Caer

Uno tras otro, llegamos a Uneon en aquella mañana del día que siguió a aquel día, y aquellos que llegamos, fuimos los trece los que nos unimos como hermanos cuando ya éramos hermanos, pero que a partir de entonces…  lo éramos de una manera distinta. Salimos por vez primera en milenios, de los confines de la protección de nuestra amada Alma, y nos unimos en la campaña de liberación de los reinos. No os miento al deciros, que nos sentimos poderosos como los dioses en aquel tiempo. Tampoco os miento al deciros que, juntos, lo éramos. En lo que en estos días se conoce como el reino de Zhandard, es donde se libraba la pugna de los dioses contra el poder de Nirvaeth. Y Nirvaeth fue herido de mil formas distintas por el poder de los dioses, más aquellas ínfimas heridas nunca perecieron mermarlo, y de cada una de estas surgía un nuevo demonio que se esparcía en aquella realidad que debía resultarles extraña. Y en aquel combate eterno, los dioses, uno tras otro cayeron despedazados por la garra disgregadora de Nirvaeth, mientras los demonios menores se diluían en su avance… hasta entonces imparable, por los reinos. Fuimos nosotros, los trece, quienes los detuvimos. Liberamos muchas de las ciudades de los hombres y de los elfos, del dolor y el tormento de un sufrimiento eterno. Muchas veces tuvimos que segar vidas que se contaron por cientos, en actos a gracia y misericordia, para con ellos los caídos en desgracia. Y vengamos sus prontas muertes, pues masacramos en nuestro avance imparable hacia el corazón de la tormenta roja, a los demonios y a los impíos en nuestra gracia. Y aquellos que nos veían llegar como con el fuego de la liberación, aclamaron nuestros nuevos nombres. Nunca imaginamos que perderíamos el nombre con que nacimos a la gracia de Alma, pues fuimos llamados y distinguidos por nuestro orden, y que en los reinos se nos conocería por siempre de aquella otra manera. A partir de entonces fuí glorificado y alabado con el nombre del séptimo, y mis hermanos recibieron de igual manera sus otros nombres. Así que, de aquel modo, fue que fuimos desde entonces:

 

Uneon, fue el primero. El sacrificio.

Rea, la segunda. La voluntad.

Mithrela, la tercera. La de cándida mirada.

Akerionte, el cuarto. El sólido.  

Cirdeox, el quinto; el inmaculado.

Khaissa, la sexta; la belleza.

Ascenoilam, el séptimo; el moldeador… 

Turion, el octavo; el purificador.

 Shivzriaden, la novena; la floreciente.

Gigadrexion, el décimo. El valeroso e impetuoso. 

Ikkaria, la undécima. La verdad.

Anatset, la duodécima; la sanadora de cuerpos. 

Castiel, el décimo tercer ángel. La compasión.

 

***

Los trece arcángeles enviados por Alma, surcabamos los cielos, y nos sentíamos fuertes, y poderosos, y que no podría haber fuerza que se nos opusiera en los reinos. No en vano, nuestra fuerza de asalto reunía a algunos de los arcángeles más poderosos, y nuestras cualidades innatas habían sido alimentadas durante milenios por el mismísimo resplandor de Dhemeides. Seguiríamos el plan trazado, y liberaríamos a los reinos de la opresión de la entidad del caos, para la gloria del Padre. 

Una vez, tras años enteros de combate en el que no sufrimos el más mínimo rasguño, nos hallamos en el lugar donde Ikkaria nos dijo que estaría, y allí nos encontramos con lo esperado: una inmensa nube de tormenta que teñía los cielos de un rojo carmesí, que era la señal inequívoca de nuestra cercanía a Nirvaeth, y que se extendía por varias leguas. 

—Somos afortunados. La entidad aún está en liza con los tres dioses; Althrair, Minth y Albiore. Quizás, nos hemos encontrado con una gran oportunidad para abatir su esencia con rapidez, aprovechando el flanco. — Nos anunció Ikkaria.

Entonces buscamos un lugar apropiado, fácil de defender. Lo hallamos, entre cuatro grandes moles de roca, que parecían allí dispuestas equidistantes en un cuadrado perfecto, para satisfacer nuestras necesidades de aquel momento. No supimos de ello, ni tomamos cuenta, de que nos hallábamos en la que fue la tumba de otro dios muerto tiempo atrás. Había sido uno, entre los otros muchos, que habían sucumbido a poder desgarrador de la estrella sangrienta que era Nirvaeth. Fue uno de los primeros en interponerse a su poder y unos de los primeros en caer también. El coloso Thaedrom; el Dios de la tierra, que fue sepultado con cuatro gigantescas lanzas como montañas de afilada piedra que machacaron cada una de sus extremidades y lo hundieron en su esencia, como riéndose de él. Tras ello, el tiempo y el viento, cubrió al menos la que debió ser su vergüenza, con el fino polvo rojo de la tormenta. De cualquier modo nuestro buen ánimo quizás exaltado tanto por la presencia de Rea como por la cercanía a una batalla inminente, crecía a cada instante. 

—Comencemos. — Dijo Uneon impaciente. Y nuestro líder formó el vínculo de vida con cada uno de nosotros. A partir de entonces, él, sufriría los efectos de las heridas que se nos infringieren. Turion y Anatset que quedarían con él para mitigar su daño y restablecerlo de el, Turion purificaría su sangre de la corrupción, y Anatset se encargaría de regenerar la carne. Así fue, que Uneon sufrió más del que pudo soportar, y más dolor que ninguno de nosotros, y pienso que quizás, más que ningún otro mortal en aquel y cada uno de los otros tiempos. 

 

***

 

Uno tras otro, penetramos en la gran nube de la tormenta roja. En su interior el cacofónico ruido era ensordecedor, y apenas pudimos volar hasta que nos acostumbramos a las terribles fuerzas de los soplos de puro caos que parecían querer arrancarnos de la realidad y que agotaban nuestras fuerzas, mermándonos a cada instante. Incluso con nuestros ojos enhaltecidos, con nuestra mirada apenas éramos capaces de cubrir más una veintena de metros. Fue entonces, en aquella soledad, cuando escuché la primera voz de Khaissa en mi pensamiento.

«Escuchad mi voz en vuestro interior. No os separéis.» Nos dijo, con el bálsamo tranquilizador que era su melódica voz, que parecía recorrernos pura en cada fibra de nuestra esencia.

«Os contaré de todo cuanto acontece. Hablad conmigo también a través del pensamiento, tal y como hemos hecho tantas otras veces. No cedais al terror, pues yo seré vuestra guía aún en la oscuridad más desoladora.»

Entonces también notamos el calor de Rea; y su determinación canalizada por la poderosa Khaissa, que disipó la sombra que había empezado a brotar en nuestro corazones. Y todos y cada uno de nosotros recordamos otra vez quienes éramos, y lo que teníamos que hacer porque era nuestro deber, y porque por desgracia éramos los únicos que podríamos aquella empresa que era tan necesaria. Y ciertamente… en verdad os digo que éramos y nos sentíamos como la mayor fuerza concentrada en cuerpos de trece mortales… aun así… os digo que fuimos masacrados como gusanos oponiéndose a un dios en todo su esplendor. 

Mithrela, era la portadora de la tinaja del cristal más puro y del que no recuerdo ya nombre, que irradiaría generosa el resplandor de padre sobre nosotros. Procurábamos mantener una formación que la protegiese, pues sabíamos de nuestra dependencia de aquella luz.

«Hermanos. Siento muchas presencias etéreas a nuestro alrededor. Creo que son los primeros, lo que que aún luchan contra Nirvaeth. Grises… Me invitan, no… me exigen imperativos a unirme a ellos en su lucha… me necesitan… puedo notarlo»

He de admitir que me sorprendió saber de aquello en aquel momento. Estaba maravillado y habría estado sin duda aterrado de no mediar el calor de Rea, pues largo había sido el tiempo desde que se inició aquella guerra, una edad entera en la que los eternos y los grises fueron enviados a oponerse a Nirvaeth. Mithrela nos había hablado a veces de ello, pues fue partícipe de aquella guerra. Era una entre los pocos eternos supervivientes, que iniciaron junto a los grises aquella lucha imperecedera. Aquellas dos estirpes eran mortales de otro tiempo, de un tiempo lejano en la primera edad… y ayudaron a los dioses hermanos, a padre, a combatir el impuro caos de Nirvaeth. Y con la retirada de  Padre se la llevó consigo al refugio de Alma y a Rea, a la que encontró medio muerta liberada de la comunión con sus hermanos grises. Abandonaron a los grises a su suerte, inmersos en el caos durante cientos de años, milenios… Traicionados. No puedo tan siquiera imaginarme que significó para ellos… Los que no sucunvieron y lograron liberarse como Rea, con razón se volvieron locos. Yo al menos que lo comprendo puedo llegar en entender su locura.

«Rea no quiere que los ayude. No es nuestro propósito. » 

Entonces no lo entendí. Casi sentí desprecio por ella entonces, y vergüenza ahora por no comprenderla. 

«La necesitan. La reclaman desesperados. Ella llora por ellos »

«Uneon  desesa que Shivzriaden se extienda fluyendo bajo la tierra y brote en el interior del núcleo de la tormenta, lo más cerca posible del impuro.»

Mientras caminábamos en procesión, aguardamos impacientes saber de ella. Sería la primera en entrar en contacto visual con el impuro. Esperamos y esperamos, y no supimos de ella en mucho tiempo en nuestra inquietud. Aliviados,  

«Shivzriaden ha visto al disgregador. Lo siente maravilloso y horrendo a un tiempo, no logro asimilar bien sus pensamientos, sufre… Duele… Apenas puede luchar por mantener la cordura y contener el deseo de arrancarse sus propios ojos, apenas respira, quiere morir, desea morir… 

Ha visto a los tres dioses aún luchan contra él. Siente alivio. Ha recordado respirar. Sus prodigios son maravillosos, son casi tan maravillosos como los de padre. Siento como llora en su visión aliviándose en alegría. Ha contemplado a Albiore; diosa de la perfección, que en miles de formas ataca incansable hostigando incansable, mientras Minth, su compañero, concentra un sol con las almas de mil muertos… Hermanos… entre ellos lucha un cuarto dios… »

¿Un cuarto dios? Quedamos perplejos… pues ni la visión de Ikkaria pudo saber de aquella verdad… Fue mucho, tiempo más adelante cuando aquel fue el dios del vacío que luchó también con ellos, y supe de antiguas y extrañas leyendas que hablaban de aquel dios como hermano del mismísimo Althrair… 

«La ha sentido. Shiv… sabe que el impuro… ha notado su presencia. » Nos hizo saber asustada.

Entonces sentimos dolor. Todos y cada uno de nosotros sentimos aquel dolor intenso… ¿Acaso Uneon había caído? Tenía que ser eso, su vínculo habría de amortiguar al menos aquel dolor. Descubrimos que la violencia de la tormenta de disformidad crecía a cada instante, en un éxtasis de aberrante poder que parecía carecer de límite, y entonces casi fuimos masacrados por un enjambre de minúsculas esquirlas ardientes, que agujerearon los cielos en diversas direcciones. Cada impacto penetraba como lava ardiente en nuestras armaduras doradas ya deslustradas, y hendía en nuestra carne, mordiéndola, horadándola, consumiendola… Y sentíamos pánico atroz, no por la importancia de unas heridas que no éramos capaces de sufrir, sino por el daño que aquello habrían de causarle a nuestro amado Uneon en el pacto de su sacrificio para con nosotros. Entonces… entonces… escuchamos en nuestras mentes  las palabras que tanto temíamos escuchar de Khaissa: 

«Turion y Anatset apenas consiguen restablecer las heridas de Uneon, que cada vez son más intensas. Es imperativo que os pongáis en guardia. ¡Rápido hermanos! »

Pero apenas podíamos caminar desequilibrados por la violencia de los impactos.

«Comienza a sangrar por cada uno de sus poros. La sangre le mána cada vez más abundante…  y Mithrela no consigue canalizar suficiente luz del ánfora para Turion y Anatset, que los siento desfallecer de puro cansancio… »

Paso a paso, intentábamos llegar al amparo de una enorme roca en la que refugiarnos. Pero los pies se nos hundían en el terreno, como si cargásemos sobre nuestros hombros el peso de una montaña entera. ¡Qué insignificantes debíamos parecer entonces!  

«¡Qué horror…! Mithrela ha visto el cuerpo de Uneon estallar en mil pedazos. » A nuestra hermana Khaissa… se le quebró la voz en congoja al pronunciar aquellas palabras cargadas de desgracia.

Fue la intervención tardía del poderoso Akerionte que llorando interpuso la enormidad y solidez de su formidable cuerpo en entrega a sus hermanos, la que salvó nuestras vidas. Permaneció retrasado, y os juro que detuvo el impacto sobre nosotros de miles de aquellos mortales proyectiles mientras avanzábamos para resguardarnos. No sentimos vergüenza entonces al cobijarnos al amparo de sus poderosas alas… porque sentimos verdadero orgullo. Aquel orgullo nos encendió los corazones aún más que la gracia de Rea. Y lo vimos desecho tras nosotros, con la armadura desdibujada de sus labrados ornamentos, y fundida sobre la mole de su cuerpo… pero aún permanecía en pié. 

«Akerionte ha muerto. Su corazón ha dejado de latir… »

 Apenas conseguíamos sobreponernos a las terribles fuerzas que nos atraían y nos repelían a un mismo tiempo. Los soplos amenazaban con despedazar la estructura mi cuerpo. Mientras nos dispersábamos a merced de las corrientes del aire ardiente, vimos por última vez la efigie de nuestro hermano destrozado… destrozado, pero aún en pié. Mientras yo rezaba a padre, para que no me alejase de mi amada Rea. Me resulta ahora triste admitir, que quizás fue entonces, en aquel aciago instante dentro de mi historia en un curso de milenios…  cuando tomé verdadera conciencia de amor por todo lo que ella era… Quizás hasta entonces… nunca antes había sido tan consciente, como entonces, de nuestra propia y cercana mortalidad. 

«Shivzriaden cree que él… nos estaba esperando. Nirvaeth con un sólo movimiento ha destruído el campo con el que lo retenía Althrair, y ha arrancado de cuajo la cabeza del dios de las almas. »

«Albiore se precipita. Ha muerto también. El impuro concentra todo su poder contra el último y el más poderoso entre los dioses. Un torrente disforme cae sobre la forma mortal de Althrair, destruye defensa tras defensa, y cada uno de sus escudos de esencia se desvanecen. »

«Gigadrexion ha cargado contra el impuro. Piensa que es la única oportunidad que tendremos. »

Rea, Cirdeox, y Castiel me acompañaron en un ataque conjunto. Teníamos que apoyar el ataque de Gigadrexion, al que no podíamos seguir, no en vano presumía siempre de ser el más rápido entre todos nosotros. Realmente lo fuiste, hermano.  Ikkaria nos grita quedándose atrás, intenta decirnos que huyamos, que aquello iba a ser una masacre, pero… ¿A qué clase de engendros nos podríamos comparar si aceptábamos abandonar a nuestro hermano? Ikkaria… ¿Cómo podríamos huir, mientras aquel que ofrecía su vida en pos de un ataque más que digno contra la mismísima semilla del Caos, no era respaldado por aquellos a los que llamaba hermanos?. Desde atrás, vimos como la lanza de luz de Gigadrexion se hundía en la masa disforme e irreal que era el cuerpo de Nirvaeth. Casi nos dió tiempo a sentir satisfacción por el desinteresado acto heroico que nos pudo conducir a la victoria, pero contemplamos después como la entidad lo absorbió succionándolo, disgregando y asimilando todo su ser. Gigadrexion simplemente dejó de existir. No sentíamos ya nada de él, su halo extinto en un parpadeo; ni tan siquiera restaron de él, un cadáver o las cenizas a las que llorar. 

«Su último pensamiento ha sido profunda pena por la muerte de nuestro querido Uneom.  » 

A partir de aquel momento, aquel en el que escuchamos por vez última la suave voz de Khaissa tintada por absoluto terror, todo fue para nosotros aún más confuso si tenía cabida. Apenas pude ver como la garra de Nirvaeth cayó como un rayo desde los cielos abatiéndose sobre mí y Castiel, que ya estaba perdido, pues solo gritaba de puro terror. No supe que fue después de aquello del melancólico Castiel, ni de Cirdeox tampoco, temo que murieron entonces. Me gusta imaginar que tuvieron una muerte rápida al menos…  Padre debió sentirse orgulloso de nosotros, pues luchamos junto con Althrair y Ohm, como iguales; sangramos igual que él. Pero nuestro ímpetu, carecía de éxito alguno… pronto tomamos cuenta que en aquella liza… jamás tomaríamos ventaja… Así debieron sentirlo también aquellos, los últimos entre los dioses encarnados en los reinos… En una última carga, entregarían sus cuerpos mortales en un desesperado ardid. Althrair en un estallido de tan pura esencia, nos cegó a todos… dió forma al cuerpo de Nirvaeth, contemplamos como tomaba vaga forma en la realidad, en la que le brotaban venas y arterias, y un corazón palpitante… haciéndolo mortal al fin. su hermano se fundió con él, confinándolo en piel negra como la más negra de las noches… y lo retuvo… la tormenta amainó entonces… e incluso llegamos a creer jubilosos, que habíamos logrado vencer entonces, sobre aquel devastador e imparable avatar… Pero su presa sólo tuvo un efecto momentáneo, pronto surgieron las grietas que rasgaban aquella negra piel de vacío…. y de las grietas surgió el metal hecho líquido. Un nuevo daño de Nirvaeth, un gran demonio. Tomaba aberrante forma solidificandose ante nosotros, y aunque no era tan poderoso como los grandes demonios que tomarían forma encarnada en un futuro aún lejano, éramos nosotros los que habríamos de lamentar el terror de su existencia. Aquel fue el primero entre los grandes de aquella era, y el nombre que hubo de lamentar Tanatriel.

Miré a mi alrededor, y descubrí el cuerpo de Ikaria desecho en el suelo en un amasijo de sanguinolenta deformidad… aún vivía para su desgracia, y nos llegaban a la mente sus atormentados gritos ahogados de dolor.

«Huid mortales » La voz de Althrair resonó en nuestras mentes. 

«Huid y comprended. Y librad esta guerra una vez más, cuando os hayáis lamido las heridas y entendido cuanto ha sucedido hoy aquí.  »

Huimos los dos, pues creí entonces que no restaba ninguno más con vida. Aterrorizados huímos… Y alejados de la tormenta roja, pudimos surcar los cielos como cometas ardientes Lo hicimos tan rápido como nuestras alas nos lo permitieron… en un desesperado intento de llegar a Alma… Yo al menos con el consuelo de que al menos ella, Rea, seguía con vida a mi vera. Sentíamos al alejarnos, desvanecerse el tremendo aura de los dioses hasta mermarse a la nada. Pronto, no los sentimos ya más. 

«Vivid » Escuchamos una última vez.

Y casi lo conseguimos. Alma. La teníamos ante nuestros ojos, tan sólo faltaba un poco más… Entonces sentí un fuerte calor abalanzándose sobre nosotros, y escuché el zumbido… Apenas tuve tiempo alguno para reaccionar… ví como Rea era partida por la mitad, y mi amor cayó para arrastrarse impotente por la tierra, en un gran charco de sangre. La contemplé, y mi cuerpo quedó paralizado por el horror. Junto ella estaba aquel demonio que vimos nacer… mirándome con aquellas deformes oquedades que tenía por ojos. En el caos viviente de su cuerpo, adiviné que se reía. Reía, reía también mientras orientaba la extremidad que tenía por una de sus manos, señalándome las puertas de Alma.  

«Aléjate de aquí… parte de mi lado.  Estoy acabada, amor mío… » Así lo sentí… así debí sentirlo. Y su amor me llegó infinito y eterno, y me hablaba con esas palabras… eterno.

La ví por vez última consciente, y cómo me miraba… con aquellos hermosos ojos suyos impregnados de lágrimas contenidas, y creí ver como una tenue sonrisa se dibujaba en sus labios en los que brotaba sangre abundante cuando comprendió que al menos yo me salvaría pues el calor de su voluntad había llegado a mí. 

Después alcé la mirada y contemplé como en un instante la bestia se abalanzó sobre Alma, y como las protecciones de alma eran quebradas por aquellos mismos golpes fulminantes que habían destruído incluso a Rea… Golpe tras golpe, sentía que Alma cedía, en cada uno de sus impactos atronadores. Y vi nacer la fisura creciente en las que eran sus puertas antes infranqueables, y por ella se escapaba su esencia, la esencia de padre. Entonces lo comprendí todo, y el terror más absoluto surgió de mí para apoderarse de todo mi ser. 

Con su caída… con la caída de Rea perdí el don de su inquebrantable valor… y la realidad de aquel infierno cayó sobre mí sin piedad ni merma. Ya no sentía la magia de su danza eterna por su realidad, que como en las profundidades de un mar, toda realidad se distorsionaba como en un hermoso sueño. Y desperté, tal como debió despertar ella, en aquel mero y simple instante del más absoluto y avasallador de los terrores.

«Olvídame. » Me dijo despidiéndose de mí. Despidiéndose para siempre… pero la he escuchado en mi mente una vez más, y miles de otras veces, alejándose una y otra vez de mí… ¿Acaso he tornado a la locura? He escuchado de nuevo sus palabras que ahora son cercanas y recientes… ¿Ensoñaciones de un loco?

«Tú, que ahogaste mi viento… tú… que cargas con mi lamento… » 

Siento haberlas escuchado una y mil veces ocultas en mis sueños… Quizás es sólo que estoy cansado… Muy cansado… cansado…

 

***

Apenas recuerdo lo que ocurrió después… pues todo pensamiento de aquello me es confuso. Tan sólo recuerdo la frágil visión de una rosa junto a ella. Qué extraña es la mente cuando les llega la locura y se confunden los recuerdos… 

Recuerdo surcar el cielo como un relámpago para abatir el demonio. Recuerdo asestar miles de tajos con toda mi esencia puesta en el filo. Y no sólo destruí al demonio tras un encarnizado enfrentamiento, también fui el causante de la destrucción de las puertas de alma. Estaba loco, y en mi locura pese a lo que había hecho, traspasé las puertas creyéndome victorioso. 

Más muerto que vivo y sumido en un agotamiento tal, que ni tan siquiera el miedo lograba mermarlo, caminé con los restos sangrantes de Rea en mis brazos por la escalinata que me llevaría al Nexo. Lo hice con la vergüenza, por vez primera como estandarte. ¿Aquel había sido el plan de los dioses? ¿Quizás el plan de Nirvaeth, el impuro? ¿Había sido su ardid que fuera yo el hijo de Padre, quién fuese el daño de Alma? 

Fui sometido a juicio a mi llegada, por mis propios hermanos. Y he de admitir que la locura de mi vehemencia ante los arcángeles, no contribuyó a suavizar el temor que se esparcía en Alma, con la rapidez y saña de una mala enfermedad. A sus ojos mis palabras parecían las de un loco, y de ella decían, tenía la carne corrupta por el daño causado por el demonio. No supe hacerles entender, a ellos… que otrora habían sido mis hermanos, y que nunca serían capaces de imaginar cuanto sucedía más allá de las puertas de Alma, la magnitud del terrible peligro que nos amenazaba. Me sentía impotente viéndola desangrarse, sin recibir cura alguna. Enloquecí, y les fué más cómodo negarlo todo, tacharme como a un mal presagista inseminado con la semilla del caos; corrupto por tanto, y someterme a sentencia por mis faltas. 

De modo que yo Ascenoilam, yo el séptimo, fui juzgado y hallado culpable de traición al haber puesto en peligro la integridad del refugio de Alma. Fuimos expulsados de Alma. Llegué a los reinos como el angel negro caido en desgracia. Caí como resplandeciente meteoro sobre la tierra, sólo y habiendo olvidado todo, y con la ansiedad del querer despertar de una pesadilla que era la aterradora realidad. Nadie había a mi lado. Mi instinto la buscó sin saber qué buscaba. Mis alas se consumieron en la caída desechas en ceniza, y perdí el halo. Confuso, sangrante, y desolado. Habiendo olvidado todo, todo cuanto hube sido. Y desde entonces…  cómo vástago y criatura de Padre… solo conservé la apariencia, que fué lo único que me restó. Tras aquello, sólo recuerdo sed. Sed, sed… y más sed. El anhelo constante e instintivo del alimento que nunca llegaría a saciarme. Era como un dios caído en en mar de miasma y podredumbre, donde sólo insectos y otras alimañas pugnaban por una triste vida de miserias. Sería el segador que librase las ataduras de aquella vida indigna, y me alimentaria de ellas pues aquel era el derecho de un dios: el de sobrevivir, incluso entre los indignos de aquellos eriales alejados de la gracia. 

—¿Nunca supiste más de ella? — Indagó Pan, entre copiosas lágrimas.

—No. Mentiría si os digo que me olvidé por completo de ella, pues siempre tuve la pena como incansable compañera. Sabía que olvidaba algo importante, muy importante, y aquella certeza me consumía, aún más que la propia sed. — Contestó con la voz quebrada.

Pan se acercó aún más a él. Lo abrazó. Lo abrazó largamente, y cuando lo hizo, creímos todos ver cómo su piel dejaba de ser tan oscura. Mientras, Ascenoilam permanecía en pié. Casi inmóvil e impasible. Y te juro que lo vimos volver a la vida, y recobrar al menos parte de su fuerza perdida.  

—¡¿Padre?! ¿acaso eres tú? — Musitó estupefacto. Y contempló a Pan que ya aparentaba edad, casi como adulto, y lo vió como por vez primera. El hombre-Dios estaba ante él. Su padre. Lo miraba compasivo, sonriendo entre lágrimas… ante la atónita mirada de todos los demás, que apenas empezaban a creer en él, como la reencarnación del Dios. 

—No pueder ser. Es la locura, no puedes ser tú… — Dijo rechazando la idea, y  revolviéndose en la presa de sus cadenas.

 —Liberadlo, por favor… Os lo suplico — Les dijo Pan, arrodillándose ante ellos. Todos los allí presentes se miraron sin saber que hacer, hasta que fué el propio Elhan quién liberó de la vaina a la espada, para romper cada una de sus cadenas. Y los encantamientos de cada una de ellas, cedieron ante el poder de aquel filo, que mordió los eslabones como si hubiesen sido hechos de manteca. 

 

***

Amigo mío, fue de aquel modo en que conocieron la realidad del eco de la guerra en Ascenoilam. Con anterioridad hubo otros, más ya nunca hubo ningún otro después de él. Nació en él, supongo en la contemplación de la desgracia de Rea, de quien te he de decir que fue la primera. Ella fue la primera entre los ecos de Khain, la primera entre los ecos del miedo. Ella había nacido a él, milenios antes; quizás en la primera guerra. Pronto habría de perder la vida como mortal y como eco de la esencia de Khain. 

Rea cayó a los reinos con el cuerpo destrozado. Él llegó a ella. Un desconocido que la vio derrotada y deshecha, y arrastró su mitad aún viva y asiéndola cruel de los cabellos, para conducirla a la agonía de un dolor eterno. Aquel desconocido para ella, sin embargo, no lo sería para mí, pues no fue otro que mi mentor y predecesor. 

LIBRO SEGUNDO

Ecos de discordia

Cadenas

Allí donde se encontraban no podían ver. Tras la grieta ña negrura era tan intensa que las llamas de una, dos, cien antorchas, no serían suficientes para poder ver. Y sentían el asfixiante abrazo del aire cautivo, que era tan denso, que parecía poder...

El séptimo arcángel

—No lo entenderíais. — Les susurró Ascenoilam entre dientes. Lo hizo con la amargura mezclada, en el hastío de su voz. Y empezó a hablarles, o quizás a hablar consigo mismo. Les habló sin parar durante horas, siempre con la mirada escondida en sus párpados...