Desesperación

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem. 

Elham despertó sobresaltado. Despertó en las calles de Ryuminyel, en aquel frío de mañana, viéndose a sí mismo cubierto de harapos, hambriento, y la angustiosa sensación de soledad y vacío que no se le despegaba del alma. Y la luz de aquel sol le irritaba la vista, casi tanto como el bullicio a su alrededor. Elham creía que era día de mercado. Apenas un instante despierto, y se le antojó largo como varios días con aquella maldita resaca. Las roídas ropas con los que se cubría, apestaban a aguardiente, y poco podía hacer para remediarlo. 

Aquellas gentes que habían madrugado con el firme propósito de no dejarlo dormir un poco más en la mañana, parecían poner como excusa el aprovisionamiento de los más diversos e inútiles artículos, y no dejaban de parlotear acerca de la noche pasada; la noche de la extraña tormenta. Murmuraban acerca de aquella lluvia extraña teñida de oscuridad, pero que en aquel amanecer había parecía perdido toda peculiaridad y parecía un mal sueño. Porque en el remanso de los ríos y en las pozas, las aguas eran limpias y claras, como era habitual. Incluso algunos entre los aldeanos, habían creído ver una criatura gigantesca como aquellos dragones de antaño de los que se habla en las historias, y hablaban también de aquella nueva estrella que había aparecido entre aquellos nubarrones de borrasca, pareciendo disipar tinieblas y tormenta. No eran conscientes del alcance de todo cuanto había acontecido. No fueron conscientes de aquellas señales ni las gentes, ni tampoco él. Quizás habían bebido más de la cuenta, pensó él. Y es que en otro tiempo rarezas como aquellas le habrían preocupado en demasía, pero hoy pensaba que había estrellas suficientes en el cielo como para molestarse si había una más en él. No le importaba si había más o menos estrellas, después de todo estas no se podían beber. A la mierda con ellas y con todo lo demás. Todavía no podía ver con suficiente claridad, pero se sintió animado a hacer el primer intento de incorporarse. Con un gruñido, se levantó manteniendo casi totalmente el equilibrio.

—Todavía estoy en forma. — Debió susurrar con la media sonrisa que muchas veces lucía. Tanteó con los dedos los mugrientos muros del callejón, y se asomó. Un terrible impacto de luz lo dejó completamente aturdido. Se deslizó otra vez hacia el suelo. A veces sentía pena por él mismo, eran casi tantas, como las veces que ahogaba esa misma pena con una botella de aguardiente. Al menos, la descuidada barba evitaba que alguien lo reconociese. Si alguna vez aquello ocurriera, temía que ni tan siquiera una o dos botellas impidiesen que las lágrimas enturbiasen la uniformidad de la suciedad de su rostro. Aún no había llorado, y temía no volver a hacerlo jamás.

Elham desconocía por cuantas semanas, llevaba sumido en las ensoñaciones de aquel estado febril, y a veces parecía olvidarse de la razón que lo había conducido a este. Nada tenía sentido para él, pero aquellas eran las circunstancias en las que se encontraba el hijo menor de Dhilos; último descendiente por línea directa de Ackaloth, y también el último de los signos del dios que fue olvidado: el signo de la Desesperación. Y de Ackaloth convendrá que te hable más adelante, baste por ahora contarte que de entre los hombres, su estirpe fue la más noble. Comienzo a hablarte de él, porque es aquí donde empieza realmente la historia que he de contarte, y también te hablaré de que en aquel tiempo el Dios Dhemeides, aquel entre los dioses que procesaba un mayor amor a los mortales pero que en su protección, más mal causó a estos. Y que tomó forma mortal aquella noche para compartirse y redimirse entre los mortales. Surgió del huevo dorado de un inmenso dragón en aquella noche de tormenta, y un nuevo niño Dios, frágil y de aspecto humano, pero con poderosas alas argénteas, lloró por el destino que aguardaba a los mortales.

 

***

Recuerdos. Se suceden como en el sueño, tantos que cada vez le era más complicado ahogarlos en la botella. A veces pasaba un día o dos sin llevarse nada a la boca, en un vano intento de acabar por fin con sus días, pero al final siempre sentía lástima por sí mismo y se alimentaba con lo que buenamente encontraba en las calles. Pensaba que lo hacía por los demás, por quienes lo querían y pensaban que había muerto en aquella absurda guerra de la que nunca quiso regresar y en la que todos sus amigos habían sido masacrados. La visión de rosa lo había enloquecido, día y noche no dejaba de pensar en ella, en la muchacha que salvó su vida. Ella quizás debió dejar que muriese con ellos. Sentía que había sido arrancado de su destino, que estaba viviendo una vida que no le correspondía vivir, y estaba completamente perdido…

De pronto, se empezó a oír un griterío que destacaba sobre los demás sonidos. Agudizó cuanto pudo el sentido del oído, y pudo localizar su origen en el nordeste, a escasos cien metros de él. Seguramente surgía de la vía principal de la ciudad, y era también probable que se tratase del paso de alguna personalidad importante; en los tiempos que corrían el paso de alguna personalidad con la capacidad de repartir limosnas, era lo único capaz de armar tal revuelo. Tendría que dirigirse al lugar, si es que quería comer algo. La protesta abierta de su estómago, le indicó con rotundidad, que quizás le era aún más necesario de lo que imaginó en un principio. Al humano aún joven, no le fue en exceso complicado, moverse entre el gentío alborotado. Pero aún le costaba acostumbrarse, a que le gente evitase tanto mirarle a la cara, como un simple roce con él; era algo que siempre lo sorprendía. A veces, algún desalmado lo empujaba con fuerza y le increpaba algo, pero a él no le importaba, y continuaba su camino. Cuando llegó al núcleo de la muchedumbre, se encontró con una escena típica. Se encontraban un gran número de mendigos como él suplicando unas monedas, y todos ellos se agolpaban contra la guardia personal del gobernador de la ciudad. Nada menos, que el gobernador Aldebarán pensó… Había escuchado hablar casi siempre bien de él, decían que era noble y generoso. También había llegado a sus oídos que iba a contraer matrimonio con una hermosa y sencilla joven de una aldea cercana, y esto había levantado un gran revuelo y expectación.

Eran demasiados mendigos. Últimamente los mendigos eran lo único de lo que no había escasez. Sólo los más hábiles o fuertes de entre ellos, lograrían sacar provecho de la caridad del bueno de Aldebarán. Harapientos ancianos y desnutridos niños, se quedarían con las manos y los estómagos vacíos. La presión del gentío en las zonas más cercanas al carruaje tirado por caballo que los transportaba por la ciudad, debía ser enorme, algunos caían bajo los pies descalzos de la multitud y eran pisoteados mientras el resto continuaba reclamando las monedas que habían de permitirles sobrevivir unos días más. La sangre llegó a la calzada, y los gritos de los caídos apenas se escucharon. La situación estaba tan descontrolada, que el gobernador preocupado indicó a los suyos que dejaran de dar limosnas y continuasen de nuevo el camino por la ciudad. La cortina fue corrida, ya no habría más limosnas. El clamor de la muchedumbre cesó de inmediato, y muchos comenzaron a retirarse. El transporte del gobernador se dirigía al norte y pasaría cercano a donde él se encontraba, y pudo ver como una anciana, en un gesto muy desesperado, se acercó a uno de los guardias del gobernador y entre llantos le suplicó medicinas para su enfermo nieto. El guardia miró de soslayo al carruaje y viendo que nadie en su interior lo observaba, sacó su espada y la hundió entre las costillas de la anciana.  Emitiendo un único suspiro, la vieja mendiga cayó muerta al suelo, su verdugo sonreía en una grotesca mueca, y escupió el cadáver de la pobre anciana. Asustados, todos aquellos que vieron la escena huyeron corriendo.

Aún sonreía aquel verdugo, cuando en un instante alguien brotado de la sombra le embistió descargando una furiosa serie de fuertes golpes en su cráneo. Elham descargó tantos golpes y tan violentos, que habría muerto de no intervenir el resto de la guardia. Vieron al mendigo que se había colocado encima suyo, y no cesaba de asestarle más y más golpes. Descargaba en su rabia, aquella lucha que hace mucho tiempo no había librado. 

Mientras golpea recuerda, otro día tiempo atrás. Un día como otros tantos anteriores a este, y en los que cada mañana despertaba al dolor en la torre carcelaria. Sintiendo un frío amortajante que hacía castañetear tanto sus dientes que parecían rompérsele, y el incesante ruido de gritos y lamentos. Despertaba en la mañana, con el horror de una certeza, la de una agonía eterna.

 

***

Campos blancos de Ebekath, año 2437. Reino de Budock.  

Habían sido tomados como prisioneros al haber sido vencidos en la batalla librada en el paso de Kar Arshis. Con anterioridad a aquella batalla llevaban meses cosechando victorias en diferentes escaramuzas contra los hombres del reino de Onnamir, en el norte de Budock, y confiados e ignorantes, continuaron su avance hacia la mismísima orilla del mar abisal. Confiados e ignorantes, tomaron decisión de continuar aprovechando el empuje de sus fuerzas y una buena racha… Elham, como necio, desatendió la recomendación de Elsa de asentarse y reconocer el terreno por delante con exploradores. Ya nunca después de aquello, volverá a sentirse libre de culpa en su conciencia.

Algunos tuvieron algo de suerte. Debieron sentirse afortunados aquellos a los que les alcanzó la muerte temprana. Desde el más allá, debieron reír en la gracia de un alivio. Aquello que restaron del ante muy orgulloso contingente, debieron carecer de la sensatez de haber muerto, o suicidarse de no haber sido sonreídos con esa suerte. Pero no sabían a qué se enfrentaban; a la condena cruel en la que la muerte es ansiada. No podían saberlo. Eran conducidos por un extraño y pálido ser que no pronunció palabra alguna en todo el trayecto por las tierras yermas durante muchas lunas, hasta llegar a una solitaria y alta torre negra en medio de la ceniza. El pálido, siempre cubría de un manto negro, del que a veces brotaba una huesuda mano blanca. El viento azotaba con fuerza su figura con una mezcolanza de hiriente arena, pero permanecía siempre impasible. Los dejó allí, y aquella, sin saberlo, era la última vez para muchos, en la que contemplaran la mortecina luz gris, del sol que apenas lucía a través de la bruma de aquel lugar. 

—Me temo querido… que he de reforzar la estructura. ¡Casi se está desmoronando! ¿Me ayudas? —Ante la torre a la que llegaron, habían escuchado el siniestro y apático, pero dulce sonido de voz, de la que sería la dueña del tormento y de sus vidas. 

Se lo decía a un igual, al pálido. Y dicho aquello, Elham contempló aterrorizado como como la carne y sangre se desprendían de los huesos de los más cercanos que se elevaron a las alturas en un gesto y se pulverizaban en una nube roja en la que se bañaron ambos. Pudo ver por vez primera el blanco rostro del pálido, y sus también blancos cabellos tornándose en rojo, adornándolo, pero lo que más le llamó a Elham al horror, fue sin duda la mirada exánime de sus dos brillantes y rojos ojos.  

De los cuerpos desprovistos de carne, los huesos se deformaban, y crecían o mermaban, a voluntad de ella mientras los acomodaba en la siniestra torre. Construía, reparaba, moldeaba, extasiada en el placer de su obra, de su querida torre; su hogar. Y al entrar en este, Elham descubrió que estaba formado en su totalidad con los cadáveres moldeados de muchos, aún putrefactos. Al pálido no volvieron a verlo desde entonces.

Allí murieron en una macabra broma de juego, muchos de aquellos hermanos adquiridos en la batalla. Desmembrados y masacrados, usados como juguetes de una cruel caída. Aquella era Ikkaria; una caída en el crepúsculo como también lo había sido Ascenoilam. Debió ser muy hermosa milenios antes, pero entonces la mitad de su cara estaba surcada por profundas quemaduras que la habían desfigurado. Tan sólo el ojo permanecía intacto sujeto por los nervios de aquella mitad. Pero era hermosa, aún de aquel modo. Tan hermosa como sádica, incluso entre los suyos. La memoria aún no le deja recordar de una forma más nítida, si recuerda bien el día en que sus ojos se cegaron al ver de nuevo la luz de aquel vacuo sol. Despertaron vestidos y armados de igual manera que el día que entraron en aquel maldito lugar. Las puertas de la torre abiertas, un horizonte plano que recorrer, en los que algunos recobraron la esperanza. Algunos se atrevieron a soñar de nuevo con el calor del hogar y de sus familias, cuando hacía mucho ya no soñaban porque esos sueños no hacían más que acrecentar un dolor que era insoportable.

Corrieron llevados por la locura, hasta que las fuerzas no les dieron para más, tanto que incluso algunos murieron extenuados. Después caminaron durante semanas, volvieron a ver la hierba, bañaron sus cuerpos llenos de cicatrices en aguas limpias, incluso respiraron aire que olía a libertad… Hasta que llegó el día en que se encontraron de nuevo con aquellos diablos de ébano que sólo los liberaron para entretener una vez más su sed de dolor y sangre, y de nuevo cayeron, murieron otra vez de nuevo todos ellos, cuando en realidad, ya estaban muertos. Sólo que Elham estuvo muerto, hasta el momento en que él que vio la rosa. Vivió para verla una vez más. 

 

***

Mientras lo reducían, no era capaz de distinguir la realidad del presente entre sus recuerdos. Aun cuando lo apresaron, Elham con los puños ensangrentados, aún intentaba asestar más golpes. La pelea, llamó la atención en el interior del carruaje. El gobernador y su futura esposa salieron, fuertemente escoltados por el resto de la guardia. Muchos entonces pudieron ver la extraordinaria belleza de la que sería su futura esposa. Era una jovencísima muchacha de apenas dieciséis años, de cabellos dorados y delicados rasgos, y sus enormes y curiosos ojos almendrados del color de la miel, que quizás nunca merecieron contemplar aquella escena, se horrorizaron al instante al ver tanta sangre.

El gobernador, que no pudo cubrir a tiempo el rostro de su prometida, apretó los labios y dirigió una furiosa mirada a cada uno de los miembros de su guardia. Aquel era un hombre que al instante infundía respeto, poseía el porte regio y noble con el que los bardos dotaban en sus descripciones a los más grandes héroes de sus historias. Cada uno de sus hombres lamentaba profundamente aquella recriminación, no por el castigo que por otra parte seguramente tendrían, sino porque las decepciones que sufría su líder, ellos las tomaban como propias. Todos agacharon la mirada, y Aldebarán se dirigió hacia el desconocido. Mientras se acercaba a él, su mirada sorprendida desveló lo acontecido, el mendigo pudo ver claramente en sus ojos compasión por la anciana y rabia contenida en la que rechazaba la impropia acción de su subordinado, y eso acabó por tranquilizarlo. 

—Vete. —Le dijo el gobernador condescendiente. 

—Puedes irte. Ninguno de mis hombres te detendrá, os perdonamos…

De repente, la prometida del gobernador emitió un grito de sorpresa. 

—Elham. —Gritó ostensiblemente exaltada, mientras su prometido algo consternado se volvía hacia ella, queriendo preguntar.

—Eres tu… —Musitó con los ojos húmedos. —Tanto tiempo ….  

 

***

Recuerdos. Se suceden como en el sueño, tantos eran… que le era completamente imposible ahogarlos a todos en la botella. A veces… salían a flote, y le dolía aceptar aquel fracaso de una vida. Pero a veces, tan sólo a veces, algunos de esos recuerdos le eran agradables, y aunque incluso le duele llegar a estos… se deja llevar por ellos. La pequeña Aimiel… piensa. Y sonríe con amargura en el ya lejano recuerdo de sus amigos en la infancia.

 

***

Debió ver a Aimiel por vez primera a los siete u ocho años de edad. Su padre, como guardián del templo de Dhemeides, buscaba entre los más jóvenes la gracia del don de su dios. Junto con muchos otros niños, y muchas otras veces, Dhilos los presentaba a puertas del sagrado templo. Allí había un rosal, y aquellas rosas nunca florecían. Desde que tenía memoria el muchacho nunca había visto flor alguna brotar de los capullos; y el viejo tenía la creencia que tan sólo los elegidos por su dios, al que ningún otro rendía ya culto, habrían de hacer florecerlas. Pero la pequeña Aimiel, obró el supuesto milagro, pues una rosa brotó tímida poco después de tocarla con sus dedos… 

El brillo acudió de nuevo a la mirada de Elham al recordarlo, pues aquel desencadenante del destino que lo unió a Aimiel había sido un rosal. Curioso. Entonces también pensó en cierto parecido de aquella escuálida muchacha con aquella que entonces inundaba sus sueños. Sólo que los cabellos de Aimiel eran dorados, y sus rasgos… aunque en alguna extraña manera, en su memoria la recordaban a ella, no eran en absoluto los mismos rasgos. Y sus ojos no eran como los profundos e insondables ojos de ella… Había sido un disparate aquel parecido, pues eran distintas como el día y la noche. Sin embargo, he de decirte que yo mismo, en las más vacuas de mis ensoñaciones también las confundí, pero poco habrían de parecerse…

Te diré de Dhilos, el padre de Elham, que fue un gran hombre. Lo digo sin reserva alguna, tenía un gran sentido del honor, del sacrificio, y seguramente fue el hombre más diestro en el manejo de espada y escudo que existió jamás. Su hijo mayor Aramarth, el hermano de Elham: su debilidad y su mayor orgullo. Decía del muchacho que estaba llamado a convertirse en líder de los hombres en aquellos tiempos de acechante destino incierto, en los que la guerra asolaba el norte y se habría camino hacia el reino del sur de Yheurisem. Todas las esperanzas del padre, y su legado orgulloso, estaban depositadas en el hermano mayor. Mientras Elham, trataba meramente de seguir aquellos pasos dados por el hermano como simple compañero de armas. Podría decirse que se forjó su carácter mientras observaba el concienzudo adiestramiento que Dhilos impartía a su otro hijo. No quiero que pienses, que Dhilos no amaba a su hijo menor, pues su amor era grande. Era distinto, y Elham no albergaba ningún recelo a su padre, pues lo respetaba y acataba cada una de sus decisiones. Y los dos jóvenes hermanos se adiestraron juntos invierno tras invierno, verano tras verano, hombro con hombro, en el manejo de las armas, siempre bajo la dura disciplina a la que les sometía su padre en aquellas frías tierras del bosque de Ackalabeth. Recuerdo cuando Elham me contaba como en los inviernos debían talar uno de los gruesos árboles de Minth con sus espadas como única herramienta. Les sangraban las manos, y no partían hasta que el árbol caía, y muchas veces el anochecer les llegaba antes, y el frío, el dolor y el agotamiento, embotaba sus sentidos. Quizás la infancia y la temprana adolescencia fue lo que más marcó el carácter de Elham… pienso que quizás lo sucedido entonces fue lo que movió al interés de Aldhea y que jamás se habría recuperado de la pena, de no valerse de la amistad para asirse en su salida de aquel profundo pozo. Casi puedo imaginar la tenue sonrisa entre lágrimas de la diosa. Diría incluso que lo alcanzo a sentir… Elham destacaba entre otros cinco inseparables amigos: Aimiel, Draill, Eorden, Ytara y Ekkose, y todos ellos eran vástagos de la misma aldea. 

Aimiel era entonces una hermosa, pálida, y dulce muchacha, e hija también… del anodino y cruel regidor de la aldea al que odiaba y temía. Es posible que temor a su propio padre la convirtiese en una profunda amante de las causas perdidas, y quizás por ello también, desde siempre procesaba en secreto admiración y amor hacía Elham, pues no podía distar más en apariencia y carácter a su propio padre. Incluso años después de conocerlo, muchas veces lo observaba pacientemente desde su escondite en la distancia durante aquellos duros atardeceres de Elham, y casi nunca partía hasta verlo talar su árbol. El muchacho jamás se percató de ello. 

Entre sus amigos siempre destacó en cariño Draill, del que ya no sabía nada en muchos años. ¿Habría muerto en la persecución de sus sueños…? El ánimo de Elham entonces le contaba que aquel mundo lo había devorado y masticado, para después escupir sus restos. Y es que Draill era un muchacho ciertamente extraño. Bajo su siempre descuidado pelo cobrizo, casi podría decir, que opuesto, hasta cierto punto en todo aquello que Elham representaba. Aunque en esencia era tan noble como su mejor amigo, se vestía de una capa de indiferencia salvaje y alocada. Desde siempre lo había fascinado lo oculto y las historias de aquello que era mágico, y por ello muchas veces era rechazado por el resto de los lugareños, que muchas veces distribuían rumores de brujerías en las que nunca se había visto envuelto… no porque no lo deseara. Hasta que un día marchó de la aldea sin despedirse, sin decir nada, y ya no supieron más de él. 

Por último, estaban los mestizos. Ekkose… e Ytara… Su madre procedente de las estirpes élficas, había llegado tiempo atrás a aquellas tierras huyendo de un terrible destino. Con el paso de los años y las penurias había caído enferma del alma y los dos hermanos apenas sobrevivían con lo poco que el muchacho arrancaba de las tierras pantanosas en las que malvivían y las pocas monedas, frutos de los trabajos impropios con los que su hermana mayor se avergonzaba en la aldea. La desgracia cayó más pesada sobre ellos con la muerte de su padre, un humilde cazador que se había opuesto a los caprichos del padre de Aimiel y que finalmente fue apresado y degollado en público. Sus hijos contemplaron el proceso entre lágrimas. En la aldea ya nadie se atrevió más a proporcionar trabajo y sustento a la viuda y sus hijos. El hambre terrible trajo como cruel compañera a la enfermedad, y la madre quedó débil y postrada, y ya jamás pudo levantarse más. No voy a describir todos los horrores que los sobrevinieron, y me reservaré el orden en el que contaré las cosas, pero con placer te diré que al final los hermanos causaron justo castigo como retribución a la injusticia. Para bien o para mal, tanto Ekkose como Ytara fueron determinantes para todo cuanto he de contarte, y por desgracia tengo que añadir, que sus propias historias individualmente son aquellas que consiguen afligir un mayor dolor a mi alma… o lo que persiste de esta… en mí carcasa.

Tras aquel ejemplo del desdén por la vida en una triste ejecución del padre de los hermanos, Aimiel, en la compañía de Elham y Draill se dirigieron a la cabaña de la familia caída en desgracia. Aimiel pensaba mientras caminaba, en las tantas veces que se había acercado en la noche para matar a su padre con el cuchillo en la mano, pero de las que nunca sacó valor de sus entrañas para hacerlo. Se sentía terriblemente culpable por la suerte de los tristes moradores de aquella cabaña a la que se dirigían. Y desde bien lejos pudieron ser testigos la lamentable situación y de la vergüenza en la que se colmaban los mestizos y su madre. Y los corazones de los muchachos quedaron destrozados por aquella situación injusta, pero cuando se acercaron Ekkose los sorprendió por la espalda. Apenas era un muchacho como ellos y apenas se tenía en pie, pero colocó un cuchillo romo en el cuello de Draill que era el que iba más rezagado. Les preguntó que hacían allí y que no dudaría en matarlos si se acercaban a su madre y su hermana. Aimiel y Elham trataron de explicar que sólo venía a ayudar. Aunque pareció aliviado, les dijo entre dientes que se alejaran que no esperaban ya nada de extraños. Se marcharon. Dejaron no obstante la comida en el suelo, y se juraron regresar.

El grupo de amigos al principio llevaba toda la comida y enseres que lograban conseguir, dejaban todo en las cercanías a la cabaña. Ekkose no apareció más, los víveres que tanto necesitaban tampoco aparecían de nuevo en el lugar. 

Pero una mañana se encontraron con que Ytara les esperaba y les saludaba con la más agradable de las sonrisas, frente a ellos y con las manos recogidas tras su espalda. Pienso que fue justo en aquel momento en el que Elham vio en ella algo distinto de lo que veía en los demás. Pienso que fue entonces cuando Elham a partir de ese preciso momento, procesó en el silencio profundos sentimientos hacia ella; la especie de atracción de dos grandes fuerzas que en otro destino quizás, siempre fluirían en un mismo sentido. Por desgracia para ellos, nunca hubo ningún tipo de realidad que hiciera posible el flujo de aquella inmensa fuerza. Nunca tuvieron esa oportunidad.

Ytara era una muchacha ciertamente hermosa, pero destacaba sobre todo en ella una mirada limpia, capaz de desarmar la más intensa de las iras. Sus ojos como los de su madre miraban el mundo de otra manera, y cualquiera que se viese en ellos, lo notaba prácticamente al instante. Ella les agradeció entonces la ayuda que tanto les había servido por tanto tiempo, y a partir de aquel momento tanto ella como su hermano se convirtieron en amigos inseparables de los muchachos. 

Pero el pesar y la ira de los mestizos, nunca desapareció, al igual que tampoco lo hizo la culpa de Aimiel y los demás, y al principio imaginaron la venganza contra el propio padre de Aimiel, y después esa imaginación empezó a cobrar vida y cada vez que hablaban de ello era un poco más posible. Ellos hablaban de hacerse con una buena suma de dinero que les permitiese adquirir las medicinas que quizás salvasen la vida de la madre de los mestizos, pero los hermanos tramaron algo más quizás. Y una noche en el siguiente invierno Ekkose se encontró frente al lecho en el que descansaba el regidor. Había sido ayudado por su hermana, que unas estaciones antes, había pasado a formar parte del nutrido servicio del mal nacido, y el cuchillo encontró la garganta, y la vida de este se derramó en aquel lecho en el que yacía. El muchacho había sido muy sigiloso, siempre lo era.  Pero el destino es caprichoso y quiso entonces que fuera visto mientras abandonaba aquel lugar, y con esto se selló la desgracia. Y la desgracia amigo mío… es implacable y no entiende de justicias.

Y durante la segunda noche que transcurrió tras el ajusticiamiento del regidor una turba asaltó la destartalada cabaña que había sido siempre el hogar de Ekkose e Ytara, y lo redujo a cenizas. Se llevaron consigo la vida de su madre, y obligaron a los hermanos empapados en lágrimas a huir del pantano alejándose de todo cuanto conocían. Se juraron a sí mismos no regresar jamás, y partieron al norte hacía aquel reino que tantas veces habían escuchado nombrar y que tenía por nombre Budock.

Lo que fue de ellos Elham y los demás no lo supieron entonces. Descubrieron las ruinas y los imaginaron muertos o hechos prisioneros, y desearon con fuerza en su interior que la muerte les hubiese alcanzado pues esta habría sido más piadosa con sus almas. Nunca se los quitaron del pensamiento. El joven Elham terriblemente angustiado, no pudo soportar el dolor y habló de toda aquella tragedia a su padre y a su hermano, y juntos los buscaron y trataron de averiguar por cualquier medio el destino de los hermanos. Por más tiempo que transcurrió pasarían muchos años antes de que Elham supiese al menos que pasó aquella noche, más conocerlo no le supuso alivio alguno. 

Aimiel fue desde aquel momento la protegida del padre de Elham. Ahora lo miraba con la pena presa en el iris de aquellos ojos del color de la miel suyos, y sintió aún más pena.

 

***

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem. 

Ella se acercó a aquel mendigo que entonces era la encarnación de los restos de su amigo, y sus ojos, que amenazaban con el llanto se posaron con ternura en él. Tendió sus dedos al rostro de aquel harapiento joven, pero el mendigo se volvió sobre sí mismo y comenzó a caminar alejándose.

—Te dimos todos por muerto. ¿Por qué no regresaste a casa? —Dijo elevando la voz, visiblemente alterada. Y aquel desconocido a los ojos de todos se detuvo un breve momento, y antes de continuar su marcha dijo:

—Me confundes con otro… el que buscas seguramente esté tan muerto como pensabas. Y habiendo dicho esto abandonó el lugar. 

—Adiós, Aimiel. Adiós para siempre. —Musitó para sí mismo agachando la cabeza, y mientras se alejaba no pudo ver las lágrimas de Aimiel, quizás si las hubiese visto no se habría marchado de aquel modo… quizás por eso mismo decidió hacerlo en aquel momento.

Ya en el carruaje, Aimiel le contó entre lágrimas al que entoncer su amado historias de Elham, historias de su amigo de la infancia, y mientras se las contaba él pudo ver en sus ojos, tristeza y esperanza.

Pero Elham no soportaba ya los recuerdos, a tantos a los que había perdido. Al recuerdo de todos a los que no había podido salvar… Aimiel le trajo al recuerdo de Ekkose e Ytara…. Ytara…  y supo entonces que aquella noche habría de beber otra vez. 

Hubiera podido aliviar al menos en parte la pena que soportaba Elham. Aunque muchas de las veces fui en gran medida, aquel que movía los hilos que terminaban por tejer su desgracia, jamás fue mi propósito proporcionarle sufrimiento alguno. Todo cuanto hice obedecía a mi oscuro propósito, y todo lo que hacía se debía a su consecución. Aunque nunca mezclé mí propósito en el devenir de los dos hermanos mestizos, si tuve oportunidad de intervenir en el de Elham para hablarle al menos de lo que les ocurrió. Y sé, que su determinación, lo habría conducido sin duda al logro de su salvación. No dudo en ello, pues la determinación de su voluntad en la claridad de un objetivo es cuanto menos, cercana a ser infinita.  Para mí como eco de la mentira, las vidas de los hermanos han sido un gran sacrificio que hube de pagar. Y no espero que me perdonen allá donde estén, ni espero alivio alguno en el juicio de mi culpa. 

Pienso… que podría haberle hablado de que la noche en que se fueron para siempre de Ryuminyel, dejando a todo atrás, los hermanos caminaron sin descanso, y muchas de las noches que también siguieron a aquella. Dormían en los días, y caminaban las noches por senderos poco transitados hasta que estuvieron suficientemente lejos y se encontraron seguros de que no eran perseguidos. Pienso que ambos sólo vivían por el otro, se apoyaban con ternura porque era lo único que tenían junto con toda aquella pena. 

Ekkose e Ytara habían vinculado sus joyas-alma entre ellos. Estas joyas eran unas bagatelas arcanas que su madre había traído de su anterior vida. Antes, ambos las tenían vinculadas a ella temiendo por su enfermedad, pero ya nunca podría ser así, ya no era necesario porque ella había muerto. La magia de las joyas hacía que estas emitiesen un pequeño brillo si la persona vinculada a través de un pequeño ritual de sangre continuaba con vida. Si el vínculo moría refulgía un instante y después dejaba de brillar. 

Hasta que un funesto atardecer, vislumbraron una densa columna de humo negro brotando de una aldea en la lejanía, y al acercarse comprobaron que esta ardía en llamas. Avivaron entonces el terrible recuerdo de los momentos que rodearon la muerte de su madre, y pese a ello se acercaron dispuestos a ayudar a quien pudiera encontrarse en un apuro tal, como aquel en el que ellos no fueron auxiliados. Para su desgracia, más tarde que pronto, descubrieron con horror que se trataba de la presencia de soldados esclavistas. Amparados en la bandera del reino de Budock, habían devastado la aldea sin dejar piedra sobre piedra, y en el momento en que los vieron, reunían a los aldeanos en enormes jaulas con ruedas llenas a rebosar de lamentos. Parecía que pronto partirían. Escondidos como estaban, trataron de no hacer ningún ruido, pero fueron sorprendidos y quien los había descubierto dio la voz de alarma. Ekkose no se lo pensó y con un simple cuchillo de cocina mató al soldado dando un salto y hundiéndolo en su garganta. Instó a su hermana que huyera, que debían encontrarlo sólo a él. No podía permitir que la cogieran a ella. Nunca dejaría que ocurriese eso. Ytara se negó con lágrimas en los ojos, pero al descubrirlas también en el rostro de su hermano supo del dolor que le causaría a este si no huía, y corrió tan rápido como le permitieron sus piernas en dirección al cercano bosque por el que se habían acercado a la aldea. Ella consiguió sumergir su figura en la negrura de la espesura, y lo contempló entre las hojas y la distancia, y aquellos hermosos y cálidos ojos suyos ya nunca más lo vieron después de esa última vez.

Los hermanos se habían separado y ya nunca volvieron a unirse tal y como fueron entonces. Como ya he dicho el destino es caprichoso con ellos y a menudo aún más cruel que caprichoso.  

Ella vagó en los bosques sin rumbo ya, quizás abandonándose a la suerte, pero alentando la chispa de su vida la mera contemplación del tenue refulgir de su gema. Su hermano sobrevivió a aquello. Ella lo haría también. Y muchos días con sus noches pasaron, y algunos la vieron en la espesura, y otros creyeron verla. Se alimentó y se hizo fuerte en cuerpo y espíritu, pues la gema no dejó de brillar y se convirtió esta, en su propio corazón. Creció en las leyendas como la hija del bosque, y algunos la buscaron, pero nunca la encontraron. No la hallaron quienes la buscaron, pero sí uno lo hizo. Uno que no la buscaba. 

El que la encontró era un ser encarnado en el odio. Hermoso en su oscuridad como muy pocos entre los elfos, pero abandonado a la crueldad y al cual llegué a conocer bien. Pienso que se acercó siendo capaz de sentir la magia de la piedra-alma. Podía olerla. Sentirla… Pues era un pedazo de su pasado, y la mueca que tenía por labios se le torció. Era el padre de la madre de los hermanos. De quien su madre había escapado apenas siendo una niña con la suerte de aquellos juguetes en sus bolsillos. También era Umiel, y me estremezco de sólo nombrarlo. El signo del odio. 

Ahora sé al menos parte de la historia, y cuál fue el impulso que le condujo a ser quien acabó siendo. Umiel… ante todo, es tan complejo como impredecible. Muchas son las veces que he pensado que el linaje de Umiel permanece maldito a través de las edades. Cuando he repasado a través de las corrientes del tiempo tanto su propia historia, como la de los anteriores a él, parece una macabra broma el destino de la que probablemente solo quiso escapar. No voy a decirte que comparto lo que hizo, pero sí entiendo que le pudo conducir a ello. Su padre le advirtió de ello y le habló entre lágrimas de cuanto había acontecido a su familia, cuando apenas era un muchacho. Pocos días después, finalmente puso fin a su vida. El motivo que lo impulsó a aquel terrible acto no es relevante para cuanto tengo que contarte ahora, pero sin importar cual fuera este, no consigo imaginar el terrible impacto que esto pudo causar en el joven Umiel. 

Pese a todo el joven elfo destacó entre sus congéneres, incluso puedo decir que durante toda su adolescencia la vida le sonrió y él le sonrió a la vida. Sus esfuerzos y la lucha diaria y constante lo condujeron a ser uno de los más reputados inscriptores rúnicos de la isla de Arghion. Me agradaría descubrir que, en el final de los tiempos, tan sólo se recuerde de Umiel el trabajo de aquellos años, y tan sólo persista el arte que con tanto mimo dedicó el tiempo de sus días más felices. Pero su mayor pasión sin duda alguna por lo que pude ver, fue la danza. Incluso en los tiempos en los que le conocí en los que sus movimientos debían ser un hosco reflejo de los que era capaz de realizar cuando se encontraba en armonía consigo mismo, estos rivalizaban con las leyes naturales de lo que es lógico en el movimiento.

Tuvo una esposa y tres hijos, a los que amaba y veneraba, y podría decir sin temor alguno a incurrir en error que su vida estaba completa, y conoció la felicidad. Pero la noche de una tormenta le alcanzó el destino, y el signo del odio de Khain abatió su existencia. He podido entender el alcance de los fragmentos en todos salvo en este momento. La visión de Umiel fue tan profunda que en aquella sangrienta noche con la daga en la que había estado trabajando, terminó con las vidas de su esposa y la de dos de sus hijos. En poco más de un instante se perdió ya por siempre, y acabo con todo lo que más amaba. Ya nunca más volvió a ser el mismo, y no se lo escuchó jamás pronunciar palabra a partir de aquella noche. Como he dicho no mató a todos sus hijos, pues fue incapaz de terminar con la vida de la menor. Al contemplar su inocente y extraña mirada no pudo ni tan siquiera mover un músculo. Quedó paralizado, y la niña con poco más de diez años de edad escapó del lugar mientras Umiel cercenaba las vidas de todos cuantos antes había conocido. Sentía odio, y todos eran vecinos, familia, discípulos… y cercenaba sus vidas como un mal brote, y aquel mal brote tenía por nombre compasión. Sé que les dio una pronta muerte por pura compasión; porque los amaba. Sentía odio. Les concedió eso, un pago de gratitud por aquellos años en los que le otorgado, por lo menos, un acercamiento a algo parecido a la felicidad. Sólo que no pudo con la inocencia de su hija más pequeña, y contempló su confusa marcha. Sentía odio. 

Umiel sólo sentía odio, y este odio era el odio más puro. Pero, ante todo se odiaba a sí mismo. Se odiaba por ser el artífice de la desgracia de aquellos a los que, en lo más profundo de su ser, ama. Años estuvo engañándose, siendo artista de lo material, pero su visión acabó en un clamoroso despertar. 

La niña huyó lejos, y con el tiempo trató de sanar unas heridas que nunca sanaron por completo y esas heridas en el alma fueron interpretadas por el cuerpo como enfermedad, pero engendró dos hijos frutos del amor encontrado sin buscar, y los llamó Ekkose e Ytara.

Y ocurrió que con el paso de los años Umiel e Ytara se encontraron y de una forma que no alcanzo a comprender se reconocieron. Porque aquella gema podría haberla alcanzado cualquiera. Quizás, porque aquellos hermosos rasgos de su rostro siempre se habían parecido a los de su difunta madre. Ocurrió que una noche Umiel e Ytara se alcanzaron, se miraron, y de alguna forma se reconocieron. Y como con la madre de Ytara el odio se apagó, y quedó paralizado. Pero el odio en Ytara, prendía rápido y devastador, y trató de matarlo, y él no se opuso a ello. Cansada y entre lágrimas, Ytara sollozó que la matase. Sabía por su madre que fue su mirada lo que calmó a la bestia en la noche de tormenta. Umiel no pudo, como nunca habría podido. Ante el elfo se arrancó los ojos, y sangrante su rostro le gritó de nuevo que la matase. Tras un largo instante, ella dejó de sentirlo. Umiel ya no estaba allí. Se había ido. Quedaba ella inmersa en la soledad. No sé cuánto tiempo transcurrió hasta su muerte. Su carne la arañaron los espinos. Sé que ya no sentía el apetito por el alimento, y que las alimañas la devoraron lentamente, como recreándose en un festín errante en la fronda.

Murió, o pienso que así fue. En todo caso ya no fue más lo que era, y del amasijo sanguinolento que era su carroña brotó un cuervo, y recibió la gracia de Zhealar; diosa de las bestias. Desde entonces a Umiel siempre lo acompaña un cuervo que lo atormenta. Sé que el eco del odio, piensa que es justo que así sea. Lejos de allí, Ekkose contemplaba la titilante luz de su gema-alma sufriendo por el destino de su querida hermana, y notó como perdía el brillo y temió lo peor, pero después creyó ver como crecía de brillo de nuevo, muy tenue si… y de un tono que se le antojó distinto, y se ató a la creencia de que aún estaba viva y no perdió la esperanza. El día en que Ekkose perdiera la esperanza, con toda seguridad sería el día en que este estuviera muerto. 

 

***

En la mañana siguiente se despertó dolorido, y con el cuerpo cubierto de polvo y cascotes. ¿Se había derrumbado la pared del callejón encima de él? Creyó haber oído el fuerte sonido de algo que impactaba contra la piedra, estaba casi seguro porque los oídos aún le palpitaban. Notó el cuerpo húmedo, y supo que la botella de aguardiente se había roto, le aumentó el dolor de cabeza cuando pensó lo que le costaría adquirir otra. Lentamente trató de incorporarse, retirando los fragmentos caídos que le habían arañado el cuerpo, y se llevó los dedos a los ojos para limpiarlos y tratar de averiguar lo que había sucedido. 

Ante él se encontraba la silueta de un enano que le era muy familiar. Más viejo, y con la expresión igual de hosca. Apenas podría distinguir los detalles por la brillante luz del sol tras su espalda, pero lo reconoció. Tragó saliva, y esta le supo a polvo. Pese a la altura, el enano siempre producía un cierto temor al verlo. Era imponente, a eso también ayudaba la enorme hacha de doble filo que asía, valiéndose de una sola mano, y que era más grande que él en su conjunto. Su larguísima barba blanca, apenas contaba acerca de los años que Elham sabía aquel viejo enano tenía.

—Levanta del suelo, estúpido. —Dijo el enano pronunciando cada palabra alta y clara, y con cólera patente en cada una de ellas.

—Dragorax… No voy a… —Replicó Elham.

Otro potente impacto impidió que el mendigo continuase replicando, una nube de polvo y escombro cayó sobre el de nuevo. Apenas había podido ver el hábil giro de muñeca, que lanzó aquel enorme y pesado hacha contra la pared.

Aún sumergido en cascotes y polvo, notó como las manos asieron con firmeza su pelo. El enano tiró de él arrastrándolo por la calle, hasta colocarlo contra la pared contraria. Elham jadeaba, y lo miraba asustado y perdido. Imaginó que Aimiel había alertado al terco enano de su encuentro.

—Levanta… Ya. Hazlo ya… muchacho. —Le volvió a decir insistiendo.

Desamparado, Elham miró tratando de buscar una vía de escape. Pero aquel terco enano se había colocado dejando muy pocos espacios bloqueando la entrada al callejón. El enano que Elham había llamado Dragorax, dejó ver sus dientes en un intento de sonrisa, y Elham se sintió como una presa indefensa totalmente arrinconada por un depredador implacable. Cesó en el empeño de oponerse a su voluntad. 

Fue entonces cuando el enano sacó de entre sus enseres, unas cadenas con grilletes y lentamente se colocó un extremo en la muñeca izquierda, y el otro a la del mendigo. Después, de un fuerte tirón, lo levantó del suelo y lo arrastró mientras caminaba.

LIBRO PRIMERO

Cuando amanece la locura

Prólogo

Hubo un momento en el que el pequeño Pan me preguntó acerca del caos, qué es el caos. Como respuesta, le insté a recoger un puñado de piedrecillas de la orilla del río. El muchacho extrañado tras un breve momento de duda, partió de mi lado y recogió buena...

Cuando amanece la locura

Quédate, toma asiento aquí junto al fuego. Calienta bien, pero ilumina poco, y la noche aún es fría pues dista el amanecer. Y como contador de historias, déjame contarte la mía propia, si tienes a bien escucharla de mis labios. Quédate, pues es mi deseo...

La noche de la tormenta

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem. Hubo una noche en la tormenta; noche de tormenta quizás te habrían dicho otros… Amigo mío, voy a comenzar mi relato hablándote del regreso de un soldado a su hogar. Aquel soldado regresó tras largo tiempo...

La sombra de un padre

En aquel amanecer caminaba de nuevo, y de nuevo encadenado. Las mismas cadenas, distinto captor. Tomaron dirección a la salida del oeste de la ciudad, sabía que el terco enano lo conducía a su hogar, a su verdadero hogar. A varios cientos de metros,...

El guardián del templo

Los muchos días que siguieron a aquel primero en que tuvo aquel extraño sueño, fueron agotadores. Esos días sirvieron a Elham para entrar en contacto con la realidad. El enano lo sometió al más duro de los adiestramientos, del que fue capaz con su a veces...

El hambre de los cuervos

Entrada al templo de Dhemeides, año 2439. Reino de Yheurisem.  Sin mediar palabra alguna entre ellos, echaron a correr.  El viejo enano y el chico, pronto quedaron atrás, y Elham redujo la marcha, hasta que el enano le dijo entre jadeos que continuase sin...

La falsa llama

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem.  Draill despertó del letargo en el que le sumió el agotamiento, al amanecer. Aún estaba muy agotado, pero se sintió seguro de poder caminar al ritmo de los demás. Contemplaba absorto, a Elham que...

Desidia y desdicha

Al acercarse el atardecer del séptimo día, Eorden ya había finalizado los preparativos para la ceremonia del funeral del enano. Pan lo había ayudado con la colocación de las antorchas, trazando un gran semicírculo sobre una pequeña colina cercana al río....

Requiem

Está soñando. El viejo enano ante él. Arrojando leños a una chimenea en medio de la nada, donde hace tanto frío… y tan sólo las ascuas, arrojan un poco de calor para calentar el cuerpo. El viejo se gira, y le sonríe. *** —¡Despierta! ¡Despierta! —Oyó,...

Mala sangre

La media docena de sanadores, surgidos de la nutrida comitiva de los elfos de Shatrath, atendían las heridas de la víctimas del ataque que no habían sucumbido a las dagas de Umiel. Muchos entre ellos morirían pocos días más tarde a causa del veneno...

El hombre sin corazón

Uno podría fácilmente llegar a pensar que ocurrió de una manera rápida, si bien no de forma inmediata, al menos con el transcurso de largos años. Pero no ocurrió de aquel modo. La esencia de Nirvaeth, aunque no gozaba de forma alguna, se hallaba en aquel...