Cadenas

Allí donde se encontraban no podían ver. Tras la grieta ña negrura era tan intensa que las llamas de una, dos, cien antorchas, no serían suficientes para poder ver. Y sentían el asfixiante abrazo del aire cautivo, que era tan denso, que parecía poder tocarse, y la tristeza parecía acudir a los corazones de cuantos se hallaban en el interior de aquella gran cámara; donde ni tan siquiera el eco de sus pisadas retornaba a los oídos.

—Es un encantamiento —. Musitó Draill seguro de sus palabras. 

—Intentemos continuar por el pasadizo. Esto no me gusta nada. — Aseveró el enano con la voz casi temblorosa, quebrada su otrora atronadora voz, por la duda y quizás el miedo.  

—El pasadizo principal está completamente sepultado por los escombros, ya lo has visto. No podemos saber cuán largo es el tramo, podría llevarnos semanas, meses incluso… No podemos arriesgarnos tanto, no con tanta escasez de agua y víveres. — Sentenció Elham.

—No creo que pueda disipar esta magia, al menos sólo no puedo. Es poderosa y antigua, y está muy arraigada a este lugar. Pero quizás pueda lograr hacer que veamos…

Draill entonces entonó con extraña voz, una letanía de palabras con las que tras largo tiempo conjuró una luz potente y brillante, que surgió sobre la palma de una de sus manos. Aquella luz resplandeció fuerte y brillante en un principio, pero pronto esta mermó en su capacidad para iluminar hasta casi apagarse. Pero aún iluminaba, y pudo servirles para caminar dentro de la estancia, sin riesgo a tropezar o caer en el vacío. Caminaron todos juntos en fila de a dos, hombro con hombro, nariz con espalda, expectantes de lo que podían encontrar en aquel extraño lugar. 

Pronto, en el centro de lo que les parecía una gran bóveda distinguieron lo que les pareció un hombre, pero resultó ser un elfo de extraño linaje. Era un elfo sí, sólo que aquel ser no era como los vástagos de entre las estirpes de los demás elfos, que son de complexión más bien delgada y estilizada; aquel era un elfo dotado de un tono muscular más propio del más fuerte de los hombres, y su piel era oscura, de un color nacarado. Parecía dormido, quizás muerto ya. Aunque pronto lo descartaron, al comprobar que su pecho se movía oscilante llevando aire a sus pulmones y reteniendo aún la poca vida que le restaba. Eran decenas de cadenas las que lo retenían inmovilizadas sus extremidades y cuello, y surgían todas ellas de distintos lugares y se enclavaban en aquella bóveda oscura. Cada una de aquellas cadenas era casi tan gruesa como el brazo de un hombre, y cada uno de sus eslabones tenía inscritos infinidad de runas que los reforzaban con poderosos encantamientos. 

Los larguísimos cabellos del elfo se confundían con las cadenas que lo recluían, negros como la más oscura de las noches, tan negros que parecían devorar la poca luz que les llegaba, y tan sólo estos y las argollas de metal, cubrían un escultural cuerpo. Se quedaron inmóviles contemplándolo, casi sin atreverse a emitir el más leve ruido pues sus sentidos más primitivos les alertaban de un peligro irracional. Se sintieron quizás, como se siente la liebre que la llegado por descuido ante las fauces del depredador.

Abrió los ojos. Aquel reo desconocido, abrió los ojos. Lo hizo de forma que les asustó sobremanera, cómo si hubieran estado hasta aquel instante dormidos, y en sus ojos se vieron a él; reflejados en aquel iris intensamente púrpura que transmitía peligrosa calma. Elham pensó que aquella debía ser la calma del que ya no espera nada en la vida, de aquel que ya no lucha, una calma que conocía bien. Y de cierta manera se sintió unido a él, de una forma que entonces no comprendió, pero que pensó se debía a que él mismo se había encontrado bajo la presión de aquel estado de ánimo. Pero ante todo pensaba… ¿Porqué lo habían hecho prisionero?

Le preguntaron su nombre. El desconocido no les dió respuesta. Tan sólo pareció reaccionar cuando el muchacho se le acercó. Pan acercó su rostro al suyo, y sus ojos estaban muy abiertos, increíblemente abiertos… y  plenos de curiosidad. Él pareció pensar su respuesta recordando quizás, finalmente con cierto aire de apatía pronunció su nombre:

—Asce… noilam. —Dijo, pronunciando en alto y con una mueca torcida en los labios como si la pronunciación de cada una de las sílabas lo asqueara. 

Aquel nombre brotando de la garganta de aquel ser desgraciado, cayó como una losa sobre Elham. No daba crédito a lo que había escuchado, pero… si no le habían engañado sus oídos y lo que decía aquel reo era cierto, tenían a su merced a aquel que había segado las vidas de miles de mortales, y entre aquellos a los que había matado, estaba su padre aún sangrante en su memoria. 

Entonces ví como Elham apenas podía contener la ira creciente que lo hacía temblar de excitación, a mí y a los demás nos pareció que en cualquier instante lo atravesaría con su espada. Pero no sucedió nada. Y cada uno de nosotros repasó en su mente mis palabras, con tanto celo pronunciadas cuando les hablé de los arcángeles de la segunda edad, en la noche anterior al de la celebración de la truncada boda de Aimiel. Y casi… amigo mío, podía escuchar como las susurraban…

«Como avatares surgidos de los cielos un grupo de trece arcángeles cayó sobre los reinos después del largo silencio cantado en los milenios de su ausencia. No me guardo de llamarlos ángeles, pues surcaban los cielos con alas formadas de pura esencia y armaduras doradas cubrían sus cuerpos perfectos. Entre los mortales los conocieron como el primero Uneon, la segunda Rea, la tercera Mithrela, el cuarto Akerionte, el quinto Cirdeox, sexta Khaissa, séptimo Ascenoilam… El octavo de los arcángeles era Turion, la novena Shivzriaden, el décimo Gigadrexion, undécima Ikkaria, duodécimo Anatset, y por último, el décimo tercer ángel Castiel… »

Fui yo mismo quien le hablado de la verdad a Elham, acerca de la muerte de su padre. Fui yo mismo quién le dijo que en sus últimos días aquello que ocupaba su mente y su propósito era acabar con su vida. Pero Elham amaba a su padre, y aunque Dhilos en el momento de su muerte, llevase en su mente el propósito de matar al muchacho, en una idea, que le brotó a este a causa del veneno de mis certeras palabras, nunca se permitió aceptarlo. Él, Elham, entonces no pensaba en aquello, quizás se engañaba imaginando que yo estaba errado de juicio, y que su padre cesaría en aquella absurda idea tan sólo al contemplarlo. Pero no habría sido así, oh hermano mío, pues yo sembré de ponzoñosa realidad su pensamiento, y lo había hecho muy bien. El padre habría matado al hijo. Pero el destino quiso a Dhilos encontrarse ante Ascenoilam, aquel que ahora se encontraba expuesto. De aquella lucha breve e intensa, sólo pudo arrojar el resultado de la muerte de uno de los mejores entre los altos hombres de Ackalabeth. Dhilos murió en una muerte justa, honorable, y limpia. Si bien pienso, no tuvo oportunidad ante el prodigio de los milenios en el manejo de la espada. Ascenoilam lo respetó en vida, también en su muerte. He de concederle eso. Me acerqué a Elham y le puse una mano sobre el hombro. Solamente me quedé junto a él, que se permaneció reflexivo y cabizbajo.  

—Matadme… —. Solicitó con desgana el reo.

Con la mirada les señaló un objeto que yacía en el suelo. Era una espada, larga como pocas se han visto iguales, y su filo era negro. En él había muchas muescas que muy débilmente resplandecían palpitantes, en un fulgor carmesí, y que deban cuenta de la antigüedad y sufrimiento de aquel arma, de la que sólo se podía sentir horror. 

—Oh… Dioses—. Exhaló Gaunt sobrecogido. Draill lo miró con interés, y cuando leyó en su mirada lo que quería averiguar, sonrió fascinado y se agachó para recoger el arma. 

—¡No la toques! ¡Estúpido!—.  Gritó fuera de sí Gaunt. —Puede matarte, no sabéis lo que es, es muy peligrosa. 

Aun así, Draill alargó la mano, y agarró su empuñadura. Pareció esperar a que sucediera cualquier cosa cuando tomó contacto con ella, pero no ocurrió nada en absoluto. Draill sonrió de  manera rara a Gaunt, le dijo sin decir nada que jamás volviera a insultarle, pero cuando trató de alzar la espada… No pudo. Una mueca de frustración quebró su cara, no podía elevarla apenas, pesaba demasiado. 

—Ayuda Elham—. Solicitó. Gaunt quiso decirles algo, pero optó finalmente por guardar silencio. Aimiel miraba al bardo, mientras asustada retrocedía unos pasos. 

Elham utilizó también gran parte de sus fuerzas para desplazar aquel metal. Ignoraba de qué materia estaba forjado, pero pesaba más que cualquier otro metal. Incluso a ambos les costaba gran esfuerzo mantenerla en altura, tras unos instantes la depositaron de nuevo en el frío suelo. 

Draill exhausto se acercó a Ascenoilam, y tendió una de sus manos dirigiéndola a su rostro. Concentró en ella una bola de fuego. Incluso en aquella estancia, el calor era abrasador, insoportable. El reo escondió la mirada en sus párpados, aceptando el final, incluso en su rostro se adivinaba una cierta expresión de agradecimiento. 

 

***

Ellos no conocen de caer. Caer… Pero él había caído… en el sentido más pleno de la palabra. Entonces sintió que todo lo que había sido, todo aquello que sustentaba todo su ser, desaparecía como la llama de una vela al viento. Se acuerda del vértigo, pero no del dolor de la caída. Amaneció en el suelo agrietado por el impacto, lejos para ya para siempre de la luz resplandeciente. Amanecía el día con él, pero le pareció el crepúsculo; apenas podía ver a su alrededor, en aquel erial tan oscuro, tan gris. Tardó días en adaptar sus ojos a aquel lugar de tinieblas, sus ojos cambiaron y él también cambió. La mente es un instrumento complejo, pero es incapaz de asimilar algunos cambios, cambios tan bruscos que a veces no son entendidos. Si alguna vez alguien se preguntó, porque los elfos de las tinieblas son como son, porque matan, por qué causan el dolor… no es por lo que se muchos piensan en sus ignorantes creencias; pues sólo alivian su locura con cada uno de sus aberrantes actos, pues se nutren de ellos. 

Algunos creen que es un pacto oscuro, el amanecer sangriento se atreven a llamarlo… dicen de un Dios que les reclama sangre, ofreciéndoles alargar su vida… pero es una falacia. Es algo en cierta medida opuesto a la empatía, ellos no se hacen partícipes del dolor o la alegría ajenos, hacen que los demás conozcan su propio dolor, y sólo así mitigan su dolor propio, su pena.

Su luz se apaga, su piel se oscurece muy lentamente, morirá lejos del resplandor. Ya sólo conoce la frustración y el odio; como aquellos que son como él y que un día también fueron condenados, sólo podrá frenar su propia degradación alimentándose del dolor y de las almas. Muchos de ellos se abandonan al caer, pues son incapaces de sangrar a inocentes para su supervivencia. Aún recuerdan aquello de un día fueron, estos son los que mueren con el alma intacta. Otros, como él, llorarán por dentro durante milenios hasta que finalmente sean capaces de olvidar lo que fueron alguna vez. 

Encontró de nuevo la belleza en sí mismo, en su arte para combatir y matar. Al principio por compasión, liberando a las criaturas de aquel horrendo mundo, de aquella desgracia de vida. Pero él no era como otros caídos, no encontraba la satisfacción en el propio dolor. Procuraba la muerte rápida. Encontró en su camino errático a otros caídos como él, y muchos otros impuros que los seguían, por miedo, ambición, o una mezcla de ambas, y se hicieron legión, y como plaga se extendieron y asolaron la tierra. Como príncipes oscuros hicieron levantar las inmensas torres carcelarias que todavía hoy erigen rascando los cielos como anhelantes garras extendidas hacia el resplandor olvidado. Ninguno de ellos recuerda el resplandor ya, pues recordarlo es abrir grietas a una locura aún mayor de la que los pocos que se adentran en ella, jamás regresan.

 

***

—No puedes ser Ascenoilam. No… Tu no. —. Dijo Draill cesando el conjuro, y lo dijo con rabia. —Del que yo he oído hablar, jamás aceptaría sumiso la muerte. Ni tan siquiera veo en tus ojos a un asesino. Además… ¿Por qué habrían de hacer prisionero a uno de sus generales? Desconozco la razón por la que quieres morir, pero debes ser un impostor. El prisionero bajó la cabeza. 

—Liberadme entonces. —Dijo. 

Draill, miró a Elham, miró a Morgan, miró a Gaunt, Miró a Aimiel y se detuvo en ella.

—¿Qué hacemos con él? —. Les preguntó.

—Si aún estáis vivos, es porque así lo he querido. — Sonrió entonces con amargura. —Y entonces se dirigió sólo a Elham. — Aunque en en cierto modo… tú, ya estás muerto.  

—¿De qué hablas?. —Preguntó Elham, confundido.

—Lo siento a él, en ti… Siento tu sufrimiento.  Y yo lo sentía también como tú lo sientes ahora, pero yo siento aún más dolor del que ya puedo soportar. No así… mientras siga torturándome este recuerdo.  — Cuando lo miró de nuevo, Elham supo que decía verdad. Aquello le aterraba, y lo asqueaba… pues siempre pensó que un encuentro con el asesino de su padre, sería muy distinto a este que se había engendrado el azar. Había imáginado que lo mataría, o moriría intentándolo… era simple. 

—Mira mi piel… se oscurece. Dentro de unos pocos años será completamente opaca y entonces moriré si no regreso antes al resplandor de Alma, y por extraño que pueda parecerte, deseo esa muerte. Sé que jamás regresaré a Alma. No quiero volver y tampoco ellos quieren mi regreso.

—Mientras me apago, aún me queda algo por hacer en esta escoria de tierra, donde sólo he sabido matar. Un día recordé. Aquel fue un atardecer tras una fácil batalla cuando todas me eran fáciles, y me encontré con alguien muy parecido a ti. —Me dijo mirándome directamente a los ojos. 

—Imagino que es tu hermano por lo parecidos que sois en aspecto. Pero creo estar seguro que de que aquel maldito no eras tú, porque a él lo capturaron de camino al mar de la muerte. Los soldados lo habrían matado, pero la casualidad, o quizás el destino, hizo que aquel atardecer dirigiese mis pasos cercanos al lugar donde estaban para ejecutarlo. Lo recuerdo esperando la muerte junto con muchos otros caídos en su misma suerte, con la cabeza gacha esperando que la espada de un verdugo indiferente, cayera sobre él y lo decapitara de un solo tajo. Recuerdo bien la sensación que me invadió en la proximidad de su presencia, y como me sentí sobrecogido. Él debió sentirse de igual modo porque al instante, levantó la cabeza. Aquella sensación era como si algo entrara en tu alma, y lo cambiase todo. Después, quedó una terrible sensación de culpa, pues era como si hubiese olvidado algo que aún era incapaz de recordar. Sin saber el porqué, el general del ejército y un condenado a muerte, sonrieron al tiempo y el condenado salvó la vida. Extrañado, di la orden para que mi subordinado detuviese la ejecución, y lo traje a mi presencia. Aquel desgraciado dijo llamarse Archard, y pidió permiso para mostrarme un objeto. Se lo concedí intrigado, y de entre sus ropas sacó un extraño objeto de un metal extraño. Era como una especie de estrella con dos de sus puntas alargadas, una dirigida a mí, y otra al extraño. No vi nada particular en ella, pero aquel desconocido insistió en que la tocase. Cuando lo hice, no sentí ningún artificio en ella, y aquello fue lo más curioso, porque cuando la toqué, se rasgó el velo que contenía toda mi realidad. — Relataba.

Yo me reía para mis adentros mientras lo escuchaba. Reía, y reía satisfecho, como el enfermizo ser siempre he sido. Hacía mucho tiempo de aquello, cuando aún no tenía el cubo. Aquel era uno de los hilos que manejaba entonces, y me vi hecho prisionero, y veía ante mí la muerte segura. Desesperado me había descartado de una de las cartas de la baraja, y lo que vi en ella no alentó mucha esperanza. Aparecía dibujado un ser esquelético y postrado estaba perfectamente definido; su mirada era muy expresiva, reflejaba la intensa hambre, y sus ojos parecían salírsele de las órbitas mientras contemplaba los alimentos del festín que lo rodeaba. Realmente pensé que me dejarían morir de hambre, incluso las tripas se adelantaron a tal pensamiento, disponiéndose a rugir con fuerza. Pero… amigo mío, nunca las cosas resultaron tan obvias para la baraja. Y en aquel momento no entendí del todo la reacción de Ascenoilam ante mi presencia, y, aunque ambos supimos al momento de la marca de Khain que nos unía, en aquel mismo instante no comprendía lo que sucedería con él al mezclarse como mi esencia. No podía preverlo, pero algo en él cambió. Al mismo tiempo reaccionaba al resplandor latente en la cruz, y le hizo recordar. En aquel momento teniéndolo delante de mí, no era capaz de reconocerme como uno de los signos de Khain pues no era yo mismo gracias al poder del cubo, al igual que Elham no era capaz de hacerlo, mi artificio era perfecto. Entendí por fin el significado de carta, pues el hambre no era el mío, sería el que habría de sufrir Ascenoilam al tomar la decisión de no llevarse las almas de más inocentes. Decía verdad entonces. Continué escuchando su narración:

—Tras tocar aquella cruz maldita, vinieron a mí el calor y los recuerdos de una anterior vida; mis últimos instantes de iluminación en el resplandor. Viví de nuevo el juicio, aquel juicio. No estaba solo, pues también se juzgaba a Rhea a la que sentía conmigo, sin estar presente. Sólo recuerdo de ella su nombre, me vino a la mente al instante. No recuerdo porqué se nos juzgaba, sí la sensación de certeza en que seríamos condenados. Noté las lágrimas correr por mi rostro, la tristeza, aquella sensación extraña que en miles de años, no he vuelto a sentir. En mi imaginación, ella lloraba también aún inconsciente. Incluso creí contemplar su espectro, en el estéril intento de implorar el perdón ante la corte de orgullosos. Yo… lloraba en silencio, lloraba mientras pensaba en lo que nos ocurriría a ambos y a nuestro recuerdo. Nunca volveríamos a estar juntos después de aquello, y nos olvidaríamos el uno del otro, y nos perderíamos en la negación del recuerdo. Y ya jamás podría velar por ella, y todo, todo, había ocurrido por mí culpa.  

Vi una luz tan intensa, como nunca antes la había sentido… y después caí. Caímos.

 

***

«Olvidame. » Escuchó Ascenoilam en su mente, dibujadas las sílabas en hermoso canto, y las lágrimas brotaron de él; limpias de un oscuro recuerdo.

«Tú, que ahogaste mi viento… tú… que cargas con mi lamento… » y Ascenoilam susurró aquellas palabras sin querer haberlo hecho, y cuando notó que las había pronunciado ante ellos, les devolvió la mirada y por primera vez, les pareció tan confuso como herido.

—Sólo encontrarás la paz en la redención.  — Le dijo entonces Aimiel. Lo hizo mientras sostenía la mirada de Elham, que comprendió cuánto dijo y cuánto había de decir. —Únete a nuestra causa. Pues hemos de sanar las heridas de este mundo nuestro y que es el tuyo también. Sana las heridas que en otro tiempo… tan ciego abriste. 

el eco de la mentira.

LIBRO SEGUNDO

Ecos de discordia

El séptimo arcángel

—No lo entenderíais. — Les susurró Ascenoilam entre dientes. Lo hizo con la amargura mezclada, en el hastío de su voz. Y empezó a hablarles, o quizás a hablar consigo mismo. Les habló sin parar durante horas, siempre con la mirada escondida en sus párpados...

Caer

Uno tras otro, llegamos a Uneon en aquella mañana del día que siguió a aquel día, y aquellos que llegamos, fuimos los trece los que nos unimos como hermanos cuando ya éramos hermanos, pero que a partir de entonces…  lo éramos de una manera distinta....