicio pues, jamás he sabido con certeza cuántas de cuántas se valía en realidad, pues gran parte del tiempo no están junto a él. Elham contemplaba absorto como algunas las recogía con sus largos dedos, para dirigirlas a una garganta al descubierto, otras simplemente salen disparadas como saetas certeras, que acaban insertadas en carne. Lo hacía sin esfuerzo. Observó sus movimientos erráticos. A veces continuos, pero otras veces parecía desvanecerse, para aparecer en un cercano salto. Elham contempló horrorizado como en uno de los saltos, aparece en la palma del gigante. Junto al niño. En su espalda, con una daga lista para cercenarle el tierno cuello. En un fugaz pensamiento, Elham se pregunta cómo se le ha podido ocurrir al estúpido enano, traerlo allí. A aquel lugar de muerte y espanto. Pero la daga de Umiel se detiene. Justo un instante antes de cortar su cuello, blanco e inmaculado. Pan le devuelve una mirada asustada, llena de sorpresa. Incluso a Elham le parece que se reconocen. Umiel de repente se gira, mirándolo a él directamente. Con aquellos ojos encendidos en sangre. Umiel aparece, en lo que Elham cree cinco o seis centelleantes saltos, justo a su lado. Elham detiene con una hábil maniobra de su espada, el potente impacto de una daga que busca su garganta. Otra parece rozarlo, pero apenas siente dolor. Afortunadamente no ha alcanzado pleno a su objetivo. 

En el cruce de aquel metal, Umiel lo mira. El tiempo se detuvo para ambos, y pienso que también lo hizo de alguna manera para todos los demás. Me gusta imaginar, que en cualquier otro lugar, todos notamos, en la forma de una sensación extraña e inexplicable, aquel momento único que cambió el curso de esta, y de muchas otras historias. ¿Estoy desvariando? Quizás sí…  y es que siempre he sido un romántico que se ha dejado llevar por la idea de una conexión que une a todo y todos.  

Ella. Elham creyó  tornar a la locura, pues cuando lo miró a él, a Umiel… la vio a ella, junto a él. Contempló cómo su imágen abrazaba a Umiel desde su espalda. Ella. Su cuerpo translúcido, como un sueño se desvanece. 

«No… no puede ser… » Se lamentó. 

La hermosa criatura de la rosa estaba con él, y lloraba apenada. Lloraba por él.  En sus ojos Elham descubre, que aquel aberrante y mudo elfo, lo reconoce… y la reconoce también. Y parece sonreírle en una mezcla de afable asco. 

«¿Cómo es que tan hermosa criatura, elige ester junto con él? ¿Es mi imaginación? Casi parece protegerlo… » 

Y entonces ambos, Umiel y Elham recordaron, o creyeron recordar. Sin entenderlo, sintieron el recuerdo de un tiempo en que unos ecos, sus ecos, eran armónicos… un tiempo en que fueron parte de una misma esencia. Elham se vió a sí mismo en la piel del asesino, y Umiel de la misma maneja vió su imagen reflejada. La vieron, en la consternación de la torcida cara, de aquel patético ser que tan cara parecía querer vender, tan vacía vida. Ella lo abrazaba, lo retenía a la cordura… El muchacho sintió su calor. Un calor puro.   

«Casi lo siento como a un hermano, y siento su dolor, su miedo, su ira, su odio… ¡No! es más que eso… Estoy enloqueciendo… » Y al recordar y escuchar sus ecos, los ecos que se perdieron en el tiempo, ambos cambiaron un poco por dentro. Aunque de ello no fueron conscientes plenamente por muy, muy largo tiempo.

Y tan súbita como su llegada, marchó. Ella no estaba. Y como de un sueño despertaron… despertaron a su realidad. Y las dos espadas de Elham discurrieron veloces a cada lado, ansiaron hundirse en aquel desalmado cuerpo de elfo. Umiel gruñó, con sus dagas que apenas contuvieron la tormenta de golpes que lo buscaban para herirlo. Entonces Elham aventuró una repentina estocada con una de las espadas cuando lo creyó desequilibrado… Pero Umiel se retiró en una consecución de rápidos saltos que lo alejan por completo de él. Se desvaneció y no volvieron a verlo ya más en aquel lugar, pero aquella no sería la última en que Elham y él se encontrasen a lo largo de la historia que he de contarte.

Lejos, Dragorax atrajo la atención de uno de los elfos, sobre el que descargaba un violento golpe de su hacha. Elham ve como el elfo lo esquiva con facilidad, y dispara rápidamente con la ballesta ligera un proyectil dirigido al elfo, en un impotente impulso para evitar lo que sabía había de ocurrir. Sabía que Dragorax no podía cambiar la dirección del tremendo peso de su golpe, y aquel hábil asesino hundió la espada bajo una pieza de su armadura. Poco después en el elfo impacta el proyectil, y lo mató. El gólem de piedra golpea, con Pan sobre una de sus palmas, con poderosos golpes de su puño libre, aplastando y derribando todo lo que encuentra a su paso. El viejo enano escupe sangre y aprieta los dientes, apoyado todo su peso sobre el hacha, contempla su alrededor. Aquel era un buen lugar para morir, piensa. No podría haberse imaginado uno mejor. El padre del muchacho lo está esperando, dondequiera esperen los muertos. Se le escapa la vida, y es una pena, tantas cosas aún por hacer… ahora que lo había encontrado, maldito sea el destino que se ríe de él. Pero no será el único que se ría ¿verdad? en medio de una atronadora carcajada, fue entonces cuando Dragorax murió.

La virulenta incursión terminó no mucho más tarde de aquello. Se apagó su llama y de ella sólo restaron los rescoldos. Sin la participación de Umiel, parias y elfos sombríos, poco a poco se disgregaron; los cuervos también. La aldea de Ryuminyel había sobrevivido. La lucha había concluido, pero la pérdida y la pena eran grandes. En la madrugada, los niños ayudaban como podían a sus madres en la carga de los cuerpos de los caídos, para darles una sepultura digna. Incluso, para los que tan sólo vinieron allí para matar. Restaron tullidos y enfermos, y apenas una veintena de hombres capaces de enarbolar un arma entre los varones de Ryuminyel. Nunca sobrevivirían a otro ataque, si este se producía, temprano en el tiempo. La aldea casi ha sido reducida a cenizas en su totalidad, tienen mucho trabajo por hacer, y quedan muy pocos. Frederick decidió mandar de nuevo emisarios para alertar de la acontecida desgracia, a sus vecinos aliados. Ya habían perdido esperanza de que alguno de los que fueron enviados al comenzar el ataque, consiguiera llegar a su destino. Fueron uno al sur, y el otro al este, también tratarán de recabar ayuda de sus aliados, todo lo que les puedan enviar será bien recibido. Es mucha la tristeza y son muchas las heridas por curar, al menos estarán largo tiempo ocupados, más tarde tendrían el tiempo para lamentarse y lamerse las heridas.

En el amanecer que estaba ya próximo, caminaban. Durante el amargo camino de regreso a la cabaña del buen Dhilos, apenas hablaron entre ellos. Eorden marchó con ellos acompañándolos, ayudando a llevar en brazos, el cuerpo inerte, pero con aún con vida de Draill. Habían ayudado en lo posible a los pocos supervivientes de la masacre de Ryuminyel hasta poco antes del alba. Se habían mantenido tan ocupados con tanto por hacer, que entonces la muerte del enano se les había dibujado lejana e irreal en el recuerdo. El peso de la pena se les hacía más insoportable con cada paso, y aunque tenían tanto por hablar los dos amigos, nada se dijeron entonces.

Pero lentamente, Elham veía cada vez más mermadas las fuerzas, y más tarde que pronto empezó a pensar que además de las decenas de heridas de los cuervos que le habían vendado antes de marcharse, había algo más. Y ciertamente lo había: En su antebrazo izquierdo había una minúscula herida, y ciertamente esta no era una herida nada común; era una herida de una de las dagas de Umiel. Concretamente aquella era la daga que Umiel usaba para causar la muerte silenciosa, y muchas de sus víctimas ni sabían que habían sido heridas y se creían aquejados de una extraña enfermedad que acabaría por llevarse sus vidas de una manera aún más triste y agónica. Tan sólo Umiel conocía la fórmula de aquel letal veneno que en sí carecía de subterfugio o magia, pero no había forma de arrancárselo uno del cuerpo una vez penetraba en la piel, y además por increíble que pudiera parecerte dominaba de tal manera la elaboración del veneno que podía ajustar la fórmula y le permitía calcular el momento de la muerte a través de la constitución del objetivo. Umiel era de los pocos que conseguía sorprenderme a la vez que me horrorizaba con sus letales artificios. Diseñó y encantó una daga hecha para no causar dolor y silenciosa en su vuelo, y dominó el uso de un veneno a mi juicio poco menos que perfecto. 

LIBRO PRIMERO

Cuando amanece la locura

Prólogo

Hubo un momento en el que el pequeño Pan me preguntó acerca del caos, qué es el caos. Como respuesta, le insté a recoger un puñado de piedrecillas de la orilla del río. El muchacho extrañado tras un breve momento de duda, partió de mi lado y recogió buena...

Cuando amanece la locura

Quédate, toma asiento aquí junto al fuego. Calienta bien, pero ilumina poco, y la noche aún es fría pues dista el amanecer. Y como contador de historias, déjame contarte la mía propia, si tienes a bien escucharla de mis labios. Quédate, pues es mi deseo...

La noche de la tormenta

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem. Hubo una noche en la tormenta; noche de tormenta quizás te habrían dicho otros… Amigo mío, voy a comenzar mi relato hablándote del regreso de un soldado a su hogar. Aquel soldado regresó tras largo tiempo...

Desesperación

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem.  Elham despertó sobresaltado. Despertó en las calles de Ryuminyel, en aquel frío de mañana, viéndose a sí mismo cubierto de harapos, hambriento, y la angustiosa sensación de soledad y vacío que no se le...

La sombra de un padre

En aquel amanecer caminaba de nuevo, y de nuevo encadenado. Las mismas cadenas, distinto captor. Tomaron dirección a la salida del oeste de la ciudad, sabía que el terco enano lo conducía a su hogar, a su verdadero hogar. A varios cientos de metros,...

El guardián del templo

Los muchos días que siguieron a aquel primero en que tuvo aquel extraño sueño, fueron agotadores. Esos días sirvieron a Elham para entrar en contacto con la realidad. El enano lo sometió al más duro de los adiestramientos, del que fue capaz con su a veces...

La falsa llama

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem.  Draill despertó del letargo en el que le sumió el agotamiento, al amanecer. Aún estaba muy agotado, pero se sintió seguro de poder caminar al ritmo de los demás. Contemplaba absorto, a Elham que...

Desidia y desdicha

Al acercarse el atardecer del séptimo día, Eorden ya había finalizado los preparativos para la ceremonia del funeral del enano. Pan lo había ayudado con la colocación de las antorchas, trazando un gran semicírculo sobre una pequeña colina cercana al río....

Requiem

Está soñando. El viejo enano ante él. Arrojando leños a una chimenea en medio de la nada, donde hace tanto frío… y tan sólo las ascuas, arrojan un poco de calor para calentar el cuerpo. El viejo se gira, y le sonríe. *** —¡Despierta! ¡Despierta! —Oyó,...

Mala sangre

La media docena de sanadores, surgidos de la nutrida comitiva de los elfos de Shatrath, atendían las heridas de la víctimas del ataque que no habían sucumbido a las dagas de Umiel. Muchos entre ellos morirían pocos días más tarde a causa del veneno...

El hombre sin corazón

Uno podría fácilmente llegar a pensar que ocurrió de una manera rápida, si bien no de forma inmediata, al menos con el transcurso de largos años. Pero no ocurrió de aquel modo. La esencia de Nirvaeth, aunque no gozaba de forma alguna, se hallaba en aquel...