El guardián del templo

Los muchos días que siguieron a aquel primero en que tuvo aquel extraño sueño, fueron agotadores. Esos días sirvieron a Elham para entrar en contacto con la realidad. El enano lo sometió al más duro de los adiestramientos, del que fue capaz con su a veces grotesca imaginación. Dragorax siempre tuvo el objetivo en mente, de recuperar al hijo de su mejor amigo en cuerpo y espíritu. El espíritu habría de ir primero en orden, y para ello hubo de destrozar su cuerpo, pues necesitó que dejara de pensar, para centrarse en el agotamiento constante y extremo de sus dormidos músculos. Y muchas lunas necesitó hasta, que lo vio conciliar de nuevo un sueño reparador. Para entonces había perdido todo el peso sobrante, fruto de la mala vida, y el alcohol. Con orgullo contempló cómo había recuperado la forma que recordaba de él, después completaría la obra de Dhilos; debería moldearlo a su gusto. 

Dragorax muchas veces lo miraba de una forma extraña, también cuando era un crío. Le costaba identificar la naturaleza de aquella mirada, si tuviera que arriesgar, diría que el enano los consideraba indignos, a él y a su hermano, de ser hijos de quien eran. También estaba seguro de que, si estaba en lo cierto, su hermano gozaba de un mayor merecimiento. Recordando lo ocurrido, la noche de su regreso habían roto algunas barreras entre ambos. Casi podría decir que se había sentido unido a él, pero estaba completamente seguro que hoy le haría recordar gran parte del repertorio, de sus mordaces comentarios.

Aquella situación no le importaba, ni esta, ni muchas. Los años le habían hecho ver que no era en absoluto importante lo que piensan de uno, más importante sí que era la opinión que uno tenía de sí mismo. Había aprendido a no querer cambiar a la gente, a mezclarse sin resistirse a la corriente. Poco a poco aprendía a vivir con el recuerdo de la muerte de los que eran sus amigos, valorando cada nuevo latido de su corazón, cada bocanada de aire, cuando no hacía tanto tiempo se habría arrojado a los brazos de la muerte. Dragorax dejó su hacha contra una de las paredes de la cabaña, y se colocó frente a Elham.

—Sólo puedo pensar cuando estoy sólo, y mejor mientras blando esta hacha mía, con mis propias manos. ¿Sabes muchacho? Le he estado dando vueltas al sueño tuyo, tras el primer día de tu intento de regreso al buen juicio… He pensado que es posible que tu padre desde donde quiera que esté, te esté haciendo ver cosas que necesitas saber del pasado. —El enano se tomó un tiempo, mientras Elham lo observaba con atención.

—Es la única explicación que le veo, muchacho. —Dijo convenciéndose a sí mismo.

El joven admitió para sí mismo, que esa posibilidad le había pasado por la mente. Pero desde había tiempo se sentía extraño, era como si por las noches viajase muy lejos y por las mañanas, al despertar, no lograse recordar nada. Cree que todo tuvo su comienzo, cuando vio a la rosa y a la muchacha, en el campo de batalla.

—Existen muchas cosas que no sabes. Cosas referentes a tu padre, cosas referentes a ti también. Pensaba protegerte unos años más, hasta que estuvieras más preparado. Pero tu destino parece perseguirte, y temo no te va a dar tregua…

El enano pareció dudar un instante, como queriendo olvidar el camino que acababa de iniciar. Callar quizás, y dejar que las cosas fueran más fáciles. 

—¿Recuerdas el lugar del bosque que Dhilos os tenía prohibido, a ti y a tu hermano?

Elham asintió. Lo recordaba muy bien, a su hermano y a él nunca se les quitó de la mente aquel lugar al que llegaron cuando jugaban siguiendo a su padre por el bosque. Los hermanos descubrieron otro templo al seguirlo, no muy distinto al que acudían las gentes a rezar antes de perder la costumbre, y donde su padre había ordenado a la pequeña Aimiel como sacerdotisa de Dhemeides.  

Pero su travesura tuvo mal resultado. Su padre les dio una tremenda paliza cuando los descubrió, aún entonces le duelen las heridas. Son de esas que, sencillamente, no pueden sanar. En medio del dolor y de la angustia, vio que su padre también lloraba mientras les pegaba. No era como otras veces cuando habían hecho alguna otra travesura propia de críos, lo veía en sus ojos, y en la fuerza que imprimía en sus golpes. Aquella vez era distinta, y nunca más se le ocurrió seguir a su padre, ni mucho menos dirigirse a aquel lugar. Su hermano si volvió al lugar, lo hizo años más tarde. Jamás volvió a verlo. 

—Bien. Porque hoy vamos a ir a ese lugar. —Dijo el enano.

—Deja que se quede aquí el perro. Nos vamos ahora mismo. 

***

Caminaron por sendas que a Elham le eran conocidas, y pronto también por otras que no le eran tanto. Hasta que llegaron a la montaña que tantas veces vio de lejos entre los árboles milenarios, y la que sólo una vez contempló de cerca. A pie de la montaña entre la fastuosidad de la densa masa de vegetación, había una gran puerta, una puerta dorada. 

—Es el momento. —Dijo el enano ante la puerta

—Coloca la palma de tu mano derecha aquí. —Señaló un extraño símbolo en relieve situado en el centro de su superficie.

—Siento como él nos está mirando. Tu padre así lo desea muchacho, no lo hagamos esperar. 

Elham observó al viejo enano. Él también había tenido la misma sensación, pero era ahora que la veía en él, cuando supo que era tan real y tangible como que ellos mismos se encontraban ahora mismo en aquel lugar.

—Entonces no lo hagamos esperar. —y mientras contestaba, una sonrisa se asomó a sus labios, respiró profundamente e hizo lo que el viejo enano le había indicado.

Tan pronto como tocó el símbolo esté se iluminó con una potente luz dorada, entonces las puertas comenzaron a retirarse lentamente, franqueándoles el camino. Dragorax había cargado un petate antes de comenzar el viaje con una lámpara que cargó con aceite junto con una cantimplora con agua, una manta y algo de carne seca envuelta en hojas.  Rápidamente encendió la lámpara. Cruzaron el inmenso portal de entrada. Un aire frío y antiguo corría hacia el exterior en un enorme corredor que se perdía en la distancia. La luz de la vieja lámpara de aceite que portaba Dragorax titilaba, como queriendo amenazar con apagarse en cualquier momento. 

—Este es uno de los templos erigido antaño en honor al dios de la eternidad, dicen que al final de la segunda edad. Uno de los muchos de entonces. Como sabes, ofrecido al dios que tiene por nombre Dhemeides, sólo que no es un templo como tal pues el dios lo utilizó como prisión de la esencia de dios de la guerra. Es complicado de explicar muchacho, pues yo mismo no lo entiendo bien del todo, pero en resumidas cuantas tu familia desde hace milenios está vinculada a este lugar sagrado. Como descendientes de Ackaloth, durante generaciones habéis servido como guardianes, y venerado este lugar de antiguas tradiciones. Tu padre era el heredero de línea sucesoria directa de la estirpe. Antes erais muchos, y hoy sólo quedáis tu hermano y tú. —Tras decir esto Dragorax quedó con el semblante entristecido.

—¿Quién era Ackaloth? Quiero decir… el primero.

—Bien dices el primero. Pues era uno de los semidioses que participaron en la batalla de los diez planos, en el final de la segunda edad. Las historias hablan que fue tutelado por el dios de la eternidad.  

—¿La batalla de los diez planos? —Volvió a preguntar Elham.

—Poco se sabe de aquellos tiempos, lo que yo sé es que los dioses tomaron parte en el plano de los mortales, muchos de ellos encarnaron parte de su esencia en un mortal.  La razón por la que lo hicieron, no la conozco. En cambio, sí sé, que no todos los dioses participaron de nuestro mundo. Cada uno de estos semidioses estaba sujeto a su propia mortalidad, y la mayor parte de ellos murieron en aquel enfrentamiento.

—Dhemeides, la esencia de la eternidad, representa lo que llamamos el bien, buscó el concurso de los mortales para la liberación de los reinos de Ioria del yugo del Caos. Lo hizo tras la muerte de Abel. Para ello pidió a los dioses del primer orden, parte de su esencia, para contenerlas por separado en objetos de gran poder, que son conocidos como arcanos. Cada uno de los diez dioses: cinco de lado del bien, otros cinco del lado del mal; eligieron un campeón entre los mortales al que hicieron entrega de su arcano. Los dioses se llevaron cada uno de sus campeones a su plano de existencia, y durante muchos, muchos años, no se volvió a saber nada de ellos. 

—¿Planos de existencia? —Se interesó extrañado Elham.

—Poco se sabe de estos lugares muchacho, lo que yo sé lo sé por lo poco que me habló tu padre de ello. Se dice que son lugares muy extraños, a los que no se puede llegar, y donde no rigen las leyes que nos son naturales. Cada uno de los dioses es omnipotente en su plano y ningún otro dios puede intervenir en él. Con el tiempo los campeones regresaron, muchos de ellos cambiados en espíritu, de tal forma que algunos de ellos no pudieron ni tan siquiera reconocerlos como otrora habían sido. Desde entonces se los conoció como semidioses. Los diez hubieron de luchar entre sí, en que el que en estos tiempos se conoce como el valle de la batalla de los diez planos. 

—Pero… ¿Por qué? —Le interrumpió. —¿Por qué hubieron de luchar entre sí, y no combatir juntos al enemigo que les era común?

—Creo entender que Dhemeides buscó entonces, al más apto entre ellos. No distinguió entre las razas, y no eligió el mismo. El vencedor de la lucha, fuera quien fuera entre ellos, sería el adalid de Dhemeides, y se le conferiría un gran poder pues sacrificaría una parte de su esencia para ello, y del que nada puedo contarte, porque no se nada en realidad. De la batalla, sé que fue aquella una lucha encarnizada, y que se prolongó por muchas lunas, y que algunos de aquellos campeones perecieron en la pugna. Algunos de los supervivientes al enfrentamiento tuvieron descendencia, como lo es tu familia, descendiente de aquel semidiós que tenía por nombre Ackaloth.

—¿Sabes quién resultó vencedor? —Preguntó con curiosidad.

—Ackaloth —Respondió el enano. —Pero tu padre me dijo, pues a través de las generaciones se transmitió como gesto de humildad, que Ackaloth no había sido vencedor justo en la lucha. Ya habiéndolo derrotado y teniéndolo a su merced, el último oponente de Ackaloth, se retiró de la lucha saliendo del valle que los confinaba.

Elham quedó perplejo ante aquella revelación. Se quedó cavilando y asimilando largamente mientras caminaban. Pronto el joven descubrió que el templo se internaba en las profundidades de la tierra, cuando el enano lo condujo en el interior de la soberbia construcción, hacia una gran escalera espiral que hendía en la piedra. En todas las superficies de aquel templo se dibujaban grabados que rememoraban antiguas batallas, gestas heroicas y efigies de nobles guerreros que sobrevivirían a los años en aquella piedra. En más de una ocasión el humano creyó descubrir que un nuevo grabado aparecía en una pared haciendo que los demás se amoldarán a él. Durante largo tiempo sólo bajaron por sus peldaños. Ninguno despegó los labios, el enano parecía muy concentrado en cada uno de los pasos que daba, con todos los sentidos alerta. Ambos temían romper el sepulcral silencio que los rodeaba. Elham seguía los pasos del venerable anciano, estaba seguro de que el viejo amigo de su padre, había estado en aquel lugar en más de una ocasión. Fueron innumerables los pasillos que no atravesaron, y las puertas que no franquearon, tan sólo descendían por la imperecedera escalera espiral de piedra.  

Finalmente llegaron a lo que parecía el nivel principal del santuario, la escalera había terminado junto a un enorme portal de bronce. Las gigantescas planchas de metal carecían de adorno alguno, tan sólo dos anillas a la altura del pecho corrompían su inmaculada superficie. Tras aquel nuevo portal, el silencio. El enano permaneció unos instantes, completamente inmóvil. Elham lo observó expectante sumido también en el mutismo. Se sentía inmerso en un extraño ambiente místico y cargado de cierta sacralidad.

—Vamos muchacho, has de ayudarme. Yo ya estoy algo viejo.

El joven humano adelantó unos pasos y se colocó junto al enano, sujetó su anilla con ambas manos y ambos tiraron de ellas con todas sus fuerzas. La puerta se deslizó lentamente haciendo un ruido ensordecedor. Toda la estructura del templo retumbó estremeciéndose. Ocurrió entonces que, mientras los dos se esforzaban en desplazar el enorme peso de la puerta, una densa niebla comenzó a penetrar por el espacio abierto. Le pareció escuchar el clamor de una batalla lejana, gritos de guerra, el choque del metal contra metal. El muchacho reaccionó instintivamente, e intentó franquear el portal llevando su mano derecha a la empuñadura de su espada. Dragorax lo detuvo, interponiéndose rápidamente en su camino.

—Escúchame con atención. —La voz del anciano sonó tremendamente grave.

—Hasta aquí puedo acompañarte, No me está permitido avanzar más, casi muero la vez que lo intenté, juré al mismísimo Taedrom que jamás volvería a intentarlo. —y señaló la cicatriz que le surcaba el pómulo derecho. 

 —Hace muchos años ya, esperé a tu padre en este mismo lugar, del mismo modo en que lo hago contigo ahora. De lo que habrás de encontrar más adelante, nunca he sabido. En cambio, puedo decirte que siempre que Dhilos regresaba, lo hacía siendo mucho más fuerte de lo que era.

—¿Es eso lo que quieres de mí? ¿Qué sea más fuerte? —Preguntó con cierta indignación en el tono de su voz.

—¡Es lo que necesitamos muchacho! —Contestó Dragorax con un bramido que retumbó por todo el lugar. 

—Es lo que necesitas. —Replicó Elham —y quizás también lo que necesitan los demás, pero no lo que yo quiero. No he nacido para convertirme en la sombra de mi padre.

 —Es tu destino ¡Cumple con él! ¡Haz que los dioses envidien tu vida! ¡Que tus acciones tengan su eco las edades que han de venir! ¡Sabes que yo no puedo, que mataría por estar en tu piel! —Dragorax continuaba y continuaba bramando encolerizado, estaba totalmente rojo de ira y con la barba empapada en saliva.

  —Usa a mi hermano, búscalo y sírvete de él. Encaja mucho mejor con la marioneta que necesitas —Era totalmente cierto, Aramarth era la viva imagen de su padre. Sin dudar, seguiría los consejos del anciano enano, para convertirse en el guerrero que todos necesitaban. 

El enano se quedó callado de repente.

—Ya lo hice… …y no ha vuelto. —Terminó por decir.

—¿Cómo has dicho?

—Entró por esa puerta, y nunca regresó. —Dijo con un hilo de voz.

Aquella revelación dejó a Elham totalmente sin palabras. Su hermano estaba prisionero, o quizás muerto, en aquel lugar. Recordó la vez que vio por última vez a Aramarth, sonriente, marchaba a enrolarse en el ejército de la alianza unos meses antes de que él lo hiciera, siempre lo había deseado, desde que era un niño. Lo había imaginado aún en el Norte, hostigando al enemigo que amenaza todas nuestras vidas, haciéndose merecedor del orgullo de todos los que le conocían. El nunca imaginó que iría tras sus pasos más tarde, él no era igual, la guerra nunca lo había atraído tanto como a su hermano menor. Pero aquellos eran tiempos de necesidad, y no se sintió cómodo mientras otros jóvenes como él se alejaban de sus familias, para engrosar la defensa del muro de norte. Quería a su hermano, lo respetaba y admiraba, nunca se perdonaría no hacer nada para salvarlo. El muchacho cruzó entonces el portal. Lo hizo sin mirar al enano, no replicó, ni dijo nada más, tan sólo caminó hacia delante. 

***

Tras el umbral del portal todo era bruma y silencio, y un intenso olor a humedad. La niebla tan densa, que apenas andados unos metros, cuando se volvió, no pudo ver la puerta que había cruzado. Elham caminó alerta, con la espada desenfundada, y presta para responder a un ataque. Pero, conforme avanzaba el tiempo, se dio cuenta de que pese a la reinante sensación de peligro que podía sentir en la atmósfera, nadie le atacaría, pues de alguna forma supo que aquella no era la naturaleza de aquel peligro acechante. Continuaba escuchando los sonidos de la batalla aún lejanos. Caminó atravesando la inmensidad de las estancias y descendiendo por los peldaños de anchísimas escalinatas, sin conocer donde había de dirigirse. No podía relajarse, hacerlo podía resultarle fatal. Transcurrió el tiempo que cada vez se le hacía más y más difuso, y la situación continuaba igual. Sólo tenía la emoción del incipiente peligro, como compañera.

De repente, como surgida de la bruma una mano se agarra a su mano izquierda. Está muerto, pensó. Se giró tan rápido como pudo, asestando un golpe forzado con la empuñadura de su arma. Era un niño. Ha golpeado a un niño. Y entonces, ya yacía en el suelo, tal vez inconsciente pero no muerto. No debía tener más de siete u ocho años de edad, y era delgado y rubio, muy rubio. Vestía una túnica, roída y gris. Tras el momento de vacilación de Elham, el niño se levanta. Un poco aturdido sí, pero fue rápido entonces, y no pareció haber salido mal parado del tremendo golpe recibido. 

—Hola. —Saluda tímido.

—¿Qué haces en este lugar…? ¿Cómo has entrado aquí?

—Creo que me he perdido. —Contestó. —No sé, donde estoy, estaba en el bosque, y… unos animales me atacaron. No sé cuánto tiempo llevo en este lugar.

—¿No sabes dónde están tus padres? —Preguntó Elham preocupado.

—No tengo padres —Contestó entristecido y cabizbajo. Y por un momento el joven pensó que brotarían lágrimas de sus ojos, pero entonces le surgió una nueva idea. Una, que de alguna manera respondía a un propósito que tenía olvidado, y por aquella razón le pareció oportuna y necesaria de practicar. 

—¿Me dejas que te acompañe? —Suplicó a Elham. Y Elham no supo que contestarle en aquel momento; todo le parecía muy extraño. Sabía que era prudente obligarse a no confiar en su inocencia, aunque todos sus sentidos le instasen a ello. El lugar y la situación en la que se había encontrado a aquel niño, no eran desde luego habituales. Pero aquel niño le inspiraba mucha compasión, pues lo veía muy sólo y desvalido. 

—Tengo miedo de los lobos… ¿no los oye señor? —Dijo el niño. Elham sólo negó con la cabeza, y con ello quebró el brillo de ilusión, en el iris malva de sus ojos del color de las violetas. Pero no pudo negarse al ruego de un chaval, que sólo conocía de la soledad. Que entonces, lo miraba expectante con ojos tristes, y a la vez, cargados de ilusión ante la perspectiva de compañía, que lo librase de la soledad. Quiso decirle que lo que escuchaba no eran lobos, que era el sonido de la guerra y que aquel era un sonido que conocía bien. Pero se le ocurrió, que, en realidad, ninguno de los dos estaba escuchando algo real. Confió en su instinto. Así que no dijo nada en absoluto y tomó al niño de la mano, y este lo siguió dócil. Y juntos caminaron entre la bruma, hasta que llegaron a una inmensa cámara, horadada en las profundidades de la tierra. Una ciudad entera, tendría cobijo bajo su bóveda. Cinco enormes pilares sujetaban toda una gigantesca estructura, que soportaba todo el peso que tenían por encima. Había algo enorme también en el centro de aquella cámara, intrigado se dirigió hacia ese lugar para averiguar de qué se trataba. 

Ante él se encontraba una inmensa estatua de un metal que sólo podía ser Irv, blanco, puro e imperecedero, liviano como el cristal, duro como el más noble acero. Tan alta como tres hombres de buena estatura, que representaba una bicéfala figura alada. Representaba a dos formas con un mismo rostro, mirando cada uno a un lado, y unidos en un cuerpo común. Rostros de una belleza tal, que rozaban la irracionalidad y que avergonzaban sus sentidos. El que miraba a la izquierda tenía la expresión que sólo una inteligencia cruel es capaz de mostrar. Sus rasgos pronunciados y la mandíbula abierta, forzaban su rostro en una mueca horrenda que invitaba al terror más absoluto. Sus colmillos eran largos y afilados como puñales, y cuanto más lo contemplaba, más le parecía que lo miraba de soslayo, como dispuesto a abalanzarse sobre la nueva presa que era el observador. Por el contrario, el que miraba hacia la derecha expresaba infinita benevolencia. Su dulce mirada se perdía en los cielos, ausente de todo cuanto acontece, en aquel lugar y en todos los demás. Y aquel que lo miraba sentía el impuro deseo de atraer su atención, pero inmediatamente se sentía indigno, y caía en el llanto. Cada uno de sus brazos lo invitaba a adentrarse en el camino que presentaban, más el derecho parecía dispuesto a agarrarlo y arrancarlo del lugar donde se encontraba, mientras que el izquierdo, tímido, aguardaba. Las dos alas, tan grandes como las de los dragones más ancianos, se extendían en toda su esplendorosa magnificencia. Parecían dispuestas a ocupar plenas, todo el espacio que dista, entre ellas y los cielos. Delante de la estatua otra figura de mucho menor tamaño, que parecía representar al dios de la guerra. Enfundado en una armadura de metálicas espinas, que no dejaba descubrir nada de él, sujetaba con sus dos manos la empuñadura de una inmensa espada que se hundía en el suelo de la cámara.

—Inconmensurable, hermosa… y aterradora. —Susurró Elham entre dientes.

—Es la estatua de Dhemeides, dios de la eternidad, y el cautivo de Dhemeides, Arno, dios de la guerra. —Dijo el chico. 

—Lo que sientes al verla es el miedo a la vida eterna, en un sentido seductora, y en el otro abominable en la perspectiva de una pena sin fin. Ofrece dos caminos. Uno de ellos te conducirá a un lugar donde el tiempo no pasa, podrás permanecer en él, el tiempo que desees, pues tu cuerpo no envejecerá, y te enriquecerás con las experiencias que allí vivas. Muchos descendientes tuyos lo utilizaron para dominar la espada, el conocimiento o la magia. Pero has de tener cuidado. Muchos se quedaron allí por siempre, pues olvidan quiénes son; y aquello que les condujo, a este lugar extraño donde se enturbia su pensamiento. El otro te conducirá a un lugar donde el tiempo transcurre muy lentamente, tanto que los minutos cuentan por años, y los días como edades. Serás consciente de todo cuanto acontece, testigo de todo lugar y tiempo. A tu regreso, más sabio, conocerás un destino del que de otro modo te habría sido negado, pero vivirás en un tiempo que no es el tuyo, ya libre de las ataduras del pasado. También en este camino has de tener cuidado, pues habrá un día en el que el tiempo y tu existencia, dejará de ser. Has de saber, que un camino u otro, son la causa de la desaparición de gran parte de tu familia, pues muchos se perdieron en sus propósitos.

—Tu padre estuvo aquí algunas veces. Muchas veces, hasta que empezó a tener miedo de olvidarse de aquello que le era querido, quizás sus hijos y el recuerdo de una esposa, y ya nunca más regresó después a este lugar para adentrarse tras este portal. Durante siglos estudió y practicó el arte noble de la espada, y llegó a dominarlo tras su participación en varias vidas transcurridas en su entendimiento. Esto le convirtió en el guerrero que muchos glorificaron. Muchos le deben la vida, y será largamente recordado. 

—¿Cómo sabes todas estas cosas? —Preguntó al niño, mirándolo extrañado, como aquel que descubre un fantasma emergiendo de la sombra. Le inquietaba cada palabra pronunciada por aquel niño que no podía saber nada de su padre, pues distaba mucho de su tiempo… alguien debía haberle contado de aquellas cosas de las que hablaba, y que ahora le repetía a él.

—Me lo dice él. —Dijo como adivinando el discurso de su pensamiento, y seguido, le señaló a la estatua de Arno.

Me resulta una graciosa paradoja, puesto que el niño-dios se encontraba ante su propia efigie que representaba a su esencia en todo su esplendor. Llamaba la atención sobre todo la cabeza puesto que tenía dos rostros que miraban opuestos. El que miraba a la derecha era todo benevolencia. Pero mirarlo, te hacía sentir impuro pues representaba el don de la inmortalidad que es la esencia pura de Dhemeides. Mientras, el que miraba a la izquierda, infundía terror pleno pues en la boca se clavaban colmillos como puñales y su mirada era voraz como la de los lobos hambrientos de los que huía el muchacho. Este rostro representaba la impureza de la esencia de Dhemeides, del que como un voraz vampiro sacrifica la sangre de otros para la propia subsistencia. Aunque Elham no escuchaba el aullido de los lobos, doy por cierto que aquel entonces indefenso niño, sí los escuchaba. Eran los lobos de su esencia, a los que aún combatía, todavía puro. 

 

***

 

El viejo enano esperaba ante el umbral tras el que había desparecido Elham. Minuto tras minuto se consumían ante el portal, y su impaciencia aumentaba con el fin de cada uno de ellos. Elham ya debería haber regresado ¿ocurriría igual que con su hermano? El sólo pensarlo le provocaba un nudo en la garganta. Se sentía responsable de los muchachos, sabía que poco le había faltado para obligarlos a entrar al templo y aunque no existía ninguna otra alternativa, la necesidad no mermaba su responsabilidad hacia ellos. Andaba nervioso de un lado para otro, tratando de no pensar en la desgracia, mientras atusaba su larga barba blanca. El fin de la estirpe de Dhilos, sin duda un mal presagio en aquellos tiempos inciertos y bajo la sombra de aquella gran amenaza.

Andaba y andaba cavilando cada vez más cabizbajo, cuando de repente la puerta sonó atronadora. Se estaba abriendo. Corrió para ayudar a Elham con todo aquel peso, pero ya estaba abierta. Elham salía de ella, y un extraño niño rubio detrás.

—¡¿Quién es este?¡ —Preguntó, mientras enarcaba de manera ostensible sus pobladas cejas.

—Lo encontré en el interior, está perdido.

—La primera vez que tu padre regresó de un viaje tras el portal, trajo consigo su espada. Uno de los pocos metales forjados por los elfos que aún causan envidia entre los herreros enanos, la única espada que blandió vuestro antecesor, pérdida hace más de 700 años. Hoy tú, en cambio, regresas con un niño perdido —. Dicho esto, resopló con desgana—. Quizás te sea conveniente regresar ¡a ver si encuentras un sonajero para divertir al crío!

—Quizás Ackaloth la dejó allí para que nadie la encontrara. —Repuso Elham.

Esto hizo pensar al enano que se quedó reflexionando. Tenía cierto sentido, pero también podía ser que la hubiera dejado allí para que la encontrara un sucesor. En todo caso no conocía la situación ni los pormenores, en los que su amigo se vio inmerso al encontrar la espada. No sabía lo que había detrás de aquella puerta que no pudo franquear, y creía que nunca lo sabría.

—¿Cómo te llamas jovenzuelo? —Le preguntó casi como gruñéndolo.

—No me acuerdo señor. —Contestó el muchacho.

—Vaya, vaya, no te acuerdas, que conveniente. Seguro que te has escapado de casa, te llevaremos a la aldea, Ryuminyel ¿te suena este nombre?

—No. —Contestó nervioso.

—Ya lo veremos. Quizás allí alguien te conozca.

—Yo me haré cargo de él, si nadie lo reclama. —Intervino Elham.

—¿Tú? Si no puedes cuidar de ti mismo… además ya tienes un perro. Al chaval parecía caerle simpático el enano, pues no dejaba de sonreírlo y por mucho que este lo gritara, cada vez le sonreía de una forma más directa. Elham llegó a creer que el enano se volvería completamente loco, y tendría miedo por el chico, si no tuviera la menor duda de que el enano no le haría jamás ningún tipo de daño.

—Hasta que sepamos algo de ti… ¿Qué te parece si te llamamos Pan?

—¡Me gusta! —Dijo el chaval mientras asentía muy contento.

—Pues muy bien, Pan. Me llamo Elham y este enano gruñón que ves, se llama Dragorax. Nosotros cuidaremos de ti, al menos hasta que recuerdes quien eres, y encuentres a algún familiar que pueda hacerse cargo de ti.

Del carácter de Elham te diré que el rasgo que lo diferenciaba de todos los demás, era que no creía en el poder de una gran magia para cambiar los acontecimientos, y es por eso mismo que rechazó la entrada a ninguno de los portales del templo en aquel entonces. En el futuro, incluso siendo portador del artefacto más poderoso de la creación, nunca dependió, ni creyó en él, siquiera para nuestra su propia supervivencia. No creía en su fuerza, o su intelecto, no creía en nada en realidad. No es que negara su existencia o utilidad, es que simplemente no esperaba nada de las cosas, de nada ni nadie. Elham, hacía lo mejor que podía, o sabía, lo que creía que debía hacer. Así era el eco de la desesperación en mis días; contemplaba el mundo a su alrededor, y reaccionaba indiferente a él sin esperar nunca a que este cambiase. 

A final de cuentas, el viejo enano siempre refunfuñaba hacia afuera, pero se enorgullecía sobremanera del muchacho. Además, Elham había sufrido una gran transformación al cruzar el umbral, y esta era apenas perceptible a ojos de los demás; pero conocer mejor después de todo aquel tiempo la manera de pensar de Dhilos, había hecho que se alejase a fin de la alargada sombra de su padre, para recorrer su propio camino.

Al salir de aquella la casa de Dhemeides, Elham, Dragorax, y su pequeño nuevo amigo Pan, contemplaron desde su altura una distante columna de humo negro casi perdida en el horizonte. Atardecía, pero aun así distinguieron bien su origen. Tanto Dragorax como Elham, temieron lo peor; las antes tímidas incursiones procedentes del norte, habían alcanzado a la aldea. Su amada Ryuminyel quizás entonces… era pasto de llamas. 

 

LIBRO PRIMERO

Cuando amanece la locura

Prólogo

Hubo un momento en el que el pequeño Pan me preguntó acerca del caos, qué es el caos. Como respuesta, le insté a recoger un puñado de piedrecillas de la orilla del río. El muchacho extrañado tras un breve momento de duda, partió de mi lado y recogió buena...

Cuando amanece la locura

Quédate, toma asiento aquí junto al fuego. Calienta bien, pero ilumina poco, y la noche aún es fría pues dista el amanecer. Y como contador de historias, déjame contarte la mía propia, si tienes a bien escucharla de mis labios. Quédate, pues es mi deseo...

La noche de la tormenta

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem. Hubo una noche en la tormenta; noche de tormenta quizás te habrían dicho otros… Amigo mío, voy a comenzar mi relato hablándote del regreso de un soldado a su hogar. Aquel soldado regresó tras largo tiempo...

Desesperación

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem.  Elham despertó sobresaltado. Despertó en las calles de Ryuminyel, en aquel frío de mañana, viéndose a sí mismo cubierto de harapos, hambriento, y la angustiosa sensación de soledad y vacío que no se le...

La sombra de un padre

En aquel amanecer caminaba de nuevo, y de nuevo encadenado. Las mismas cadenas, distinto captor. Tomaron dirección a la salida del oeste de la ciudad, sabía que el terco enano lo conducía a su hogar, a su verdadero hogar. A varios cientos de metros,...

El hambre de los cuervos

Entrada al templo de Dhemeides, año 2439. Reino de Yheurisem.  Sin mediar palabra alguna entre ellos, echaron a correr.  El viejo enano y el chico, pronto quedaron atrás, y Elham redujo la marcha, hasta que el enano le dijo entre jadeos que continuase sin...

La falsa llama

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem.  Draill despertó del letargo en el que le sumió el agotamiento, al amanecer. Aún estaba muy agotado, pero se sintió seguro de poder caminar al ritmo de los demás. Contemplaba absorto, a Elham que...

Desidia y desdicha

Al acercarse el atardecer del séptimo día, Eorden ya había finalizado los preparativos para la ceremonia del funeral del enano. Pan lo había ayudado con la colocación de las antorchas, trazando un gran semicírculo sobre una pequeña colina cercana al río....

Requiem

Está soñando. El viejo enano ante él. Arrojando leños a una chimenea en medio de la nada, donde hace tanto frío… y tan sólo las ascuas, arrojan un poco de calor para calentar el cuerpo. El viejo se gira, y le sonríe. *** —¡Despierta! ¡Despierta! —Oyó,...

Mala sangre

La media docena de sanadores, surgidos de la nutrida comitiva de los elfos de Shatrath, atendían las heridas de la víctimas del ataque que no habían sucumbido a las dagas de Umiel. Muchos entre ellos morirían pocos días más tarde a causa del veneno...

El hombre sin corazón

Uno podría fácilmente llegar a pensar que ocurrió de una manera rápida, si bien no de forma inmediata, al menos con el transcurso de largos años. Pero no ocurrió de aquel modo. La esencia de Nirvaeth, aunque no gozaba de forma alguna, se hallaba en aquel...