Desidia y desdicha

Al acercarse el atardecer del séptimo día, Eorden ya había finalizado los preparativos para la ceremonia del funeral del enano. Pan lo había ayudado con la colocación de las antorchas, trazando un gran semicírculo sobre una pequeña colina cercana al río. Estaban dispuestas para ser prendidas en el crepúsculo, y poco antes llegó la comitiva de los elfos desde la ciudad del valle Lyoredan. Con aquel grupo creyeron que debían dar por concluida la vigilia, pues no esperaban ningún grupo más que se uniese a la nutrida celebración del funeral. Había llegado días antes la representación de Cambria, procedentes de la costa del oeste, y en la madrugada del día anterior un abundante grupo de enanos de Minas Parsadiak. Pequeñas delegaciones de las más variopintas procedencias, habían goteado durante aquellos siete días, todos harían un total de un par de centenares de asistentes. Todas las poblaciones cercanas, y sobre todo los enanos de Parsadiak, reforzaron fuertemente las defensas de la destruida Ryuminyel, con el apoyo de soldados y armamento con que poder defenderse del embate del norte si decidía insistir en el ataque por aquella brecha abierta. 

Humanos, elfos y enanos. Tres de las razas que, muchas veces fueron antes antagónicas en su historia, se unieron en su despedida a un viejo enano al que se conoció como Dragorax. El terco enano, que gran parte de su larga vida había dedicado a recorrer y mediar, con la compañía del padre de Elham, en la mayor parte de las disputas entre los pueblos del reino. Y bien que se sabía, que siempre era mejor no llevarle la contraria. Fue justo y siempre imparcial, incluso con los de su propia raza, y siempre se lo apreció por ello.

El sacerdote pronto quedó impresionado ante la presencia de altas personalidades de la ciudad del valle de Shatrath, nada menos que el regente y maestro forjador Antrazar, acudía en compañía de la rectora Niore y su hija Reizza, escoltados por una nutrida guardia en sus blancos corceles. 

Oh Antrazar, tú que constituías la realidad de una leyenda viva; un prodigio de inalcanzable arte entre los maestros de la forja entre los elfos. Más antiguo que los reinos; pues tus pies pisaban los reinos mucho antes de que tomasen forma las fronteras de estos. Y en la gran guerra contra Nirvaeth se le encargó la forja de uno de los tres filos, que habrían de derrotar al Caos que moldeaba el mundo. Y lo hizo valiéndose del calor de una estrella caída, creando una de las tres armas salidas entre los sueños de los mortales, más poderosas de cuantas han tomado existencia. Estaba allí mismo, ante ellos, en el funeral de un enano del que solo conocía de lo que le habían hablado de él. Mostró su respeto, si no por lo que le conocía… por lo que sabía había aportado a Shatrath; su ciudad adoptiva. 

Y aquel hecho, tuvo gran importancia para cuanto te he de contar. No sólo por lo extraño, pues no tenían por costumbre salir del abrazo protector de su inexpugnable fortaleza, oculta entre los escarpados picos de la defensa natural del valle, también lo fue por la naturaleza del viaje en sí y de aquellos quienes se desplazaron hasta allí. No niego, ni quiero decir que no sintieran aprecio por el enano, pues no era de tal modo. Aunque muchas habían sido las veces, que habían tratado aquellos elfos con el enano, en el ya distante pasado. Sobre todo, Niore, que era entre ellos la única en cuya aflicción se sentía verdad. Flanqueada por su jovencísima hija, que se limitaba a observar con descaro a todos cuando posaban ante sus ojos, y con cierto aire de desdén. Además, era descortés sin importar raza o credo, en todas las ocasiones que se le presentasen. Entre los elfos de su estirpe era rara, muy rara. Rara con rotundidad. Y tan sólo como muestra de ello, te diré que resaltaban sus ojos y el color de sus cabellos, que distaba mucho de los de sus congéneres, pues eran de un intenso rojo. Nada se parecía a su comedida madre, tan distante que evitaba incluso la mirada, pero siempre celosa y educada en el trato con los demás. Siempre destaqué a Niore entre aquellos que la acompañaban por su insigne temple, y porque en ningún momento jamás se la vio separada de un hermosísimo y larguísimo arco de blanca madera, casi de la misma envergadura que la alta elfa. Alta, incluso entre los de su raza, muy altos de por sí. Y su talento y maestría en el manejo de aquel arco, era algo de lo que siempre hablaban quienes la hubieran visto. El deber para con los que había de servir, siempre estaba presente para ella. Y por ello, jamás se alejaba del instrumento de su hacer. 

—Madre. ¿No habremos de hacer noche en esa destartalada cabaña de pueblerinos? ¿Verdad? ¿Me lo prometes? —Dijo la desvergonzada hija. Y Draill la entendió bien, pues dominaba el uso de su lengua, como de muchas otras. 

—Partiremos al alba Reizza. Puedes dormir allí, o no hacerlo. Es tu decisión, pequeña mía. —Contestó la madre intentando contener el llanto con gestos evidentes, pues eran perceptibles incluso en la fría expresión de la que hacía gala desde su llegada. Antrazar, que cabalgaba junto a ellas, bajó ágil del lomo de su bellísimo corcel y ayudó a descabalgar a Niore, y colocando su blanca mano de porcelana sobre su hombro, intentó darla algún consuelo. La joven elfa los miró atónita, con una mueca dibujada en su cara.

—Ja. Van a imaginarse que eres un asistente, Antrazar. —Y dicho esto se giró y empezó a repetirlo susurrándolo una y otra vez, para sí misma. —Unos pueblerinos piensan que es un asistente, ji, ji, ji … Unos pueblerinos piensan que es un asistente, ja, ja, ja … Unos pueblerinos piensan que es un asistente, ji, ji, ji … Antrazar, ja, ja ja. 

—Que rara es. Está loca. —Pensó. Y se habría divertido observándola largo tiempo, pero hubo de intentar despertar a Elham de su letargo. Tal y como conocía a su amigo, nunca se lo perdonaría si no asistía al último adiós del viejo enano.

Parecía tener mejor color. El descanso durante estos días le había sentado bien. Lo despertó, y aguardó su incorporación, mientras contemplaba la comitiva desde la ventana.

—El funeral de Dragorax, será este atardecer. Un par de horas restan. —Le dijo distraído para romper el hielo. —Parece que te encuentras mucho mejor, amigo. Es un alivio.

De repente, Elham que había intentado caminar, cayó al suelo. No lo vio tropezar, fue como si le hubiera dado un desmayo. Corrió rápido a asistirlo, y cuando vio su rostro, le pareció el de un cadáver. Tenía los labios amoratados, la piel muy blanca, le temblaban las manos. Los síntomas le eran familiares, buscó las heridas en su cuerpo. Localizó muchas, pero una le llamó especialmente la atención, en la parte derecha del abdomen; una rozadura apenas, pero a su alrededor la piel adquiere un extraño tinte. Elham había sido envenenado. 

—Elham ¿Quién te ha hecho esto? —le preguntó.

—Los cuervos, han tenido que ser los cuervos. —Draill que había visto múltiples heridas dispersas en la práctica totalidad de su cuerpo, le había parecido que todas estas estaban hechas por los afilados picos de las bestias del . Pero esta herida era muy sutil.

—Tiene que haber sido un filo, una espada quizás. —apuntó.

—Maldición… ha sido una de las dagas del asesino. —Y la vista se le emborronó para desvanecerse en una luz brillante, mientras pensó que había visto a Aimiel… y en aquel pensamiento, Elham perdió el equilibrio y al final, también el sentido.Y aunque en aquel momento, Elham creyó haber contemplado una mera alucinación, lo cierto fué que Aimiel había llegado desde la lejanía de Solius a tiempo para el funeral del enano. La muchacha, íntima amiga del hijo de Dhilos desde la infancia, llegó acompañada por el que sería su futuro esposo, Aldebarán, y una nutrida compañía de soldados que asegurarían su protección en las inseguras tierras del norte del reino. Se asustó al ver a Elham en aquel estado, y temió por su vida. Apenas tuvo tiempo para saludar a sus otros dos amigos cercanos, Draill y Eorden; de los que hacía muchos años no había tenido noticia alguna.  

—Elham… no. —Susurró. —Draill amigo mío… ¿Qué le ha ocurrido?. —Preguntó angustiada y cercana al llanto. 

—Me temo que ha sido envenenado por el asesino, aquel que asaltó con sus huestes la aldea de nuestra niñez… y el veneno ahora corre mortal por sus venas —Contestó lacónico el mago, tratando sin conseguirlo de evitar la manifestación de sus emociones.

***

Aimiel contemplaba absorta a su viejo amigo, preocupada hasta donde sólo una amante puede preocuparse, y lo hacía por él. Al verlo tendido en el suelo, indefenso, otra vez indefenso… el recuerdo de la sombra en el pasado de ambos consiguió aflorar en su recuerdo; en el recuerdo largamente enterrado de la que, en su tristeza, fue la más hermosa de las muchachas en aquellas tierras. Un recuerdo, de aquel tiempo en el que se sintió indefensa y abrumada. Tanto, como se sentía en aquel momento. Una flor bella, como lo fue ella, constituía en aquel mundo, cada vez más extraño, una de las más peligrosas maldiciones. 

En aquel tiempo que vino a su memoria, las vidas para las gentes de la aldea no eran en absoluto fáciles. Entonces tenía poco más de catorce años de edad, uno más que Elham, y las huestes de los orcos aún dominaban el norte del reino de Yheurisem. La pobreza caía con su pesada carga sobre las gentes, y el padre de Aimiel atesoraba en su egoísta lectura de aquellos tiempos, riqueza y abundancia, cuando a su alrededor las gentes morían de hambre. 

Dobro fue su padre. Se recordó por mucho tiempo su nombre. Aquel era un hombre egoísta y desalmado, y que se jactaba de su buen juicio, y que aprisionaba con el yugo de sus posesiones… a las gentes de Ryuminyel. Así se hizo con la posesión de la práctica totalidad de las tierras aptas para los cultivos. Tierras peligrosas en las que murieron por los orcos, muchos entre los que las labraban, pero que aún proporcionaban alimentos cuando estas no eran despojadas del alimento. Era exigente y cruel en exceso, incluso con su hija. La excusa de una disciplina necesaria, tanto para someter a los trabajadores como para instruir a la vástaga de sus entrañas, le servía como máscara. La madre de Aimiel se había quitado la vida al poco de nacer ella. Había logrado huir de él, haciendo que Dobro aprendiese de aquella experiencia, y aplicase aún más fuerza a la tenaza sobre los demás. Nunca permitiría que lo abandonasen de nuevo, de ninguna de las formas. Las pocas veces que se permitía hablar a la niña de su madre, lo hacía siempre mencionándola con desprecio e insultos. Débil, la llamaba muchas veces. Y nunca había de permitir que su ejemplo la enturbiase el juicio.  De modo, que sometía a la niña a numerosos quehaceres diarios en forma de tortuosos encargos que siempre había de cumplir. Aimiel lo soportaba con estoicismo, aunque fueran muchas veces injustos. Tareas, como la poda de las hierbas del extenso jardín, con unas simples y diminutas tijeras, eran muy habituales.

Un día de aquellos, bajo el encargo de traer agua del arroyo del río en dos enormes cubos, Aimiel fue atacada. Eran los hijos de la desesperación, que eran muchos de aquellos cuyos padres habían muerto en las tierras de cultivo, regentadas por el denostado Dobro. Almas rotas, abocadas a la muerte cierta, que se unieron en un desesperado intento por sobrevivir. A veces, eran incluso peores que los orcos, y la guardia de la ciudad los perseguía para darles muerte. En aquel crepúsculo eran muchos, pocos menos que una veintena, y caminaban muchos de ellos ebrios y despreocupados en las calles. Deambulaban, cuando encontraron sóla a la pequeña Aimiel, que regresaba azarosa del río habiéndose vista sorprendida por la caída de la noche. Todos seguían como corderos, al más cruel, que se deshizo en reverencias al ver a la niña.

—Princesita —La llamó el que parecía su cabecilla, atrayendo su atención. Era apenas un crío como ella también, pero era como la turbia cara de la misma moneda. Tenía su cuerpo cubierto de cicatrices, y el odio intenso por todo y por todos, no hacía esfuerzo en esconderse en su rostro.  

—¿Nos das unas monedas, princesita? —Le pidió en un peculiar y burlón tono, que le sirvió para reconocerlo. No había sido aquella la primera vez que lo veía. Creyó recordar que se llamaba Zabros, seguro que era ese. Aquel muchacho que junto con muchos otros, frecuentaba la plazoleta de las limosnas; aquel lugar donde al padre de Aimiel, acostumbraba a esparcir las migajas de cuanto, a juicio de otros, había mal ganado. Muchas veces ella iba con él, y no podía negar que en su inocente niñez le gustaba entregar las monedas a los necesitados, para ver quizás las sonrisas aparecer en sus rostros. Con el tiempo y la madurez comprendió, la cruel ofensa con la que su cruel padre les castigaba… a través aquella práctica que sólo servía para insultarlos, y alimentar su enorme ego.   

Aimiel se giró y negó con la cabeza, muy asustada, e indicó con un gesto que no tenía nada. Pero el muchacho torció aún más el gesto, y al final sonrió en una sonrisa que la asustó incluso aún más. Se acercó a ella y ante la atenta mirada y risas de los demás, empezó a buscar en sus ropas.  

—Dejadme. Os lo suplico… no tengo ningún dinero —Les dijo.

En aquel momento, se escuchó el sonido de apertura unas contraventanas. Procedía de la cercana casa de uno de los vecinos, que curioseaba alertado por el ruido. Ella pudo ver como asomaba la mirada y que había visto todo cuanto sucedía, pero no hizo nada… y la ventana se cerró de nuevo. Se hizo el silencio.

—Princesita… no os ayudan. Quizás si les ofrecéis unas monedas… —Le dijo con tristeza fingida. Se sintió entonces aún más herida y desamparada… ¿Acaso no entendían que ella no era su padre? Vestía ropas caras, pero sufría incluso más que algunos de ellos. Fue entonces cuando empezó a llorar. Y mientras sus lágrimas brotaban los miraba suplicante; tan sólo uno de los secuaces de Zafro pareció conmoverse, sólo en uno de ellos no descubrió cruel burla, tan sólo un intenso silencio carente de toda expresión. 

—Si no tienes nada, princesita… de alguna forma nos has de pagar ¿no crees?. Esas son las maneras de tu padre, estarás acostumbrada. Y tú… tú has de satisfacer la deuda que tiene contraída con todos nosotros. Sea como sea… ¡Con tu sangre si es necesario! —Cuando lo mencionó los demás dejaron de reír al instante. Ni se movieron cuando acercó su cuchillo a su perfecto rostro. 

—Dejadla en paz cobardes… ¡Ella no os ha hecho nada! —Se escuchó con temblorosa voz que sin duda alguna habría pretendido sonar algo más firme, entre las oscuras calles. Aquel era Elham, que se acercaba a ellos. Había reconocido a la muchacha a la que estaban atacando, como una de las sacerdotisas del templo de su padre, antes de que este partiera a las tierras de norte; era la que había abandonado su devoción. Perro lo acompañaba. Pero incluso con el apoyo del animal que no mucho habría de servirle de ayuda en el caso de un enfrentamiento, su acción fue una temeridad… de la que no habría sido extraño una funesta conclusión. Cuando pudieron comprobar de quién se trataba, rieron a carcajadas. Pese al miedo, el joven Elham, con no más de quince años de edad en su haber por aquel entonces, se plantó solitario ante ellos. 

Los miembros restantes de aquella desgraciada comparsa, tan pronto superaron su incredulidad ante el valor demostrado por aquel estúpido, no dudaron demasiado en propinarle una gran paliza. Se ensañaron con Elham. Lo golpearon y lo rajaron, y no tardó mucho en caer al frío empedrado del suelo donde lo patearon. Perro, intentó en un principio protegerlo, pero pronto recibió un fuerte puntapié en el lomo. Emitió un sonoro y lastimero gemido, y huyó a la carrera mientras era apedreado. Zabros se mofó del cobarde chucho y de su amo.

—¡Mirad cómo huye con el rabo entre las piernas! ¡Ja, ja, ja, al menos el hijo de perra es más espabilado que su estúpido dueño!

Elham apenas podía respirar tendido en el suelo, un fuerte golpe en el cuello casi le había roto la tráquea. Se divirtieron azuzándole con palos, durante un buen rato hasta que se cansaron de hacerlo. Entonces volvieron a dirigir toda su atención en la hija de Dobro, a la que uno de los bandidos inmobilizaba. Zabros hundió su puño en su abdomen, y Aimiel cayó como un trapo al suelo.

 —¡Esta es una gran noche, amigos! Porque en esta noche, mataremos al padre de esta malnacida… ¡Ella nos abrirá la puerta de su casa, para que rajemos el cuello de su cerdo padre! —Y alzó su mano para señalar en la dirección de la casa de Aimiel. Y su mano cayó cercenada al suelo. Sus ojos se le salían de sus cuencas, mientras contemplaba atónito la ensangrentada mano separada de su brazo.

 —¡Qui… Quién…!  —Balbució. Todos tornaron la mirada a sus espaldas, sin terminar de comprender qué había ocurrido. 

El hermano mayor de Elham había llegado, espada en mano. Perro, los miraba desde la distancia, aún temeroso de ellos. El animal, había corrido tanto como pudo para reclamar la ayuda de Aramarth. El imponente primogénito de Dhilos, que asía su enorme espada con pasmosa naturalidad, les habló calmado y casi susurrante.

—Marchad, si queréis conservar la vida… Pero daos prisa, porque mi humor puede cambiar…  no estoy seguro de hacer bien dejándoos hacerlo.

 —¡¡¡ Debiste haberme matado!!! ¡Rodeadlo inútiles, sólo es uno! —Gritó fuera de sí. 

Y aunque su séquito, en un principio dudaba al ver ante ellos a Aramarth, que no les era desconocido a los ojos de ninguno de ellos, al final, se miraron y corrieron en distintas direcciones en pos de acatar la orden dada. Y muchos de ellos tomaron posiciones para atacarlo desde todas las direcciones posibles acercándose al unísono a él, en lo que parecía una maniobra por muchas veces ensayada. Uno de ellos se alejó y desapareció. 

Aramarth sonrió con tristeza y cierto grado de hastío. Aunque habría deseado que se marcharan, la terquedad de aquellos necios haría que al final tuviese que pelear. Tan sólo deseaba que, al menos… alguno de ellos le ofreciese algo de lo que aprender. Pero la lucha fue breve, y casi todos los bandidos murieron en rápidas y precisas estocadas del diestro guerrero. Zabros, que resultaba un poco más hábil y quizás algo más inteligente debajo de aquella máscara de hosquedad que llevaba, consiguió huir tras resultar herido con un profundo corte en el abdomen. Se aprovechó del ataque furtivo del último, del que había desaparecido de su vista en un principio. Regresó en una muestra de increíble habilidad, pues el hermano de Elham apenas pudo bloquear su rapidísimo ataque, que en un salto cargó por su flanco izquierdo. Zabros se perdió en la oscuridad, y no lo volvieron a ver. 

«Apenas lo he visto venir… y es sólo un crío » 

Se dió un tiempo para observarlo, como se observa a una curiosa, extraña y al mismo tiempo hermosa, anomalía. Aquel conjunto de huesos, tan sólo hacía uso de un desvencijado y oxidado cuchillo. Por el aspecto de sus ropas y el de su rostro consumido por el hambre, parecía estar sumido en una pobreza incluso mayor que la de los otros a los que acompañaba. Entonces en un arranque, el jovenzuelo comenzó a atacar como supo en su torpeza y pudo hacerlo, y con aquel cuchillo que no debía servirle ni para despellejar conejos. 

Argumentó en su pensamiento, tratando de convencerse a sí mismo.

—Tienes una última oportunidad… Vete. No desperdicies tu vida de esta manera —Le dijo Aramarth compasivo. Pero el muchacho desquiciado siguió intentando herirlo, y lo hizo en un destello de una velocidad de la que el guerrero desconocía en él, y se vió obligado a segar su vana esperanza. Un profundo tajo de su espada se hundió en su costado. Las lágrimas acudieron a su rostro, viéndose muerto entonces. 

«¿Por qué llora? No tiene nada que perder… casi es mejor así »

Sólo que Aramarth estaba muy equivocado. Equivocado en la condición y en la voluntad de aquel que era un desconocido para él, pero no lo sería para su hermano cuando él ya no estuviera, ni para las decenas de miles de almas a las que movería a la esperanza. Porque aquel muchacho no era otro que Ekkose, de quien ya te he contado y de quien mucho te he de contar aún, y que inició su retirada tambaleándose y avergonzado con lo sucedido, en dirección al bosque cercano. Y nada podía saber Aramarth en su estéril compasión, de su hermana pequeña y su madre enferma que lo aguardaban en espera de algún alimento que pudiera llevar consigo para ellas. Nada sabía de eso, ni de su verguenza por verse obligado a aquella vida infame. Nada sabía de su hambre, pues si apenas comía, era porque todo era para ellas. 

Aimiel nunca terminó de agradecer a Elham su valor, y nunca dejó de admirarlo también. En cierto modo, siempre lo amó de alguna manera por ello. No había dudado en intervenir para ayudarla en aquella, la noche que definió su vida, aunque le pudiese costar la suya. Aramarth, en la seguridad de que no vendría nadie más para atacarlos, atendió primero a Aimiel. Era poco más que una desconocida para él, pero parecía olvidarse de su propio hermano, ensangrentado y casi inconsciente, al que después asió de sus ropas elevándolo como quien recoge a un cachorro. 

—Hoy eres más fuerte, hermanito. Agradéceselo. —Le dijo con una sonrisa desprovista de calor. Porque tanto Aimiel, como Elham, se dieron cuenta entonces de los ojos cubiertos por las lágrimas de Aramarth, que lloraba por todos aquellos malnacidos que en su mala suerte ya no gozaban de la vida. Otros pensarían que Aramarth les odiaría por lo que hacían, por lo que habían hecho, por cuanto habrían llegado a hacer… de no mediar su implicación, pero él no era como los demás, ni pensaba de igual modo. Aramarth era fuerte, y se lo respetaba por ello. Era fuerte, en todos los sentidos. Era como su padre, tan fuerte… que sólo sabía ser compasivo, pues sabía que aunque son las acciones las que definen a un hombre, a veces es la oportunidad la que les priva de ellas. Aramarth, luchaba contra el mal en sí. Era fuerte y generoso, porque sabía de la debilidad que causaba el hambre. Era noble y honrado, pues sabía de la suerte de tener la barriga llena. 

Aimiel repasaba en su memoria lo mucho que le había extrañado en aquel entonces, la desidia de Aramarth ante el sufrimiento de su hermano menor, pero de nada lo conocía entonces. Él era así, digno sucesor de la línea de sangre de su familia, pues su carácter parecía calcado al de su padre. Era el auténtico hijo de Dhilos. Así se lo llamaba, pues para muchos en Ryuminyel, sin querer menospreciar al hijo menor, Elham, era demasiado distinto a aquellos dos. 

 

***

 

Desde aquel entonces fueron inseparables. El padre de Aimiel permitió aunque no de muy buena gana, su compañía, pues supo de lo sucedido en aquella noche; y creyó bueno de cara sus vecinos, algo de cercanía y agradecimiento.

Los tiempos después de aquello cambiaron para mejor. El buen Dhilos regresó de tierras lejanas tras su larga ausencia de años, habiendo forjado una alianza con los pueblos de los elfos y los enanos que sirvió para obligar a los orcos a retirarse el norte, fuera de los dominios del reino de Yheurisem. Trajo consigo la compañía de un viejo enano hosco que parecía su sombra y que, pese a lo rudo de su trato con los demás, siempre le pareció gracioso. Y Aimiel, siempre se sintió en deuda con Elham pues nunca olvidó lo sucedido en aquella noche, y su propia felicidad siempre iba de la mano de encontrarse cercana a él. Por eso fue motivo de dicha sin parangón, cuando Dhilos la aceptó de nuevo como sacerdotisa del templo donde él rendía veneración. Se esforzó esta vez. Se esforzó en hacerse merecedora del don que decían, poseía. Nació otra vez como verdadera sacerdotisa de Dhemeides, el dios de la eternidad, y creció esta vez como árbol fuerte y vigoroso, que sanaba con su prodigio a las gentes enferma de la aldea. Y pronto vinieron también gentes de otras poblaciones, que cada vez eran más lejanas, buscando la cura de sus aflicciones y males. Y aquellos tiempos sencillos, fueron también los más felices para ambos. 

Pero sucedió, que años más tarde necesitó más que nunca del don de su dios, pues fue la madre de Elham la que enfermó en una terrible maldición. Fue en un atardecer cuando regresó del remanso de paz que era para ella el bosque de Ackalabeth, con la tez blanca de espanto. Sin poder hablar… y apenas podía respirar. Dhilos se desmoronaba mientras preguntaba una y otra vez,  por la razón de su silencio. Elira, pues aquel fue el nombre de la madre de Elham, se esforzaba en articular palabras, pero aunque estas parecían venirle al pensamiento, no le brotaban de la garganta. Tan sólo lloraba, y sus lágrimas brotaban y brotaban, y las de todos aquellos que la querían lloraron con ella también. Intentaron por todos los medios, comunicarse de cualquiera de las formas con ella, pero tampoco era capaz de escribir palabra alguna siempre paralizada por el espanto. Lo único que obtuvieron fue cuanto trajeron ante ella al maestro entre los exorcistas Jearven; poderoso entre los suyos, he de admitir que la suya no era una fama desmerecida. Obró su arte en ella, introduciéndose en las entrañas de su alma. Es ahora cuando pienso que aquello fue una locura digna del más absurdo de los locos, y que yo mismo jamás habría logrado reunir el valor necesario para adentrarme en aquella pesadilla. Jearven gritó y gritó, hasta que se hizo también el silencio en él, y lágrimas de sangre brotaron en abundancia de sus ojos hasta que se los arrancó el mismo. Contemplaron todos y cada uno de cuantos se encontraban allí, como sus cabellos tornaron blanquecinos, mientras balbuceaba con la voz que reconocieron como la de Elira, que la matasen y acabasen con su sufrimiento. Su discípulo más abnegado, que no fue otro que Eorden, al que entonces Elham no conocía, fue el que arrancó a su maestro del trance que lo unía la madre de Elham. El exorcista abandonó aterrorizado la morada de Dhilos, para no regresar ya más. 

Dhilos depositó su últimas esperanzas en la joven promesa de Aimiel; la más devota en la gracia de Dhemeides. Arrastró a la confusa niña ante la enferma, que rezó y rezó, rogando por la salvación de a quién tantos querían.

«Señor… que aún velas por nosotros, sálvala de su mal. » Rezó. 

«Sólo te pido eso.. y ya nunca te pediré nada más. Te lo suplico… toma mi vida como pago, os la ofrezco. » Silencio. No sintió nada.

«Hazlo por mí… por ellos… por Elham… os lo suplico.  » Silencio. Silencio, y silencio, y las caras expectantes de todos cuantos estaban a su alrededor, y a los que defraudaría. Sentía que todo aquello de querer ser el instrumento de un dios, había sido una estupidez. Los dioses estaban muertos, y si alguno aún existe se había olvidado de todos ellos. 

Después de aquello la madre de Elham dejó de llorar, y en las facciones de su cara pareció sentir algún tipo de alivio. Pero se consumía en la edad, envejeciendo día tras día postrada en el lecho en la compañía de la oración constante de Aimiel, que nunca abandonó su esperanza. Reflexionando, después de tanto tiempo de aquello, pienso que fue un demonio, la que la maldijo con su toque. Supongo que nunca sabré, ni sabremos si se trataba de aquello en realidad. Y has de entender, que aunque la figura de una madre siempre es poderosa en el arraigo de una familia, Elira, era el mismo sustento tanto de su esposo, como de sus dos hijos, y todos sintieron como se les descomponía el alma, y ya nunca fueron los mismos después de aquello. 

La joven rezaba y rezaba, y su dios caprichoso no la escuchaba, y sucedió lo peor de cuando pudo suceder. Elira finalmente murió, diluida la belleza de su imágen en la vejez. Y con ella también murió la fé de Aimiel… y su don. Y nunca más se vió como sacerdotisa de Dhemeides, y rehuyó la fé en los dioses en adelante.

 

*** 

Sonrió. Pues se descubrió absorta y perdida en aquellos pensamientos que la habían regresado a tiempo pasados, que eran el recuerdo de aquello que entonces le pareció irreal y lejano. Venían a su mente con la fluidez de un torrente, devolviendo a la vida a la realidad de la niña que un día fue. Y después de tantos, tantos años sin verlo a él, a su querido Elham, como también a los demás, tomó cuenta de que estaban tan enterrados en la profundidad de la esencia de su ser, que había creído despertar de las ensoñaciones de un larguísimo sueño.

LIBRO PRIMERO

Cuando amanece la locura

Prólogo

Hubo un momento en el que el pequeño Pan me preguntó acerca del caos, qué es el caos. Como respuesta, le insté a recoger un puñado de piedrecillas de la orilla del río. El muchacho extrañado tras un breve momento de duda, partió de mi lado y recogió buena...

Cuando amanece la locura

Quédate, toma asiento aquí junto al fuego. Calienta bien, pero ilumina poco, y la noche aún es fría pues dista el amanecer. Y como contador de historias, déjame contarte la mía propia, si tienes a bien escucharla de mis labios. Quédate, pues es mi deseo...

La noche de la tormenta

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem. Hubo una noche en la tormenta; noche de tormenta quizás te habrían dicho otros… Amigo mío, voy a comenzar mi relato hablándote del regreso de un soldado a su hogar. Aquel soldado regresó tras largo tiempo...

Desesperación

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem.  Elham despertó sobresaltado. Despertó en las calles de Ryuminyel, en aquel frío de mañana, viéndose a sí mismo cubierto de harapos, hambriento, y la angustiosa sensación de soledad y vacío que no se le...

La sombra de un padre

En aquel amanecer caminaba de nuevo, y de nuevo encadenado. Las mismas cadenas, distinto captor. Tomaron dirección a la salida del oeste de la ciudad, sabía que el terco enano lo conducía a su hogar, a su verdadero hogar. A varios cientos de metros,...

El guardián del templo

Los muchos días que siguieron a aquel primero en que tuvo aquel extraño sueño, fueron agotadores. Esos días sirvieron a Elham para entrar en contacto con la realidad. El enano lo sometió al más duro de los adiestramientos, del que fue capaz con su a veces...

El hambre de los cuervos

Entrada al templo de Dhemeides, año 2439. Reino de Yheurisem.  Sin mediar palabra alguna entre ellos, echaron a correr.  El viejo enano y el chico, pronto quedaron atrás, y Elham redujo la marcha, hasta que el enano le dijo entre jadeos que continuase sin...

La falsa llama

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem.  Draill despertó del letargo en el que le sumió el agotamiento, al amanecer. Aún estaba muy agotado, pero se sintió seguro de poder caminar al ritmo de los demás. Contemplaba absorto, a Elham que...

Requiem

Está soñando. El viejo enano ante él. Arrojando leños a una chimenea en medio de la nada, donde hace tanto frío… y tan sólo las ascuas, arrojan un poco de calor para calentar el cuerpo. El viejo se gira, y le sonríe. *** —¡Despierta! ¡Despierta! —Oyó,...

Mala sangre

La media docena de sanadores, surgidos de la nutrida comitiva de los elfos de Shatrath, atendían las heridas de la víctimas del ataque que no habían sucumbido a las dagas de Umiel. Muchos entre ellos morirían pocos días más tarde a causa del veneno...

El hombre sin corazón

Uno podría fácilmente llegar a pensar que ocurrió de una manera rápida, si bien no de forma inmediata, al menos con el transcurso de largos años. Pero no ocurrió de aquel modo. La esencia de Nirvaeth, aunque no gozaba de forma alguna, se hallaba en aquel...