Cuando amanece la locura

Quédate, toma asiento aquí junto al fuego. Calienta bien, pero ilumina poco, y la noche aún es fría pues dista el amanecer. Y como contador de historias, déjame contarte la mía propia, si tienes a bien escucharla de mis labios. Quédate, pues es mi deseo que no quede sepultada en el olvido. Aun cuando mi memoria perezca, nuestra historia ha de permanecer. Hazla tuya también. Hazlo así, pues es necesario porque soy el último de los que una vez fueron, y que pronto, habrán de dejar de ser. He vivido la totalidad de mi vida buscando la verdad. He esgrimido la mentira quizás, como única arma, siempre en pos de hallarla. No pido perdón por ello. Pero perdóname, si la locura o la muerte me alcanzan antes de terminar de contarte esta verdad que encontré, pues se agotan mis fuerzas y temo llegar al sinsentido de un eterno desvarío.

Nací, abriéndome a la vida en compañía de mi hermano gemelo, como hijo de la ciudad de Sagosiath. Sagosiath; La más grande entre las ciudades, y que descansa en las vastas extensiones del perenne reino de Budock. De mis padres de aquel entonces no diré mucho, pues poco de ellos importa para contarte ahora, si bien lo haré más adelante. Aun siendo hijos de una familia con una antiquísima tradición de eruditos e historiadores, mi hermano y yo destacamos desde niños por nuestra desmesurada capacidad para comprender y relacionar historias. Devoramos los libros y pergaminos que llegaban a nuestras manos, de igual manera que lo harían las brasas de una chimenea de arrojarlos a ellas. Mis padres cayeron en desgracia dentro de su propia comunidad, al tratar de evitar la imposición de una absurda e injusta ley, que quebraba la inocencia de sus propios hijos. La nueva ley en Sagosiath, dictaba la diferenciación de los hermanos gemelos a través de la amputación de unos de los ojos: el izquierdo para el primer hermano en nacer, y el derecho para el segundo. En lo que a mí concierne, nunca he juzgado la ley de los gemelos, pues no recuerdo el dolor y el propósito era justo; la diferenciación a través del aspecto de cada uno de los ciudadanos, en pos de facilitar el cumplimiento de la ley. Así pues, mi hermano carece de ojo izquierdo, mientras yo, del derecho. A mi particular modo de ver es justo que así sea, todos debíamos ser distintos a los ojos de los demás y a mí me complacía una mayor identidad. 

Según crecimos en edad, en conocimiento y experiencia, las diferencias entre ambos se hacían más notables más allá de la mera diferenciación de nuestros aspectos. Mientras mi hermano Gaunt centraba más sus esfuerzos en la catalogación y posterior comprensión de inmensos volúmenes de información, yo cada vez me preocupaba menos de catalogar, y me abstraía en vagos conocimientos cada vez más imposibles de discernir o catalogar, pero que, sin embargo, solían ofrecer resultados tan veraces como difíciles de explicar. A veces, si me lo proponía, podía augurar un acontecimiento y este, sin error, acababa produciéndose ante mi propio asombro y el de todos mis vecinos. 

Siendo ya adultos, mi hermano poseía un gran renombre como erudito, y en Sagosiath y algunas ciudades y aldeas cercanas a ésta, se lo requería con frecuencia como consejero. Mientras, crecía el recelo por mi parte. Nunca se vieron aceptadas mis predicciones, por carecer estas de fundamento alguno, capaz de explicar mis extravagantes divagaciones. Y mi frustración se alimentaba y crecía con los años, y he de reconocer un carácter hosco y agrio construido con los malos años. Una noche no recuerdo cuando, yaciendo en el lecho empapado en lágrimas tomé decisión de poner en práctica y demostrar que mis profecías eran innegablemente veraces. Apretando los resortes necesarios, y con el concurso sutil y fiel de la psicología, hice realidad todos los objetivos que me proponía. Cada ser, cada objeto, cada propósito, se convertían en piezas indispensables a los que, mediante la manipulación, transformaba en el ingrediente perfecto para una receta única. Con una extraña mezcla de satisfacción y terror, supe que no había nada que pudiese escapar a mi propósito. Al principio me propuse objetivos sencillos, que satisfacía rápido y con la intervención de pocas piezas, pero acabé por imaginar auténticas locuras tan difíciles de lograr, que tenía que entrelazar miles y miles de elementos, para aguardar después la cocción larga y precisa que acababa inevitablemente en éxito. Me gusta pensar que siempre fui consciente de mi condición, pero lo que hacía era soñar. Soñaba con propósitos elevados, y cuando lo hacía sabía que sólo eran eso mismo, simples sueños. Pero mis sueños nunca fueron efímeros en mi pensamiento, y al pensar sólo eran sueños, tardé demasiado en hallar y encajar las piezas que despertasen al mundo a mi propia realidad. 

Pero sucedió un día, y fue este, un día cualquiera del que no recuerdo fecha, en que me encontraba afanado buscando nuevos escritos con los que nutrir y estimular la mente, y calmar, un poco mi hambre de otras historias, que encontré el libro. Digo el libro, porque aquel, para mí fue el libro entre los libros: aquel que me despertó a la auténtica realidad a la que permanecía ciego. Y acurrucado al débil calor que emitía una lámpara con el que paliaba los fríos de aquel invierno, empecé a hojear las páginas de aquel destartalado y antiguo manuscrito. Estaba escrito para mí, y he de admitir que al principio lo tomé por una hábil forma de contar una historia. Pero realmente estaba escrito para mí. Al final, cuando devoré cada una de las palabras que había escritas en sus acartonadas páginas, supe con toda certeza que fue escrito para mí, y no albergaba la menor de las dudas. Fue escrito por alguien con Yldrath por nombre, y muerto ya, largo tiempo atrás. Me contaba de historias que no solo eran historias, y de un propósito que lo tenía encadenado, con unas cadenas que también habrían de aferrarse a mí. Fue su revelación… y habría de convertirse también en la mía. Sus locuras narraban con detalle, todo y cuanto tuvo que hacer y lograr para la consecución de su propósito, era una especie de puesta en común, para que yo hallase el camino por el que debía continuar su paso para continuarlo. Así hube de hacerlo.

Al principio, fui en cierto modo algo escéptico. Pero toda gran historia nos parece casi siempre pretenciosa en un principio, habría de darle oportunidad como siempre he hecho con las historias, y busqué con mucho tesón la forma de contrastar los acontecimientos explícitos que en el libro se describían, muchas veces con la ayuda de mi hermano.

No tardé en descubrir que todo aquello descrito en las amarillentas páginas, podía ser comprobado de algunas de las formas que podrían ser accesibles en práctica para mí o mi hermano, era cierto. Pero ya sabía bien que la mejor forma de urdir una gran mentira es escondiéndola tras la máscara de la verdad. Aun así, empecé a tomar por ciertas también, algunas de las ideas que en un principio parecían tildadas por la fantasía más extravagante. Aquella, era una de mis principales diferencias con el proceder de mi hermano. Yo acostumbraba a inducir esas ideas que inicialmente parecían falsas quimeras, y las desarrollaba en toda su complejidad para ver si estas acababan por romperse en la fría lógica. Descubrí que todas aquellas ideas, como semillas brotando en mi conciencia, podían ser ciertas. No me sorprendió. Hablaban de un dios que había sido olvidado, y que no había sido olvidado a causa del tiempo. Había sido olvidado porque aquel dios quiso que se lo olvidara, de manera que exterminó todo recuerdo suyo. El dios pensaba que sólo a través del olvido, hallaría la muerte, un cese a un tormento que no podía soportar. Contaba el manuscrito, que ese dios en su dolor, con el alma rota por la tensión de impulsos encontrados, se rompió en fragmentos de su esencia; siete al parecer. Y los fragmentos vagan eternamente en el tiempo hasta que al fin sea olvidado; mientras, se funden en almas afines en el momento de su nacimiento. Aquellas almas eran, son y serán, los ecos de su grito. Las crónicas fueron escritas por uno de esos fragmentos, signos, o ecos como él los llama. Yldrath fue el signo de la mentira. Su eco es contenedor de la esencia en la que parte del dios se engaña seduciéndose con el deseo de la muerte propia. Aquel eco era la fuerza del dios en su determinación para acallar el sufrimiento.         

Me hice a mí mismo, la promesa de averiguar si todo aquello, era cierto. Como ya te he dicho, mi hermano y yo éramos distintos. Siempre he comparado nuestras formas de contar las historias, y las historias que contábamos eran como inmensos puzles. Gaunt tomaba por ciertas las imágenes nítidas de puzles ya completos, con todas las piezas ya reunidas y encajadas. Yo por mi parte, encajo piezas, una a una, aunque la imagen que forman no sea del todo clara. Soy muy obstinado, siempre lo he sido, así que dediqué años de mi vida a la búsqueda de piezas para encajar en aquel puzle que era la crónica de Yldrath. A través de las indicaciones que encontré en el libro, encontré la pieza angular del camino, del que había sido su anterior caminante: la estrella de siete puntas. La había ocultado en su propia tumba, la tumba de un hombre pobre, en un cementerio no muy lejano del lugar donde se hallaba su preciado libro; la obra de su vida. Y nadie, que no la buscase, la habría hallado jamás. La estrella de siete puntas era vestigio de un resplandor ignoto. Como ya te contaré, fue el artefacto que se usó otras muchas veces antes, pues servía para localizar los fragmentos del alma del dios, aquel que casi fue olvidado. Fue creada por otro entre los dioses, su gemelo, el gemelo del olvidado, qué sabiéndose culpable de su dolor, anhelaba redención a actos pasados de los que no había ya posibilidad de enmienda. Gemelos; tan parecidos y tan distintos a un tiempo. Siempre gemelos. Se por aquellas líneas escritas que existen ecos que perduran a través de los milenios, y que otros se han reencarnado tantas veces que su número ya no permanece en el recuerdo. Al encontrar la reliquia, di todo por veraz, y me propuse la consecución del cumplimiento de la voluntad del dios.

Pronto comprendí el uso de la estrella de siete puntas, pues era sencillo en concepto. Cada una de las puntas se orientaba alineándose en la dirección de uno de los fragmentos de la esencia y su longitud variaba con la distancia. Un palmo cuando el signo se hallaba más cercano. Así comprendí el significado de la punta que siempre se dirige a mi pecho. 

Nadie sospechaba nada. No tomaron cuenta de mí, distraído y errático Archard, que absorto en leyendas y habladurías, urdía y maquinaba cada nuevo propósito para encajarlo en un plan mayor. Ni siquiera mi amado hermano, fue capaz de ver más allá de la evidencia de la razón. Perdido entre los muchos acontecimientos que habrían de tejer mi gran propósito, no supo prevenirse de su propio hermano, que aferraría en su puño la merced de todas las demás criaturas. No supo verme como el segundo de los ecos, del grito de un dios que era, y que fue olvidado: el eco de la mentira.

LIBRO PRIMERO

Cuando amanece la locura

Prólogo

Hubo un momento en el que el pequeño Pan me preguntó acerca del caos, qué es el caos. Como respuesta, le insté a recoger un puñado de piedrecillas de la orilla del río. El muchacho extrañado tras un breve momento de duda, partió de mi lado y recogió buena...

La noche de la tormenta

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem. Hubo una noche en la tormenta; noche de tormenta quizás te habrían dicho otros… Amigo mío, voy a comenzar mi relato hablándote del regreso de un soldado a su hogar. Aquel soldado regresó tras largo tiempo...

Desesperación

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem.  Elham despertó sobresaltado. Despertó en las calles de Ryuminyel, en aquel frío de mañana, viéndose a sí mismo cubierto de harapos, hambriento, y la angustiosa sensación de soledad y vacío que no se le...

La sombra de un padre

En aquel amanecer caminaba de nuevo, y de nuevo encadenado. Las mismas cadenas, distinto captor. Tomaron dirección a la salida del oeste de la ciudad, sabía que el terco enano lo conducía a su hogar, a su verdadero hogar. A varios cientos de metros,...

El guardián del templo

Los muchos días que siguieron a aquel primero en que tuvo aquel extraño sueño, fueron agotadores. Esos días sirvieron a Elham para entrar en contacto con la realidad. El enano lo sometió al más duro de los adiestramientos, del que fue capaz con su a veces...

El hambre de los cuervos

Entrada al templo de Dhemeides, año 2439. Reino de Yheurisem.  Sin mediar palabra alguna entre ellos, echaron a correr.  El viejo enano y el chico, pronto quedaron atrás, y Elham redujo la marcha, hasta que el enano le dijo entre jadeos que continuase sin...

La falsa llama

Calles de Ryuminyel, año 2439. Reino de Yheurisem.  Draill despertó del letargo en el que le sumió el agotamiento, al amanecer. Aún estaba muy agotado, pero se sintió seguro de poder caminar al ritmo de los demás. Contemplaba absorto, a Elham que...

Desidia y desdicha

Al acercarse el atardecer del séptimo día, Eorden ya había finalizado los preparativos para la ceremonia del funeral del enano. Pan lo había ayudado con la colocación de las antorchas, trazando un gran semicírculo sobre una pequeña colina cercana al río....

Requiem

Está soñando. El viejo enano ante él. Arrojando leños a una chimenea en medio de la nada, donde hace tanto frío… y tan sólo las ascuas, arrojan un poco de calor para calentar el cuerpo. El viejo se gira, y le sonríe. *** —¡Despierta! ¡Despierta! —Oyó,...

Mala sangre

La media docena de sanadores, surgidos de la nutrida comitiva de los elfos de Shatrath, atendían las heridas de la víctimas del ataque que no habían sucumbido a las dagas de Umiel. Muchos entre ellos morirían pocos días más tarde a causa del veneno...

El hombre sin corazón

Uno podría fácilmente llegar a pensar que ocurrió de una manera rápida, si bien no de forma inmediata, al menos con el transcurso de largos años. Pero no ocurrió de aquel modo. La esencia de Nirvaeth, aunque no gozaba de forma alguna, se hallaba en aquel...